Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

LA CULPA

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en LA CULPA

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto de LA CULPA. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
15 DE NOVIEMBRE

Relatos

40. Crimen inocente

El tipo de la fila anterior me tenía desquiciado con la luz de su móvil. Más que una sala de cine, parecía que estábamos en Las Vegas. Le chisté una vez, pero seguía dale que te pego. Ese dedo cotilla hurgando en la pantalla. Volví a sisearle. Nada. Si hasta me vi obligado a sacar las gafas de sol para protegerme de los fogonazos. Entonces le grité. Y sucedió lo inesperado: varios espectadores la tomaron conmigo. Que me callara. Incluso me invitaron a marcharme. Como si fuera yo el culpable de la situación. No tuve otra salida. Salté al cuello de aquel majadero con la clara intención de doblárselo. En las películas, todos mueren al instante. Sin embargo, me falta robustez en los brazos y se pasó un buen rato agonizando. Tanto que solo pude disfrutar de los créditos finales.

39. LAS FALTAS (A. BARCELÓ)

La muerte está apremiando y siente la urgencia de saldar sus pecados, por eso, manda llamar a Don José María, su compañero del alma, el colega con el que se junta todos los jueves por la noche en el lugar de las lucecitas de neón, el mismo que le anima a darse golpes de pecho y le absuelve los golpes que propina a su esposa todos los días.
Mañana, muchos de los del pueblo celebrarán su muerte. Que los jodan a todos, él no necesita su perdón, solo precisa la intervención del sacerdote para que le libere de todos sus pecados y enfrentar sin cargos el temido juicio final.

─Que venga el cura de una puta vez, que me muero ─grita con desesperación.

Su mujer le informa de que no va a venir, porque no le ha dado la gana de avisarlo. Es ella quien tiene que hacerle una confesión a él antes de que se marche de este mundo: ninguno de sus cuatro hijos es suyo y cada uno pertenece a un padre distinto. Paquito, en concreto, es hijo de su querido amigo Josemari.

38. Alimentar a las fieras

Lo dejo marchar y, al instante, me arrepiento. Sabiendo como sé lo que puede sucederle, lo que puedo perder. Debería haber fingido que han vuelto los vértigos, que todo me da vueltas y que caería de bruces en cuanto intentase levantarme. Que no me dejase sola esta vez. Pero de nada sirvió entonces, cuando era cierto. Que llamara a la niña para que me atendiese, que él estaría junto al teléfono por si la cosa se complicaba, y se fue después de besarme en la frente. Yo no sé inventar males, solo padecerlos. ¿Qué volverá de esa espalda suya a la que le rezo mientras duerme para que siga siendo grande, fuerte y mía? «Te lo comeré todo esta noche, gordito». ¿Qué clase de salvaje manda semejante amenaza al móvil de un hombre casado? Lo veo alejarse calle abajo, todavía entero.

37. PK2

Era un saco sin fondo, infinito y cochambroso por el paso de los milenios. Lo cargaba a sus espaldas desde hacía tanto que, como una joroba, formaba parte de su anatomía. Al principio ella misma echaba dentro todas las culpas, asumiendo el personaje asignado por alguien injusto pero poderoso. Con el tiempo fue dándose cuenta de cuánto pesaba aquello y de cómo le impedía levantarse, crecer, mirar hacia el horizonte, ser.

Cansada, y a pesar de que lo había evitado desde el origen de todo, se sentó bajo un árbol inofensivo que no tenía frutos. Tampoco había reptiles por los alrededores. Pero apareció una ardilla que sin decir nada, como es natural,  se puso a roer el saco hasta hacer un agujero por donde empezó a vaciarse. A medida que lo hacía, ella fue sintiéndose mejor, más liviana, con ganas de saltar, reír y corretear. Le costó, porque sus huesos habían perdido la elasticidad de la alegría, pero supo que todo iba a cambiar. Le siguieron echando culpas, con más saña si cabe al verla fuera de su papel, pero, tal y como entraban, salían por el roto. Así, poco a poco, Eva se fue reconstruyendo, libre, feliz y exonerada.

36. A los presentes (fuera de concurso)

Los compañeros de oficina por tratar solo de trabajo y no insistir en que fuese a tomar un café. Los vecinos por hablar del tiempo en el ascensor y esquivar miradas. Las amigas por el “la semana que viene, sin falta”. Mi hermana con el “llámame tú a cualquier hora” y mi hermano su “ya sabes dónde estoy”.    Los chavales por estar, pero no estar. Y él por no poder estar a todo, en todas partes y a todas horas. Y tú, lector, sí, tú, por leer las frases y no los huecos.  

PD: Si has pensado en alguien mientras leías, ya sabes dónde está.

35. HASTA QUE SE DEMUESTRE LO CONTRARIO

Con su gato Mishi, que no participó en los hechos según parece, mantiene una tensa relación desde entonces, y la sospecha le impide mirarlo como antes, porque se figura que, pese a haber quedado libre de cargos, pues las plumas no se hallaron en su canastilla ni en su hocico, podría haber urdido el siniestro plan que le costó la vida a la gata del vecino, autora material del homicidio del periquito de la portera, una amable señora que le dio a probar esa nueva marca de pienso vigorizante para que lo perdonara por lo de la castración.

34. Vidrios y grava

Los cubiertos marcaban el ritmo de la cena contra la porcelana. Recorría las caras alrededor de la mesa con recelo, mientras el cuñado amenizaba la velada con cifras de seguros y la hermana servía la sopa. La sonrisa hermética mantenía los labios sellados para ocultar la carga bajo la lengua.

Comenzó la noche del martes, tras aparcar el coche en el garaje: una molestia sutil, como un grano de sal gruesa. Para el domingo, la boca se le había llenado de diminutas aristas. Un poso de gravilla húmeda y varias astillas de cristal que laceraban la carne en silencio cada vez que tragaba saliva. El dolor era soportable, pero el verdadero esfuerzo residía en disimular el crujido cuando los dientes trituraban en secreto los escombros.

La hermana detuvo la jarra en el aire y lo observó con extrañeza. Le preguntó si se sentía bien, señalando la rigidez del cuello. Respiró hondo por la nariz, apretó los puños bajo el mantel e intentó articular la respuesta ensayada. Al separar los labios, la tensión contenida cedió y una lluvia de cristales y tierra rojiza repiqueteó contra la vajilla, extendiéndose por la mesa hasta alcanzar el plato del padre.

33. ¿Padre?

¿PADRE? (Gema Herráez)

Tumbado en la cama, con todos esos cables que transportan la vida artificial, parece inofensivo. Lo mira con los ojos cargados de pasado hiriente, de lágrimas infértiles que sólo alimentaron la autocompasión. Le hacía sentir pequeño, peor aún, por su especial sensibilidad, defectuoso. Nunca una palabra amable. Por dentro guarda escombros emocionales. Por fuera se ha construido una coraza, frágil pero eficiente, gracias a que corazones ajenos supieron aceptarle y brindarle respeto. Y ahora está sentado al lado de su cama esperando una muerte que tantas veces deseó como única escapatoria a su carácter hiriente y devastador. Padre, ¡qué palabra tan malgastada en él! Ni siquiera la palabra madre pudo frenar el tsunami de su agresividad. No sabe por qué está ahí. Quizás porque quiere reivindicar la bondad que no heredó pero que es capaz de sentir. De pronto abre los ojos. Quisiera reconocer en ellos la culpa, el perdón, pero solo ve miedo. La máquina empieza a pitar y una línea recta marca el final. Sin preaviso, inesperadamente, brotan lágrimas de sus ojos por lo que fue y por lo que pudo ser.

32. Justos por pecadores (Fuera de concurso)

Coge el mazo y, antes de levantarlo, mira al condenado. Se parece tanto a su propio hijo, la misma complexión, el mismo color de ojos, de pelo, los rizos… Sube el brazo más, un poco más. Incluso tiene la misma voz y ese vocabulario juvenil que tanto odia. La mano llega a la altura en la que comienza a bajar. El suyo es un puñetero adolescente violento que siempre le mira desafiante. El mazo acelera hacia la mesa. Y el condenado es un pusilánime que lloriquea todo el tiempo, como sus padres. El golpe es seco, contundente, sin vacilación. Le han implorado varias veces clemencia de rodillas. Se levanta y deja el mazo con un ligero temblor. Podría haber sido ese padre si no hubiera movido los hilos.

31. NO TE CREO (Javier Viraje)

Pretender calcular el peso de la culpa equivale a querer saber a qué huelen las nubes. El sentimiento de culpa no tiene peso por la misma razón que el saber no ocupa lugar. Lo que no es consistente, ni en tiempo ni en forma, queda siempre fuera de todo sistema de medición. Esas cosas las fui aprendiendo de niño, arrodillado ante la celosía del confesionario en el que cada domingo (y fiestas de guardar) le relataba al padre Octavio mis pecados.

─Defina pecado ─le dije un domingo al padre Octavio.

─Hijo, pecar es ir en contra de la Ley de Dios ─me respondió─, y añadió, en función de la gravedad de la ofensa así habrá de ser la penitencia que la repare, el peso de la ley pondera el peso de la culpa.

Hoy sé que el sentimiento de culpa es una connotación moral inculcada desde niños a través de una ley impuesta, pero también sé que el peso de esa ley únicamente recae en quienes creen en ella.

30. ANGUSTIAS VITALES

En clase tocó meteorología. Cubrimos las paredes del aula con climogramas y mapas de todos los colores mostrando el funcionamiento del clima, los distintos tipos y las consecuencias de alterarlo.

Mi padre, sorprendido por mi interés en el tema, escuchó atentamente cuando le expliqué ya en casa todo lo que había aprendido al respecto. Añadió simplemente la idea del efecto mariposa para insistir en la responsabilidad de todos en el asunto y bajó a poner la mesa.

La voz de mi madre llamando a comer coincidió con la entrada de mi padre de nuevo en la habitación. Había oído un golpe seco y se acercó a ver si estaba bien. Cuando me vio orgulloso, con la zapatilla en la mano, una mueca de terror cubrió su rostro. Aterrado, comprendí enseguida la gravedad de la situación. «Era una polilla papá. Solo una polilla».

Desde entonces vivo en una angustia permanente; temo que alguna de las catástrofes naturales que se suceden en los telediarios haya sido por mi culpa.

29. El dedo (Nuria Rodríguez Fernández)

 

Cada noche regresan. La madre y sus tres hijos. Cuatro pares de ojos desmesurados, hundidos en rostros donde el hambre ha borrado la infancia. El pequeño sigue descalzo. Nunca crece.
Tú eres viejo. Duermes con la luz encendida.
Los ocultaste bajo las tablas del sótano hasta que llamaron a tu puerta. Botas negras. Voces de hierro. Una pistola en la nuca.
—¿Dónde están?
Pensaste en tu mujer. En tus hijos. En el miedo a morir.
Y señalaste el suelo.
Arrancaron las tablas. La madre se abrazó a los niños mientras los arrastraban. El pequeño volvió la cabeza hacia ti. Tenía la piel pegada a los huesos, los labios agrietados y unos ojos enormes, vidriosos, demasiado grandes para su cara. No lloraba. En sus pupilas cabía todo el horror del mundo y tú estabas allí, reflejado en ellas.
Han pasado décadas. Tienes nietos. En las fotografías familiares sonríes, pero por las noches los cuatro se sientan al borde de tu cama.
Intentas gritar. El pequeño abre la boca. No tiene dientes. Solo un agujero negro del que sale tu propia voz.
Quieres pedir perdón, pero llevas tantos años tragándote sus nombres que ya no te cabe nada más en la garganta.

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