Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

IMAGINACIÓN

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en LA IMAGINACIÓN

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto de LA IMAGINACIÓN en todas sus variantes. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
30 de JUNIO

Relatos

96. ESPERANDO NADA

Un cuento tejido de años juntos, enmarcado en días felices. Volando por diferentes planetas, saboreábamos el aprendizaje del viaje. En 1995 escribimos en una piedra ovalada recogida en la playa: “Navegar por el cielo y surcar el horizonte”.
Imaginamos un bar de posibilidades. Así creamos un universo sonoro que alegró muchos corazones. Dos décadas después, la desdicha derrumbó nuestro paraíso en lágrimas impotentes. Desaparecer no fue tan fácil como decía la serpiente.
De flor desatendida pasé a sentirme como el zorro abandonado; después fui una maraña de raíces de baobabs, hasta que mi ser volcánico entró en erupción, escupiendo fuego.
Ahora, entre cenizas, sobrevivo como una aviadora que narra su historia de terror. Soy la Principita de un asteroide donde convivo con lo esencial y tu ausencia.
Tú, jardinero de otras rosas, de las que has de ser responsable. Muero por vivir mientras la pesadumbre del abandono orbita en una memoria sin fin. Intento enfocarme en el momento y reunir el coraje para alzar de esta silla mi cuerpo cansado. Poco a poco voy adquiriendo el hábito de subir un peldaño más en la escalera que me conduzca al nirvana, para poder decirte adiós para siempre.

95. LA PUERTA

Tras años de investigación y ensayos sin resultados concluyentes, un grupo de astronautas retirados decidieron formar parte de la primera misión espacial que atravesaría una puerta dimensional. Dirigidos hacia el centro del agujero negro más cercano a la tierra, serían proyectados hacia el otro lado, un universo de antimateria paralelo al nuestro, completamente desconocido.

El día del lanzamiento llegó y todo el planeta estuvo pendiente de la partida de aquellos hombres que probablemente no sobrevivirían al experimento. Los motores se encendieron y la nave más potente jamás construida se precipitó hacia su objetivo coreada por un aplauso mundial.

En cuestión de minutos alcanzó el marco de entrada establecido y se perdió toda señal del aparato a medida que entraba en aquella oscura anomalía espaciotemporal.

Para sorpresa de todos, la nave apareció segundos después en la rampa de lanzamiento, aún humeante. Medio planeta contuvo el aliento al ver la puerta de la cabina abrirse. Unos jóvenes radiantes salieron del aparato y respondieron a los cientos de periodistas que allí se agolpaban. El capitán, casi adolescente, respondió cabizbajo a los halagos hacia la tripulación: «El verdadero coraje ha sido el de tener que volver aquí».

94. Influencers

El concurso de comedores de Donuts de Albacete reunia a los grandes especialistas mundiales de la disciplina. Superé con paso firme las primeras rondas hasta encontrarme en la final con la gran favorita. Se llamaba Lucrecia Smith. Era una americana monumental que ocupaba tres sillas y se derramaba al sentarse como un crepp en la sartén. Se decía que había ganado un concurso de comedores de hamburguesas en Reno con una marca de 127 completas con extra de queso. Tras el primer día los Donuts empezaron a parecerme infames ruedas de carretilla azucaradas. Mi rival los consumía con irritante delectación, acompañados de galones de Coca-Cola. Cuando empezaron las arcadas pensé en el camino recorrido. En las largas tardes en el sofá iniciándome en el exigente mundo de los comedores profesionales, y en el apoyo incondicional de mis padres que siempre creyeron en mí. Tenía que seguir, no quería ser un looser, un don nadie.
-Oh my God – dijo la Smith alarmada cuando empecé a convulsionar. Pasé varias semanas en el hospital pero valió la pena. Mi foto en la camilla con un hilo de aceite de palma en la comisura de los labios obtuvo más de 5000 «me gusta».

93. Madre coraje (Patricia Collazo)

Apoya la mochila sobre el mueble del recibidor. Un gesto leve, casi una concesión, mientras la observo desde la puerta de la cocina. Me lanza una mirada rápida, precisa. A su padre, hundido en el sillón ante la tele, no lo mira. Tampoco él a ella. Ya se lo han dicho todo.

Quisiera tener el coraje de detenerla. Aunque sea absurdo.

Apoya una mano sobre su vientre durante unos segundos que se estiran más de la cuenta. Ya no me mira. Ya ha cruzado la puerta antes de hacerlo. Mis dedos tiemblan dentro del bolsillo del mandil, conteniéndose para no acariciar esa mano de uñas cortas y tenues. Acariciarla y acariciar el futuro a su vez.

Cuelga sus llaves en el cajetín, junto a las nuestras. Acaricia el pomo.

Yo —una yo irreconocible— olvido por un instante quién soy, todo lo que llevo años escuchando.

—Espera, cariño. Voy contigo.

—No —dice ella y sale sin girarse.

Él apaga la televisión.

92. Derrocados

Desaparecieron con el coraje de no dejar siquiera una nota de despedida. De repente, nadie se arrodilló a pulir los suelos de mármol, nadie nos sirvió caviar bañado en champán, nadie cambió los pañales a los niños ni a los abuelos. Nadie planchó las sábanas de seda ni recogió la hojarasca de los jardines. Nadie limpió de insectos la piscina, ni el polvo acumulado sobre las maderas nobles y las cómodas estilo rococó. Y lo peor, no había servidumbre a quien dar órdenes o insultar por llevar la cofia torcida.

En pocos días hemos perdido arrogancia, nuestro caminar altivo tropieza con estúpidos pasos vacilantes. Alguien tendrá que limpiar los baños. 

91. Sangría (Jesús Navarro Lahera)

Mientras mi padre, tras echar en una jarra lo poco que había dejado de vodka en la botella, removía la mezcla con el vino tinto, el azúcar y los trozos de naranja y melocotón, yo lo miraba de reojo sin parar de morderme los labios. En esas entró en la cocina mi hermano pequeño, vestido con su traje de marinero y de la mano de mi madre.

Ella preguntó si le faltaba mucho, e insistió en que el resto de miembros de la familia ya estaban sentados a la mesa. Él balbuceó algo ininteligible, como hacía cuando, como era habitual, había bebido más de la cuenta. Mi hermano rompió a llorar, y entre sollozos le entendí decir que no quería que discutieran también el día de su primera comunión.

Y entonces todo ocurrió muy deprisa. Mi padre le dio un golpe en el hombro a mi madre con la cuchara. Ella agachó la cabeza, al igual que hacía cada vez que él la pegaba. Mi hermano comenzó a patalear sin moverse del sitio, y no se detuvo hasta que recibió un guantazo de mi padre. Y yo, al ver cómo bebía a morro de la jarra, agarré el cuchillo jamonero.

90. AHORA DECIDO YO

Tras meses de miradas por encima del hombro, de noches en vela e interminables reuniones, logra su objetivo. Hoy firma el contrato como subdirectora de la empresa, con las mismas condiciones que las pactadas por su antecesor. Ni un céntimo más ni menos. Se refleja en el espejo de la habitación y la sonrisa se le desvanece. Reconoce que mantener ese cargo va a ser una lucha diaria.

Le vibra el móvil. Han aceptado su generosa oferta. Ahora es la propietaria de la casa con finca del pueblo. Lo que siempre ha soñado. Despertarse por la mañana con olor a tierra mojada y a hierba húmeda. Cuidar de las vacas, ovejas y gallinas. Cultivar tomates, patatas y judías. Ver crecer el limonero, el manzano y el nogal.

Sus ojos se afinaron. No huye, es una victoria. Está segura de que los animales, hortalizas y árboles sabrán agradecerle su esfuerzo y no la juzgarán por su sexo.

89. Estimada señorita Otilia:

Quiero que me enamore con sesenta y dos caricias, ni una más ni una menos, como mis años. Quiero que alborote mi corazón desmigado, que temple mi sexo y le dé disfrute.

Si no lo logra, no pasa nada; tendremos el coraje de darnos un abrazo y tan amigos. Recuerde que el amor es como tranca de chiquero: unas veces arriba y otras abajo.

Suyo, Remigio.

88. Eso que me falta

Tengo una blusa nueva y unas ganas locas de verle. Está tardando, pero seguro que llegará a tiempo. A veces hace este tipo de cosas: dice que sí, que le apetece esa peli que yo quería ver y luego no viene. Y yo me quedo allí, sin atreverme a entrar sola por si se enfada.

Él dice que no, pero se enfada. Calla mientras le explico que le dejé su entrada en la taquilla por si aparecía. Y no me mira, pero pregunta si yo veo eso normal: no esperarle. Dejarlo solo.

El amor tiene muchas caras. Y hoy tiene el ceño fruncido. Él camina hacia el coche. Va demasiado rápido. Yo corro. Llega al coche, cierra la puerta y gira la llave. Mi puerta no se abre y le hago señas a través de la ventanilla. Él pisa el acelerador sin mirarme.

Cuando llego a casa, ha preparado cena. Solo para él. Y yo me quedo pensando si eso es normal, si soy una exagerada.  Pero si es normal, por qué no se lo cuento a nadie, por qué me trago las lágrimas y espero tres días hasta que vuelve a dirigirme la palabra.

¿Por qué no le dejo?

87. Dieciséis escalones

Parpadea el cursor sobre un espacio infinito sin que encuentre las palabras que merece.  No soy capaz aún de escuchar su voz en mensajes antiguos, pero me reconforta verla  feliz en las fotos, con esa sonrisa luminosa que usaba para tranquilizarnos aunque tuviera el alma encogida de miedo.

Permanecerá menuda, dulce y vivaracha gravitando en mi memoria, como hizo en mi existencia durante casi sesenta años. A veces enturbiándome  los ojos de sal, otras como un cálido soplo de recuerdos: cada vez que  un corazón de chocolate me traslade a aquellas caminatas por el Retiro, cuando el amarillo y el violeta decidan jugar con un hombre aferrado a una cometa, o siempre que, Ebony and Ivory, acaricie sonriendo un teclado.

Con su elegancia a lo Hepburn dejó un rastro inolvidable y poderoso. Hasta el final. Antes de ponerse a salvo del lado más oscuro de la vida en el que ya no podía ser ella, de decidir, valiente, doblar el último recodo, el más difícil, quiso despedirse de todos.

Hoy, una rabia estéril me desborda al añorar lo ya imposible de vivir, y me lacera, insidioso, el maldito minuto que no tuve para subir a abrazarla por última vez.

 

 

(A Nuria, siempre luz)

86. MI HERMANO Y YO (Blanca Oteiza)

Aquel verano nuestros padres nos mandaron a campamentos. No comenzamos con buen pie, en el grupo había un gallo que quería dominar el corral y algunas gallinas lo adoraron. La tomaron con mi hermano desde el primer baño en el río. Sus michelines resultaban obscenos para los tirillas del gallinero. Durante las comidas llovían sobre nuestra mesa todo tipo de alimentos en forma de perdigones y por las noches, en más de una ocasión, encontró sus sábanas manchadas o mojadas. Lo miraba con tristeza. Quería decírselo a los monitores, que parecían no darse cuenta de nada, pero mi hermano mayor no me dejaba.

Una tarde por el bosque una piedra impactó en su frente. Tras ella aparecieron riéndose los secuaces del ave que se pavoneaba con descaro ante nosotros. No pude evitar la rabia al contemplar la sangre de la herida y salté sobre el agresor dos cabezas más alto que yo. Descargué toda mi fuerza sobre su rostro sorprendido. Desprevenido, logré tumbarlo y los polluelos dejaron abandonado a su líder saliendo corriendo entre la maleza.

Tras aquel incidente llamaron a nuestros padres que vinieron a recogernos. Después de aquel verano, nunca volvimos de campamentos.

85. Cuentas pendientes

Victoria camina y evita los tres euros del autobús. Al llegar, muestra el DNI; revisan las bolsas y, tras firmar, pasa a la sala de visitantes. Él sonríe al verla y la abraza como cuando era pequeño. Agradece el chándal, el tabaco y sus libros juveniles: Miguel Strogoff y Cuento de Navidad.

No estará para las fiestas, dice, a menos que se pague la fianza.
—No puedo, hijo.

Él le cuenta que deben de saber a qué banda pertenece, porque los presos no le molestan y los guardias le tratan bien. Hoy ha repetido lentejas. Eso sí, cuando salga, reventará al cabrón que le haya denunciado.

De regreso, compra yogures baratos, a punto de caducar. En casa, enciende el ordenador y transfiere los quince euros que ha ahorrado a una cuenta nueva que ha llamado “Matrícula FP”. Fontanero o electricista: los gremios siempre tienen trabajo y cobran bien.

Antes de acostarse, envía un WhatsApp:
—Mi niño, bien. Gracias, inspector.

La respuesta le hace sonreír:
—Hizo lo correcto. Cumpliré mi promesa.

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