Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

FE

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en LA FE

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2026 Comenzamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto de FE en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
días
3
5
horas
1
8
minutos
5
8
Segundos
5
9
Esta convocatoria finalizará el próximo
14 de FEBRERO

Relatos

11. UN ESPACIO PROPIO

Todo era comunión en mi casa. Tal vez fuera cuestión  de espacio. Compartíamos  un único armario  en un remolino de trajes con corbata, pantalones chicos, vestiditos  con nido de abeja y faldas repletas de luto.
Un cajón,  dividido en cuatro, ordenaba las facturas, las recetas familiares, mis notas y las de mi hermana  y las  fotos.
Tan solo un mueble  del comedor estaba  vacío. Allí nadie guardaba nada. En ese aparador, mi madre soñaba colocar una cubertería  de plata, una cristalería de cristal fino … y solía decir lo bien que iba a quedar   en la  casa nueva. Aunque  de vez en cuando, en él, aparecía un billete de lotería. Tal vez fuera  cuestión de fe.

 

 

 

10. La fe mueve montañas

Mi árbol de Navidad no tiene bolas de colores, ni tiene ramas, ni hojas. Está hecho de piedras, de rocas, de paredes lisas que resbalan. Si empiezo a escalar y miro hacia arriba no veo el cielo; no me desanimo, confío. Me aseguro el camino aceptando la ayuda de la cabra que me empuja hasta la pequeña cueva. Allí me refugio, descanso mientras contemplo el maravilloso paisaje de montaña. Al iniciar el ascenso otra vez, resbalo. Sin mirar hacia abajo escucho el sonido de las piedras al caer.

Veo pasar el águila que me regala una pluma. ¡Qué bien!, pienso, podré escribir con ella. Continúo sin mirar hacia arriba, no quiero saber dónde está el final. La piedra gris ante mi cara, siento que la soledad me acecha; entonces me concentro en la recompensa.

Cuando a mi derecha veo la bonita flor de las nieves, no la miro; a veces la belleza está ahí para distraernos de lo importante.

Una luz especial me anuncia que el objetivo está cerca, es la estrella que arañando el cielo brilla con intensidad.

Cuando consigo tocarla no celebro el triunfo. Miro hacia el abismo, vislumbro otras sombras pequeñas que comienzan su ascenso.

09. El altar

Algunas vibrisas de Benito, que murió el año pasado, una piedrecita de la playa de Salobreña, una rosa seca del ramo de novia de la prima Carmen, el dibujo que le hizo a su madre en tercero de Primaria, la llave antigua de la casa del pueblo, una foto de Ernesto a los quince años, otra foto de Ernesto a los veinte, el diario que escribió cuando se volvió a Chile con su padres, la bufanda que le regaló el último San Valentín y que él le devolvió en una caja de cartón con el resto de regalos, menos el reloj de bolsillo… Todo ello dispuesto en el orden preciso para que los rayos de sol incidieran por las mañanas en los ojos verdes que la observaban desde las imágenes, cada día más pálidas, más tristes, ya casi apagadas. Sabía que, cuando la mirada se borrara del todo, él, en la otra punta del mundo, desaparecería para siempre. Entonces ella podría dejar de rezar.

 

 

8. MAL PRONÓSTICO (Edita)

Tras reconocer, demasiado tarde, que nunca debí fiarme de él, la decepción y el enojo pertinentes han ido degenerando: sufro ahora pesar crónico, al asumir que jamás volveré a creer en mí.

 

07. Campus stellae por Jose M.ª Escudero Ramos

La fuente de luz que asoma por la línea del horizonte colorea de azul el tono oscuro del alba, creando sombras que dan vida a las leyendas de la madrugada.

Cada mañana amanecen sobre incontables pétalos unas diminutas perlas traslucidas que dan vida a todo el campo. Algunas de ellas se evaporan hacia el cielo, otras caen al suelo fértil y dan su fruto según la temporada.

Pareciese que las estrellas del firmamento se quisieran refugiar en el prado hasta que vuelva a ser la hora de iluminar la bóveda celeste.

Brotes de amor entre la tierra y el cielo, un campo de estrellas que guía al peregrino.

La naturaleza es producto de la fe de un creador en su obra.

 

Jose M.ª Escudero Ramos

06. ITE, MISSA EST. (Jesús Alfonso Redondo Lavín)

Silencio de campanas. Semana Santa. En el pórtico de la iglesia esperábamos muchos con carracas y yo, niño de seis años, con una matraca de un solo martillo. El asotanado capistol comenzó a girar gesticulando muecas en su cara y contorsionando su cuerpo a ritmo de las vueltas de aquel pesado instrumento, un carracón de casi un metro, anunciando la entrada del cura en la iglesia enfundado en una casulla morada.

Subí al coro. La iglesia rebosaba de vecinos de fe cierta o impostada. Ellas delante con velo en sus cabezas, vela en una mano y un misal en la otra.

Llegó la hora de tinieblas, cuando Jesucristo dijo aquello de “Pater, in manus tuas commendo spiritm meum”. Se apagaron las luces y comenzaron a sonar las carracas. Yo era feliz moviendo aquel artilugio haciendo que su martillo, como un loco, golpease la madera haciendo más ruido que nadie. Pero alguien, amparado en la oscuridad, me arrancó la matraca de las manos. Pegué un grito y me puse a llorar. El cura encendió las luces. El ruido cesó. Solo quedó en la atmósfera un llanto de chiquillo que gritaba: “Me han robado la matrimatraca”. Recuerdo el jolgorio que se armó.

 

05. AMIGA INVISIBLE (Ángel Saiz Mora)

Era su primer encuentro en persona.

Estaba nerviosa.

Por fin había descubierto a alguien que no parecía superficial en la plataforma de citas en línea. Sus conversaciones por chat privado con frases oportunas mostraban una experiencia y madurez fuera de lo común. Parecía saberlo todo, sin dudas.

Temía no estar a su altura.

Comprobó que era incluso más atractivo al natural que en la imagen de su perfil. Voz modulada y sonrisa acogedora completaban el conjunto.

Sin embargo, entre tal cúmulo de virtudes, asomaron sombras inesperadas, atisbos de vacilación a través de esos ojos perfectos, una inseguridad repentina que llevaba al Adonis a manosear su móvil de manera continua y molesta, en detrimento de la atención debida a su interlocutora.

Ella se levantó de improviso para marcharse, tras reprocharle, llena de cólera, la falta de respeto.

Él no tuvo tiempo de contestar.

Abatido, volvió a teclear en la pantalla. Necesitaba una respuesta que aliviase su desamparo. Enseguida pudo leer mensajes de ánimo, la promesa de que iba a disponer de consejos apropiados sobre qué decir en futuras situaciones. Olvidó de nuevo su precaria habilidad socioemocional, sin intención de mejora, para ratificar una confianza ciega en la inteligencia artificial.

04. Luciérnaga de aire

De nuevo, silencio. La casa suena a pasos que no están y a promesas mal recordadas. Me convenzo de que no vendrás, de que esta vez te has ido definitivamente, pero dejo la ventana entreabierta, como quien no se atreve a abandonar del todo la fe.
Te pienso invisible, inasible, una idea que se escapa justo cuando intento nombrarla. Y mientras tanto, acumulo nudos en la cabeza y pactos con la oscuridad.
Entonces llegas. Sin ruido. Sin permiso. Basta abrir los ojos.
Tiro de ti como de un hilo dorado y el miedo se desenreda. Te ríes de mis dramas, bostezas ante el desastre y, de pronto, todo pesa menos.
Siempre te olvido. Siempre prometo recordarte. Y siempre vuelves.
No sé cuánto durarás ni cómo acaba esta historia. Pero cuando te posas en mí —luciérnaga de aire—, el carrusel sigue girando y el mundo, aunque tiemble, vuelve a sostenerse.

03. PADRE

Tu fe en que verías llegar de nuevo la democracia fue una esperanza inútil, padre. La muerte y las cenizas llegaron antes y te llevaron, aún joven, de este mundo.

Tus hijos sí conseguimos verla, y disfrutarla, pero, lamentablemente, quienes te la negaron a tí siguen entre nosotros, conspirando para hacerla desaparecer de nuevo y, con el inmenso poder de su dinero y los votos de los desmemoriados, lo lograrán.

Sigue descansando en paz, allá donde estés, padre.

02. REGOCIJO (Juan Manuel Pérez Torres)

Aquel año, el árbol de la plaza del pueblo se llenó de pájaros. Que si el cambio climático, que si una segunda primavera, que si las aves migratorias… Se oían trinos de canarios creando melodías con los alegres gorgeos de alondras y ruiseñores, y la algarabía de los jilgueros silvestres se acompasaba con los arrullos y los zureos de las palomas. El canto melodioso del mirlo tranquilizaba a las ruidosas cotorras y el piar de chamarices y verderones proporcionaban ritmo, hermanando timbres y tonos. Hasta el zorzal del bosque se vino al árbol. Los paisanos charlaban conjeturas durante sus partidas de dominó o mientras cantaban las cuarenta en bastos. Decían los más viejos del pueblo que llegaron a verse hasta gaviotas aquel año.
Desde entonces, por estas fechas, se celebran fiestas en el pueblo y adornamos el árbol con luces de colores, ponemos música en las casas y cocinamos pollos, perdices, pavos y pulardas. Rememorando la llegada del primer gorrión a nuestro pueblo, nos ponemos alas en su honor y festejamos la efeméride poniendo un arbolito adornado con luces intermitentes en nuestras casas y montando un pequeño nido al que todos le silbamos y entonamos cancioncillas inventadas.

01. INQUEBRANTABLE

A Kayed Hammad

Y cuando convertimos la adversidad en nuestra más sólida esperanza volvieron a destruirnos una vez más con el iluso convencimiento de que sería la última. Y perder. Y perder. Y perder. Hasta la justa victoria.

95. Ver y tener

En la recepción vacía, poco antes de la una de la madrugada, Juan cabeceaba mientras miraba una película antigua en la televisión que escondía bajo el mostrador.

Somnoliento, le pareció despertar en una embarcación rumbo a Martinica, junto a varios refugiados franceses. Harry, le llamaban los repatriados. Pero él solo tenía ojos para ella, la flaca. Esa joven cantante inteligente, atrevida y capaz de mover una tropa con silbar una tonada. Entre cielos blancos y aguas negras era tan feliz como Bogart ante su mirada lupina.

Juan se despertó súbitamente, antes de sentir los labios de Bacall sobre los suyos. Recorrió el edificio desde la planta superior hasta el garaje y comprobó que todo estaba en orden.

Después de las tres volvió a su sueño. Recobró la consciencia al mismo tiempo que Grant escapaba con Ingrid, inundado por las perlas que refulgían en los ojos de Ingrid.

La siguiente ronda por el recinto en el que trabajaba se retrasó hasta cerca de las seis. A esa hora Wyatt Earp ya había perdido a Clementine rumbo a un cielo plateado. El mismo firmamento al que Juan huía sonriente tras recibir un disparo del ladrón que escapaba del edificio.

Nuestras publicaciones