¿Te falta alguno de nuestros recopilatorios?
PREMIO A CURUXA 2024
PREMIO SENDERO EL AGUA 2024
***
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas


Porfi, deja la puerta abierta y la luz del pasillo encendida, le digo después del cuento, el beso de esquimal y la oración al ángel de la guarda. Mi abuela lo hace, cree que soy miedoso.
Una vez cerró la puerta y apenas pude dormir por los ronquidos. Se ve que mi ángel es ya mayor y está delicado de los pulmones, como el abu. Por eso se esconde en el armario ropero y usa sus batas y sus zapatillas. Se cree invisible, pero arrastra los pies, escupe y gruñe raro. Cuando voy a casa de los abuelos lo siento cerca de noche y de día. Al principio era amable, pero desde que cumplí ocho años está muy, pero que muy pesado. Últimamente tose mucho y a veces me pide que le haga un huequito en la cama. Esas veces no me deja descansar, ocupa demasiado espacio. Entonces rezo una oración secreta. La abuela siempre dice que hay que tener fe. Pido que me deje solo, que me desampare, que salga de la habitación.
No le cuento nada a la abuela de lo de su ángel. La pobre cree que aún está en forma, que me hace dulce compañía.
El 16 de diciembre de 1857 sor Juana María del Espíritu Santo perdió la fe. Como andaba ya algo desmemoriada, con frecuencia extraviaba lugares, personas y prendas, por lo que no se preocupó demasiado. Buscó en la jofaina donde se lavaba, entre las pajas de la cunita del Niño y debajo del jergón de lana, pero no hubo manera de encontrarla. No es de extrañar. Aquella fe blanca e inocente que olvidó en la cocina fue confundida con azúcar molida y utilizada por las novicias para espolvorear mantecados y alfajores que expidió la tornera, sin que nadie advirtiera el error.
Desde aquel día Sor Juana tuvo que resignarse a repetir, faltos de la virtud teologal que les daba sentido, los rezos y labores que venía realizando desde que, siendo aún una chiquilla delgaducha, fue encerrada por sus parientes en el convento de Santa Lucerna. Nunca se atrevió a confesarse de tan grave pecado y vivió hasta su muerte temerosa del fuego del infierno. No podía imaginar que, a la hora del juicio, sería premiada por su descreimiento: bien sabía Dios que, gracias a este, se le llenó la iglesia de fieles devotísimos aquella Navidad y otras muchas que la siguieron.
Tiró la espada, rota como estaba ya no le servía de nada, su peso suponía una dificultad más en la triste huida. Al instante se arrepintió, su padre se la había regalado cuando se embarcó rumbo a Oriente. Se quitó el yelmo y la cota de malla que habían dejado de ofrecerle protección y tan solo servían para aumentar la temperatura de su cuerpo.
Se arrodilló en la hirviente arena con la intención de rezar. Miró alrededor y comprobó que no había nada salvo desolación. Desolación y un sol empecinado en abrasar a cualquiera que tuviera la osadía de retarle.
Las palabras de la oración se ahogaron en lágrimas que le recordaban su hogar. Le pareció ver el rio que canturreaba cerca de la aldea, las verdes laderas de las montañas, los campos embarazados de trigo, los arboles, altruistas, regalando sus frutos. Creyó escuchar el jolgorio de los niños y las insinuantes sonrisas de las doncellas.
Sin fuerzas, y abandonado por la esperanza, se tumbo en la arena esperando que la muerte le llevara de vuelta a casa.
Todo era comunión en mi casa. Tal vez fuera cuestión de espacio. Compartíamos un único armario en un remolino de trajes con corbata, pantalones chicos, vestiditos con nido de abeja y faldas repletas de luto.
Un cajón, dividido en cuatro, ordenaba las facturas, las recetas familiares, mis notas y las de mi hermana y las fotos.
Tan solo un mueble del comedor estaba vacío. Allí nadie guardaba nada. En ese aparador, mi madre soñaba colocar una cubertería de plata, una cristalería de cristal fino … y solía decir lo bien que iba a quedar en la casa nueva. Aunque de vez en cuando, en él, aparecía un billete de lotería. Tal vez fuera cuestión de fe.
Mi árbol de Navidad no tiene bolas de colores, ni tiene ramas, ni hojas. Está hecho de piedras, de rocas, de paredes lisas que resbalan. Si empiezo a escalar y miro hacia arriba no veo el cielo; no me desanimo, confío. Me aseguro el camino aceptando la ayuda de la cabra que me empuja hasta la pequeña cueva. Allí me refugio, descanso mientras contemplo el maravilloso paisaje de montaña. Al iniciar el ascenso otra vez, resbalo. Sin mirar hacia abajo escucho el sonido de las piedras al caer.
Veo pasar el águila que me regala una pluma. ¡Qué bien!, pienso, podré escribir con ella. Continúo sin mirar hacia arriba, no quiero saber dónde está el final. La piedra gris ante mi cara, siento que la soledad me acecha; entonces me concentro en la recompensa.
Cuando a mi derecha veo la bonita flor de las nieves, no la miro; a veces la belleza está ahí para distraernos de lo importante.
Una luz especial me anuncia que el objetivo está cerca, es la estrella que arañando el cielo brilla con intensidad.
Cuando consigo tocarla no celebro el triunfo. Miro hacia el abismo, vislumbro otras sombras pequeñas que comienzan su ascenso.
Algunas vibrisas de Benito, que murió el año pasado, una piedrecita de la playa de Salobreña, una rosa seca del ramo de novia de la prima Carmen, el dibujo que le hizo a su madre en tercero de Primaria, la llave antigua de la casa del pueblo, una foto de Ernesto a los quince años, otra foto de Ernesto a los veinte, el diario que escribió cuando se volvió a Chile con su padres, la bufanda que le regaló el último San Valentín y que él le devolvió en una caja de cartón con el resto de regalos, menos el reloj de bolsillo… Todo ello dispuesto en el orden preciso para que los rayos de sol incidieran por las mañanas en los ojos verdes que la observaban desde las imágenes, cada día más pálidas, más tristes, ya casi apagadas. Sabía que, cuando la mirada se borrara del todo, él, en la otra punta del mundo, desaparecería para siempre. Entonces ella podría dejar de rezar.
Tras reconocer, demasiado tarde, que nunca debí fiarme de él, la decepción y el enojo pertinentes han ido degenerando: sufro ahora pesar crónico, al asumir que jamás volveré a creer en mí.
La fuente de luz que asoma por la línea del horizonte colorea de azul el tono oscuro del alba, creando sombras que dan vida a las leyendas de la madrugada.
Cada mañana amanecen sobre incontables pétalos unas diminutas perlas traslucidas que dan vida a todo el campo. Algunas de ellas se evaporan hacia el cielo, otras caen al suelo fértil y dan su fruto según la temporada.
Pareciese que las estrellas del firmamento se quisieran refugiar en el prado hasta que vuelva a ser la hora de iluminar la bóveda celeste.
Brotes de amor entre la tierra y el cielo, un campo de estrellas que guía al peregrino.
La naturaleza es producto de la fe de un creador en su obra.
Jose M.ª Escudero Ramos
Silencio de campanas. Semana Santa. En el pórtico de la iglesia esperábamos muchos con carracas y yo, niño de seis años, con una matraca de un solo martillo. El asotanado capistol comenzó a girar gesticulando muecas en su cara y contorsionando su cuerpo a ritmo de las vueltas de aquel pesado instrumento, un carracón de casi un metro, anunciando la entrada del cura en la iglesia enfundado en una casulla morada.
Subí al coro. La iglesia rebosaba de vecinos de fe cierta o impostada. Ellas delante con velo en sus cabezas, vela en una mano y un misal en la otra.
Llegó la hora de tinieblas, cuando Jesucristo dijo aquello de “Pater, in manus tuas commendo spiritm meum”. Se apagaron las luces y comenzaron a sonar las carracas. Yo era feliz moviendo aquel artilugio haciendo que su martillo, como un loco, golpease la madera haciendo más ruido que nadie. Pero alguien, amparado en la oscuridad, me arrancó la matraca de las manos. Pegué un grito y me puse a llorar. El cura encendió las luces. El ruido cesó. Solo quedó en la atmósfera un llanto de chiquillo que gritaba: “Me han robado la matrimatraca”. Recuerdo el jolgorio que se armó.
Era su primer encuentro en persona.
Estaba nerviosa.
Por fin había descubierto a alguien que no parecía superficial en la plataforma de citas en línea. Sus conversaciones por chat privado con frases oportunas mostraban una experiencia y madurez fuera de lo común. Parecía saberlo todo, sin dudas.
Temía no estar a su altura.
Comprobó que era incluso más atractivo al natural que en la imagen de su perfil. Voz modulada y sonrisa acogedora completaban el conjunto.
Sin embargo, entre tal cúmulo de virtudes, asomaron sombras inesperadas, atisbos de vacilación a través de esos ojos perfectos, una inseguridad repentina que llevaba al Adonis a manosear su móvil de manera continua y molesta, en detrimento de la atención debida a su interlocutora.
Ella se levantó de improviso para marcharse, tras reprocharle, llena de cólera, la falta de respeto.
Él no tuvo tiempo de contestar.
Abatido, volvió a teclear en la pantalla. Necesitaba una respuesta que aliviase su desamparo. Enseguida pudo leer mensajes de ánimo, la promesa de que iba a disponer de consejos apropiados sobre qué decir en futuras situaciones. Olvidó de nuevo su precaria habilidad socioemocional, sin intención de mejora, para ratificar una confianza ciega en la inteligencia artificial.
De nuevo, silencio. La casa suena a pasos que no están y a promesas mal recordadas. Me convenzo de que no vendrás, de que esta vez te has ido definitivamente, pero dejo la ventana entreabierta, como quien no se atreve a abandonar del todo la fe.
Te pienso invisible, inasible, una idea que se escapa justo cuando intento nombrarla. Y mientras tanto, acumulo nudos en la cabeza y pactos con la oscuridad.
Entonces llegas. Sin ruido. Sin permiso. Basta abrir los ojos.
Tiro de ti como de un hilo dorado y el miedo se desenreda. Te ríes de mis dramas, bostezas ante el desastre y, de pronto, todo pesa menos.
Siempre te olvido. Siempre prometo recordarte. Y siempre vuelves.
No sé cuánto durarás ni cómo acaba esta historia. Pero cuando te posas en mí —luciérnaga de aire—, el carrusel sigue girando y el mundo, aunque tiemble, vuelve a sostenerse.
Tu fe en que verías llegar de nuevo la democracia fue una esperanza inútil, padre. La muerte y las cenizas llegaron antes y te llevaron, aún joven, de este mundo.
Tus hijos sí conseguimos verla, y disfrutarla, pero, lamentablemente, quienes te la negaron a tí siguen entre nosotros, conspirando para hacerla desaparecer de nuevo y, con el inmenso poder de su dinero y los votos de los desmemoriados, lo lograrán.
Sigue descansando en paz, allá donde estés, padre.
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas









