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No le reconocía, pero era su marido. Tenía delante a un desconocido con el que resultaba que llevaba más de veinte años casada. No asimilaba la situación después del accidente. Aceptaba su cariño y sus cuidados rebosantes de abnegación con el reparo y la prudencia de quien los recibe de un extraño del que recela. La ofrecían una vida nueva. Quizá debería aprovechar y jugar esa carta, pero si algo tenía claro era que no le gustaba el juego. Qué pasaba con todo lo anterior a estamparse con el coche.
Parecía que un amor residual, latente, quería volver a florecer en ella. Había algo de anhelo. Pero no se acostumbraba a ese hombre, a sus miradas de admiración ni a la dulzura de su trato. Ella no podía evitar lucir una expresión de desconcierto desde que salieron del hospital. Era su marido. Se empeñaban en dejárselo claro. Pero… no era su marido.
Valoró. Sopesó. Y volvieron a su memoria los silencios despiadados, los desprecios, los vacíos. La frialdad. Soberbia. Humillación. Odio, rechazo, desprecio… Y firmó para que, ya sin duda, dejase de ser su marido. Lamentó entonces que la amnesia no le hubiera afectado también a ella.
Estas cosas solo me suceden a mí ¿sabes? Llevaba meses encerrada con lo de las oposiciones, con unas ganas de follar locas, así que cuando Marta y Alicia me llamaron para salir no dudé en decirles que sí. Nos fuimos a una discoteca y allí le conocí. Guapo, alto, musculoso y muy educado. Cuando mis amigas me dijeron que si nos íbamos les dije que me quedaba un poco más, no era cuestión de desaprovechar la oportunidad. Al irnos, yo esperaba que me diese un beso, que me invitase a su casa, que… pero hincó una rodilla y me besó la mano. No quisiera mancillar tu honor, me dijo. Este no pertenece a esta época, pensé, o me está vacilando, pero no iba a perder la oportunidad, y como al día siguiente era Nochebuena le invité a cenar a casa. Allí estaban mis padres y mi hermana, esperando a conocer a mi nuevo ligue. A las nueve en punto sonó un trueno y oímos un ruido extraño en la escalera. Mi hermana abrió la puerta, curiosa. Era él, sonriendo con su túnica blanca, su cruz de Malta roja en el pecho, sus espuelas arrastrando y su armadura brillante.
Una fuerza interior desconocida lo ha empujado a volver.
Ya no recuerda qué fue lo que lo impulsó, o tal vez lo que lo obligó a dejar su tierra; su memoria languidece.
Con pasos vacilantes avanza por las calles; nada le resulta familiar. Se cruza con la gente, pero sus rostros no le regalan una mirada. Intenta aferrarse a un recuerdo, y este se desliza por su mente sin dejar huella.
Sus piernas han tomado el control y lo conducen al camposanto, a los pies de una lápida; su nombre y su corta edad penetran en su cerebro como una daga. El pasado regresa: «el coche, el alcohol como copiloto, la sangre que recorre los pliegues del asfalto».
Su vida ha sido un cúmulo de desafección, una existencia errante en busca del olvido. Ahora siente que está donde debe estar; la culpa impregna cada rincón, pero es suya, le pertenece y, cansado de huir, la acoge como una liberación.
La boca de Paula se abre para dar un beso. Veo mi oportunidad. No puedo resistir la tentación de enroscarme en su lengua y navegar su saliva. Me aferro a ella como si mis ganas de conquistarla fueran pequeñas llaves y sus mucosas, un jardín húmedo lleno de puertas.
Llego hasta sus vías respiratorias. Me adhiero a una célula, consigo entrar y me multiplico. Quiero ser como ellas. Pero en vez de recibirme, dan la señal de alarma. Intentan cercarme, agredirme, expulsarme…
Empieza la guerra. Paula tiene fiebre, está cansada, le duele el cuerpo… A mí me duele que me vea como un extraño. No entiendo por qué opone resistencia.
Consigo escapar hacia otra boca, no sin antes dejarle un regalo.
Paula no lo sabe, pero de todas sus relaciones, la nuestra será una de las más duraderas.
La próxima vez que la visite, me reconocerá y estará preparada para recibirme.
¡Es tan bonito dejar una huella!
Por las mañanas se sienta en la sala de espera y escucha las dolencias de los habituales del lugar: una tos perruna que nunca cesa, un dolor de rodilla, unos mareos con vómitos. Una señora con los ojos enrojecidos habla de su insomnio; un joven, de unas fiebres que desaparecen al ponerse el termómetro. Matías hace suyos aquellos síntomas y vuelve a casa cojeando, con destemplanza y fatiga, tosiendo, dando tumbos, convencido de que esa noche ni los calmantes más aguerridos lo dejarán dormir.
Desde que se quedó viudo, ha regalado las pertenencias de Elena y ha vaciado su hogar de recuerdos. Ahora pasa el tiempo tumbado en el sofá, mirando la pared, y su hipocondría se ha convertido en su mejor aliada. Por eso cada mañana recoge achaques ajenos que entretengan sus tardes.
Podría ir a urgencias, donde los casos son más graves, pero allí reina el silencio y nadie se queja. En el centro de salud, sin embargo, oye y aprende nuevas patologías que amplían las goteras de su cuerpo.
Si sigue con las visitas, calcula que pronto va a morir de una enfermedad que no existe y recuperará, al fin, todo lo que ha perdido.
Dijo: «No me perteneces» y la dejó ir. Era una mañana de llovizna, de esas grises de finales de verano que van anunciando el otoño. La vio desaparecer entre la maleza. Con rostro triste volvió a casa mientras se convencía a sí mismo, que había hecho lo correcto. El recuerdo, de la tarde en que se encontraron junto al estanque, hizo que asomara una sonrisa en sus labios.
La recogió desorientada y mal herida. No dudó en llevarla a casa y cuidar de ella. Aunque estaba preparada hace tiempo para volver a su vida anterior, él quería seguir disfrutando de su compañía y retrasaba el día de la separación. Se había acostumbrado a tenerla, a prestarle su cariño, incluso comenzó a amarla. No se imaginaba una vida sin ella, aunque comprendía que tarde o temprano tendría que dejarla marchar. Y fue entonces, tras un documental en la televisión sobre quelonios, que decidió volver a la charca y decir adiós a la tortuga.
Los amores de verano pesan poco. Son los más felices amores, pues apenas los alcanza el óxido del tiempo y conservan su brillo hasta que acaba la canícula. Yo no sé de otros amores posibles, ni quiero. Me basta con amar a ciegas, como un loco, durante esos meses. Entonces soy sombra de su sombra y a nadie más pertenezco. En cuanto el sol aprieta y mi corazón se halla dispuesto, hago una lista y comparo. Después elijo con cuidado a quién insuflarle mi pasión. Hasta ahora prefería las rubias bajitas, de boca carnosa y pecho pequeño. Este año me he decidido por un rotundo tiranosaurio.
El tiempo es un maestro paciente y eficaz, y en la cárcel, es lo único que se tiene. Por eso decidí tomarlo como aliado para reflexionar sobre los errores cometidos y tratar de digerir, de la mejor manera, el castigo, que también se paga, entre otras cosas, en tiempo.
Pero aquí la vida se va deslizando entre los detalles, ¿sabe? En la sonrisa torcida de algunos presos al verme llegar, que me acarreó algún que otro problema después, en las arrugas que iban sumando los más longevos, consumidos poco a poco bajo el abrazo áspero de los muros y las rejas, y fijándome un poco más de cerca en las marcas que trataba de disimular mi hermana, con algo más de maquillaje de lo habitual, en su última visita.
Y entiéndame, Señoría. Ambos sabemos cómo funciona esto. El que algo quiere, algo le cuesta. Y aunque aquí todo se paga con tiempo y en sitios como este acaba generando cierto apego, al final todo llega, incluso el primer permiso penitenciario.
Dicen que el primer golpe nunca se ve venir. Pero sepa usted, Señoría, que en los siguientes, mi cuñado pudo ver quién impartía justicia.
Desde que llegué a Valencia me sentí en mi propia casa. Tuve una acogida como jamás hubiera esperado, y en la primera semana ya había recorrido todas las emisoras de radio y platós de televisión de la provincia. La afición, simpática y agradecida, me paraba por la calle y me daba la bienvenida a su preciosa ciudad. Tardé muy poco en adaptarme al entorno. La paella ya era mi plato favorito antes de llegar a la terreta, pero tampoco me resistí a la horchata con sus fartons reglamentarios, a un buen all i pebre en la Albufera y, si no me tocaba entrenar, un contundente esmorzaret a media mañana.
Cuando me quise dar cuenta ya me había convertido en un símbolo de la ciudad, y representaba con orgullo a mi equipo por todos los estadios del mundo. Tanto era así que en las Fallas tuve el privilegio de presenciar cada mascletá desde el balcón del Ayuntamiento.
Nunca me sentí tan unido a un lugar, al que juré amor eterno.
Por eso, cuando vinieron los de la capital ofreciéndome el oro y el moro no lo dudé ni un instante: tardé exactamente cinco segundos en hacer las maletas.
Jamás imaginé un mundo diferente al que había pertenecido. Ajena a otras vidas colmadas de miserias, exterminé cualquier emoción que sobrepasara los límites de mi ostentosa existencia.
Ahora, secuestrada por un invitado no deseado que me amenaza cada día con su letal presencia, que viene a quedarse, rememoro tiempos pasados y busco en los demás una mirada blanca, aquella que ignoré en otro tiempo.
Un día más va perdiendo su luz, envolviéndome con su velo negro, mientras espero ese viaje sin retorno con un equipaje de dolor y soledad.
Encaramado sobre una rama robusta y elevada, se la colocó alrededor del cuello y tiró del nudo. Tan solo faltaba dejarse caer cuando divisó una silueta en idéntica decidida posición.
Aún en la lejanía, percibió la confluencia de sus miradas.
Antes de saltar, se liberó de la soga mientras observaba como él o ella hacían lo propio.
Sorprendentemente, descubrieron otros cuerpos que alcanzaban la tierra con sus pies desde árboles aledaños. Caminaron unos hacia otros hasta encontrarse en el punto donde encenderían las primeras hogueras y acabarían por prender amores que ya no esperaban.
No es fácil precisar cuánto tiempo transcurrió hasta que un joven panadero, taciturno y solitario, se dejó caer desde la horquilla del majestuoso roble de la plaza. Todo concluyó, a cierta distancia del suelo, en el clásico movimiento.
Cerca de cumplir los cincuenta, tres amigas que nunca habían dejado de verse sintieron la necesidad de reencontrarse con sus excompañeras de escuela. Empezaron a salir a cenar una vez por mes, después sumaron los cumpleaños y algún viaje a lugares cercanos. La consigna tácita era comentar, por turnos, sus desgracias para ver cuál lo pasaba peor. Varias se habían divorciado y lidiaban con hijos rebeldes; otras seguían casadas a duras penas. Algunas, tras haber descartado novios impresentables, no se habían atrevido a formar nueva pareja.
A Juanita, la última en obtener la membresía —con ciertas dudas porque era del otro curso—, le venían tolerando que nunca ofreciera su casa para los encuentros, que tampoco fuera generosa a la hora de contar detalles y que no aportara críticas lo suficientemente feroces al sexo opuesto.
Hasta entonces le habían perdonado todo, pero decidieron expulsarla por unanimidad el día en que se sintió feliz y no tuvo reparos en confesarlo.
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