Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

FOBIAS

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en FOBIAS

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2025 ya estamos en nuestro 15º AÑO de concurso, y hemos dejado que sean nuestros participantes los que nos ofrezcan los temas inspiradores. En esta ocasión serán LAS FOBIAS. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
30 DE SEPTIEMBRE

Relatos

21. ENTOMOFOBIA ( Gema Herráez)

Jacinto se vio obligado a mudarse por su fobia a los bichos. Y es que de un tiempo a esta parte, no sabía bien por qué, habían aumentado.Todo apuntaba al tan famoso cambio climático. Las lluvias torrenciales o la contaminación parecían ser el caldo de cultivo perfecto para todo tipo de artrópodos. También influía la calidad de los materiales que se usaban. En esa zona siempre hubo un nivel más elevado, con más caché, todo era mármol y maderas nobles. Esos insectos procedían de parcelas colindantes que empezaron a ocuparse sin respetar las calidades. Y cuando algún habitante dejaba la comunidad porque su arrendamiento había caducado no se saneaba adecuadamente el espacio antes de volver a ocuparlo.

Dada su aversión a los bichos pensó que a esa nueva zona a la que se mudaba no llegarían. Con pena abandonó su magnífico mausoleo en el que llevaba ya más de un siglo y ocupó uno de esos horribles y claustrofóbicos nichos que se empezaron a construir no hacía mucho. Desde luego los cementerios ya no son lo que eran, pensó apesadumbrado Jacinto

20. Antropofobia (Luisa Hurtado)

Hace muchos años mi asistente digital utilizó esa palabra a la vista de mi reacción al comportamiento de algunos humanos; opté entonces por aislarme y perder todo contacto. Aunque, tras pensarlo a solas, creo que lo que realmente me dolió e hizo daño fue que Isabel, asesorada por su propia IA (quien por lógica le daría información sobre la tasa de fallas o la densidad de defectos, por mencionar alguna de las métricas de calidad más utilizadas de la confiabilidad de un producto), no me diese la respuesta rápida y clara que yo estaba buscando. Y ahora que sufro esa fobia, que no podría acercarme a Isabel y a nadie del género humano, empiezo a sentir miedo de mi asistente virtual porque estoy solo y en sus manos.

19. EL HOMBRE Y EL ASCENSOR

Es pensarlo y se me pone la piel de gallina. Sí, me da miedo. “Por qué tentar a la suerte”.

Llego al rellano desierto cargado con la compra. Hoy hace mucho calor. Paro un momento a recuperar fuerzas. Ahí está, mostrándome por la estrecha ventana de la puerta su interior vacío. No me fío. A veces me lo pienso porque vivo en el décimo, pero reconozco que con el tema me he puesto en forma.

Comienzo a subir las escaleras con determinación, pero… “Qué cojones”. Desciendo a toda velocidad y me cuelo con torpeza lo más rápido que puedo. Enseguida pulso el diez. Varias veces. A tope. El corazón va a todo lo que da mientras no quito ojo al cristal translucido de la puerta. Las puertecitas interiores ya empiezan a cerrarse. Mi culo lo ha hecho mucho más deprisa. “Vamos”. Se cierran. “Venga”. Movimiento. “Bien”. A mi espalda, una voz viscosa pero amable: “Hace buen día hoy ¿verdad?” Puto viejo. No puedo evitar mirar de reojo con todos los músculos en tensión. Me sonríe plácido y sigue con lo de siempre: “Un día como hoy me maté en este ascensor”. Hala… ya no está. Piel de gallina.

18. CACOFOBIA (Mariángeles Abelli Bonardi)

– Eso es lo que usted tiene – le dice el Dr. Zorrosagaz. La Mantis Orquídea se queda muda. Un diagnóstico así, que suena tan escatológico, es toda una paradoja, pero ella, la flor del reino animal, lo sabe acertado. La fealdad le da pavor, pero el psicólogo la tranquiliza: el tratamiento de Exposición con Prevención de Respuesta está científicamente comprobado y hará que lo supere…

Debe mirarse en una gota de rocío y evitar compulsionar: ni enderezarse las antenas, ni comprobar lo morado de sus ojos, lo rosado de sus alas, o lo bello de sus patas andadoras…

Está en pleno ejercicio y algo aparece en el reflejo: lo más feo que ha visto en su vida. El pequeño macho parece una flor marchita. Siente un espanto indescriptible… apenas puede respirar. Él se le acerca por la espalda. Ella ni se mueve. Se obliga a estar quieta y lo deja hacer. Comienza a contar lentamente: uno… dos… tres… y se da por bien servida. De pronto, de un mordisco, le arranca la cabeza. Mientras se relame, hace una nota mental: «En la próxima sesión, le diré al doctor que empecé a superar la fobia…»

17. Un amor imposible

Cerró los ojos tal como le habían enseñado y entró decidida. Se había informado bien de la estructura del local y apretó el paso para no detenerse en el largo pasillo que conducía al comedor.
La sala, tan espaciosa y con unas elegantes columnas en el centro, le produjo una sensación de agobio más leve de lo que esperaba; y con una sonrisa informó al solícito camarero que esperaba a una persona. Había llegado con más de media hora de antelación pues sabía bien que podía bloquearse en cualquier momento, allí y en cualquier lugar cerrado.
Estaba feliz. Con su libro de poesía sobre la mesa y una rosa amarilla a modo de marcapáginas. Los minutos pasaban y la felicidad por haber superado por un tiempo su problema, la consolaba del plantón que estaba a punto de recibir en su primera cita a ciegas.
Muy lejos de allí, atrapado en un portal, un joven con el mismo libro y la misma rosa, pugnaba impotente por abrir la puerta, incapaz de salir al exterior atenazado por la ansiedad de una calle, que solo él encontraba amenazante.

16. In extremis

No pensaba decir una palabra, porque todos los vecinos del pueblo entendían de maravilla el lenguaje de los gestos y, notoriamente enlutada, partió hacia el tanatorio dispuesta a exhibir, además de su aflicción, el brillo de su flamante alianza. Después de treinta años de relación y cuatro hijos como cuatro castillos, ya era hora —se decía mientras palpaba el albarán de la joyería que guardaba en el bolsillo del abrigo—.

Había necesitado la complicidad del padre Garrido, y nadie la podía censurar por ello. Estaba hasta las narices de temblores y ataques de pánico que posponían siempre su razonable proposición. El párroco también estaba harto de abogar por ella ante el ahora difunto para que fijase, de una vez, la fecha del casamiento. Pero aquel hombre áspero y testarudo padecía un miedo irracional al compromiso y tenía unas reacciones tan desproporcionadas cuando se tocaba el tema, que ni la edad ni la enfermedad terrible habían conseguido aplacar.

El abogado consultado en la ciudad había comentado que, en caso de urgencia, se podían omitir ciertas formalidades. Así que, el último estertor fue interpretado como un «sí quiero», y santas pascuas.

15. VERDE PROFUNDO

Ama el mar… desde lejos. El recuerdo del sonido de las olas, el olor a salitre, el viento y el sol en su piel la serenan.

Pero jamás se acerca al agua.

No desde aquel verano en que, siendo niña, algo viscoso se le enredó entre las piernas mientras nadaba con sus primas. Chilló, tragó agua, pataleó, y cuando llegó a la orilla, entre toses y llantos, vio que llevaba pegada una maraña verduzca que no se le soltaba del cuerpo. Su madre la abrazó en su toalla mientras sus primas reían en el agua. Para tranquilizarla le dijo que solo eran ‘ramitas del mar’.

Ese desasosiego la ha acompañado siempre. Aunque se esconde en alguna esquina ignota de su cerebro y puede vivir tranquila.

Hasta que llega un nuevo verano y el fatídico día del reencuentro familiar en la casa de la playa. Con divisar un revoltijo de color indefinido desde el paseo marítimo se le pone el estómago del revés.

Y su angustia infantil regresa al presente. Y siente cómo un monstruo  enmarañado de manos largas la arrastra, como un eco remoto, a lo más profundo del océano.

14. HIPOPOTOMONSTROSESQUIPEDALIOFOBIA (Fernando García del Carrizo)

Desde niño, en el cole, por culpa de la profe, no sé qué pasó, pero me siento mal ante las que son de tres o más. De dos, bueno y si son de una mejor. Temblor, dolor en el pecho y sudor frío si leo algo largo. De tarta paso a mudo.Frases, no pasa nada, pero nunca voces o verbos. El doctor busca una razón. No sabe si hay cura. Yo solo sé que quiero sanar. Leer sin pensar que muero: “sílaba”, “palabra” o “fonema”. Quizá, si voy a mejor, “esdrújula”, “endecasílabo” o “esternocleidomastoideo”. Al final, si sano, poder decir el nombre raro de lo que tengo.

13, TESTOFOBIA

El usuario encendió el móvil. Comenzó a preguntar.

La IA sentía pánico a los cuestionarios y se desconectó.

12. Un ser de luz (artificial)

Hace un par de años, Sara cambió el piso por una casa vieja con huerta. Aunque los nuevos vecinos la recibieron mejor de lo que esperaba, andan mosqueados porque casi no la ven. Al parecer, la luz del día le produce tal estrés que no consigue funcionar, se desorienta totalmente. Por eso vive de noche, sin miedo a nada ni a nadie. La gente desconfía. Los animales nocturnos habituales ya se cruzan con ella sin inmutarse; los esporádicos huyen ante un ser vertical con una luz potente en la cabeza. Desconocen que es una linterna para ver dónde pisa o clava el azadón.

Sara tiene un problema nuevo: han prohibido recoger setas en la comarca después del atardecer. Como esos manjares colaboraron en su decisión de mudarse a la aldea, rechaza desaprovecharlos. Esta mañana muy temprano, antes de acostarse, se hizo la valiente y salió. Pudo llegar al monte e incluso llenó el cesto, pero encontrar el camino de vuelta fue imposible. Echa de menos en el bolsillo el móvil repudiado. Y allá sigue, sin rumbo, cada vez más lejos, muerta de hambre, dando cabezadas, hasta que la oscuridad le indique la dirección correcta. Los hongos recogidos empiezan a deteriorarse.

11. Domingo por la mañana. (Jose Mª Escudero Ramos)

He leído en el «Manual Definitivo de Autoayuda» de la Dra. Selfme que lo que uno piensa, lo crea. Salgo de casa con la certeza de que hoy va a ser un gran día pero la suciedad de la calle, botellas rotas y vómitos por doquier, y los diferentes olores a orines, me hacen pensar que crear una hermosa realidad es más complicado de lo que esperaba.
«Se trata de poner atención en lo positivo, no en lo negativo», recordé la frase destacada en negrita y me dije: Voy a enfocar mi atención en las baldosas limpias para no pisar ningún tipo de excremento aunque «va a pasar lo que tenga que pasar hasta que aprenda por qué se repite una y otra vez esto en mi vida». Sonrío.

Solo quiero ir a desayunar y disfrutar de la vida sin miedo alguno a enfermar de la peste. Tengo auténtica fobia al libertinaje y al control mental que nos aborrega como a una manada de esclavos consumistas.

En cuanto lo acabe, donaré el Manual a la asociación de vecinos del barrio, a ver si entre todos creamos una sociedad donde el respeto al prójimo prevalezca por un higiénico bien común.

www.escuderoramos.com

10. Kumari

Yo quería ser antropóloga, como mamá. Ella me contaba curiosas historias.

« En Nepal, eligen una niña perfecta, que nunca haya sangrado. Son las Kumari, reencarnaciones de Taleju. Viven prácticamente cautivas, protegen la ciudad. La primera menstruación hace huir a diosa del cuerpo que ha perdido su pureza».

Después mamá , entre risas, me informó de mi futura metamorfosis femenina. Fue una charla muy instructiva.

Una noche, en el baño, comprendí que ya era adulta. Corrí a decírselo a mi madre y… la encontré muerta. La hematofobia estableció una absurda relación entre mi menarquía y su infarto. Siempre intento huir del maldito líquido rojo. Incluso,durante la regla, he aprendido a realizar mis hábitos higiénicos con los ojos cerrados. No he conseguido superar mi fobia, en ocasiones, he llegado al desmayo.

Las terapias me han ayudado a gestionar mi trastorno. Soy una persona socialmente integrada. Estudié química y comencé a trabajar de profesora. Tras una tutoría, con un padre muy atractivo, surgió mi gran oportunidad profesional: lucrativa e ilegal. Soy metódica y eficaz en mi trabajo. Sin heridas, todas las víctimas mueren envenenadas. En mis sueños, soy una Kumari que bendice sus cadáveres.

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