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Algunas vibrisas de Benito, que murió el año pasado, una piedrecita de la playa de Salobreña, una rosa seca del ramo de novia de la prima Carmen, el dibujo que le hizo a su madre en tercero de Primaria, la llave antigua de la casa del pueblo, una foto de Ernesto a los quince años, otra foto de Ernesto a los veinte, el diario que escribió cuando se volvió a Chile con su padres, la bufanda que le regaló el último San Valentín y que él le devolvió en una caja de cartón con el resto de regalos, menos el reloj de bolsillo… Todo ello dispuesto en el orden preciso para que los rayos de sol incidieran por las mañanas en los ojos verdes que la observaban desde las imágenes, cada día más pálidas, más tristes, ya casi apagadas. Sabía que, cuando la mirada se borrara del todo, él, en la otra punta del mundo, desaparecería para siempre. Entonces ella podría dejar de rezar.
Tras reconocer, demasiado tarde, que nunca debí fiarme de él, la decepción y el enojo pertinentes han ido degenerando: sufro ahora pesar crónico, al asumir que jamás volveré a creer en mí.
La fuente de luz que asoma por la línea del horizonte colorea de azul el tono oscuro del alba, creando sombras que dan vida a las leyendas de la madrugada.
Cada mañana amanecen sobre incontables pétalos unas diminutas perlas traslucidas que dan vida a todo el campo. Algunas de ellas se evaporan hacia el cielo, otras caen al suelo fértil y dan su fruto según la temporada.
Pareciese que las estrellas del firmamento se quisieran refugiar en el prado hasta que vuelva a ser la hora de iluminar la bóveda celeste.
Brotes de amor entre la tierra y el cielo, un campo de estrellas que guía al peregrino.
La naturaleza es producto de la fe de un creador en su obra.
Jose M.ª Escudero Ramos
Silencio de campanas. Semana Santa. En el pórtico de la iglesia esperábamos muchos con carracas y yo, niño de seis años, con una matraca de un solo martillo. El asotanado capistol comenzó a girar gesticulando muecas en su cara y contorsionando su cuerpo a ritmo de las vueltas de aquel pesado instrumento, un carracón de casi un metro, anunciando la entrada del cura en la iglesia enfundado en una casulla morada.
Subí al coro. La iglesia rebosaba de vecinos de fe cierta o impostada. Ellas delante con velo en sus cabezas, vela en una mano y un misal en la otra.
Llegó la hora de tinieblas, cuando Jesucristo dijo aquello de “Pater, in manus tuas commendo spiritm meum”. Se apagaron las luces y comenzaron a sonar las carracas. Yo era feliz moviendo aquel artilugio haciendo que su martillo, como un loco, golpease la madera haciendo más ruido que nadie. Pero alguien, amparado en la oscuridad, me arrancó la matraca de las manos. Pegué un grito y me puse a llorar. El cura encendió las luces. El ruido cesó. Solo quedó en la atmósfera un llanto de chiquillo que gritaba: “Me han robado la matrimatraca”. Recuerdo el jolgorio que se armó.
Era su primer encuentro en persona.
Estaba nerviosa.
Por fin había descubierto a alguien que no parecía superficial en la plataforma de citas en línea. Sus conversaciones por chat privado con frases oportunas mostraban una experiencia y madurez fuera de lo común. Parecía saberlo todo, sin dudas.
Temía no estar a su altura.
Comprobó que era incluso más atractivo al natural que en la imagen de su perfil. Voz modulada y sonrisa acogedora completaban el conjunto.
Sin embargo, entre tal cúmulo de virtudes, asomaron sombras inesperadas, atisbos de vacilación a través de esos ojos perfectos, una inseguridad repentina que llevaba al Adonis a manosear su móvil de manera continua y molesta, en detrimento de la atención debida a su interlocutora.
Ella se levantó de improviso para marcharse, tras reprocharle, llena de cólera, la falta de respeto.
Él no tuvo tiempo de contestar.
Abatido, volvió a teclear en la pantalla. Necesitaba una respuesta que aliviase su desamparo. Enseguida pudo leer mensajes de ánimo, la promesa de que iba a disponer de consejos apropiados sobre qué decir en futuras situaciones. Olvidó de nuevo su precaria habilidad socioemocional, sin intención de mejora, para ratificar una confianza ciega en la inteligencia artificial.
De nuevo, silencio. La casa suena a pasos que no están y a promesas mal recordadas. Me convenzo de que no vendrás, de que esta vez te has ido definitivamente, pero dejo la ventana entreabierta, como quien no se atreve a abandonar del todo la fe.
Te pienso invisible, inasible, una idea que se escapa justo cuando intento nombrarla. Y mientras tanto, acumulo nudos en la cabeza y pactos con la oscuridad.
Entonces llegas. Sin ruido. Sin permiso. Basta abrir los ojos.
Tiro de ti como de un hilo dorado y el miedo se desenreda. Te ríes de mis dramas, bostezas ante el desastre y, de pronto, todo pesa menos.
Siempre te olvido. Siempre prometo recordarte. Y siempre vuelves.
No sé cuánto durarás ni cómo acaba esta historia. Pero cuando te posas en mí —luciérnaga de aire—, el carrusel sigue girando y el mundo, aunque tiemble, vuelve a sostenerse.
Tu fe en que verías llegar de nuevo la democracia fue una esperanza inútil, padre. La muerte y las cenizas llegaron antes y te llevaron, aún joven, de este mundo.
Tus hijos sí conseguimos verla, y disfrutarla, pero, lamentablemente, quienes te la negaron a tí siguen entre nosotros, conspirando para hacerla desaparecer de nuevo y, con el inmenso poder de su dinero y los votos de los desmemoriados, lo lograrán.
Sigue descansando en paz, allá donde estés, padre.
Aquel año, el árbol de la plaza del pueblo se llenó de pájaros. Que si el cambio climático, que si una segunda primavera, que si las aves migratorias… Se oían trinos de canarios creando melodías con los alegres gorgeos de alondras y ruiseñores, y la algarabía de los jilgueros silvestres se acompasaba con los arrullos y los zureos de las palomas. El canto melodioso del mirlo tranquilizaba a las ruidosas cotorras y el piar de chamarices y verderones proporcionaban ritmo, hermanando timbres y tonos. Hasta el zorzal del bosque se vino al árbol. Los paisanos charlaban conjeturas durante sus partidas de dominó o mientras cantaban las cuarenta en bastos. Decían los más viejos del pueblo que llegaron a verse hasta gaviotas aquel año.
Desde entonces, por estas fechas, se celebran fiestas en el pueblo y adornamos el árbol con luces de colores, ponemos música en las casas y cocinamos pollos, perdices, pavos y pulardas. Rememorando la llegada del primer gorrión a nuestro pueblo, nos ponemos alas en su honor y festejamos la efeméride poniendo un arbolito adornado con luces intermitentes en nuestras casas y montando un pequeño nido al que todos le silbamos y entonamos cancioncillas inventadas.
A Kayed Hammad
Y cuando convertimos la adversidad en nuestra más sólida esperanza volvieron a destruirnos una vez más con el iluso convencimiento de que sería la última. Y perder. Y perder. Y perder. Hasta la justa victoria.
En la recepción vacía, poco antes de la una de la madrugada, Juan cabeceaba mientras miraba una película antigua en la televisión que escondía bajo el mostrador.
Somnoliento, le pareció despertar en una embarcación rumbo a Martinica, junto a varios refugiados franceses. Harry, le llamaban los repatriados. Pero él solo tenía ojos para ella, la flaca. Esa joven cantante inteligente, atrevida y capaz de mover una tropa con silbar una tonada. Entre cielos blancos y aguas negras era tan feliz como Bogart ante su mirada lupina.
Juan se despertó súbitamente, antes de sentir los labios de Bacall sobre los suyos. Recorrió el edificio desde la planta superior hasta el garaje y comprobó que todo estaba en orden.
Después de las tres volvió a su sueño. Recobró la consciencia al mismo tiempo que Grant escapaba con Ingrid, inundado por las perlas que refulgían en los ojos de Ingrid.
La siguiente ronda por el recinto en el que trabajaba se retrasó hasta cerca de las seis. A esa hora Wyatt Earp ya había perdido a Clementine rumbo a un cielo plateado. El mismo firmamento al que Juan huía sonriente tras recibir un disparo del ladrón que escapaba del edificio.
Sobre una hoja del cuaderno, el niño dibuja un hombre de pie en el paisaje nevado. La nieve está fresca, sin pisar. Aprieta con fuerza la punta del lápiz y rellena el interior de la silueta de un negro impenetrable. A continuación, construye la casa; sobre el tejado a dos aguas se posa un cuervo. Coge la goma y lo cubre de miles de copos hasta hacerlo desaparecer. Tumbado sobre la alfombra del salón, mira a su madre inerte en medio del enorme sofá. Ella a su vez observa, sin apenas pestañear, la nube de puntos blancos y negros que invade la pantalla del televisor, como un enjambre furioso. Su rostro pálido, coronado por una melena nívea, tan prematura, encierra una mirada que parece seguir con interés el devenir de una de esas partículas.
El niño acaricia la silueta de su madre sobre el manto de nieve reciente sin apenas tocarlo. Luego aprieta ligeramente la punta y dibuja una figura pequeña, grisácea, de pie entre las otras dos. Gira el lápiz dentro del sacapuntas para trazarles unas sonrisas radiantes; emerge la punta de grafito, afilada, dispuesta. Debe darse prisa antes de que los sorprenda la siguiente tormenta de nieve.
Cuando la cara de Bogart ocupa toda la pantalla, ella detiene la imagen y pasea los dedos por la superficie, muy despacio. Siente el hormigueo de la televisión en las yemas y sonríe como lo haría Bacall, con estudiada insolencia, provocativa, desde muy dentro. Le habría gustado ser ella, acariciar la piel de Bogart, derrumbarse en sus brazos, besarle escena tras escena. Suspira, se humedece los labios, ahueca la mano maltrecha entre el ala del fedora y el cuello de la camisa y le besa con ternura. Imagina el aroma a tabaco y a whisky en su boca. No es difícil. En su asqueroso mundo en color, esos sabores siempre la acompañan, mezclados con los de la sangre y las lágrimas. Cuando escucha la llave en la puerta, acaricia a Bogart por última vez; y con la sonrisa de Bacall aún amoratada, abre la ventana hacia el beso en blanco y negro del asfalto.
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