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«Volverá pronto, ten fe», responde mamá, mirando al cielo, cuando le pregunto por mi padre.
Y yo sonrío, por no llorar.
Porque mis corazones saben que miente.
—Ave María purísima.
—Sin pecado concebida…
Mi tía abuela Elvira se confesaba cada día. La aterraba la idea de que una muerte súbita pudiera sorprenderla en pecado mortal, circunstancia que la privaría de ir al cielo que tanto se había esforzado en merecer. Y más ahora, que ya tenía una parcela en propiedad en él. Sí, tata Elvira había gastado casi todos sus ahorros para adquirir un pedazo de cielo. “Imagina, Elvira, llegar allí, con lo que cuesta, y no tener un sitio donde quedarse” le había dicho el padre Isidoro, que luego le gestionó personalmente la compra.
Los lunes, el cura suele ir a ciudad para despachar asuntos en el obispado. Y parece ser que, cuando oscurece, evangeliza señoras de aquellas que fuman, labor en la cual invierte todo su sueldo y quien sabe cuánto más.
—Padre, me acuso de…
—Elvira, un momento, hija mía, creo que tengo la obligación moral de advertirte de una cosa.
—Diga, padre.
—Pues… Ahora que ya tienes un pedazo de cielo, deberías pensar en comprar una escalera para subir a él. Y sin tardar, que ya sabes que sólo Nuestro Señor conoce el momento.
Alba apareció al amanecer al pie del barranco por el que se había despeñado su coche. A Benedicta la encontraron colgada en la buhardilla de su casa, sin nota alguna. Consuelo no llegó a despertar del sueño: en su mesilla, una botella de coñac mediada y tres frascos de somníferos vacíos. Dorotea se daba un baño de espuma cuando el secador de pelo enchufado cayó al agua. Y Esperanza no sobrevivió a la caída desde su terraza en el sexto piso.
Por más que el jefe de policía sostuviera a capa y espada en sus comunicados de prensa que habían sido meros accidentes y suicidios, pronto se corrió la voz de que había una mente perversa tras aquellas muertes, y su esposa le suplicó llorando que detuviera al maníaco homicida antes de que llegase a la M. Él decidió que no merecía la pena arriesgarse tanto: era el momento de hacerse con la fortuna de su querida Mari Fe.
Recién ingresada en la abadía, la hermana Rigoberta trataba de olvidar el fragor de la fundición. Heredera de una saga de la industria del acero, era una gran experta en todo lo relativo al convertidor Bessemer. Sin embargo un proceso de espiritualidad fraguado a fuego lento le había empujado a dar un paso trascendental. Si bien no le costó demasiado adaptarse al rigor conventual, a la hora de enfrentarse a los misterios de la fe no podía evitar sacar a relucir su tendencia analítica. La madre abadesa le repetía constantemente que no se trataba de entender sino de creer, pero cuando veía al padre Rosendo oficiar con aquellos ademanes tan bruscos el ritual del misterio de la transustanciación, le asaltaba un conato de incredulidad. Todo cambió el día que, con motivo de unos ejercicios espirituales, ofició la misa un joven frailecillo de aspecto angelical, que recogido ante el altar manipulaba lo sagrado con suma unción. Embelesada y confundida en el momento de la consagración, la hermana Rigoberta vio cómo aquellas manos tan blancas se elevaban fundidas con la sagrada ofrenda. Incluso ella misma se sintió elevada tras la estela de aquel cuerpo glorioso.
Mi padre entregó su vida en la estación de tren a hora punta. Le dijeron que iría al cielo. Antes de apretar el botón, gritó: «¡Dios es grande!» Miles de flores en el vestíbulo por las víctimas y los niños huérfanos. Mi hermano mayor, piloto de avión experto, también se sacrificó. Le dijeron que él era el elegido. Tras el accidente, se pudo escuchar a través de la caja negra su voz grabada, diciendo: «Pongo mi confianza en Dios». Dejó caer el aparato en medio del océano donde se ahogó él con ciento cincuenta pasajeros. Ahora me insisten para que vaya yo en mi bicicleta con unas bolsas negras y me pare frente a un restaurante. Dicen que Dios me ha llamado, aunque yo no he oído a nadie. Me prometen que volveré a ver a mi padre y a mi hermano. Yo prefiero jugar con mis amigas en el colegio. Mi madre, llorando, me abraza fuerte antes de verme partir en mi bicicleta. Cuando doblo la esquina, pedaleo veloz hasta el puerto. Tiro la bicicleta al agua y, a los segundos, se produce una gran explosión. Intuyo que las puertas del paraíso se me han cerrado para siempre.
Tras años de adicción, robos, mentiras y calle, había perdido la fe en el ser humano y en mí mismo. El único objetivo era encontrar una última dosis para sobrevivir hasta la siguiente. Durante uno de mis monos, gracias a una trabajadora social, me trasladaron de urgencias a un piso llevado por voluntarios. Del frío de la selva, entré en el calor de un hogar. Un día, le pedí una aspirina para el dolor de cabeza a una abuela de las que allí vivía. Me la trajo junto con un vaso de leche calentita y un trozo de bizcocho casero. Y así, de la manera más simple, consiguió desarmarme y deshacer todas las barreras que había construido en mi vida para protegerme del odio y el desprecio de los demás. Noté que mi corazón volvía a latir de nuevo y las lágrimas brotaron a raudales. Todo gracias a un gesto sencillo y desinteresado.
El distinguido caballero se despertó de madrugada, llevándose su huesuda mano derecha al pecho. Comprobó que su corazón latía de manera acompasada; quizá un tanto acelerado por el repentino despertar.
Se incorporó en su lecho y miró a los lados. Desde hacía unos días notaba una sensación etérea, como de extravío.
El frío de la madrugada se colaba por las rendijas de su ventana. Pero no era solo eso lo que le inquietaba. Había algo más profundo, una ausencia que no podía nombrar.
Se levantó de la cama y, despacioso, se acercó hasta el arcón. Lo abrió de par en par. Allí descansaba su espada envainada, símbolo de su profesión y de tantas batallas libradas. Junto a ella, su capa parda y sus botas de soldado, aún agrietadas por tantas tierras pisadas.
Miró el conjunto con desconcierto.
Antes cada combate era un trabajo, un servicio, casi una ofrenda. Ahora solo sentía ecos de gritos, de dolor, de oscuridad.
Aquel hueco en su pecho no lo había dejado ninguna herida.
En momentos de estrés, se ve dominado por aquel recuerdo infantil en el que el padre Severo, su profesor de religión, tras errar una pregunta, le obligó a escribir en la pizarra, cien veces, la respuesta correcta. ¿Cuáles son las virtudes teologales, Martínez? Regresa entonces de nuevo ese incontrolable hormigueo en la mano diestra. Esa particular reacción es de sobra conocida por su mujer, que todavía lamenta haberle mandado a él al Registro para inscribir a las trillizas, Fe, Esperanza y Caridad.
No sabe qué le ha dolido más, si el apodo que le ha puesto el imbécil de su hermano, la carcajada de su padre o la completa indiferencia de su madre, que apenas le miró mientras él la recitaba frente a ella, en la cocina, tan ilusionado como nervioso. Resignado, hace una bola con la poesía que tantas horas dedicó a componer y la encesta con tristeza en el cubo rebosante de restos de fruta y al que, según el implacable jurado, ha ido a parar todo ese tiempo. Y, prometiéndose no volver a escribir nunca, a la vez que un profundo vacío se instala para siempre en su interior, se encierra en su habitación, abre el libro de mates y empieza a recitar la tabla del ocho.
Aquel fotón se escapó de la estrella de neutrones sin despedirse de sus amigas. Se había enamorado y se fue detrás del amor. A ver si le alcanzaba. Le habían dicho que solo en el estado cuántico del amor alcanzaría la felicidad. Se lo había dicho un protón en el que siempre tuvo fe. Por eso lo hizo. Por eso se fue. Sabía que no se equivocaba. Sabía que lo conseguiría.
En plena discusión, agarró con todopoderosa fuerza el brazo de su ángel más perfecto, guardián del trono divino.
— Detente, o te destruiré.
— No lo harás, me necesitas. Sin mí, tu propia existencia no tiene sentido.
— ¡A un bebé, Lucifer! ¡A un bebé! ¿Cómo puedes siquiera pensar en provocarle una meningitis?
— En tus manos tienes presente, pasado y futuro. Tu conocimiento es absoluto e ilimitado. Sabes exactamente qué pasará, ¿verdad…?
¡¿Ahora callas?!… Ah, naturalmente: ¡el libre albedrío…!
Lo siento, querido padre, pero es algo que nunca alcanzaré a entender.
— ¿Qué sabrás tú, maldito rebelde? Olvidas que nada está por encima de mis designios. ¡Nadie…!, y mucho menos tú. Es inútil que lo intentes. Obedéceme o despídete del reino de los cielos.
— ¡Suéltame! Tengo que hacerlo. A pesar de todo. A pesar de ti.
Poco tiempo después, en una aldea cercana a la frontera con Baviera, las repentinas fiebres y convulsiones que durante los últimos días consumían la vida de un neonato, desaparecieron providencialmente. Por la mañana, el pequeño despertó sano y hambriento. Todo el pueblo, también la comunidad judía, oró aliviado por la milagrosa curación de su nuevo vecinito, el pequeño Adolf.
No le costó al vendaval empujar —sin armar mucho estrépito― las ventanas mal encajadas del dormitorio del anciano y entrar como una bocanada en la habitación. En ese instante, el hombre se revolvió en el jergón, tosió, quizá sintió frío, momento que el viento aprovechó para tornarse brisa trayendo consigo el frescor terroso y límpido del rocío y apaciguando el sueño del durmiente.
En la pared, la llama de la vela encendida a San Rafael proyectaba sombras siniestras que serpenteaban como fantasmas. Verlas daba pavor; oír sus alaridos sobrenaturales habría helado la sangre. Deformaban en muecas grotescas sus bocas, se sacaban los ojos que pendían como pingajos de las cuencas vacías, alargaban sus manos de uñas astilladas fuera del tabique, ansiosas por salir de allí agigantadas por el fuego que esa corriente de aire ―antes vendaval, ahora guadaña de humo― iba a provocar volcando la vela y poniendo en contacto el pabilo con el tapete de ganchillo.
Pero el cirio rodó sobre la mesilla y cayó al suelo de baldosas y, aunque siguió ardiendo unos minutos, los esperpentos de la pared apenas siguieron meciéndose, desganados, sin otro deseo que el de desvanecerse cuando toda la cera se hubiera consumido.
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