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Sabía de la inmensidad del océano y de las dudas ante lo desconocido. Tenía realizados sus cálculos aunque no cuadraban, pero la fe es una aritmética flexible y también puede contagiarse y exhibirse. Habló con muchos, convenció a varios, realizó algunos tratos y, finalmente, contrató, firmó y prometió enormes beneficios a aquellos que confiaran en él, consiguiendo así el vil material que casi todo lo hace posible.
Se rodeó de hambrientos de dinero, de prófugos de la justicia, de codiciosos de gloria y riquezas e incluso de sotanas ambiciosas de almas. Se hizo a la mar y comprobó que el impertérrito horizonte y el azul oceánico eran una prueba diaria de aquella pregonada fe que comenzaba a hacer aguas en las mentes de los tripulantes y, a veces, en la suya propia.
La duda y el miedo viajaban gratis. Y surgió su duda: ¿Seguir o volver? Esa era la cuestión ─que también dirían otros─.
Si regresaba, admitiría su fracaso y menosprecio por su fe harto promulgada.
Si continuaba rumbo a lo desconocido, su fe triunfaría, bien como loco o bien como héroe visionario.
Cuando Rodrigo gritó, “¡tierra!”, todos agradecieron a la providencia, pero Colón sabía que era su fe.
Al llegar la Fidela con los bulbos de la fe la tomamos por chalada. El milagro de la Dolores, la única que le hacía oídos, que de analfabeta pasó a sacarse la oposición, acabó con burlas y dudas. Tiempo nos faltó para espolvorear el polen de sus flores en desayunos, comidas, cenas. Con cautela, no fuésemos a empacharnos de dogmas absurdos. Confiábamos el destino a nuestros sueños y enseñábamos a los zagales a creer en sí mismos. Teníamos días malos, claro, pero no cedíamos ante el desánimo ni tirábamos la toalla al primer traspiés. Así nos convertimos en un pueblo próspero y orgulloso.
Va a hacer un año que nos dejó la Fidela. Ni un mes tardó su huerto de la esperanza en secarse y no hubo abono en el que enraizasen las dichosas plantas. Ahora la juventud camina sin rumbo, ha vuelto al botellón y a las pintadas de «Aquí no hay futuro». Las mujeres han regresado a la cocina y la fregona, los hombres al vino y al mus. Incluso el párroco ha colgado la sotana y las campanas llevan días sin sonar. Y nosotros, los viejos, ya ni en que la Parca nos lleve tenemos fe.
No, no puede salir del armario; la cerradura está sellada por el miedo. Su familia se avergonzaría, su padre seguramente lo desterraría de su vida o, tal vez, acabaría con la suya. Esconde la mirada de los hombres por temor a que un destello de deseo lo delate. Aplaca la líbido en soledad y sueña con abandonar un cautiverio que lo oprime.
Cuando está sobrio, su anhelo —ser periodista— lo ve como una meta inalcanzable. Introduce pegamento en la bolsa e inhala libertad una y otra vez.
Ha tomado una decisión. Tiene pánico a las alturas, pero con la mente embotada de valentía corre y comienza a trepar la valla. Su baja estatura y sus fuertes dedos facilitan el ascenso. Ve a compañeros caer, a otros desistir, pero sigue subiendo; ya no mira atrás. Una concertina rasga su brazo; parte de su sangre se niega a abandonar la tierra que lo vio nacer, pero logra pasar al otro lado. El miedo pugna por adueñarse de su mente, pero en su interior, escondido entre la duda y la desesperación, un pequeño atisbo de fe en la vida se abre paso.
Los solemnes tambores atronaron la plaza cuando el santo atravesó el pórtico. Era el primer año en que se animaban a sacarlo tras la pandemia. Cubrirle el rostro con una mascarilla púrpura fue solo un gesto de buena voluntad. Algo que los feligreses esperaban agradara al todopoderoso y lo convenciera de que no era necesario enviar más desgracias colectivas para acrecentar la fe de sus fieles.
Cuidamos tanto al santo como a nosotros mismos, era el mensaje que querían transmitir. Somos tus esclavos sufrientes, que aceptamos tus castigos tanto como nos regocijamos cuando se te antoja cubrirnos de bienaventuranzas.
Estamos arrepentidos de habernos dejado arrastrar por el materialismo y la promesa de los placeres prohibidos.
La sierpe tornasolada en púrpuras, dorados y negros avanzaba entre las callejuelas. A ambos lados, rostros cabizbajos, rodillas hincadas. Silencio.
Pero después de tantos años reprimido, el júbilo terminó por aflorar. En cuanto la comitiva giró por la avenida principal, el santo movió el brazo con el que apuntaba al cielo a lo Travolta, se remangó la túnica y se lanzó en plancha a la multitud que, pasándolo por sobre las cabezas, terminó absorbiéndolo.
A la catedral nunca regresó.
Clara mira el techo del hospital mientras teje una bufanda. En los días malos la esperanza se le cae al suelo; en los buenos está convencida de que saldrá de aquel infierno blanco por su propio pie.
Su médico está preocupado. La analítica de su paciente es una condena, pero hoy tiene otra inquietud. Camina hacia un restaurante apretando en la mano el anillo que quiere poner a Silvia. Sin embargo, no lo saca del bolsillo. Antes de dar el paso, ella le cuenta que se larga de la ciudad a empezar una nueva vida.
El doctor ha pasado la noche en vela, llega a la consulta y se queda dormido hasta que lo despierta un enfermero. «Es la hora del tratamiento de la mujer de la habitación trece», le dice. Aturdido, receta la fórmula sin percatarse de que confunde los fármacos; horas más tarde, lo ahoga la angustia cuando revisa sus informes.
Meses después, presenta su medicamento, que salvará vidas. Un periodista pregunta cómo lo descubrió. Recuerda entonces el abrazo de Clara, la bufanda que le regaló el día de su alta, juguetea con el anillo de su dedo anular y responde que, quizá, haya sido cuestión de fe.
Como las rapaces que han perdido el filo de sus garras porque ya solo esperan la carroña del atropello, las cigüeñas que no migran han alargado sus picos al acecho de progenitores distraídos e indecisos. Impresionan con sus libreas, impávidas, encaramadas a cientos sobre las farolas de la M-50, dispuestas a servir bebés.
A María, estragados cuerpo y alma con aguas milagrosas, cócteles de hormonas, sacrificios inconfesables, velas inverosímiles, amuletos diversos, luz de luna y oraciones a San Ramón, se le deshilacharon la esperanza y las ganas con los años. Atrapada en el atasco, le tiemblan las manos sobre el volante y apenas levanta la mirada hacia el ejército de pájaros que observa el discurrir lento de los vehículos. Fantasea con recuperar el anhelo, esta vez sola, y prescindir de las ventajas de ser dueña absoluta de sus días.
No recuerda haber leído ningún caso de embarazo por las cigüeñas desesperadas, ni se explica el posible mecanismo. Quizá sea todo una leyenda urbana. Aun así, casi sin pensarlo, fija la vista en un ejemplar cercano y susurra «aquí estoy». El ave extiende las alas y alza el vuelo.
Antes de llegar a casa compra, ilusionada, un test en la farmacia.
Últimamente le ronda la sospecha de que una persona puede desaparecer si nadie cree en ella. Lo notó por primera vez cuando una vecina mayor le comentó que no podía ir a pedir una fe de vida. No la volvió a ver. En el trabajo, había un compañero del que nadie parecía recordar el nombre. Una mañana vio su escritorio vacío; no supo decir cuándo había dejado de venir. Quiso contárselo a un amigo con quien llevaba tiempo sin hablar y el teléfono respondió con un mensaje de número inexistente, como si nunca hubiera estado allí.
Ha ido creando rutinas. Se sienta siempre en el mismo bar, a la hora en que está casi vacío, y alarga la conversación con el camarero. Llama a las puertas de los vecinos con cualquier pretexto. Es el último en salir de la oficina; cuenta despedidas como quien siembra un saludo para recogerlo al día siguiente.
Cada mañana se mira en el espejo; solo entonces prepara el café. A veces, mientras lo bebe, observa esa segunda taza silenciosa que no encuentra dueño, y se siente ajeno, como un tren que atraviesa paisajes que no lo ven pasar.
Abandonó la escritura hace tiempo. Su afición por las letras la dejó apartada el día que se dio cuenta que todo lo que escribía, en cierta forma, se cumplía. El incendio en casa de sus vecinos, el tornado que se llevó media granja, el cierre de la fábrica del pueblo, el accidente en esa curva aquella fatídica noche de tormenta. Casualidad o no, le dio pánico seguir plasmando ideas en su libreta.
Hoy ha vuelto a coger un cuaderno y bolígrafo. Sentada junto a la ventana, no sabe cómo comenzar, ha perdido la costumbre después de tanto tiempo. El miedo hace que su mano tiemble, pero quiere escribir, debe hacerlo si desea que su hermana despierte del coma.
Estaba segura de que se reconocería en su mirada en cuanto se cruzaran.
A mi hermana la golpeó un tranvía cuando tan solo contaba cinco años. Un hombre bien trajeado, que se dijo médico, la introdujo en su coche y jamás volvimos a verla.
Han transcurrido siete años, durante los cuales ella ha salido de madrugada a su encuentro con el hatillo que padre le preparaba, con todo el pesar y el cariño, para que no desfalleciera en sus largas travesías. Regresaba para descansar su dolorido cuerpo y sus magullados pies. Nosotros tan solo podíamos arroparla y desearle un reparador sueño.
Y fue ayer cuando apareció, a una hora temprana, pletórica y brillante. Venían las dos con las manos entrelazadas y enrojecidas por la presión.
Tras un escueto silencio, en el que los demás nos observamos, se fusionaron el instinto y la razón para lanzarnos a abrazarlas con inmenso júbilo.
Esa noche, nuestro festejo, podría ser la envidia de cualquier familia que se precie.
Madre, por fin reconfortando el hogar, la llama Teresita. Los demás hemos optado por “tata”, a excepción de padre que la llama doña Teresa.
En el intento de dejar mis reparos tras la maciza puerta, nos pasan a un despacho. Sabes que no lo consigo, aunque me insistas en que tus colegas te lo han recomendado porque es el mejor; que si nos mantenemos en nuestra línea, a las niñas no tiene por qué afectarles; que por probar no perdemos nada.
Pero yo sigo en mis trece, convencida de que el rechazo será inmediato en cuanto descubran que ellas no están bautizadas y ni tú ni yo casados. Por eso, cuando aparece la monja, apenas reparo en ella. Es tal mi inquietud que me sorprendo rogándole al crucifijo que tengo frente a mí que no se nos note el descreimiento y, para más inri, agradeciendo que seas tú quien esté tomando la iniciativa.
Salimos sospechosamente pronto y doy por sentado que tendremos que seguir buscando. No entiendo por qué estás tan sonriente hasta que me preguntas a qué hora quedamos mañana para firmar, con las niñas, para que las conozcan.
—¡Cómo! ¿Ya tenemos colegio? ¿Así, sin más y sin preguntas…?
—Pues claro que tenemos colegio, mujer de poca fe. ¿Sin preguntas? Solo una: a qué nos dedicábamos.
Volver de una guerra no siempre está exento de crueldad. Tras años fuera, no sabemos con qué nos vamos a encontrar: el hogar destruido, la familia ausente, los amigos dispersos, las calles vacías. Así durante lustros navegó Odiseo, con la fé puesta en el regreso, a pesar de los embates de Poseidón y los encantos de Calipso, de la amenaza de Polifemo y del canto destructor de las sirenas. Tras muchos peligros, consiguió por fin arribar a la amada Ítaca, donde tendría que enfrentarse aún a trabajos y fatigas hasta reconquistar su lugar como señor y esposo.
Todo esto me contaba mi abuelo, sentados ambos al amor del fuego, en aquellos tiempos casi igual de homéricos en que aún no había irrumpido la presencia perenne de la televisión.
Pero a mí, por entonces, me resbalaban muchos de los azares del héroe, quizás por ya sabidos. No me ocurría lo mismo con la escena de Argos, que para mí era símbolo supremo del regreso y triunfo excelso del que vuelve, por encima del poder, la riqueza y, en mi mente infantil, de esposas por fidelísimas y expertas con la rueca que fuesen.
Acabado el triduo, el anciano sacerdote se recostó sobre el capitoné y despidió a los pocos fieles que aún quedaban en el sagrado recinto. Minutos antes, les había dirigido un sermón repleto de entelequias y vituperios, donde vilipendió, más que a otros, al regidor de la villa, acusándole de zaino. Dado el escaso caletre de la audiencia, se permitió el lujo de tacharles de gaznápiros por no percibir la altura de sus palabras, uso al que estaban acostumbrados aquellos lugareños.
En un momento dado, quedó en silencio, observó a su alrededor de forma subrepticia y dio por concluida la retahíla de imprecaciones. Una vez solo, el raciocinio acudió en su ayuda y maldijo la necedad de su discurso con tan fatuas e innecesarias imprecaciones. Cosas de la edad tardía, reflexionó sobre sí mismo.
El arrepentimiento pugnaba por hacerse hueco en su desgastado corazón. Sus ojos, medio apagados, revelaron el dédalo en el que había penetrado. Asuntos de fe siempre pueden esperar, convino. Se encomendó entonces al demiurgo y, sin más, se dirigió al refectorio para enmendar cuanto antes el repiqueteo de las tripas.
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