Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

FE

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en LA FE

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2026 Comenzamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto de FE en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
14 de FEBRERO

Relatos

85. Beach windows

Había dos niños dibujados en blanco y negro en un muro de hormigón. Jugaban en la arena con sus palitas, rastrillos y cubos de plástico. Solo el cubo era amarillo, un amarillo intenso que quería apagar los tonos grises del muro. Una brecha se abrió en el muro, sobre los niños, y permitió ver al otro lado una playa de aguas de plata, cielos azules y palmeras verde esperanza. Los niños saltaron del muro y lo quisieron derribar con sus juguetes de plástico para alcanzar la playa. Vinieron más niños que también procedían del muro y lo querían cruzar con globos de colores y flores de papel. Pero los soldados dispararon y el cubito amarillo de plástico, y el globo rojo con forma de corazón, y los ramos de flores de colores desaparecieron. Los soldados dispararon y lanzaron bombas contra los niños, contra sus padres, contra las gentes que quisieron cruzar el muro fronterizo, que recuperó su tono gris de acero impenetrable. Y la brecha que permitía ver la playa se cerró, dejando para siempre a este lado del muro a niños fundidos en blanco y negro.

84. LA EMOCION DEL COLOR

Desde que nací mi mundo fue blanco, negro y una infinita gama de grises. Los parques eran una colección de sombras en movimiento; los semáforos, un juego de luces en diferentes posiciones; los atardeceres, un cambio de claridad.

Mi madre me explicaba que el amarillo era el color del sol, de la luz; el verde, el de la naturaleza, de las esperas;  el azul, el del cielo y el mar, de las cosas que se respiran. Yo intentaba imaginar lo que nunca había visto.

Y fue un pintor quien irrumpió en mi vida. Él hablaba en colores. Amaba los amarillos que desobedecían la noche, los violetas que pedían silencio, los rojos que ardían sin quemar. Yo lo escuchaba como quien oye un idioma hermoso sin comprenderlo.

Un día me llevó a su estudio para mostrarme su nuevo cuadro, aquel que simbolizaba nuestro amor, la pasión con la que nos entregábamos. Rojo ardiente se titulaba.

Encendió una lámpara especial, un invento suyo, un filtro extraño de luces y espejos.

—No verás los colores —me advirtió—. Pero tal vez veas algo distinto.

Y lo vi.

Un destello. Un temblor vibrante. Una herida luminosa que atravesó mi corazón.

83. Libertad

El otoño se había hecho fuerte en cada rincón de la llanura. Ya el color de la flor del algodón contrastaba con su piel esclava. Las espinas inmisericordes teñían la flor, pero si eras joven, bella y las líneas de tu cuerpo llamaban al deseo, podías cambiar el blanco sangre por el albo de las sábanas del amo. Podías cambiar el dolor del cuerpo por la aflicción del alma. No era el caso de Sarah, pues su desfigurado rostro la descartaba de ser señalada.

A lo lejos, escuchó estruendos y el cielo se iluminó como en una tormenta sin nubes. Había oído que luchaban por la emancipación de su pueblo. Ella no lo creía; hacía tiempo que la esperanza había muerto en su pensamiento, ya no soñaba. Pero aun así, sintió un deseo irrefrenable de ir al barracón donde, en una tablilla, como un tesoro, guarda las palabras que su padre, en la clandestinidad, le enseñó.

Cuando el sol, cansado de impartir justicia, se ocultó para descansar, arrastró los pies hasta su camastro y, arrodillada, tomó un trozo de carbón y, con la mano temblorosa por el dolor y la incertidumbre, escribió la palabra.

82. Dias de lluvia

La primera vez que la visité me rogó que me fuese: sólo había sido esa noche, no volvería a pasar, que esperaba un bebé.  Sobre la cama revuelta el desgarrado vestido de novia iluminaba la estancia. Cedí. En la calle llovía y me empapó.

La segunda vez yacía inmóvil y estaba desfigurada pero reconocí su mirada en los ojos del niño que se arrodillaba a su lado. Cuando fui a tocarla, las lágrimas del pequeño calaron en mis viejos huesos, la tormenta se desató en mi interior y decidí ponernos a todos a cubierto.

Hoy los truenos no cesan y la espero al pie de la ambulancia. Los sanitarios la cubren con una sábana que se tiñe de lluvia y sangre. La envuelvo en mi capa y la abrazo como la amiga que es. Los guardias esposan al hombre al que visitaré en prisión, al que mostraré el poder de la tempestad y el filo de mi guadaña.

81. DÍA Y NOCHE (Blanca Oteiza)

Blanco, así ha amanecido hoy. De camino al trabajo observo la ciudad. El sonido se amortigua como si la vida transcurriera a cámara lenta, silenciando el momento. Una vez dentro, la jornada laboral transcurre como cualquier otro día, con prisas de última hora, nervios por llegar a tiempo, por cuadrar pedidos, porque parece que el mundo se acaba en esas ocho horas. Cuando apago el ordenador, el director me llama a su despacho. Tras unas buenas palabras de cortesía me dispara sin compasión agujereándome por dentro. En shock recojo mis pocas pertenencias mientras aguanto las lágrimas y ni si quiera me despido de los pocos compañeros que aún se encuentran por la oficina.

La lluvia arrecia cuando salgo a la calle que me recibe tan oscura como puede ser el futuro de un cincuentón en desempleo. Las farolas parecen apagarse y el ruido de la circulación desaparece arrinconado en el fondo del cerebro. Todo se ha vuelto negro.

80. TIRO AL BLANCO (Belén Sáenz)

En el cielo de Sarajevo, de madrugada, encuentro el mismo silencio blanco que en África. Blanco de muerte. El guía nos ha recogido en el aeropuerto y nos ha ayudado a sortear los escombros ennegrecidos y humeantes hasta una azotea que domina el tramo principal de la avenida. Hay un cartel que advierte: Pazi – Snajper! Le entregamos los sobres con el dinero. El mío es el más abultado porque quiero asegurarme la mejor pieza. Me acuclillo y acaricio la culata de mi escopeta desdeñando las miradas ávidas de los otros cazadores. La silueta de la pantera negra que me cobré en mi última batida sigue impresa en la mirilla telescópica. En algún lugar, un reloj da las ocho y mis compañeros se ceban ansiosos con los desgraciados que necesitan ir a trabajar. La silueta es ahora un cuerpo abatido que resultó no ser de un animal, sino de una joven negra. Pasan obreros, oficinistas, alumnos. Yo espero hasta que ella surge de detrás de un autobús destrozado. Torpe, aterrada, con la piel blanca como la mía. La doble presa: una mujer embarazada. Y como aquella vez en la sabana, vuelvo a sentir la erección en mi entrepierna.

79. Viraje

Un sol blanquecino asomaba ya entre celajes grises. Elvirita se vestía para el trabajo tras una larga noche cuidando a padre. Decía su hermano que igualdad sí, claro, pero que las mujeres son mejores cuidadoras. En el móvil, Noticiarios Digitales —el cibermundo al alcance de los españoles— glosaba los éxitos cinegéticos de nuestro Líder, y llamaba a colaborar en la deportación patriótica de ilegales. Contaba también que el misterioso proceso de blancoinegrización espontánea ya había llegado a las ciudades, ahora que los últimos animales salvajes habían amanecido blancoinegrizados. Eso desmontaba el alarmismo de los ecologistas, que no entienden que cambios ha habido siempre, y que, sin que haya que hacer nada, los animales se adaptan al blanco y negro como antes a la tontería esa del calentamiento. 

Elvirita pensó qué vestido provocaría menos a su jefe, que ya se sabe que el liderazgo y la testosterona van unidos, y eligió el verde. Pero fue ponérselo y volverse gris marengo. Ya en la calle, unos muchachos dijeron algo sobre sus piernas y su carita de rosa, ay como la pillemos. Notó cómo le ardían cara y piernas. No necesitó ningún espejo para saberse ya enteramente virada a blanco y negro.

78. Un actor de método

Salgo de mi camerino con gafas de sol. Mi compañera de reparto ―mucho más joven que yo y vestida con el hábito―, deslumbra con su mera presencia. El director, enfurecido, brama que me las quite. Yo obedezco, pero mis ojos siguen sin acostumbrarse y los entorno.

―¡No, no y no! ¿Sería alguien tan amable de decirle a ese Don Juan que haga el favor de abrir los ojos como platos?

Mi mirada es mi mayor activo. Soy capaz de explicar historias solo con mis ojos y los movimientos de mis cejas. Así que me esfuerzo, los abro de par en par, noto el picor, cómo las lágrimas están a punto de brotar. Resisto. La cámara está encendida. Ella recostada en el diván, yo acariciando sus manos, ella cerrando los ojos, suspirando. Abro la boca, muevo mis labios y entonces el silencio que se sostiene durante unos segundos. Miro a mi alrededor desconcertado, no identifico al que ha de mostrar los intertítulos. Indignado, vuelvo a ponerme las gafas y me encierro en mi camerino. Acepté un cambio en el contrato, pasar del blanco y negro al color, pero jamás saldrá una palabra de mi boca.

77. Ya nada es igual, aunque lo parezca

Estoy obligado a asomarme por este ventanal privilegiado y a permanecer inmóvil cuando alguien entra en el salón; ese es mi castigo.

Debo observar todo lo que acontece y escuchar todas las conversaciones. A veces resulta agradable, placentero; otras, en cambio, odioso. He oído cosas que me han dolido mucho. Aun así, agradezco poder seguir viendo a mis hijos, mis nietos…

Aunque aquella vez que tuve que contemplar a mi nieta retozando con su novio cuando creían que estaban solos en casa, no se lo deseo a nadie.

Cierto es que no reniego de ser una fotografía, y aunque no deseo estar en un álbum olvidado al fondo de una estantería, sí quisiera permanecer en un lugar con vistas al horizonte y que el ventanal fuese a todo color, no en blanco y negro.

76. Días en blanco y negro

1 de diciembre — Me he levantado de mejor humor que ayer. Vestido como Lennon en la portada del Abbey Road, voy por la calle jugando a cruzar pasos de cebra. Los vecinos me saludan con sus caras endomingadas mientras silbo una canción. Hace un sol radiante.

2 de diciembre — El despertador suena demasiado temprano cuando el sueño es profundo. Los lunes aparecen nostalgias oscuras que me aprietan el pecho. Amaneció nublado. Sin ganas de silbar, arrastro los pies hacia la oficina, el cuchitril de un inmueble que parece un cementerio.

3 de diciembre — Cumplo 55 años. Solo me he felicitado yo frente al espejo. Antes apuntaba en mi lista blanca a los que se acordaban de mí. En la negra, a los que no. Afortunadamente ya dejé esos rencores absurdos. Hoy tomaré unas copas para celebrar que estoy vivo.

4 de diciembre — Entre las brumas de la resaca ha aparecido el recuerdo de mi padre. Si heredo su caducidad, me queda poco tiempo. Mi vida está manchada de días oscuros, sin ningún logro reseñable. Cada vez me siento más cerca de la tumba, tan parecida a mi oficina.

5 de diciembre — Página en blanco.

6 de diciembre — Fundido en negro.

74. Ecos de esperanza

Entro en el aula de música con el corazón desbocado. Miro la imagen que preside la clase desde hace años y sonrío. Como de costumbre, antes de empezar, escribo la fecha. Pero hoy estreno una tiza de mayor grosor y, en mayúsculas, pongo en el centro de la pizarra. JUEVES, 20 DE NOVIEMBRE.
Luego, reparto a mis alumnos una hoja impresa en tinta negra con la letra de una canción. Abro el piano blanco, me siento en la banqueta negra, coloco la partitura en el atril y comienzo a tocar la melodía. Los niños me acompañan, tímidos al principio, pero se animan con el compás de las notas que surgen del teclado color cebra. Sus voces, ahora eufóricas y alegres, vuelan como palomas liberadas de jaulas ennegrecidas; se escapan al pasillo; llegan al despacho del director, que levanta la mirada de su escritorio, sorprendido; atraviesan el edificio de la escuela; se esparcen por las calles; penetran en los comercios; alcanzan el pueblo vecino y el siguiente; superan las montañas; inundan la provincia; dominan la región, y se pueden escuchar hasta en el último rincón de un país con ansias, por fin, de libertad.

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