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A principios de los setenta, las familias pudientes de Madrid pensaban que nadie podía garantizar una educación exquisita y un futuro prometedor para sus hijas mejor que las Hermanas de la Caridad. Allí nos enviaron, internas, para nuestro disgusto, con la fe puesta en que, bajo su custodia, nos convertiríamos en esposas recatadas y amas de casa perfectas, como nuestras madres.
A lo largo de cuatro cursos aprendimos a coser, a limpiar, a cocinar y a burlar la vigilancia de las hermanas. Durante el último año, en varias escapadas nocturnas, descubrimos placeres mundanos que ni siquiera habíamos imaginado.
Después de haber conocido los clubes nocturnos, el alcohol, el sexo y algunas drogas menores, salimos de allí listas para un matrimonio ejemplar y acomodado, pero mortalmente aburrido.
¿Cómo no íbamos a organizar después nuestro propio Club de Amantes de la Caridad?
Una hora antes del lanzamiento nos acomodaron en una sala situada frente al control de operaciones, junto a varios ingenieros que realizarían tareas informativas y de seguimiento.
Miré de soslayo a mi mujer. Aún seguía con esa mezcla de felicidad y nervios que le acompañaba desde hacía dos meses, cuando nuestro hijo fue seleccionado, junto a otros perfiles de similares capacidades de todo el país, para un programa secreto de formación espacial que culminaría con un viaje a Saturno.
Cada uno tenía su particular visión de nuestro hijo. La mía era muy simplista, lo reconozco. A mi edad no acababa de comprender que alguien pudiera cumplir 38 años con el mando de la videoconsola en la mano y sin ningún interés en emanciparse de sus padres.
Mi mujer en cambio tenía un enfoque más analítico. A su juicio, la sociedad actual no valoraba adecuadamente determinados perfiles, como el de su niño, al que ofrecían, en el mejor de los casos, puestos y salarios muy por debajo de su valía.
He de reconocer que mi mujer siempre tuvo más fe que yo en nuestro hijo. Por eso no consideré oportuno decirle que el viaje solo era de ida.
—¿Crees en mí?
—Creo en ti, maestro
—¿Has dudado alguna vez? ¿Has tenido, quizás, vacilaciones?
—Ya no. No ahora.
—Entonces, las tuviste, en algún momento. ¿Es cierto?
—Lo es, maestro, pero fueron ínfimas. Tal vez propiciadas por la debilidad del sueño, del dolor o por los subibajas del alcohol.
—¿Bebes?
—Ocasionalmente, maestro. Ocasionalmente.
—¿Ocasionalmente? ¿Seguro?
—Bueno, sí, claro. Depende de la ocasión.
—¿Y en qué ocasiones bebes?
—Pues lo justo: en las comidas, las cenas, algunas tardes, por las noches, sobre todo las de los sábados, los domingos antes de comer, las fiestas de guardar, las que no se guardan, algo caliente los días fríos, algo fresco los días calurosos, en los cumpleaños de los 12, recuerda que somos 12… Vamos, para evitar la sed. Lo justo.
—¿Lo justo?
—Lo justo, maestro. Lo justo para…
—¿Para qué?
—Para cosas, maestro.
—¿Para qué cosas?
—Mis cosas.
—…
—¡Para olvidar, coño, para olvidar dudas y vacilaciones, que todo lo quieres saber! ¡Cómo no voy a tenerlas siendo humano, Dios! ¿Pero tú no eras omnipresente y omnisciente, copón? Y no paras de preguntar. Anda, déjame beber tranquilo y date una vuelta con Judas que ya lleva un buen rato buscándote.
Nuestro reino no es de este mundo. Nos lo repite como un martillo los domingos mientras por uno de los vitrales señala al firmamento, ese ángulo donde brillan la paz y el amor infinito, libre del sufrimiento terrenal. Bienaventurados los pobres de espíritu como nosotros, porque según él tenemos las puertas siempre abiertas allá arriba. Y tanta fe les ponemos a sus palabras que esa misma tarde nos entran unas ganas tremendas de marcharnos. Algunos lo hacen, pero yo me quedo. No es oro todo lo celestial que nos vende desde el púlpito. A poco que afines el ojo, descubres que, cada cuatro segundos, una nube se muere también de hambre y abandono.
Mientras comenzaba a sonar de fondo una fanfarria tan alegre como desenfadada, y con el aplauso del público para acompañarlos en su despedida, abandonaron cabizbajos el plató de televisión después de no ser elegidos. Qué podían haber hecho contra la niña de rizos rubios y ojos azules vestida de punta en blanco, o contra ese chaval repeinado y de cara lavada, tan repipi, que estaban convencidas de que no era tan educado como aparentaba, o contra un bebé, que se dieran cuenta, que esos eran imbatibles. Que qué mala suerte habían tenido, nada más. Que siguieran creyendo en ellos mismos, eso siempre, porque eran los mejores, bien lo sabían ellas. Que no desesperasen, que la próxima vez iban a ser seleccionados. Seguro. Eso les dijeron cuando pudieron recogerlos a la salida, tristes y abatidos, y darles un abrazo, y así, entre hipidos y con un llanto inconsolable que estremecía sus frágiles cuerpos, las monjitas los llevaron de regreso al orfanato.
Mi padre se jactaba de haber participado en algunas revueltas en Barcelona cuando era un joven comprometido en la lucha por las mejoras sociales y laborales allá por los años setenta. En ese ambiente familiar nací yo, que por supuesto, ni fui bautizado ni hice la comunión, pero como dice el refrán, un tanto soez, «pueden dos te…más que dos carretas».
Crecí y la conocí a ella, con el nombre de la primera mujer; me acomodé tanto a su vida que más pronto que tarde empecé a vestir traje de chaqueta en Semana Santa y a lucir orgulloso en mi cuello la medalla de la que consideraba ya la hermandad de toda mi vida. Durante unos cuantos años tuve la dicha de portar bajo su palio a María Santísima, mi costal y mi faja empapados de sudor y de fe.
Ella fue mi primer amor, la que me inoculó el veneno del fervor religioso, pero cuando la relación acabó, mi «fe» se diluyó casi tan rápido como entró.
Mi medalla sigue guardada en el cajón de mi mesita de noche; a veces siento la necesidad de estrujarla entre mis manos y llorando de rabia, tomo una copa más.
Enciende velas y quema incienso religiosamente. Se santigua al despertarse, al acostarse y en el medio. Termina cada frase con bendiciones y sidiosquieres. Cuando las cosas no salen como desea le reconforta pensar que no convenían, segura de que el universo siempre juega a su favor. Convencida de que el tiempo de dios es perfecto mira cómo el horizonte se traga el último tren.
Todos los hombres comentaban, con un brote de celos tan infundado como evidente, el desmedido fervor devoto que había despertado la llegada del nuevo cura. Y es que esa mañana, al igual que todas las del último mes, la fila de mujeres que se estaba formando había alcanzado ya la puerta de la iglesia, donde silbaba despreocupado un chaval vestido de monaguillo. Allí se podían ver tanto a las jóvenes como a las maduritas del pueblo, e incluso muchas venidas de diferentes puntos de la comarca. Las feligresas acudían por decenas a diario para confesarse. Muchas llevaban vistosos peinados, faldas muy cortas y escotes generosos, mientras que otras, las menos atrevidas, solo lucían coloretes en las mejillas o los labios pintados. Sin embargo, de una manera u otra, todas trataban de llamar la atención del párroco, sin sospechar que él, tras la misa, dejaba que su ayudante le quitara no solo la casulla.
Fue imposible de explicar, pero allí estábamos, mi marido y yo, deambulando por los pedregosos caminos. Él buscaba, casa por casa, puerta por puerta, un lugar donde hospedarnos entre súplicas y lágrimas. Una familia se apiadó de nosotros tras ver mi avanzado estado de gestación. Era difícil confiar en unos emigrantes, hambrientos y sin dinero. Algo similar le ocurrió a mi pareja hasta que le revelaron, en un sueño, que mi óvulo lo había fecundado una paloma.
El hombre oraba a diario desde una colina próxima. Decía que podía mover la montaña de enfrente. Un día la tierra tembló. Convencido de que lo sucedido era consecuencia de sus oraciones, prometió consagrar el resto de su vida al culto. Así creó la Iglesia de la Montaña. Miles de fieles acudieron. Se construyeron edificios magníficos y negocios a su sombra.
Mientras, un grupo de personas meditaba en la colina próxima: repudiaban aquella iglesia y sus mercaderías. Unían su energía para conseguir que desapareciera. Un día, una columna de fuego surgió de las entrañas de la tierra y la montaña desapareció. Convencidos de su poder, decidieron crear la Orden del Volcán.
María tenía fe en que esa tarde no lloviera; que el vestido le quedara como un guante; que el maquillaje no se le corriera; que el peinado la hiciera parecer más joven, si cabe; que la floristería mantuviera fresco el ramo.
Tenía fe en que todos se sintieran felices; en que ningún detalle faltara en la ceremonia y en que, una vez casados, Raúl dejara de devorar con la mirada a Marta, su amiga de la infancia.
El grupo de novicias que aguardaba turno delante de aquel confesionario componía, por lo numeroso, un espectáculo insólito incluso para beatas y feligreses. Se trataba de muchachas sencillas que habían venido de los campos de labranza o de allende el océano para sustentar con sus almas piadosas los muros del olvidado Monasterio de Santa María Magdalena. Y no es que el sacerdote fuera un hombre apuesto ni que el Maligno las hubiera encandilado, pero lo cierto es que una vez recibido el sacramento adquirían una mirada sabia, hombros erguidos y un fulgor níveo en el hábito. Ya libres de pecado e impureza, las penitentes salían al claustro para practicar las nuevas oraciones que el prior les estaba enseñando: Ave, José. Lleno eres de gracia… susurraban unas. Y otras respondían: Madre Nuestra, que estás en el cielo…
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