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¿Por qué la arbitraria memoria, a veces, nos castiga con recuerdos que preferiríamos no evocar y, sin embargo, relega al desván del cerebro aquellos que merecen un lugar de honor?
¿Por qué, cuando vuelo a mi infancia, plagada de carencias, la primera imagen que aparece, nítida y precisa, es la casa más fría y oscura de las varías que habité, como si ella quisiera hacer juego con la pobreza que me acompañó en esa etapa que siempre parece interminable?
¿Por qué, si me da por evocar mis amores, el que surge de pronto es el primero, el imposible, entre un tal Florencio con sonrisa de pillo y yo, con seis años los dos y en primaria, pero del que recuerdo su cara como si la viese hoy?
¿Por qué, al repasar mis pocas pero buenas amistades, la que se empeña en emerger sobre todas es la única que perdí, la que creí también auténtica pero que desapareció un día sin dejar señas?
¿Y por qué me da por creer, a veces, que soy más yo, que pertenezco más a esos pocos y extraños recuerdos que a los muchos y amables que ocupan más espacio en mi cabeza?
—Le llamo de Anatomía Patológica —dijo el auxiliar—. Necesito confirmar sus datos para enviar el informe al médico.
De acuerdo, respondí y le dicté mi número de DNI como un robot.
—¿Y la letra es «ele» de Lisboa? —preguntó.
—No. De Lego —corregí, pensando en las figuritas desmontables.
—Bien. Si me facilita su correo, le enviamos una copia.
—¿A mí para qué?
—Porque el tejido es suyo.
No contesté, sentí un frío repentino y colgué de golpe. Luego me recosté en el sofá dándole vueltas a la conversación mantenida con el auxiliar de laboratorio, hasta que volvieron a llamar. Miré la pantalla del móvil, otra vez los del hospital. No cogí. Entonces un olor a desinfectante inundó el salón. Era intenso, irritante. Me incorporé para buscar la procedencia y fue cuando sentí un pinchazo donde ahora no hay nada; como si lo que ya no formaba parte de mí reclamase su derecho a volver a casa.
Recuerdo haber aprendido los posesivos en clase, todo seguido: mi, tu, su. Sonaban al nombre de una marca de comida para perros.
Pronto los conjugué: mi bicicleta, mi casa, mi ciudad, mi colegio. Nunca me pregunté qué significaba exactamente ese mi. Bastaba con decirlo para sentir que tenía un lugar.
Años después, viendo Casablanca, entendí que el inglés distingue donde el español confunde. Cuando Rick le dice a Ilsa «you belong with Victor», no habla de propiedad, sino de lugar, de compañía, de un destino compartido.
Entonces comprendí que mi colegio nunca fue mío como se posee un objeto. Yo pertenecía a ese lugar y a quienes llenaban de voces las aulas, la biblioteca o el patio. El posesivo me había engañado: no nombraba una propiedad, sino aquello a lo que pertenecía.
Mi pareja se fue. Lo que echo de menos no es el «mi», sino el «with».
¿Acaso soy yo el que habita la casa o, por el contrario, es ella la que me habita a mí?
No es un pensamiento gratuito porque todo ha cambiado desde entonces. Las piernas flaquean y los cimientos oscilan. ¡Que aparatosidad para decir que ya no soy el mismo! De hecho, ni siquiera estoy aquí.
Encontré una puerta, una diminuta, sencilla y escondida puerta que atravesé sin pensar. ¿Sabes cuando le das la vuelta a una prenda para meterla en la lavadora?
Mi envés es complicado. Tiene manías de viejo y tonterías de niño. A veces logro encontrarme en un término medio, pero enseguida aparecen las grietas. Si miro muy fijamente un punto fijo, logro volver al estado natural y traspasar el espejo.
Jamás invito a nadie a merendar.
Tenía que haber desconfiado de ese precio tan económico, pero el sentimiento fue mucho más allá. En el momento de visitarla, ya me estaba poseyendo.
He perdido familia y amistades.
He ganado huecos por rellenar.
Reflexiono todas estas cosas mientras me rasco una teja y eructo corrientes, incapaz, por otro lado, de identificar el humo de las orejas.
El cirujano cardíaco, curtido en mil batallas, cambió rápido un corazón por otro. Al palpar el nuevo se dio cuenta de que ahí bullía algo extraordinario. Los amores que en él se apretujaban esperaban curiosos la nueva carcasa. Enseguida se dieron cuenta de que su inexplorado hogar nada tenía que ver con el anterior. Acostumbrados como estaban a hacer el bien por doquier llegaban al territorio de un cafre, un terrorífico engreído especialista en fastidiar futuros. Los entes del enamoramiento debatieron largo y tendido. Algunos pedían finalizar la historia, otros exigían ser profesionales y desarrollar la labor en este desastre al que ya pertenecían de hecho, había quien opinaba buscar un nuevo receptor. Una voz excelsamente amistosa habló clara y rotunda, “crearemos un nuevo ser bueno y sublime”. Todos asintieron.
Decidieron despertarlo.
Abrió los ojos viendo a las dos enfermeras que trajinaban con sueros y catéteres y al asqueado familiar al que tocaba acompañarlo no por gusto sino por turno de obligación. Sonrió a las mujeres susurrando gracias mientras tomaba levemente la mano al visitante reconociéndole su presencia.
Éste, absolutamente perplejo, meneó la cabeza afirmando con rotundidad “me lo han cambiado”.
En Casares jamás hemos dudado de la existencia de Dios. Además de asistirle en bodas y bautizos, cuando éramos unos chavales ayudábamos a don Basilio a sacar los lagartos muertos de la iglesia durante los veranos y pintábamos los bancos para evitar que la madera, con su escandaloso crujir, interrumpiera las pocas misas posibles.
Si bebía de más y perdía la calderilla jugando a la brisca en el mesón, nuestro párroco volvía a la rectoría dando voces, blasfemando y proclamando, a voces, la vida como nuestra maldición local.
Poco ha cambiado. Yo me marché a los dieciocho, y he regresado esporádicamente por esa necesidad física por retornar. Y allí encontraba las mismas caras en la plaza. Más arrugadas, más encorvadas, pero las mismas.
Una tarde pregunté por Martina a las mujeres que poblaban la sombra de la iglesia en sus asientos de enea.
—¿Cuál de ellas? —dijo mi madre.
Entonces señalé a la anciana que cosía bajo el olmo del otro lado de la plaza.
—La vieja.
Mi madre soltó una carcajada.
—Esa es la niña.
La anciana levantó la vista, me reconoció y me saludó con la misma sonrisa pícara de cuando teníamos doce años.
Desde pequeño, Tomás hablaba con personas que nadie más veía.
Sus padres lo llamaban imaginación.
A los seis años jugaba con piratas en el salón.
A los nueve discutía con filósofos en el parque.
A los doce recibía consejos de una anciana que aparecía sentada en el borde de su cama.
Con el tiempo aprendió a ocultarlo. Los adultos parecían incómodos cuando alguien seguía viendo lo invisible.
Creció, estudió, trabajó y olvidó aquellos encuentros.
Una noche, ya anciano, sintió que alguien se sentaba junto a él.
Levantó la vista.
Era la misma mujer que había visitado su habitación décadas atrás.
— Has tardado mucho en volver a hablarme — dijo ella.
Tomás sonrió.
— Pensé que eras producto de mi imaginación.
La anciana negó con la cabeza.
— No. Tu imaginación eras tú. Yo siempre fui real.
Entonces le tendió la mano y, por primera vez desde la infancia, Tomás decidió seguirla.
Al vestirme descubrí que tenía un hilo. Tiré de él y sentí un pellizco en el pecho. Entonces observé que salía de mi corazón. Lo ignoré y me fui a trabajar. Por la tarde ya tenía varios metros. Lo corté al ras. Al momento aparecieron otros tres hilos al lado.
Había quedado con una amiga en mi casa. Se lo conté. Sin darle importancia me pidió «la caja de los hilos». Encontró una aguja de ganchillo y comenzó a tejerlos con tanta suavidad que me hizo sentir una paz desconocida.
Me explicó que eran hilos de estrés, una adaptación evolutiva, cuando el cuerpo no puede más. Pueden llegar a convertirte en un árbol hilado, sin posibilidad de caminar.
Incrédula, se me escapó una risa nerviosa.
Ella también sonrió y me acarició el pelo, del que ya asomaban algunas hebras. Luego me besó en los labios con una dulzura desconocida para mí. La física y la química que ya tenía olvidadas se activaron en mi interior y continué besándola con pasión.
Al intentar separarnos, con nuestras lenguas pobladas de hebras enredadas, terminamos cayendo al suelo, con un ataque de risa.
Los lereles campan a sus anchas en Silosenovengo. Llegaron con sus carros blindados, sus fusiles de asalto, sus bombas de racimo, sus botas de sietesuelas, destrozándolo todo, pim, pam, pum: un edificio demolido, una carretera hecha fosfatina, un parque devastado. Los sinsinsín, que vivían allí desde hace tiempo, saltan por los aires: diez, veinte, treinta; niños, mujeres, viejos; algunos perros y muchas cabras, y las arañas que, arrancadas de sus rincones, patalean entre las ruinas. Los lereles husmean entre los escombros, desentierran tesoros ajenos, aniquilan a los sinsinsín que aún respiran, incendian los muebles que han resistido a la debacle. Muchos sinsinsín escapan hacia el sur, arrastran su hambre y su miseria, se hacinan en una franja de tierra yerma y desabrida. Elgranimaginador se mesa su cabellera naranja satisfecho, apaga la pantalla y se dirige a la maqueta.
—¿Has visto, Jhony? Resort, campos de golf, parques de atracciones y temáticos, restaurantes, clubs nocturnos, playas paradisiacas. ¡Es el sueño americano, Jhony!
Jhon comprueba sus ataduras, balbucea amordazado.
—♫Diréis que soy un soñador, Jhony… quizá algún día os unáis a mí y el mundo sea uno solo♫.
El gran imaginador canturrea, le arranca sus gafas redonditas y las pisa sin piedad.
Hago memoria mientras el carcelero y el oficial aguardan mi confesión. Les cuento que aquel desconocido me describió con todo detalle cómo el sol iluminaba el edificio de un amarillo intenso al atardecer. Los dos asienten, impacientes. Las terrazas de la fachada, me dijo, eran alargadas; de esas de tendedero o de paseo de ida y vuelta. No me detalló cuántas alturas tenía, pero me lo imagino con siete.
—¡Tiene siete alturas! —grito. Y es verdad. Afuera nieva y ellos insisten.
—Dinos dónde se esconden esas ratas que tú llamas «camaradas» y no te pasará nada —susurra el oficial.
Un escalofrío recorre mi espalda siempre que cruzo el muro que nos separa del exterior. Pero no les cuento nada de eso. Tampoco menciono aquella cafetería en la que un hombre cualquiera me habló del edificio en el que creció. Por suerte, frente a nosotros, una mujer sale a una terraza del tercer piso y se apoya en la barandilla. Se la señalo. Esta luz realza sus facciones. Los dos se quedan embobados y la observan desde la acera.
—Se llama Marianna —les digo y, mientras el sol se pone, le quito las llaves al carcelero.
Un balonazo redujo a pedazos el jarrón favorito de su madre. Al verla entrar furiosa, Leo, de siete años, activó su imaginación: —¡Mamá, nos salvé! Un duende del polvo gigante atacó el sofá, le lancé mi esfera de energía y el jarrón se sacrificó. Ella sonrió ante la película de ciencia ficción y limpiaron juntos.
Al día siguiente, llegó tarde al colegio. Su maestra lo esperó muy seria en la puerta. Leo argumentó: —Profesora, unos astronautas invisibles aterrizaron en mi tejado; aspiraron los relojes y les ayudé a recoger los minutos con una red de mariposas. La maestra sorprendida contuvo la risa: —Pasa, astronauta, antes de que el tiempo escape.
Por la noche llegó el brócoli. Leo tomó el tenedor y anunció: —Este bosque de árboles alienígenas planea invadir mi estómago. Como guardián de la Tierra, debo eliminarlos. Ante la risa cómplice de sus padres, Leo fue lanzando los árboles al cubo de la basura. Su padre, asombrado por el ingenio, puso la pizza preferida de Leo en el horno.
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