Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

FE

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en LA FE

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2026 Comenzamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto de FE en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
14 de FEBRERO

Relatos

33. A CIENCIA CIERTA

Cuando su fe ya no le alcanzaba para afrontar aquella situación, decidió pasar por el quirófano, aunque el facultativo le advirtió de que, por haber desconfiado de la ciencia tantos años y haberse dejado aconsejar por matasanos, la medicina no podía hacer gran cosa por él, salvo probar nuevas terapias y cirugías, no todas seguras al cien por cien. Tendido en la camilla y con aquellas lámparas sobre la cabeza, no le quedaba más que la esperanza de despertarse entero y a salvo, pero sus párpados agotados cortaron de raíz aquella cobarde reflexión.

Con el paciente sedado, el equipo se miraba con escepticismo ante aquel desafío, como si ni ellos mismos lo tuvieran muy claro. Al terminar la intervención, el sudor y la duda lo inundaban todo, y el último punto cerró la incisión.

En la sala de reanimación, una intensa luz penetraba por los ojos del paciente, y una voz dulce y angelical le daba una especie de bienvenida, señal de que todo había ido mal y que, como en sus creencias, estaba, lleno de cicatrices, a las puertas de la vida eterna.

Luego comprendió que la enfermera le estaba poniendo una sonda.

32. CON FE

• Mamáaaaa
Dime hijo.
• La maestra nos ha pedido un trabajo con fe.
Pues a mí se me ocurre que hables sobre ferrocarril, lo de los trenes.
• No sé.
Vale, ¿qué te parece café?
• Genial, voy a hablar del que tú preparas que gusta a todo el mundo.
Me alegra, pero acuérdate de tu tía Federica, que te regala cochecitos en tu cumpleaños.
• ¿Y qué más?
Pues hoy he oído en las noticias algo sobre un mequetrefe.
• Me gusta.
No olvidemos a quien te ha pedido el trabajo, tu profesora.
• Olvídalo.
Acabo de recordar un cuento sobre el lobo feroz.
• Da miedo.
¿Te gusta feria?
• Me encanta el guirlache.
Algo muy importante es el mes en que naciste, febrero.
• No me atrevo a contarlo en clase.
Una idea, nuestro insoportable vecino es feo.
• Bien, has dado en el clavo.
Espera, tu gato es felino.
• Uy mi Roger se me había olvidado, voy ahora mismo a ponerle la cena.
Por cierto, la palabra más corta de todas es fe.
• ¿Y eso qué es?
No sé.
• Borrado.
Pero espera, todo lo que hemos hablado está bien, muy bien, pero…
• Pero… ¿qué?
Lo más bonito que hay con fe es feliz.
• Mamá, te quiero.

31. Alimentando refranes

Soy el último mono en esta oficina de mierda. Por mi legendario despiste, siempre me endosan las peores tareas. No le caigo bien a nadie, mi jefe me desprecia y cuenta los días para poder despedirme. Así que, me digo, ¡de perdidos al río! Y, ante el asombro de mis colegas, me ofrezco voluntario para el encargo.

Mi abuelita siempre decía que tuviera fe, que yo había nacido con una flor en el culo, por lo que espero, de esta manera y con un poco de suerte, poder ganarme el favor de todos.

Es un hecho que ahora me miran distinto.

Despierto con renovado humor y afianzo la idea de tomarme el recado casi como una especie de feliz excursión. Tendré tiempo de conocer la ciudad y, quién sabe si de toparme con alguien afín… Son quimeras, lo sé, pero a lo mejor en la otra oficina alguien descubre mi gran potencial.

¡Pues a tomar por el saco mis expectativas! No sé en qué burbuja vivo…

He perdido el vuelo y, en el undécimo día de septiembre de 2001, puedo constatar que sigo siendo un imbécil…

Y que el mote de “desastre”, en ocasiones, se me queda pequeño.

30. Limbo

Y Él añadió «con esto tiráis un tiempo, chavales» y nosotros transcribimos su Palabra en el Libro Sagrado. En su Segunda Venida, nos proveyó de leña seca, aparatos de luz, extraños recipientes con alimento y varias mantas. Arrodillados, tras implorarle que no nos llevara aún a su Reino, lo vimos alejarse. Se elevó por la Escalera de Jacob, llenó de claridad el Círculo y, antes de desaparecer, dijo «puta tapa, cómo pesa la condenada».

Palabra del Señor.

Asamos diez ratas para celebrar su Segunda Venida. Después bailamos alrededor de la hoguera, nos bañamos en nuestro río y nos emparejamos bajo las mantas, como hacían nuestros padres antes de partir.

Ahora estamos montando un altar junto a la Escalera de Jacob para ensalzar nuestras oraciones. En el centro hemos colocado un dibujo de Él, con su túnica azul y corona blanca iluminada, y, a su lado, la hoja que dejaron nuestros padres. En ella descansa el Primer Mandamiento, «Cuidaos mucho», el Segundo, «Rezad y Él vendrá a vosotros» y el Tercero, «No salgáis nunca».

Y no saldremos, esperaremos aquí para que nos encuentren cuando regresen, pero, mientras tanto, seguiremos elevando nuestros rostros hacia el Círculo. Hasta que Él vuelva a iluminarnos.

29. El buen pastor: de los tales es el reino de los cielos

—¡Cojo! ¡Enfermo! ¡Fuera! —me gritaban, desde aquella vez.

Renqueaba calle abajo, mirando atrás. Me agazapaba en cada esquina. Cruzaba la calle temiendo que las ovejas descarriadas me encontraran.

—Ten fe, hijo mío. En tu nuevo destino encontrarás la paz.

Padre cerró la puerta y no miró atrás.

Al llegar, me enfundé mi oscura loba, alcé el cuello y cojeé libre. El sendero acariciaba mi pie. Las esquinas abrazaban mi cuerpo. Los miembros de mi nuevo rebaño sonreían al verme pasar.

—¡El paraíso! —exclamé.

Caminaba recto, por primera vez.

Escuché el trino infantil, por primera vez.

La mirada indefensa me atrajo, por primera vez.

Trastabillé, por segunda vez.

—¿Se encuentra usted bien, señor?

Envolví su mano diminuta con las mías. La guié hasta mí, como hice aquella vez.

28. Esperar (Gabriel Martín)

Han transcurrido mil novecientos días desde que Don Javier, mi antiguo profesor de matemáticas, inició el ritual. Si vivierais en mi calle, si vuestra ventana diera a la esquina de Unamuno con Gracia, podríais describirlo igual que yo: llega diez minutos antes de la hora a la que sucedió todo, barre hasta dejar impoluto el espacio alrededor de la farola. Espera. Borra de la pequeña pizarra las marcas de tiza del día anterior. Espera. A las diez en punto, deposita un crisantemo y escribe la nueva cifra. Después, cierra los ojos, junta las manos y mueve los labios. Una oración, imagino.
Nunca ha faltado, nunca ha fallado en la cuenta. Lo sé: yo también la llevo. Lo hago desde que le vi acudir y le reconocí, al día siguiente del accidente, cuando aún no habían limpiado los restos de aceite y gasolina, cuando aún se distinguían en la acera las manchas de sangre que ella dejó. Aquella primera vez bajé por puro morbo y curiosidad. Ahora, cada día, cuando él se marcha, arrastro escalera abajo mi inconfesable y descreída envidia y tomo una fotografía de la estropeada pizarra. Hoy rezaba:
«Estaremos juntos = Eternidad – 1.900 días».

27. CUANDO SIN QUERER QUEREMOS CREER

CUANDO SIN QUERER QUEREMOS CREER ( Gema Herráez )

Ángela mira el teléfono y al ver su número en la pantalla, -no lo ha borrado aún-, un nudo en la garganta aparece sin preaviso y siente la tentación de marcarlo. ¡Qué estupidez!, se dice. Nunca fue religiosa, -por supuesto estaba bautizada e hizo la comunión aunque de corto- pero porque eran los convencionalismos de aquellos años.

En su casa tampoco eran practicantes y Ángela hizo una transición natural y racional hacia el agnosticismo o, más bien, hacia el ateísmo.

Nunca hubiera imaginado que iba a hacerse ciertas preguntas a las que estaba segura de tener respuesta. Y la muerte de su madre, aunque esperada, la ha desarmado. Es tan fuerte el desamparo, la tristeza, la sensación de pérdida que añora tocarla, besarla, tenerla. Y de pronto se pregunta si estará en un lugar agradable y acompañada o si se sentirá sola. Reniega de estos pensamientos irracionales y sin sentido pero mientras tanto sus lágrimas se derraman y desconsolada siente el deseo irrefrenable de creer que allá donde ella esté sea feliz.

26. CONTACT (Modes)

«Volverá pronto, ten fe», responde mamá, mirando al cielo, cuando le pregunto por mi padre.

Y yo sonrío, por no llorar.

Porque mis corazones saben que miente.

25. Un pedazo de cielo

—Ave María purísima.

—Sin pecado concebida…

 Mi tía abuela Elvira se confesaba cada día. La aterraba la idea de que una muerte súbita pudiera sorprenderla en pecado mortal, circunstancia que la privaría de ir al cielo que tanto se había esforzado en merecer. Y más ahora, que ya tenía una parcela en propiedad en él. Sí, tata Elvira había gastado casi todos sus ahorros para adquirir un pedazo de cielo. “Imagina, Elvira, llegar allí, con lo que cuesta, y no tener un sitio donde quedarse” le había dicho el padre Isidoro, que luego le gestionó personalmente la compra.

Los lunes, el cura suele ir a ciudad para despachar asuntos en el obispado. Y parece ser que, cuando oscurece, evangeliza señoras de aquellas que fuman, labor en la cual invierte todo su sueldo y quien sabe cuánto más.

—Padre, me acuso de…

—Elvira, un momento, hija mía, creo que tengo la obligación moral de advertirte de una cosa.

—Diga, padre.

—Pues… Ahora que ya tienes un pedazo de cielo, deberías pensar en comprar una escalera para subir a él. Y sin tardar, que ya sabes que sólo Nuestro Señor conoce el momento.

24. TOMAR UN ATAJO (Ana María Abad)

Alba apareció al amanecer al pie del barranco por el que se había despeñado su coche. A Benedicta la encontraron colgada en la buhardilla de su casa, sin nota alguna. Consuelo no llegó a despertar del sueño: en su mesilla, una botella de coñac mediada y tres frascos de somníferos vacíos. Dorotea se daba un baño de espuma cuando el secador de pelo enchufado cayó al agua. Y Esperanza no sobrevivió a la caída desde su terraza en el sexto piso.

Por más que el jefe de policía sostuviera a capa y espada en sus comunicados de prensa que habían sido meros accidentes y suicidios, pronto se corrió la voz de que había una mente perversa tras aquellas muertes, y su esposa le suplicó llorando que detuviera al maníaco homicida antes de que llegase a la M. Él decidió que no merecía la pena arriesgarse tanto: era el momento de hacerse con la fortuna de su querida Mari Fe.

23. Credo ut intelligam (Francisco Javier Igarreta)

Recién ingresada en la abadía, la hermana Rigoberta trataba de olvidar el fragor de la fundición. Heredera de una saga de la industria del acero, era una gran experta en todo lo relativo al convertidor Bessemer. Sin embargo un proceso de espiritualidad fraguado a fuego lento le había empujado a dar un paso trascendental. Si bien no le costó demasiado adaptarse al rigor conventual, a la hora de enfrentarse a los misterios de la fe no podía evitar sacar a relucir su tendencia analítica. La madre abadesa le repetía constantemente que no se trataba de entender sino de creer, pero cuando veía al padre Rosendo oficiar con aquellos ademanes tan bruscos el ritual del misterio de la transustanciación, le asaltaba un conato de incredulidad. Todo cambió el día que, con motivo de unos ejercicios espirituales, ofició la misa un joven frailecillo de aspecto angelical, que recogido ante el altar manipulaba lo sagrado con suma unción. Embelesada y confundida en el momento de la consagración, la hermana Rigoberta vio cómo aquellas manos tan blancas se elevaban fundidas con la sagrada ofrenda. Incluso ella misma se sintió elevada tras la estela de aquel cuerpo glorioso.

22. Los elegidos

Mi padre entregó su vida en la estación de tren a hora punta. Le dijeron que iría al cielo. Antes de apretar el botón, gritó: «¡Dios es grande!» Miles de flores en el vestíbulo por las víctimas y los niños huérfanos. Mi hermano mayor, piloto de avión experto, también se sacrificó. Le dijeron que él era el elegido. Tras el accidente, se pudo escuchar a través de la caja negra su voz grabada, diciendo: «Pongo mi confianza en Dios». Dejó caer el aparato en medio del océano donde se ahogó él con ciento cincuenta pasajeros. Ahora me insisten para que vaya yo en mi bicicleta con unas bolsas negras y me pare frente a un restaurante. Dicen que Dios me ha llamado, aunque yo no he oído a nadie. Me prometen que volveré a ver a mi padre y a mi hermano. Yo prefiero jugar con mis amigas en el colegio. Mi madre, llorando, me abraza fuerte antes de verme partir en mi bicicleta. Cuando doblo la esquina, pedaleo veloz hasta el puerto. Tiro la bicicleta al agua y, a los segundos, se produce una gran explosión. Intuyo que las puertas del paraíso se me han cerrado para siempre.

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