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El tictac me despierta, no sé si es el sonido de un reloj o de mi exaltado corazón. Mi cuerpo, empapado en sudor y desorientado, tiembla, la penumbra acrecienta el terror que me ha producido la pesadilla. En seguida me percato de que una luz se filtra por una pequeña rendija e intrigado aproximo mi rostro; el horror aún no ha acabado. No puede ser verdad, cierro y abro los ojos, quiero despertar. Seguro que sigo inmerso en la maldita pesadilla, pues observo a un pajarraco enorme sentado en mi sofá, viendo la televisión y devorando maíz y orugas con gran avidez.
Una portezuela se abre ante mí súbitamente y un resorte me empuja al exterior: mis pulmones se revelan e impulsan el aire que transita libre por la glotis, un espasmo abre mi boca, mi garganta se tensa y no puedo reprimir que mis cuerdas vocales vibren y den la hora. Acto seguido regreso de nuevo a la oscuridad.
El reloj marca las doce del mediodía. El tren llega con retraso. Pero qué son unos minutos en el cómputo de una vida. Desde el andén busco un rostro que me resulte familiar. Nos reconocemos desde el instante en que nuestras miradas se encuentran.
En el hogar hallo a una mujer surcada por los años. Tantas veces la imaginé, que me resulta extraño el momento. Hablamos, al aroma de café, de su juventud, de los mozos que llegaban a las fiestas del pueblo, de su embarazo, de la separación más dura de su vida. Su otra hija nos encuentra bañadas en lágrimas, cogidas de la mano. De camino a la estación me cuenta que a madre le quedan pocas semanas de vida. Le pidió poder reconciliarse con la vida, contemplando de nuevo aquel rostro que vio una madrugada fría antes de entregarlo a otros brazos. Hasta hace unos días ignoraba la presencia de una hermana en mi vida, y de otra madre a la que estaba acostumbrada.
Nos despedimos hasta el próximo tren de las doce. Tan sólo unos kilómetros nos separan físicamente, aunque la distancia estos años haya sido enorme. Espero el tiempo nos conceda el suficiente para acortarla.
Sin dejar de mirarlo, vi que me observaba al otro lado de la acera ¡Acércate! Grité. Intercambiaremos los cromos que llevamos en los bolsillos. Volví a pedírselo, con optimismo, hasta que mi eco lo apagó el ruido del tráfico. Asaetado por sus ojos gimoteantes, crucé los escalones de la avenida que nos separaba, y corrí a su encuentro. Quise buscar las palabras adecuadas y abrazarlo. Debemos dejar atrás el dolor de la separación. Murmuré. Aprovechó un golpe de viento, a favor, y con pasos largos entró en mi portal como si no hubiera otra puerta abierta en la tierra.
Mañana vuelvo a tu casa, exclamó, aunque sea vestido de payaso para que no me reconozcan.
Recordamos nuestra infancia feliz hasta el momento en que quedamos sin alma, y se nos clavó el desencanto en la mirada por las absurdas razones de los adultos. Poco, a poco, aprendimos a llorar a escondidas, dejar de buscarnos al escondite, y cerrar las páginas de las canicas, los cochecitos y los lapiceros viejos.
Hermano, murmuró bonachón, de repente nos hemos encontrado. Por fin me reposa el corazón. Y nuevamente chocamos persiguiendo un balón en el patio, aunque hace tiempo que dejamos de ser niños.
Vive anclado en una infancia que no se corresponde con su verdadera edad y, por ello, desea imitar a su hermano pequeño siempre que puede. Meses atrás, al ver que le regalaban un reloj, él también quiso uno aunque es incapaz de comprender el giro de las manecillas o de leer los dígitos. Lo lleva puesto a todas partes. Los vecinos del pueblo le preguntamos la hora cuando nos lo encontramos. Sabemos que le gusta, y esperamos su respuesta con interés. Entonces, satisfecho, mira el reloj y, según nos ve a nosotros más o menos cansados, enojados o tristes, nos dice que es la hora de los abrazos, la de las sonrisas o la de cantar una canción alegre. No entiende de números, pero cada vez que contesta, nos sorprende con una hora preciosa.
Me despierto en mitad de la noche. Alcanzo el reloj que reposa sobre la mesita de mimbre. Las tres y media de la madrugada. No se oyen voces, ni ruidos. Todo es silencio. Veintidós minutos después, aún no he conseguido dormirme. Decido ir a la cocina a por un vaso de agua.
El cuartito donde duermo es estrecho, apenas metro y medio de ancho y como única decoración, un calendario del restaurante chino de la esquina, el ¨Xiao¨. Abro la puerta despacio y sigilosamente. Ando descalza para no hacer crujir las viejas maderas del suelo y no despertar a nadie.
El televisor sigue encendido, aunque fuera de emisión, con su pantalla gris de hormiguitas negras. Alguien ha enmudecido el volumen. Veo a Lin echada en el sofá, dormida, y me pregunto si su esposo ya habrá llegado. En la cocina, lleno un vaso con agua del grifo y la bebo de un tirón.
De puntitas regreso a mi habitación minúscula. Un portazo, un ruido y una discusión. Temo que la puertecilla del cuartito donde duermo, se abra de un momento a otro. Pero no, de nuevo el silencio…Por suerte vuelvo a dormirme.
Un compañero del colegio me ha dicho que en África muere un niño por minuto. Al llegar a casa le he preguntado a papá cuánto era un minuto y me ha explicado que hay que contar hasta sesenta. Me he tapado la boca al llegar a ese número. No podía creer lo rápido que lo he hecho. Si son relojes los que acaban con ellos, voy a empezar a destruirlos.
Han pasado los años y ella sigue hilvanando relatos de países remotos que no aparecen en los mapas. Nos habla de lugares atemporales donde los relojes marcan un tiempo infinito; de héroes, villanos, magos y princesas que no envejecen nunca. Sin poder evitarlo, se nos escapa de reojo la pena. Nosotras hace años perdimos el interés por las ilusiones vacías. Ahora caminamos deprisa, con la mirada puesta en construir un futuro.
Hoy la hemos visto hacer las maletas. Nos confiesa que se va con Alicia, a ese lugar al que nosotras jamás volveremos.
Cuando el niño aprendió a leer las horas, su padre le regaló un antiguo reloj de pulsera, de aquellos con manecillas.
Al hijo le extrañó que le comprara un reloj viejo, aunque estuviera bien conservado.
– Era de mi hermano – dijo el padre.
– No sabía que tuvieras un hermano – balbuceó sorprendido el niño.
– Él se paró a tu edad, pero el tiempo no se detiene.
El célebre actor de películas de acción, Wallace Moore, siempre utiliza para las escenas más arriesgadas a su hermano gemelo, Clarence. Ésta noche, se ha asegurado de vaciar el líquido de frenos del coche con el que su hermano realizará una arriesgadísima pirueta por la mañana.
Parece que Wallace no termina de superar que el pequeño Clarence haya sido siempre el preferido de mamá.
En contra de todo lo que se pueda suponer, el hombre de hojalata no le está muy agradecido al mago de Oz, que digamos. Eso de ponerle un reloj de cuerda como corazón será muy romántico pero no es sano, y con lo olvidadizo que es, ya lleva vaya usted a saber cuántos infartos. Que se cansa mucho y sufre por todo, dice, cosa que antes no sucedía, así que ha decidido quitárselo del pecho y usarlo como simple reloj de bolsillo, y el corazón para quien lo quiera, que al final no es más que una fuente de pesadumbres y disgustos, dice. Y tiene razón, a santo de qué esos engranajes retumbándole por dentro, esos sobresaltos de amor y esas arritmias si no es más que una lata donde cualquier sardina o galleta se alojaría de lo más feliz. En cualquier caso, siempre le queda la posibilidad de volvérselo a poner, es lo que tiene haber ido a ver al mago; qué más quisiéramos los demás hacer lo mismo y sacarnos el corazón cuando nos duele.
La displicente perplejidad de mi madre no ayudó. Se empeñaba en compararnos cuando éramos todo lo diferentes que pueden ser dos hermanos. Él acertaba casi siempre y yo erraba con facilidad.
—Cuando naciste, no rompías a llorar y casi me da un infarto —dijo un día mi madre—. Luego, me provocaste jaqueca con tanto lloriqueo.
Yo sentía hacia Jack un odio triste y culpable y añoraba una vida más fácil, en la que tuviéramos algún parecido. Mientras él estudiaba o trabajaba, yo vagueaba o trapicheaba. Mientras él cultivaba amistades y formaba una familia, yo me rodeaba de degenerados y mujeres sórdidas.
Una mañana de resaca, me despertó una llamada. Era mi madre.
—Tu hermano está malo —me dijo.
—¿Malo de qué? —pregunté. Y se echó a llorar.
Las crisis nerviosas de mi madre se agravaron y me vi obligado a pasar más tiempo en casa. Acompañaba a Jack a pruebas y revisiones. Comenzó a hacer tonterías porque el tumor afectaba al comportamiento y debía vigilarle. Durante un tiempo pareció un auténtico gilipollas y luego se deprimió. Me recordaba un poco a mí, con ese toque de lúgubre montaña rusa. Con esa forma tan nuestra de sentirnos muertos por dentro.
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