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Todos respiramos una infancia de hielo. Cantamos para distraernos de los temblores. También para ahuyentar las sombras que el arcángel Gabriel distingue con sus ojos de cristal. Espíritus malignos que acechan ahí abajo.
La nuestra es una niñez de escarcha y melodías repetidas hasta que el invierno se derrita, aunque nunca sucede. Y aquí seguimos, con la misma voz por siempre jamás.
A veces alguno sufre afonía y solo mueve los labios, aunque el silencio le hace crecer sin mesura. Le germinan las alas y la ropa se le estrecha. Pero simula que sigue siendo pequeño hasta que recupera la voz, que le nace grave como una tormenta. Es entonces cuando el arcángel lo expulsa y contemplamos durante un instante ese mundo extraño que nos quiere morder la inocencia.
Era sábado, día de visita al abuelo.
El abuelo está en un mundo de fantasía al que le gusta llevar a Miguel y éste, como niño que es, queda embobado con las magníficas historias que le cuenta ese viejo encogido y feliz.
Hoy le hablaba de los cíclopes, que tienen un solo ojo y del tamaño escultural de un coloso y de ese medio-dios, medio-humano que era un titán…El abuelo y sus superhombres.
Miguel disfrutaba escuchando esas historias fantásticas y era feliz imaginando esos seres enormes y poderosos. ¡Tal vez algún día…!
El abuelo necesitaba descansar el músculo de su boca; miró a su nieto y le dijo que era la hora de comer. Miguel asintió con la cabeza, con los ojos muy abiertos por buscar tanto monstruo de leyenda. Muerto de hambre, caprichosamente, se pidió una hamburguesa gigante con mostaza.
La noche anunciaba la inminente primavera y oreaba el jardín con olores innúmeros. No obstante, mi alma estaba intranquila, como presintiendo un destino terrible. Por alguna secreta razón, me encontraba solo, aunque al lugar había llegado –bien lo recordaba– acompañado de mis amigos.
Entonces surgió de la oscuridad. Venía a confortarme, dijo. Que reclinara mi cabeza en su pecho, me conminó, mientras, en efecto, con el brazo izquierdo rodeaba mi cintura y, con el derecho aferrándome el hombro, me atraía hacia sí, tan cerca que podía sentir crepitar las plumas de sus alas. Luego acercó sus labios a mi oído y empezó a susurrar frases inconexas que, cuando al fin tomaron forma, trajeron una vez más a mi mente el abandono de mi padre.
Solo un instante después, el espeso olor a especias de su sangre se unía y sobrepujaba al resto de fragancias del huerto, mientras al género humano se le vedaba, una vez más, cualquier posibilidad de salvación.
Son las tres de la tarde cuando la mujer se sienta a comer frente al televisor y ve que retransmiten en directo desde el lugar de la catástrofe. Sube el volumen para oír bien la noticia pero enseguida interrumpen la conexión con entrevistas a personajes de moda, todos ellos han transferido cantidades colosales de dinero para ayudar a las víctimas.
La mujer los escucha con atención hasta que se cansa, entonces silencia el aparto como hace siempre que no le interesa algo y continúa mirando la pantalla a la vez que come un insípido arroz sin pollo.
De postre se saca del bolsillo un caramelo que había cogido esta misma mañana en la sucursal bancaria. Lo saborea de buena gana mientras hace un avión con el comprobante que le dieron en el banco, un justificante por donar los seis euros que le quedaban de su pensión. Después se levanta de la mesa y, con sumo cuidado, lo coloca en el inmenso hangar de papel que decora su secreter.
Me mira desde su rincón con felino disimulo, me recuerda quién manda en casa y yo me inclino ante su majestuosa indiferencia, tratando de curarme los rasguños recibidos por violar sus dominios sin permiso. Tras aquellos bigotes había una sonrisa imperceptible pero claramente despiadada, y lamiéndose las patas, parecía borrar las últimas huellas de sus actos y reclamarme comida, ajeno a que, a sus espaldas, se adivinaban cambios, pues una rata resentida con el sutil peludo le lanzó una sonrisa pendenciera, y este se puso en guardia, lo que les devolvió a ambos un semblante grave, y a mí la impresión de que habría un duelo de titanes tras el que la jerarquía en casa podría cambiar, como así fue, pues la aspirante tuvo la pavorosa idea de declarar sus intenciones metiendo su hocico ponzoñoso en el platillo de atún con gambas, y el gato, asqueado y temeroso, se retiró dignamente, como si hubiera vencido, mientras veía a la ganadora chapotear en su leche enriquecida para mascotas esterilizadas. Satisfecha con sus deudas saldadas, la rata bebió un último trago, se contempló en el agua y salió a propagar el mal con las luces del ocaso.
“Angelitos míos venid, angelitos venid” se escuchaba a lo lejos en las noches que precedían siempre a la noticia de algún suicidio o muerte repentina.
Yo esperaba que esa voz clara y suave se acercase a mi casa.
“Angelitos míos venid” y yo quería ir, pero no podía. Hasta que una noche, la canción sonó tras la puerta.
Al día siguiente , Tomás, el pobre tonto como le decían en el pueblo, me sonrió y susurró a mi oído, “angelito ya no sufrirás más”, mientras enterrábamos a mi padre.
Ángeles habrá muchos, pero como mi Ángel, ninguno. Me hace el amor que es una gloria bendita, vamos, que no me sube al séptimo cielo, que lo suyo ya no tiene número. Me provoca tales éxtasis que ni santa Teresa en sus mejores momentos; me deja desmayada, en un limbo que ni cielo ni infierno, yo qué sé, una suspensión del alma que se sale del cuerpo del gusto; con una proporción tan divina que ni el Hombre de Vitruvio, ni el número áureo, ni la secuencia de Fibonacci juntas podrían superarle. Lo malo es que yo no soy creyente, y tener que rezarle para que no me abandone, y me deje desamparada, me está costando, pero a ver dónde y cómo encuentro otro como él, porque habrá muchos, ya ves tú, pero si éste es el mío, qué necesidad tengo de complicarme la vida, y total, parece que no le importa si creo o no, casi diría que oírme rezar le hace gracia. En fin, que: “Cuatro esquinitas tiene mi cama, dos miran a Cuenca y dos a Guadarrama, Ángel de mi alma, si no me echas un polvo hoy, que sea, sin falta, mañana.”
En el pueblo hay una gran expectación. Doña Milagros, nuestra beata, jura por Cristo Señor que un delicado coro de ángeles, serafines y querubines, liderado por un arcángel, interpretará con sus deliciosas voces un concierto divino. Así se lo ha manifestado una voz tremendamente profunda en la capilla del santo Patrón. Don Miguel, el cura, afirma que si ella lo dice, será verdad. El alcalde, por si las moscas, ha colocado un escenario en la plaza de la iglesia: no quiere arder en el infierno si es que existe.
A las ocho de la tarde, con puntualidad sobrehumana, los Ángeles del Cielo llegan en sus motos. Cubren las preciadas alas con cazadoras de cuero y los ojos con gafas de sol. «Tienen pupilas delicadas», explica la beata.
Después de los primeros acordes, nadie sabe qué decir. Todos pensaban que los coros celestiales eran menos estruendosos. A pesar de todo, doña Milagros baila como poseída en mitad de la plaza. Por un momento parece levitar sobre los adoquines mientras el ser divino de cabellos de ángel que tanto recuerda a don Miguel aporrea la batería y canta con voz tremendamente profunda Highway to Heaven.
A veces sucede que un ángel del cielo, queriendo comprender el misterio de los mortales, tanto al filo de su nube se acerca que cae a la tierra. Entonces en lágrimas su memoria se deshace. Condenado a vagar por el mundo, reirá, amará, sufrirá y tal vez, solo tal vez, hallará la alegría. Muy al fondo de sus ojos celestes, sin embargo, oculta en su mirada más profunda, si observáis con cuidado, encontraréis siempre la sombra de una decepción inexplicable. Un recuerdo, un silencio, un lamento que entre sus sueños late. Un eco de eternidad que, al despertar, inalcanzable, etéreo, fugaz como una estrella, en el aire raudo se deshace.
Todo empezó con la aparición de aquel ángel servicial con su absurdo y caprichoso encargo. Unas horas después de que se hubiera marchado le pareció oír una voz.
–¿Me has entendido?
–Disculpa, estaba ocupado y no te escuchaba.
–Que digo que tu fe te ha salvado, que liberes a tu hijo y sacrifiques un carnero en su lugar.
–Demasiado tarde, Yahvé; por aquí no hay carneros e Isaac parece que ya no respira.
Estaba muy molesto, dijo que no podía más, que esto lo colmaba todo, nervioso se restregaba las manos. Nunca lo había visto así, él, un ejemplo de paciencia y dulzura, lo desconocía. Fue entonces cuando afirmó que me abandonaba, que nunca había tenido que proteger a alguien así, tan imprevisible, que se ponía en situaciones de riesgo y tenía la cabeza dura como piedra, que no lo llamara. Dio un portazo y desapareció. Estaba desolada, no sabía qué hacer, solo pensaba cómo sería mi vida desde ahora sin él.
Al cabo de un rato aparté un poco las cortinas y ahí estaba mi ángel, sentadito en el alféizar de la ventana, con sus alitas de luz y su ternura. Al percatarse me guiño un ojo y sonrió..
y yo suspiré aliviada.
No hemos tenido más remedio que ponernos al día y lo hemos hecho apostando por invertir en I+D+I. El resultado es el algoritmo “LO5V4E/5G”, que se ha implementado en la aplicación CUPI2.0, denominada así para aprovechar el brand equity de marca existente y potenciar su implantación.
El sistema es muy sencillo. Un simple registro y la creación de un perfil da acceso a una gigantesca base de datos con infinidad de enlaces compatibles.
El proyecto no está exento de riesgos. Se han sucedido numerosos intentos de hackeo del nick “ángel caído” que han obligado a extremar la seguridad y desarrollar potentes cortafuegos.
Los resultados iniciales estaban siendo muy esperanzadores, pero el verdadero escollo no deja de ser la propia naturaleza humana. El algoritmo no es capaz de detectar perfiles falsos ni consigue evitar los embustes en los chats. Con todo, se espera mejorar mucho en futuras versiones, pues regresar al modelo anterior es impensable. ¿Se imaginan volver a esa especie de angelito en pañales con esa horterada salvaje de las flechitas?
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