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Empecé a sentirlo el día en que encontré a mi mujer muerta en el salón. Los síntomas, que se repiten desde entonces, suelen ser siempre los mismos: escozor en la garganta, lagrimeo, opresión en el estómago y dolor de cabeza. Puede durar segundos o días. Hubo una ocasión en que el ataque fue especialmente virulento, cuando detuvieron al asesino y lo reconocí. La impresión fue tan fuerte que todavía me asalta y me deja sin resuello. Sobre todo cuando vuelvo a reencontrarme con su mirada extraviada, las pocas veces en que me atrevo a mirarme en un espejo.
De niño la amaba en silencio, un sentimiento que el tiempo no supo aplacar. En la distancia fue una constante en mi vida, una punzada en mi memoria. Nadie pudo salvar la comparación con su sonrisa, el careo con sus ojos. La he buscado, la he encontrado y la he dejado escapar muchas veces. En su ausencia rumiaba su imagen, mas su presencia paralizaba mi ánimo. Nunca perdonaré mi miedo, mi dañina cobardía. He navegado por el desierto con la soledad del vencido.
Ahora, recluido en esta residencia, cuando la existencia cansada ya quiere reposar, deambulo ausente intentando retener mis recuerdos. Cuando, de repente, como un regalo del destino, tan solo a unos metros la veo. Ella, tan hermosa como siempre, observa el atardecer desde la ventana, su rostro refleja la paz que siempre anhelé. Es mi última oportunidad, ya nada tengo que perder, un no de sus labios tan solo precipitaría mi muerte. Arrío la bandera del temor, pues ya no puedo ni quiero huir. Me acerco y con el coraje que nunca tuve cojo su mano. En un instante se desvanece y, temblando, comprendo horrorizado que siempre fue una ilusión, un espejismo de mi sed de amor.
Alfredo, temeroso hipocondríaco, vivía solo con su gato Placebo cuando sobrevino la terrible pandemia.
Durante el confinamiento pasó verdadero pánico, por eso permanecía en casa todo el día, y cuando salía a tramitar algún asunto esencial tomaba todas las medidas recomendadas y muchas más. Sentía pavor, por ejemplo, cuando el repartidor del súper le entregaba la compra. Y siempre desinfectaba todo, Placebo pasó a ser el gato más limpio de toda la comarca.
Pronto -demasiado- aparecieron las primeras vacunas, Alfredo albergó alguna esperanza de que por fin pasara toda aquella pesadilla vírica, pero, ay ¿Y los efectos secundarios de un medicamento casi experimental? Las dudas comenzaron a provocarle ansiedad, y le convencieron para no vacunarse. Estaba seguro de que después del pinchazo de eficacia prometida una malformación o enfermedad crónica le sobrevendría (nunca pensaba en morir, porque moría de miedo)
Al cabo de los años se erradicó la pandemia, y Alfredo pudo respirar, no así Placebo, que se ahogaba debido a los productos desinfectantes que le aplicó su dueño. El veterinario solo pudo inyectarle una vacuna eutanásica como remedio ante tal sufrimiento. Fue entonces cuando un saludable Alfredo perdió el miedo a la muerte y feneció de pena y remordimiento.
Llegué sin reserva porque para eso soy cliente habitual, pero no quisieron darme la única habitación que les quedaba. A regañadientes me entregaron la llave y se ofrecieron a buscarme una suite en otro hotel de la cadena, pero yo estaba muy cansado aquel día y subí sin más.
La decoración no era la misma de las otras habitaciones: las paredes estaban llenas de cuadros de personas muertas y los espejos apenas reflejaban mis movimientos. Recién tumbado en la cama reparé en la pintura del techo: un Cristo viejo y enfermo que me miraba fijamente. Me dormí con la inexplicable sensación de sentirme vigilado.
Una oleada de frío me despertó, y junto a la cama, una mujer de niebla me dijo con tristeza infinita:
<<¿por qué has sido tan imprudente? Ahora quedas tú>>.
Desde entonces sigo esperando que venga otro, para despertarlo con mis dedos de hielo y poder dormir de una vez.
Me dieron el soplo en «La Casa Nostra» , el bar de la calle 45 donde solía abrevarme. Luca Falce salía de la cárcel y había jurado hacerme una visita. Había huido de Sicilia por un lío de faldas, le hizo tragar una de tubo a un policía. En América alcanzó sus mayores logros profesionales, incluso llegó a ser gangster del mes. Su prestigio en el sector era enorme, un miembro de la banda rival al que acababa de liquidar, le felicitó antes de morir por su buen asesinato. No tardó en cumplir su palabra y presentarse en mi casa. Con movimientos lentos de animal peligroso puso sobre la mesa una desgastada Biblia. La cicatriz de su cara parecía viva con las luces del sex- shop de la calle de enfrente.
– He cambiado, – me dijo-.
-No pienso volver a la sombra, sólo quiero encontrar a mi mujer. Saqué una botella de whisky y llené dos vasos. Cuando se fue guardé el revolver en el cajón, mejor ser precavido que lucir el traje sin espalda que te ponen en la funeraria.
Su mujer salió de mi habitación vestida con mi camisa hawaiana. Aún temblaba cuando se sirvió un whisky doble.
Ya son las siete y mi dulce bebé se vuelve tremendamente irascible a medida que cae la tarde, su cabecita ya ha interiorizado la rutina: baño, cena, a la cama y……………….al colegio. Su papá se levanta a las seis de la mañana y entonces ella hunde la cara en la almohada sollozando ante la inminencia de lo que se avecina, su angustia es infinita, y es tan buena que se deja vestir sin rebelarse aunque rogando aterrada entre lágrimas que por favor no la lleve al cole.
Llegamos a la puerta de la clase, su seño me la arranca de los brazos, la dejo “esmorecía” y dándole la espalda me voy con su llanto clavado en el alma, pero firme en mi decisión.
Después de mes y medio se acercan las vacaciones de Navidad, me asusta pensar que tenemos que volver a empezar……
Cumplió los tres añitos el día de Nochevieja y de nuevo volvimos a las clases. Esta semana ha ido de excursión a una granja escuela ( el cordón umbilical ya se ha alargado), regresó a las cinco de la tarde, casi dormida en el autobús pero FELIZ y en sus manitas una manualidad para su mamá.
Espero hasta el último momento para apretar el botón de próxima parada. Si alguien se pusiera en pie para bajar detrás de mí, me echaría a temblar y no me atrevería a hacerlo. Pero por suerte soy la única que abandono el autobús.
Cuando mi pie toca el bordillo de la acera se inicia la carrera.
La calle se convierte en un bosque impenetrable. Un bosque cuyas ramas ocultan la luz de las farolas, cuyos cientos de ojos acechan mis pasos, cuyas pisadas furtivas, murmullos socarrones, croares y chillidos me erizan la piel.
Los pies se me enredaban en las abultadas raíces. Tropiezo, caigo y me levanto a la vez. Una trampa a la que el bosque me somete siempre que cojo el Búho. Y, aun sabiéndolo, soy incapaz de caminar, necesito correr. Sé que el bosque me echará a las fauces de una jauría en cuanto me detenga. Que los lobos hambrientos me devorarán sin piedad. Y que, como si los depredadores no fueran ellos, por la mañana todos me culparán a mí por haberlo permitido, por no haber gritado lo suficiente, y porque las niñas buenas no cruzan el bosque pasada la medianoche, y menos aun llevando minifalda.
Cuando el fisioterapeuta levantó la sábana, sintió un escalofrío.
Aún tiembla al cerrar la habitación del hotel. Se quita la ropa y evita el espejo del armario. Sabe que él todavía la busca. Se deshace de su melena a tijeretazos. Los mechones cortados se le pegan en los pies cuando se da la vuelta para mirarse. Se estremece al recordar sus manos dibujando el mapa de lunares de su pecho. Uno a uno, los arranca, hasta que la sangre se une al pelo formando una masa viscosa. Ahora no podrá reconocerme, piensa. Hasta que el espejo le devuelve el verde de sus ojos.
Lleva toda la mañana triste y al ir a colgarse el bolso se le ha escapado un gemido de dolor. Se ha ido a trabajar sin mí y me ha cambiado por otro, claro, después de lo de ayer yo también ando algo resentido. Al menos hoy no tendrá que ocultar su cara, sus lágrimas se confundirán con la lluvia.
Anochece y el otro deambula nervioso por la casa. Las baldosas del pasillo tiemblan. Su reloj tirita ante un acoso constante. Cuando por fin aparece la increpa fuera de sí. Ella recula asustada y acorralada de espaldas a la puerta trata de defenderse: que no ha sido culpa suya que salió más tarde del trabajo y perdió el autobús. Entonces me saca del paragüero y me levanta en alto…
Cómo me gustaría llevar un arma secreta dentro de mí, como la del protagonista con traje y bombín —el de aquella serie de los años sesenta—, y acertarle de lleno en el corazón.
Pero esto no es una película.
Ayer me rompió dos varillas. Hoy sé que me dejará inútil, para siempre.
En el instituto, unos chicos la han tomado con él. Cuando nadie los ve, le obligan a darles dinero y se divierten a su costa. Al grito de mariquita, le acorralan, le tiran al suelo y le pegan patadas hasta que se hartan. Mientras, lo graban todo con sus teléfonos móviles y después, al verlo en las pantallas, se parten de risa. Orgullosos de su “hazaña”, no tardan en enviárselo a otros colegas.
Desde que le amenazaron con dejarle sin lengua si no guardaba silencio, se ha quedado sin voz. Anda todo el día cabizbajo, muerto de miedo, le sobresalta cualquier ruido, se esconde en los rincones, huye despavorido cada vez que ve una sombra…Al llegar a casa, sus padres, ajenos a todo, ni le miran, sólo le riñen por sus malas notas. Él no dice nada, se encierra en su habitación y no para de llorar. Se siente perdido, la angustia le asfixia, no sabe qué hacer, ni a quién acudir… no ve otra salida que la de marcharse, desaparecer. Sabe que no será difícil, para este viaje no necesita ni billete, ni maleta, le bastará con tener, por una sola vez, un instante de valor.
Sentí que mi boca se desencajaba y como una fría losa pesaba sobre mi cuerpo. ¿Qué hacía allí, cómo había llegado? Muchas preguntas para las que no hallaba una respuesta. Las rodillas se me doblaron y caí de bruces contra el suelo. Temblé de miedo. ¿Quiénes eran esas mujeres? ¡Parecían hilanderas¡.
Penetré en la inmensa oquedad de una cueva sin ninguna dirección. Mis pasos eran torpes y mi mente se negaba a ver la verdad. ¡Estaba en las puertas del averno!
Mi corazón gritaba de una forma absurda y continúa; llega hasta el final de la gruta, no es oscura ni tenebrosa solo silenciosa… huye. La ansiedad se apoderó de mi cuerpo, sin embargo mi mente pensaba en aquellas mujeres junto a la rueca. ¿Qué narices hacían en un lugar así?
Noté en mis labios el cargado sabor de la sangre. La mano mortífera de la parca se acercó alcanzándome de lleno en el pecho provocando quejidos y náuseas. Tras varios espasmos dolorosos, la muerte abrió sus brazos y fue entonces cuando mis labios pronunciaron sus últimas palabras, a la vez que mis ojos sentían el rostro del diablo y la sonrisa de las hilanderas; estoy en el infierno.
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