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Caí, volando de bruces, sobre el cráter producido por un obús.
Mi compañero salto tras de mí. Vimos reflejado el miedo en nuestros ojos. Él me rodeó con su brazo, en un acto protector.
Otro cañonazo <<demasiado cerca>>. Ahora no podía oír estruendos, ni disparos, ni alaridos de dolor. El silencio, en medio de aquel tumulto desgarrador, tornó la visión mas insoportable, hasta el punto de paralizarme de terror.
La adrenalina me hizo reaccionar, teníamos que seguir a la orden de ¡avanzar, avanzar, avanzar!.
Sentí el brazo de mi compañero aún sobre mí. Cogí su mano para animarlo a seguir, al tiempo que me giré hacia él.
Creía que el miedo no podía ser más intenso, me equivoqué, vi que su brazo era lo único que quedaba de su cuerpo.
Intente levantarme, ¿por qué no podía?. Miré hacía atrás.
Pensé que el miedo alcanzo su máxima expresión, volvía a equivocarme, mis piernas ya no estaban.
Una mano estrechó la mía, elevándome al borde de aquella fosa sepulcral. Era mi compañero.
Observé en el interior del cráter, mi propio tronco junto a aquel brazo y otros cuerpos mutilados.
La ansiedad se había evaporado, ya no sentía ningún sentimiento de miedo.
No debería sentir frío y sin embargo estoy helada. Me repugna el olor a casquería mezclado con desinfectante y oírles hablar así me angustia y entristece a la vez. Para ellos solo soy una mujer caucásica, de unos 35 años de edad. Por la forma y tamaño del útero, calculan que tengo un par de hijos. Me gustaría gritarles que sí, que los tuve y que todavía duelen. Dictaminan que mis prótesis mamarias son de 350 centímetros cúbicos con unos diez años de antigüedad y que el contenido de mi estómago se reduce a una papilla semilíquida de color amarillento. La causa de la muerte es clara: sobredosis de alcohol y barbitúricos. Respecto a que mi corazón no presente lesiones aparentes, sinceramente, no estoy de acuerdo.
¡Cómo tiemblas, chica! ¿Estás asustada?
La señora no desatiende sus bolsas de la compra; el caballero apenas levanta la vista del móvil. Yo rebusco en los agujeros negros que horadan mis nervios desquiciados. Estoy en el andén, así que he metido el billete en el torno y bajado las escaleras mecánicas. Demasiado tarde. El hormigueo que me paraliza la garganta se propaga al resto de mis miembros. Es como mirarte en un espejo y extrañar tus propios gestos, lentos e inéditos.
Intento en vano despegar la lengua del paladar para responder a la amabilidad del caballero, de la señora. Y esa imagen mía que ya imaginaba ajena se distorsiona más, distanciándome de las demás personas.
Un lejano traqueteo y la megafonía anuncian la llegada del metro. Entonces se acercan. El caballero o la señora, preocupados porque estoy demasiado cerca del borde. Me rozan las mejillas encendidas, me agarran los puños apretados. No lo soporto. Sin pretenderlo, con una fuerza sobrehumana sobrevenida, arrastro al caballero de las solapas, empujo a la señora por los hombros. En el último relampagueo de sus miradas busco la paz y el descanso que ansío. Solo encuentro el miedo y la angustia que ya conocía.
Los terrores nocturnos se habían convertido en rutina habitual. «No pasa nada cariño, son solo pesadillas», la tranquilizaba cada mañana mamá. «Los monstruos no existen, mi niña, no pueden colarse en tu cama», le guiñaba un ojo papá. Ella sorbía despacito el colacao, ensayaba en su rostro una sonrisa y fingía ser valiente. Camino del colegio, trataba de sacar al monstruo de su cabeza. Lo intentaba con todas sus fuerzas pero era tan difícil… ¡Si al menos su cara no fuera tan parecida a la de papá!, musitaba en silencio. Y un pinchazo de culpa anudaba al instante su garganta.
Nunca me ha gustado hablar de mis íntimas emociones y mucho menos de mis pesadillas, pero tal vez sea el momento de la catarsis y la liberación.
Justo anoche, mi padre era un depredador sexual con la misma apariencia de cuando murió. Estaba estupendo para sus noventa y nueve años.
He sido yo quien lo ha descubierto, estaba abusando de la hija de tres años de Amanda y Víctor. Ni idea de cómo habíamos llegado allí los dos. No importa, estábamos en el mundo onírico.
Le he agarrado del pescuezo, y la poca fuerza de su edad ha sido evidente. No ha habido resistencia y yo no he tenido compasión.
Al despertar me he dado miedo.
Se me resbaló de las manos, no sé cómo, siempre pongo el máximo cuidado cuando la manejo. Es muy frágil, escurridiza, pero nunca me había pasado antes. Es la primera, y última, vez, ya nada se puede hacer, había quedado hecha añicos, y lo que tenía dentro… no había cerrado la puerta…
Entrecerré los ojos preparándolos para el resplandor matutino… y abrí el postigo. Me sorprendieron el cielo encapotado, una calma inquietante que acallaba las voces del bosque, y esa angustia que, salida de no sé dónde, de pronto llenó mi pecho. Fue entonces que tuve la intuitiva certeza de que hoy ella vendría.
No sabía qué hacer, mi ansiedad me impedía permanecer quieto, y salí a buscarla esperando no encontrarla. Caminé hasta extenuarme y al regresar bebí agua del pozo, mientras allá abajo, la umbría frescura sabedora e inquieta, me advirtió que a la que venía la buscara en otro lado.
Al anochecer, cansado de esperarla, cogí el Jeep y bajé al pueblo. En el bar, una botella de whisky me persuadió de que una intuición absurda me había envenenado el día y, cerca de la medianoche, ya relajado, emprendí el regreso. Era obvio que ella no se presentaría.
Pero nos cruzamos en el camino. No sé quién encontró a quién; nos topamos en un paso a nivel y supe que Ella estaba allí, aunque nunca llegué a verla, encandilado por la luz del tren, que inexorablemente en hora, se abalanzó sobre el Jeep antes de que dieran las doce.
«NINGÚN ESTÓMAGO VACÍO SE RESISTE AL MORDISCO DE LA TRAICIÓN»
-Piensa el desertor, cobijado por su íntimo amigo hambriento, camino de la frontera.
Se ha distraído un momento mirando el móvil, levanta la cabeza y no consigue localizarlo por ningún sitio, trata de tranquilizarse y vuelve a recorrer todo el espacio fijándose mejor, ¡nada! Una insoportable sensación de angustia comienza a agarrarse a sus tripas igual que la mandíbula de una hiena se fija a la carne de su presa. El columpio en el que jugaba el niño aún se balancea, pero está vacío.
Tengo once años y me llamo Juan. Grabo estos cassettes para que alguien los oiga. Tengo progeria. Odio a los niños, sobre todo a los de dos o tres años porque me dijeron que a esa edad me abandonaron. Ya tengo la primera candidata, Rosita, de 3 años, siempre con sus vestidos que parecen merengue. La llevaré al sobrado y la asfixiaré. Sus mofletes tan rosados se quedarán blancos, procuraré que mantenga los ojos abiertos, cuando la encuentren será como la muñeca que tanto le gusta del escaparte de la juguetería de la Avenida de las Fuerzas Armadas. Después irá Jorgito, que tuvo la polio y no puede caminar bien, lo arrojaré desde la terraza y su madre que siempre le dice mi angelito verá como no puede volar, ella tan linda llorará y se pondrá fea y con el maquillaje emborronado.
Quiero que me atrapen pronto, pero no sé si me meterán en un reformatorio o en la cárcel, yo prefiero el penal, los niños pueden ser muy crueles cuando hablan.
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