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La conocí una gélida noche de noviembre al salir de un pub. Sentada en un bordillo, abrazaba con sus brazos las piernas que mostraba su somero vestido blanco. Me miró de soslayo, como retándome a que la llevara a casa.
Sin mediar palabra, le tendí mi abrigo. Después comenzó a caminar a mi lado.
—No creas que me voy con cualquiera —me dijo al subir al coche.
No respondí, pero recuerdo que sentí un escalofrío. Le pregunté su dirección y arrancamos.
Durante todo el trayecto no dejó de mirarme. Mantuve la vista fija en las calles que se abrían ante nosotros, mientras sentía su mirada clavarse en mí como un aguijón envenenado. Inmóvil en el asiento de al lado, parecía una muñeca antigua de ojos vidriosos.
La dejé en los confines de la ciudad, cerca de la arboleda, y regresé a casa tan rápido como el temblor de mis manos me permitió.
Varias veces más nos encontramos y la llevé a casa. Siempre de noche, siempre a solas, a pesar del miedo irracional que me inspiraba.
No sé por qué lo hice. Quizás me recordaba demasiado a la pobre chica que encontraron muerta en la linde del bosque.
Se acercaba Halloween y aún no tenía relato para el dominical del periódico. Me propuse escribir sobre un trozo de historia que, hacía poco, había oído vagamente por la radio. Esa noche anoté algunas ideas, pero era muy tarde y las musas estarían dormidas o, simplemente, me ignoraban.
Ya en la cama seguí imaginando historias de sombras que habitaban la vivienda y que, como imperfectos hologramas, se me aparecían y se desvanecían, primero en el pasillo, luego, en cualquier otra estancia. Las fugaces sombras siempre eran de dos fornidos varones cuya presencia yo percibía por el ruido de su respiración, o veía por el rabillo del ojo unas cimbreantes líneas de siluetas o, directamente, me topaba con las sombras negras; a veces más negras que la oscuridad del pasillo.
Mi esposa me despertó de aquella aterradora pesadilla. No volvimos a comentar nada sobre ese tema. Me propuse que nunca más me iría a la cama con historias de terror en mente.
Una semana después, me he sentado a escribir el relato para el periódico. Tengo angustia. Sé que ahora están detrás de mí. Percibo su frío aliento en mi nuca, pero no me atrevo a mirarlos desde hace una semana.
Siempre los viernes por la noche. Siempre seis, aunque en cada partida hay uno que debuta. No apostamos mucho, estamos entre amigos y familia, incluso a veces jugamos con garbanzos en vez de monedas. Lo que nos divierte es el propio juego, la incertidumbre de quién se librará, la angustia de pensar que puedes perder, con el castigo de no volver a jugar. Lo que aún no sé, después de tanto tiempo jugando, es por qué la llaman rusa si tanto la pistola como la munición son americanas.
(RELATO FUERA DE CONCURSO)
Nunca había conocido el miedo. Ni siquiera las historias tenebrosas que contaba la abuela en la trébede cuando era niño le impidieron soñar. No temió nunca al padre Eguren, aunque sintió, a menudo, su aliento avinagrado antes de sacudirle un soplamocos por hablar. Tampoco se inmutaba de adolescente al atravesar sin luz las callejas de su pueblo. Por si acaso, solía silbar. En los años convulsos de universidad, jamás se acobardó ante los guardias que lo persiguieron por las calles de Madrid, porque aquel vértigo misterioso le empujaba hacia la libertad. Años después, escuchó de cerca a un hombre gris que, pistola en mano, gritaba: “¡Quieto todo el mundo!” y ahí reconoció haberse alarmado durante un día entero. Ya casado y con hijos, vio tambalearse sus convicciones al descubrir su nombre escrito dentro de una diana, y como vivir en paz era su único blasón, aprendió a caminar con más cautela. Pero, hace nada, ha descubierto que el miedo es frío, una destemplanza que se encona en el alma y hace tiritar la piel: En zapatillas y con mascarilla, se despidió de Irune, mientras la ambulancia con su sirena feroz se la llevaba y le dejaba indefenso en el descansillo.
Luego, como él aún no sabe leer, empiezo a contarle ese cuento cuyo protagonista nos recuerda a nuestro padre, y a veces extraigo la funda de la almohada para teatralizar con ella las escenas. Hacerlo me ayuda a relativizar. Es como… una terapia de choque. Aunque sé que a mi hermano le aterra que imite esa voz, o que repita algunas de las frases que ambos escuchamos aquella noche: “¡Ven, ven aquí!”, “¡no huyas, no tienes dónde ir!”… Pero le digo que no llore, que hay que ser valiente. Todo ha cambiado mucho desde entonces. Mamá, que era idéntica a mi hermano, murió. Nuestra abuela, sorda y vieja, trata en vano de cuidarnos. Y de papá no volvimos a saber nada. Aunque a veces siento como si flotara muy cerca.
Después, le abrazo, le digo que el monstruo no atacará y, para que se relaje, lanzo lejos la funda que hacía las veces de saco. Así, mientras se duerme entre sollozos, con el relleno de la almohada yo puedo ir cubriendo lentamente su estúpida cara. Despacio, apretando un poco más cada noche.
El ropero donde acaba de esconder a su peluche preferido para que no pueda ver ni oír nada no es ya, descubre con con un escalofrío, escondrijo seguro para ella misma. La niña ha pegado un doloroso estirón en los últimos meses y sus piernas larguiruchas le impiden contorsionarse entre bufandas de lana, vestidos, faldas, jerséis.
No podrá volverse invisible cuando su tío, los ojos amarillentos y el olor a taberna incrustado en la piel, aparezca de nuevo en su cuarto tambaleándose y le obligue a meterse juntos en la cama a escuchar otro cuento de buenas noches.
El chico se sentó en una silla vacía junto a la barra, aparentaba quince años escasos. Grito unas palabras malsonantes y dijo a la camarera que tenía las piernas bonitas. Le espetó qué como hacía para verlas a través del pantalón. “Te las vi el otro día”, murmuró. Mientras atendía a otro cliente le pidió un wiski. Ella señaló un cartel. Le exigió el DNI pero no quiso enseñárselo. “Tengo dieciocho años, grito protestón”. Entonces tómese un zumo. El muchacho se fue sin decir palabra a los aseos. Después de largo rato regresó para sentarse en el mismo sitio. Olía a alcohol y sus gestos eran exagerados. “Quiero una cerveza”. Márchese, está borracho. “Ahí pone prohibido servir bebidas a menores, no dice que no pueda estar borracho”. Fuera, murmuró desanimada. Se encaró con ella y le gritó: “estoy enamorado de usted, quiero verla y me voy a quedar”. Sin saber qué hacer le sirvió un té y el chico no volvió a hablar. Respiraba calmada cuando la llamó un tipo calvo, bajito. “He visto lo que le ponías al chaval en la infusión”, resaltándole que era menor. Cada vez más tensa, se agachó para coger del estante un cuchillo oxidado.
Imagina por un momento –dijo Ángel con excesiva teatralidad–, que existe un universo que repitiera los ciclos de muerte y renacimiento hasta el final de los tiempos. Y en esa realidad hay un mundo insignificante en el que habita una especie a la que todo le es hostil. Esos seres perviven arrastrando una historia de miedo, dolor, desesperación y sangre en la que casi siempre han sido ellos mismos su principal enemigo. Además, con el tiempo se han hecho conscientes de que su futuro no es otro que la extinción. Vamos, que hay que tener mala baba para crear el peor infierno imaginable, ideal para pecadores sin redención.
-Me voy a casa. Joder, me estás mareando y no quiero tener un ataque de ansiedad en la calle por oír tus majaderías.
-¡Venga hombre, relájate y bébete otra cerveza, que es Halloween!
…
Imagina por un momento –dijo Ángel con excesiva teatralidad–, que existe un universo que repitiera los ciclos de muerte y renacimiento hasta el final de los tiempos. Y en esa realidad hay un mundo insignificante en el que habita una especie a la que todo le es hostil. Esos seres perviven arrastrando una historia de miedo…
Ella todavía no tiene miedo porque no ha visto al hombre que, oculto en las sombras de un portal en esa calle desierta, espera a que se acerque una mujer. Cualquiera le vale. Los rayos de luz van menguando entre los edificios. Ella, a quince pasos, pone las gafas de sol en su funda del bolso. Él observa que lleva falda, mejor así. Ella, a diez pasos, saca el móvil y sonríe por el mensaje que acaba de recibir. Él admira su largo cuello y saliva imaginando cómo lo recorrerá con la lengua. Ella, a cinco pasos, guarda el teléfono en el bolsillo de la chaqueta. Él lanza una mirada furtiva a sus pechos voluminosos y nota que algo crece dentro del pantalón. Ha planeado al detalle los movimientos, lo ha hecho otras veces. El encuentro es inminente. Ya ha empapado el pañuelo de cloroformo para, en cuanto llegue a su altura, dormirla mientras la arrastra bajo las escaleras. En ese último paso es cuando ella lo ve y, entonces, durante una pequeña fracción de segundo, siente un miedo cerval.
Chilló.
Chilló.
Chilló.
Cuando aquella curandera le introdujo en la vagina su aguja de tejer, la adolescente chilló.
Y yo, al otro lado de la puerta, sólo pude rezar por ella.
Y por mí.
Y temblando de miedo, empapé de orina mi vieja sotana.
Cuando eras una niña te gustaba disfrazarte la noche de los muertos. La primera vez, aún casi bebé, me pediste ir vestida de calabaza. Recuerdo la tormenta que nos sorprendió en la calle, el fieltro naranja empapado. Unas horas más tarde, los espasmos de la tos sacudiéndote entera, la fiebre que no cedía y mis intentos desesperados de conjurar la enfermedad invocando a la luna.
Los años siguientes las cosas no fueron a mejor: las arañas de mentira cosidas a tu túnica de brujita o cada herida simulada con maquillaje sobre tu piel me hacían consciente de tu fragilidad.
Desde que entraste en la adolescencia, vivo en un Halloween permanente. Las fiestas a las que te invitan son aquelarres satánicos, si me hablas de amigos divertidos yo imagino fieras devorándote las entrañas, sospecho que las discotecas son antros donde te ofrecen las pócimas más letales y las calles de regreso a casa se convierten en laberintos oscuros plagados de peligros.
Pero la peor pesadilla toma cuerpo en mi mente cuando en el desvelo de la madrugada marco temblando el número de tu móvil, que siempre me responde con las mismas terroríficas palabras: «apagado o fuera de cobertura».
El horno desprende, como cada día, un aroma especial a pan tierno.
Nuestra hambre es voraz.
La soledad busca aquella mesa en la que el nuevo huérfano se ausenta por una indisposición prematura.
La cocina espera el manjar.
El cocinero a su presa.
Nosotros, saborear su exquisito menú.
Creo que nunca el orfanato dio en adopción los más suculentos manjares. Creo que se reservaba la buena cosecha para consumo propio.
Llevo desde los nueve meses amamantado de su cocina, han pasado dieciséis y sé que la carne vieja no es plato de buen gusto.
Me sitúo en la fila para paladear al recién llegado.
Siento mareo, desazón, me falta el aire, mis cubiertos están ausentes como mi cuerpo.
Suben veinte grados el horno.
Hoy los fogones me saben a nuevos padres, a un brindis de pan recién hecho, mientras rellenan el formulario en el que se nos promete una buena compañía y no abandonarnos si nos vamos de viaje o nos mudamos de casa.
Creo que mi nombre está en la lista de invitados o, al menos, en el menú para degustar.
Hoy es el primer día en el que no tengo miedo.
Por fin la minuta será deliciosa.
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