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Me llamo Alika. Y recorrí durante meses lenguas de fuego con mis pies descalzos.
Pasé frío en la noche, me harté de tiritar.
Jornadas con mi alma vagando a la deriva,
siempre siguiendo un norte difícil de alcanzar.
Pude por fin ver el mar, ese del que me hablaron. Más allá del horizonte esperaba mi nueva vida. Aunque para eso primero tenía que llegar.
Atravesé una alfombra azul y en movimiento,
rodeada de gente de mirada que huía
del terror, de la sombra, de la muerte, del miedo,
de tener que fingir que en su tierra vivía
cuando lo que sentía no era más que tormento.
Por fin pisé esta tierra, la que huele diferente. Ya sabía que mi vida aquí tampoco iba a ser fácil, pero esta vez iba a ser vida.
Hoy comienzo de nuevo, no conozco el idioma.
Ningún alma me anima, todas las dejé atrás.
También huelo violencia y odio en las palabras,
poco comparado a lo que me hizo marchar.
Si algún día mis nuevos vecinos vivieran lo que me hizo venir, no perderían su tiempo en despreciar la vida. Evitarían esta huida cruel y dolorosa… en febril poesía y desolada prosa.
—Está empezando a refrescar —dices con la mirada perdida en las fachadas de enfrente.
Y yo, que no lo había notado, siento un escalofrío en cuanto tu mano se posa sobre tu falda. Como una mariposa moteada que en pleno vuelo hubiera decidido morir.
No te desplomas, tus brazos no caen inertes. Ni siquiera apoyas el mentón sobre tu pecho. Con la hidalguía de siempre, mantienes la cabeza erguida. Sostenida por la pared de ladrillos del balcón, o por tu tozudez. No has cerrado los ojos, nunca admitirías perderte nada. Ni siquiera tu muerte.
Acerco mi oreja a tu boca para cerciorarme de que no respiras y entonces tengo que decidir entre perdonarte u odiarte un poco más. Entre llorar como toda hija debería hacer, o explorar esta alegría cargada de alivio que se va instalando entre mis costillas.
Me siento otra vez a tu lado, como cada uno de los seiscientos veinticuatro atardeceres que llevo cuidándote.
Tarareo una nana, de esas que me cantabas de pequeña. El único recuerdo bueno que guardo de ti. Luego me pongo en pie y de puntillas, no va a ser cosa que cambies de idea, entro en el salón y cojo el teléfono.
Si me pides que imagine la muerte, es de color amarillo pajizo. Y cuando de verdad necesito aferrarme a algo, recuerdo mi infancia azul hielo. Todas las mañanas, el filo del frío era mi único despertador. Mamá abría la ventana de la habitación de par en par y salía sin decir palabra. Después venía el agua de la palangana que agarrotaba las manos, el tazón de leche sin calentar, el adiós sin beso. En la víspera de mi décimo cumpleaños no la encontré en casa al volver de la escuela. Nunca más volví a sentir escalofríos. Bien está lo que bien acaba.
Una lluvia heladora marca este nuevo cumpleaños. Es mi primer día de trabajo aquí y me gusta. Bajo la luz blanquísima de la sala resaltan mis uñas pálidas, las venas azulinas. La escarcha de los congeladores parece invadirlo todo, se derrama desde la cinta transportadora que me acerca los productos hasta la sierra chirriante con la que los corto. Tubos de calamar, varitas de merluza, rodajas de congrio. Siempre por ese orden. Uno, dos y tres. Sin excepción, como una trinidad sagrada a la que puedo entregarme con devoción hasta que llegue a confundirse con mis propios dedos.
Lo noté, esa fría caricia pasando por mi piel. Erizaba cada parte de mi cuerpo. Su gélido aliento punzaba mi nuca, sabía que estaba detrás de mí y él supo que yo lo sabía. Solo las palabras de la sacerdotisa venían a mi mente.
«Inocente niña, jamás te des la vuelta y nunca contestes a sus balbuceos. Así ese ser no podrá llevarte.»
Yo intentaba no contestar a sus deseos, eran como una dulce hipnosis y a la vez una horrible sensación la que podía experimentar. Fui fuerte y no conteste. Espere, espere, él nunca se cansaría de atraerme.
Día 254, él sigue en mi espalda y también en mi cabeza. Sucumbiré a su frío encanto.
Apenas se hablan. Martina, recién levantada, corre al trabajo Por trece razones, entre otras, la abultada hipoteca que pagan por La casa de papel en la que viven, la universidad de los chicos, aquel Todo incluido. Cuando sale come con Los Bridgerton, un menú sobrio rodeada de gente de copete. Café con Paquita Salas y su sueño juvenil de ser actriz. Y aunque cenan en familia, se acuesta sola y aburrida, mientras sus ojos derrotados se apagan con Cincuenta sombras liberadas. Arturo, entre balance y balance, intercambia guasap con su grupo del atleti. Entre informes y certificados, queda para montar en bici el próximo domingo en Ruteros por Madrid, el club de ciclismo que acaba de descubrir en Facebook. Por las tardes cuelga en Instagram las fotos del finde por la sierra y, pese a la derrota, también cuelga las del Wanda. Alejandra, la mayor, compagina el Derecho Civil con los Tik Tok de maquillaje, las Stories de recetas y los tuits a C. Tangana. Daniel, cuando no está en clase o entrenando, controla, desde su sillón gamer, un universo digital. Con las luces apagadas, unos seres diminutos aprovechan la escarcha que conquista los rincones para agrandar sus telarañas.
El frío es una bestia con colmillos afilados.
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No se te dan bien. Te atropellas, te enredas, te confundes. Una mirada cruzada, una sonrisa, un guiño. Se te desenfoca el cerebro, imaginas, trazas un sendero de baldosas amarillas. Hasta que vuelve a suceder. Se desmorona. La imagen cae trae los cristales rotos y te das cuenta de que no ha ocurrido nada. Una barra, un vaso, un espejo y tu cara al otro lado diciéndote que no te miraba a ti. Que no se te dan bien los comienzos. Y pides otro trago. A tu lado, alguien que lleva una copa en la mano se acoda en la barra y te roza el brazo. Decides darte otra oportunidad.
Algo despertó al Señor Andersen aquella madrugada de año nuevo. Un sudor frío recorría su espinazo cuando abrió los ojos tras un leve estertor. Escuchó unos débiles arañazos en la puerta, algún perro querría entrar y resguardarse de la nieve, pensó.
Mucho se sorprendió al abrir la puerta y ver a una niña de largo cabello rubio, descalza y con los pies completamente amoratados por el frío. Unos cuantos fósforos se asomaban por el bolsillo de su ajado abrigo.
La invitó a sentarse junto a la chimenea que apenas calentaba y pudo observar su mirada extraña, era como una enorme hoguera encendida en medio de un gélido paraje.
Sacó de la alacena un poco de queso y un cuchillo para que comiera algo, la niña abrió los ojos y el Señor Andersen intuyó que estaba muy hambrienta. Le hubiera ofrecido perdices, pero no sobraron de la cena. Antes de cortarle unas lonchas de queso se giró para avivar el fuego.
Fue entonces cuando la pequeña cerillera asestó con furia sobrenatural unas certeras cuchilladas al Señor Andersen, que, antes de finalizar definitivamente este cuento macabro, pudo observar como la etérea figura de la pálida niña se desvanecía.
Josefa está convencida de que a su marido lo mató el frío. Todos los años, el muy canalla, se cuela por debajo de la puerta, se mete por las ventanas, traspasa las paredes de su casa de cartón y se queda dentro todo el invierno, poco puede hacer para combatirlo una triste estufa a la que apenas encienden.
Desde que se quedó sola, pasa las horas tejiendo ropa de abrigo para él. Cuando el tiempo comienza a refrescar la lleva al cementerio para que se la ponga. Todos los días lo visita, necesita asegurarse de que está bien protegido, aún siente escalofríos cada vez que recuerda su tos.
Aunque ha pasado media vida destemplada y la otra media aterida, ha sido necesario que llegara un terrible temporal que le congelase las manos para que alguien se acordara de ella.
La han llevado a un lugar con calefacción, pero su corazón no deja de tiritar.
Los informativos anunciaron una ola de frío polar, y no se equivocaron. Últimamente, las acertaban todas. Se colaba hasta los huesos. Por el día, lo normal, camisetas, suéteres, chaquetas… ¿Y la bufanda? Vale, la llevo. Beso, adiós, y cada uno a su trabajo. Pero cuando llegaba la noche, bajo los cojines desterrados al pie de la cama, de las mantas dobladas estratégicamente sobre el edredón, y de las sábanas de franela, los helados pies de ella, brrr, reptaban y se entremetían buscando el calor de los suyos, convenientemente calefactados en sus calcetines de lana con borreguitos -uy, qué rico-. A veces se le pasaba por la cabeza preguntarse cómo, después de tanto tiempo durmiendo juntos, continuaba haciéndolo. Pero, la verdad, ni se lo preguntaba, o mejor aún, nunca se preocupó por encontrar una respuesta satisfactoria al dicho fenómeno invernal. Mientras, se dejaba hacer, y no dejaba de asombrarse por el hecho cierto de que, si bien él se los ponía, la encargada de reponer los calcetines de la cajonera plástica de los chinos, era su mujer.
Resolvimos cambiárselo a todos los terrícolas que restaban. En su lugar les trasplantamos otro fabricado con rosas de Jericó, bayas de açai y algas del mar Rojo.
Pretendíamos que el nuevo comenzara a palpitar de forma rítmica, ya que el anterior latía frío, descomedido y desacompasado. Llevábamos tiempo observándolo. Ya no se partía ante un niño hambriento o una mujer desesperada. Tampoco se ablandaba delante de un indigente aterido ni de un perro desamparado en la calle. Mucho menos se encogía frente a la muerte de un bosque, la desaparición de alguna especie, la agonía de los mares o el deshielo de los casquetes polares. Aunque no nos extrañó especialmente, era de esperar que, tras tantos conflictos, injusticias, guerras, holocaustos y genocidios, el de venas, músculo y arterias, finalmente terminara perdiendo toda sensibilidad.
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