¿Te falta alguno de nuestros recopilatorios?
PREMIO A CURUXA 2024
PREMIO SENDERO EL AGUA 2024
***
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas


La casa está llena de cicatrices. En la habitación de las niñas, sobre la pared, quedan aún sus marcas. María nunca alcanzó la altura de la ventana. No quiso crecer más cuando Marta se marchó por ella. Desde entonces, mi mujer también se fue. Primero del trabajo, luego, poco a poco de la vida. Su silencio permanece acurrucado sobre el desnudo somier de nuestro dormitorio. Y en el comedor, cuando el sol irrumpe al atardecer a través de los agujeros de las persianas, las motas de polvo aún dibujan sobre el suelo la sombra de mi último aliento balanceándose.
Al recorrer de nuevo el pasillo de casa, me vienen a la memoria cientos de imágenes. Llego a la cocina, y las burbujas me recuerdan al puchero hirviendo que tanto me gustaba. Encaro las escaleras y cruzo mi habitación. Ya no parece la misma en la que me despertaba el canto del gallo por las mañanas. Salgo flotando por la ventana de la buhardilla y me acerco al patio del colegio para dibujar con un palo la rayuela. De un salto atravieso la plaza, siempre abarrotada en los días de mercado, y donde se oía el sonido del afilador entre los murmullos de la muchedumbre. Aún hoy, me acuerdo de los sábados en verano al volver de cosechar, cuando bailaba en corro al son de los gaiteros. Me sigo deslizando y aparezco en el tejado de la iglesia. Desde la torre del campanario tomo impulso y aterrizo en el cementerio. Con lágrimas en los ojos apoyo la mano sobre la tumba de mis padres, y arranco unas algas. Tras despedirme, me ajusto el traje de buzo y asciendo hasta la superficie. Bajo mis aletas, el bullicio del pueblo me dice adiós hasta el próximo noviembre.
Clementina, no quería salir del apartamento donde habitaba porque para ella este era su mundo, así quería vivir, encerrada entre cuatro paredes pero con una hermosa vista. Vivía en un piso alto y desde ahí podía ver la montaña, las casas grandes y coloradas, las personas que cruzaban de acera cada día y las niñas que jugaban al escondite en el parque.
Ella era feliz, y a pesar de que su vida era rutinaria, el paisaje cambiaba su existencia. Con el tiempo la vida de la señora se vio afectada causándola graves problemas de salud, ya que no podía casi moverse, había engordado tanto que cuando tuvo una crisis, los bomberos destruyeron la ventana por donde ella miraba, formando de ella parte del paisaje.
“Desde aquí, sin duda, las vistas son las más impresionantes, pero el cielo no es azul, eso sí, está cuajado de estrellas.”— Escribe en una nota — “Sin embargo, no es un sitio bonito… no sé, carece de tantas cosas… Jamás creí que esto fuera así… Hace frío; no hay vegetación; está desierto… Bueno, eso ya lo sabía, pero yo tenía una idea romántica como de nube de azúcar, donde recolectar trozos de queso, o cucharadas de merengue, y esconderme en la cara oculta… Madre mía, siempre quise esconderme en la cara oculta… Resulta que estando aquí, no hay cara oculta, y eso ya me ha decepcionado lo suficiente. Ni siquiera puedo apreciar su sonrisa cuando mengua. En cualquier caso, compañeros, que yo dije lo de quedarme en la Luna como una broma, y a saber cuándo vuelve otra excursión de estas; que estoy solo y esto es muy aburrido, que ya sé que soy un pelma, pero si alguien lee esta nota, por favor, que venga, que me saque de aquí, que le recompensaré con lo que me pida.” —Y arroja con todas sus fuerzas la nota metida en una fiambrera.
Nos envolvía la espuma y las crestas de las olas, frías como copos de nieve. Tú las encontrabas increíbles. La corriente helada y el viento me gastaban y atravesaban; perdía más calor que producía. Tú, con hambre de mar atrasada, volabas sobre sus ondas y el oleaje de la línea costera con la ferocidad de una embajadora conquistada por su bandera. Aquella temperatura no me dejaba pensar y necesitaba recomponer mi balbuceo y convertirlo en palabras inteligibles. Observaba la felicidad con que agitabas los brazos en aquel glacial oceánico, la borrachera con que entregabas tu espíritu y tu piel pálida al agua que resbalaba temblorosa en tus hombros, y la dulzura y el trueno de tu risa.
Después llegaron tus besos azules y salados, y su huracán, tanto que conmovieron al glacial de esa orilla, jugué con tu cintura saltarina y mi termómetro interior ascendió sus grados, en el momento que te acurrucaste junto a mí con un tropel de suspiros, y bebí a tragos cortos ese invierno. Cuando nos iluminó el tímido sol de mediodía, ya me ardían las puntas de las orejas y decidí no hablarte de lo nuestro, de momento. Porque yo no podía morir sin libertad.
Eran las vacaciones la navidad, en la gran casa de la abuela, se mezclaban los olores de condimentos correspondientes a los dulces que como cada año se preparaban para navidad. A los pequeños no nos dejaban ayudar, nos decían, que cuando salieran del horno podríamos probar los ricos royos, mantecados, alfajor…
Nos mandaban al “allá arribota”. Era el desván de la casa, correspondía a la quinta planta de esa gran casona de pueblo donde todos los primos podíamos jugar si molestar. Hacia frio, había estado nevando toda la noche, oímos un gran ruido atronador. Nos acercamos al balcón y vimos como la furia del agua se llevaba a su paso personas y cosas. Se había desbordado el rio.
Bajamos rápidamente a la cocina con el miedo metido en el cuerpo. Nos prepararon un gran vaso de leche caliente acompañado con los distintos dulces que habían estado preparando y pronto, con el olor a canela, anís, turrón… desapareció el miedo y sentimos el calor y la seguridad del hogar.
El frío del atardecer se adhiere a mi ropa como un olor pegajoso, agarrota mis dedos sarmentosos, colorea la punta de mi nariz destartalada. Con un arrebato de rebeldía infantil enciendo un cigarrillo y miro a las cumbres nevadas.
Sin duda, el paisaje sigue siendo igual de hermoso que entonces, cuando vinimos por primera vez. Yo, con la mirada prendida en ti como un perro sin dueño; tú, con tu sonrisa radiante y tu espalda salpicada de pecas dentro del arroyo.
Elegimos este lugar para acabar juntos nuestros días. Teníamos un sitio al que volver, pero cambiaste nuestros planes.
Hoy he vuelto para cumplir mi promesa, aunque tú no estés.
Apago el cigarro contra una piedra, e intento en vano calentar los dedos con mi aliento. Derrotado, claudico y guardo las manos en los bolsillos.
Cuando atravieso la reja miro atrás, y veo como el viento te roba las últimas flores secas.
En medio de un bosque espeso y muy oscuro, despertó Olivia. «¡Un bosque embrujado!», pensó la niña, mientras el viento llenaba de rumores las encinas y tras los helechos corría la sombra fugaz de alguna criatura solo en sueños entrevista. No sintió miedo, al contrario, el raro embrujo del lugar cautivó su corazón. Desde luego, era un buen sitio aquel para que, de cuando en cuando, se aparecieran las hadas y, en torno a ellas, elfos y gnomos pudieran, traviesos, danzar en las brillantes noches de luna llena.
El trino sonoro de los pájaros −ruiseñores, abubillas, petirrojos− anunciaba la llegada de la primavera; bandadas de mariposas blancas y azules coloreaban humildes matojos de florecillas silvestres; el cristalino vibrar de las libélulas rompía el silencio con que un arroyo, recién apenas nacido del deshielo, discurría por el valle.
El sol arrancaba resplandores de cristal a las primeras hojas de los álamos, mientras ellos alzaban hacia el cielo sus ajados brazos, tanto tiempo secos y desnudos.
Atrás, a lo lejos, moría el invierno.
Y, de pronto, una niña serpenteaba el sendero. Dulce y pequeña princesa de un cuento todavía sin contar. Feliz capricho de un hada. Bello sueño por soñar.
No le pilló por sorpresa descubrir que eras candidato a los recortes que se avecinaban en tu empresa. Que le propusieras un cambio de roles con la excusa de que llevabas demasiadas estaciones levantándote antes de que despertase el cielo, sí. No negó que recuperar el puesto de docente —el que tuvo que aparcar cuando nacieron los mellizos—, era su sueño hecho realidad. Y confesó que hacerte entrega de las idas y venidas al instituto, conservatorio, clases de alemán, natación, y «la cartera de nimiedades domésticas», que así llamabas tú a las faenas de lavar, planchar, cocinar…; superó sus expectativas.
Que tres semanas más tarde aparecieran tus primeros desajustes hormonales, no le consternó, entendió que necesitabas tiempo para aclimatarte. Pero volver del trabajo y sorprender en el porche a dos mujeres confundiéndose entre sus camelias y hortensias, entrar en casa y hallarte con una tercera informándole que la jornada laboral sería de 9 de la mañana a 4 de la tarde, echó por tierra todas tus teorías, alegatos y peroratas, sobre la igualdad.
Mientras el atolón iba recogiendo los colores que el amanecer esparcía, la superficie del océano primigenio se mecía ligeramente, como una respiración calmada que parecía haber olvidado el oleaje provocado por el impacto reciente de un fotón de energía oscura.
Desde que surgiera la primera vida, la placidez de los paisajes líquidos esconde tragedias invisibles, aunque ninguna como ésta. Un implacable exterminio estaba ocurriendo en el lecho del abismo que se abría junto al atolón. Allá abajo, la fuerza fundamental de una estrella repudiada consiguió enraizar su aliento ancestral y estaba inhalando vorazmente a todos los seres vivos del océano. Nada escapaba de aquella bestia cósmica de entrañas infinitas que había condenado al planeta.
El espacio-tiempo, conocedor de la desigualdad de un duelo tan antiguo como el universo, tomó una decisión desesperada. Se plegó para recuperar la consciencia aún por venir y la repartió entre los seres que todavía seguían vivos. Todos comprendieron y de inmediato asumieron que debían dejarse tragar de una vez, como un solo ser. Quizá saturando a la bestia provocarían su colapso y unos pocos podrían ser regurgitados para que, tal vez, alguno de sus descendientes pueda llegar a escribir este relato.
Desde su despacho vio que seguía nevando y pensó con tristeza que no podría ir a la cabaña del lago. Sergei Ivanovich dirigía un próspero negocio de explotación de madera, se decía que sus bosques de abedules llegaban hasta el Oder. Para vigilar tan vastas extensiones tenía a su servicio a un guardabosques, un gigante letón con tatuajes de marinero y brazos de leñador, que patinaba en el lago con agilidad sorprendente para su tamaño. Los rumores comenzaron cuando contrató una profesora de francés para sus hijos. Violet era una joven de armas tomar que había llegado a Rusia huyendo de un mal de amores. Del oeste llegaban vientos de cambio y Sergei pasaba horas con ella escuchándola hablar de la vida en París. Sus vestidos y afeites contrastaban con la rotundidad rural de su mujer. Había acondicionado una cabaña con todo lo necesario para el amor. Descubrieron el placer de descubrirse y de escribir sus nombres en los vidrios empañados, hasta se permitieron soñar un futuro juntos. Sergei y el guardabosques se amaban cada día con el ansia de los amores nuevos. Los niños habían progresado mucho con el francés y ya dominaban los verbos.
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas









