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Uña y carne, así hemos sido desde que tengo uso de razón, siempre muy unidos, cómplices y distintos.
Él es el líder, gracioso y engreído, la voz cantante, poco amigo de las normas, soberbio y vengativo.
Yo en la sombra, en segundo plano, sacrificado y sumiso, apocado, racional, temeroso de las leyes.
La pauta se repite. A cada chica nueva le componemos una canción. Mi cometido crear música y letra, el suyo recitar y cantar con su voz melódica. Seguro de seducir. Ella sonríe, pero rehúsa los besos, caricias y demás acercamientos. Él, resentido le sustrae alguna pertenencia. Yo le recrimino y manifiesto mi radical desaprobación.
Sus pataletas han pasado a golpes, e intentos de usar la fuerza bruta, para saciar sus apetitos. Le conozco muy bien y sé que rondan en su mente las palabras: violación y asesinato; ambas están presentes en sus próximos estribillos. No lo permitiré. Ya lo he decidido. Es la única salida. Lo asumo, una solución suicida. Silenciaré su voz psicópata para siempre, nos apagaremos los dos a la vez.
Aurora ha vuelto a casa. Tras la puerta, habitando el pasillo, le esperaba el reloj de péndulo heredado de sus padres, que como fiel vasallo del tiempo ha seguido marcando las horas. Escuchar de nuevo su monótono tictac es para ella, profesora de música jubilada, la más excelsa de las melodías.
Acodada en la ventana, rememora los últimos momentos en el hospital, y aún resuena en sus oídos el efusivo y acompasado aplauso que a modo de despedida le dedicaron los abnegados sanitarios de la planta. ¿Qué obra musical logrará hacerle revivir una emoción semejante? Tal vez sea la ovación más larga que ha recibido nunca; aunque tampoco se había enfrentado hasta ahora a una partitura tan compleja. Su cuerpo arrugado y encogido, cual baqueteado violín, es todavía capaz de ofrecer afinadas notas de vida.
Aurora levanta la tapa de su viejo piano. Acomoda sus nudosos y trémulos dedos en las teclas que han permanecido calladas en su ausencia. Con los ojos cerrados ejecuta, exultante, la Novena Sinfonía de Beethoven. Así celebrará cada nuevo día durante años.
Una mañana, un estridente e incesante sonido sobresalta a los vecinos. El piano grita bajo el peso inerte de Aurora.
Indefenso, a su suerte, y bramándole el alma siguió navegando aguas abajo.
El cielo perdió el azul, la espuma desbordó su boca, el cuerpo se tambaleó con blandura y los ojos amarrados a la tierra se negaban a ahogarse.
Los arbustos lo engarzaban a la orilla invitándolo a volver, pero la corriente lo devolvía a su cauce.
Su madre, toda huesos, flotando en un neumático de tractor le advertía que el agua estaba helada, que le podía hacer daño, que dejara el acoquine y se saliera del río.
Pero él, desobediente se fue bailando tras unos peces, que entre música de acordeones y sones de infancia, lo llevaron a la profundidad, mientras con sus dientecillos puntudos lo desmigajaban.
Aventri, abatie Marcialli. Viedi la militium prestia arrivata dil proelium frointenie. Summi alli allegri festimenie dil Baco. Lul caldi remorderai nostri peccatories almi et tua adurminatiu anque animosei membri. Canti, cantiemus cuni elli. Libemie sulie dolcie et pubeccentui nectarie. Cun tantum unei pepionum, fruaturei sul juvenesie et promiscium corpus. Do vais, Marcialli? Voltai… Invitaie io.
Cada día a las ocho de la tarde, Mauro salía al balcón con su oboe y ponía música al confinamiento. Lo hizo durante las tres primeras pandemias. Al principio sus vecinos le aplaudían e incluso, una vez, le citaron en el Telediario, pero ya no queda nada de aquello. Primero fueron faltando los vecinos. En un barrio antiguo y obrero, la gente humilde y anciana de su bloque fueron los primeros en caer. Él siguió tocando en el balcón hasta que declararon el estado de ruina del edificio.
El banco de la esquina tiene buena sonoridad y, a veces, los viandantes le dejan algunas monedas. De un tiempo a esta parte, son cada vez menos. La calle queda desierta y la música asciende sin obstáculos hasta los tejados, se enreda en las antenas y se mece con el viento.
Con cada nota, Mauro sueña que, en algún lugar del universo, a millones de años luz, alguien, algo, capta su melodía. Una estrella parpadea. Pide un deseo. Cierra los ojos y escucha los aplausos. Los de antes de los balcones.
La guitarra
A pesar de su corta edad, cada vez que escuchaba aquel sonido se le erizaban los pelos de la piel y dejaba de jugar para poder disfrutar de la melodía.
Una tarde decidió, resuelta, pedir para su cumpleaños una guitarra; tras escuchar en el receptor al maestro Paco de Lucía y a Jimi Hendrix volando con su música.
Los padres de Marta quisieron hacer realidad su sueño.
Juan recorrió varias tiendas; entró en el mundo de las cuerdas y se empapó de información,hasta llegar al convencimiento que aquel instrumento, que había elegido, sería del agrado de su hija.
Llegó el día. Toda la familia había acudido a la fiesta y estaba expectante, porque conocían la ilusión de Marta.
Sobre la mesa del salón reposaba un bulto, enfundado en una caja negra, y la música de Narciso Yepes envolvía la estancia.
El corazón de Marta se aceleró y no conseguía abrir la caja; su cuerpo temblaba emocionado. Cuando al fin, sostuvo el instrumento de cuerda entre las manos; lo arrojó al suelo y escapó llorando.
Atónitos, los padres recogieron el laúd y la cajita de púas, que se había abierto con el golpe, y corrieron tras ella.
Los del coro tenían una edad. Era el primer día para María. Una mujer de risa fácil. Había pagado cuarenta y cinco euros por todo el mes. La directora le dio una copia de las canciones. Un hombre le hizo un hueco a su lado. Empezaron a cantar la número cincuenta: Quizás, quizás, quizás. María echaba pecho para seguirlos. Se sintió rara toda la clase. Se había anotado de forma precipitada. Sin pensar. Terminaron de cantar. María recogió pecho y la voz. La voz del hombre la frenó. Se llamaba Rafael. Risueño le dijo hasta la semana. Ella contestó: Quizás.
María llegó a casa. Reflexionó lo que su mente había registrado en esa hora. Pantalón de pana. Voz grave. Reloj de pulsera, alto y con mocasines. Ella: sofocada, contenta. Discutió con su voz interior. ¿ A tu edad?. Qué te importa. Miró en internet. Era obvio. Se acostó con la canción de los tres sudamericanos en mente: «el que tenga un amor que lo cuide, que lo cuide».
A él le ha costado mucho dar el paso: hoy llama para explicar su historia de desamor con Rosa. Luego pide una canción: “La mujer que yo quiero”.
Ella sigue el programa y no puede evitar que sus ojos se humedezcan. Se arriesga y llama. Le dice en antena que aún revive su primer y único beso. Y que haría lo que fuera para seguir escuchando la canción a su lado.
A él le invaden las dudas, pero también apuesta. Le dice que, desde ese concierto al que fueron juntos por primera vez, la melodía nunca le ha abandonado.
Ella decide continuar y él la acompaña. Después de una multitud de recuerdos imaginados y compartidos en antena, quedan para una cita. Ajeno a lo ocurrido, un locutor emocionado bendice el reencuentro.
Cuando cuelgan, ambos saben quiénes no son. Y confían en que hoy haya sido su día de suerte.
Hace mucho tiempo que no sonrío como entonces, cuando creía que siempre estaríamos juntos.
He olvidado tu cara y el sabor de tus labios, pero no la canción que sonaba cuando nos besamos por primera vez. Nuestro amor, ahora borroso entre fotos viejas, se inició con la banda sonora de Fleetwood Mac. “Sara, you’ re the poet in my heart. Never change, never stop”.
Parecía el preludio de un amor inquebrantable. Cuan equivocada estaba.
También recuerdo qué sonaba cuando me dijiste, sin atreverte a mirarme a los ojos, que habíamos terminado. La Luna asesina de Echo and the Bunnymen hizo añicos mi corazón. Se rompió en tantos trozos que resultó imposible arreglarlo.
Desde entonces odio las noches con luna.
Hace más de treinta años que acabó nuestro amor, eternamente efímero. Nunca he vuelto a enamorarme igual.
Por eso, cuando he escuchado tu voz junto al mostrador que atiendo, los primeros acordes de ambas canciones han sonado a la vez en mi cabeza, en una melodía imposible. Y ahora, frente a ti, intento dilucidar cuál de las dos va a quedarse sonando entre nosotros.
Mientras, la melodía avanzaba siguiendo la senda escrita en el pentagrama, la blanca le preguntó a la negra: ¿Dónde vas tan deprisa?.
Haced el favor de no hacer tanto ruido dijo el silencio. No puedo concentrarme
Poco antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial, en el yacimiento de Notenblatt, perteneciente al Paleolítico Superior, y situado en la cuenca del río Óder, entre sus afluentes Allos e Ímafis, se produjo un hallazgo extraordinario: en un fragmento de ámbar de unos 30.000 años de antigüedad se conservaba, en perfecto estado, una melodía de tonalidad desconocida. Así, a la capacidad artística de nuestros antepasados demostrada en las paredes de Altamira o Lascaux, en el modelado de esculturas (véase la Venus de Willendorf) o en la fabricación de flautas de hueso, como la del yacimiento de Geissenklösterle, se añadía ahora el testimonio inmaterial de la música.
Fueron los conservadores del Museo de Registros Sonoros de Dresde quienes trataron de extraer las notas musicales allí preservadas, pero la destrucción del museo —y con él este tesoro de valor incalculable— debida a los bombardeos aliados, truncó cualquier intento de reproducir aquellos acordes primitivos. Desde entonces numerosas excavaciones buscan otros sonidos enterrados en los estratos del Óder, todavía sin resultado, aunque músicos y arqueólogos están convencidos de que en Notenblatt se esconde toda la música que sean capaces de descubrir.
*Texto extraído de La música clásica desde sus orígenes, de Guido Piànzi.
El disco gira. Es de vinilo, sea lo que sea el vinilo. Es negro y brillante y un microsurco lo recorre en espiral, desde el I’d like to do a song of a great social and poetical hasta el That’s it! y la risita de la Janis: parece tan viva. La letra avanza a 45 r.p.m. Erre, pe, eme. Todos sabíamos entonces lo que significaban aquellas siglas: rpm, revoluciones por minuto. En Vietnam, en Cuba, en Argelia o Argentina. A una revolución le seguía una contrarrevolución y a esta una contracontrarevolución. Cuarentaycincorevolucionesporminuto. Los hippies en eeuu y en Europa el mayo del sesenta y ocho. Cuarentaycincorevolucionesporminuto así de sencillo. Todavía pensábamos que podíamos cambiar el mundo, que el amor era más fuerte que la guerra y que pasearse en un Mercedes Benz no era incompatible con la causa. La causa. Debería escribirla con mayúsculas porque muchos nos embarcamos en ella y muy pocos supimos de verdad que coño era la causa. Los que conducían Porches y Mercedes sí sabían lo que era la causa. Y el efecto. Los elepés giran más despacio, treintaytresrevolucionesporminuto. Mola escuchar a la Perla a treintaytresrevolucionesporminuto, como si todavía no hubiera llegado a cumplir los veintisiete.
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