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Después de hacer el amor surge un momento extraño. La orina acaba con la intimidad. Hubo mujeres a las que amó que se encerraron y otras que no. Algunas se quedaron a medias, hablando desde dentro con un trozo de papel higiénico en la mano y la puerta entornada. Follando no se dice nada. O casi nada. Recuerda chorros generosos y cómplices, otros sutiles, intermitentes, poderosos, descarados. Sones de aspersión y algún pedo hueco. Tiene solo frases y caras borrosas flotando en su cabeza, danzando al ritmo de aquellas melodías que vienen de vuelta cada vez que entra en un baño público y otras notas dictadas al descuido sobre la porcelana le devuelven amores que están lejos. Se siente viejo, lo único que hace ya con más frecuencia de lo que le gustaría es mear y olvidarse cosas. Aunque hay estribillos que tararea de memoria.
No recordaba bien si fue ella la que primero se metió en sus pantalones o él en los de ella, o quizás se deslizó bajo sus faldas. No recordaba su rostro y mucho menos su nombre. Evidentemente no recordaba si había sido en los aseos de unas o de otros, ni tan siquiera como se despidieron.
Curiosamente, si recordaba que en algún momento escuchó un tema de Bob Marley.
Seguía yendo al mismo lugar a tomarse sus copas, casi siempre solo rumiando sus pensamientos, que de tan repetidos tornaban en obsesiones. Le calentaban el cerebro con la frialdad del granizo hiriente y no de copos de nieve que deseaba le cayeran sobre el cuerpo desnudo como caricias frescas pretéritas del orgasmo de la existencia.
Pero érase (ya, como en los cuentos. Perdónese mi licencia) que aquel día sonó la misma canción y no pudo evitar ponerse a escrutar y dieron sus ojos en los de ella. Y ambos se supieron.
Bueno, ya estamos en la actualidad. Puedo deciros que cuando el niño se duerme, es muy habitual que ellos se dirijan al baño a jugar, con el jamaicano a bajo volumen por si el pequeñajo llora.
Eran las cuatro y diez. La lluvia interrumpía el tráfico, él llegaba tarde a la cita. Las dos entradas para el cine las sacó tres semanas antes de que ella aceptara la invitación y ahora el camión de la basura taponaba toda la vía y el aguacero reventaba las alcantarillas.
Las gotas se tornaron piedras, el capó del coche parecía de papel, igual que sus recuerdos húmedos de promesas. Odiaba demorarse, los helados de fresa, esas fotografías en las que se mostraban felices y se empeñó en conservar, arrugándolas hasta herirlas.
Luis Eduardo Aute sonaba en la radio cuando la vio aparecer con un vestido blanco y un paraguas color café.
En su cabeza comenzaron a amontonarse más preguntas que respuestas esperaba, siempre cabeceaba como réplica, siempre las eludía como a sus labios, como a sus caricias, como a su mirada.
Ella levantó la mano al ver el coche, él pisó el acelerador.
La acera se llenó de lluvia, de basura, de cristales, de rabia, de impotencia, de desesperanza.
Dos entradas color fresa estaban aferradas en su puño inerte y sus partículas se hicieron condena a las cuatro y diez.
Aún había vida, según constataron iracundos en el rompimiento celestial. Fue entonces cuando empezaron a sonar cornetas, trombones, trompetas y cornos, junto a un sinfín de tambores y timbales. El sonido fue cada vez más intenso, hasta violento, y no hubo lugar en el mundo en que no se oyeran las desgarradas notas que, sin melodía ni concierto alguno, comenzaban a hacer estragos en los seres más indefensos que habían subsistido.
Las aves comenzaron a desorientarse y chocar contra los árboles, los peces envararon en las playas y los animales terrestres enloquecieron. Los cristales estallaban, los edificios caían como cartas de una baraja, y finalmente, se produjo una extraordinaria cadena de alborotos, motines y suicidios que llevaron a un absoluto caos, que anunciaba el fin de los tiempos.
Alarmados por la situación, los mandatarios de los países más poderosos de la tierra, se reunieron para buscar, de la forma más rápida y contundente, la solución más adecuada.
Con los escasos recursos que quedaban armaron un potente ejército bajo el amparo de la Comunidad de Naciones, con el que persiguieron, apresaron y liquidaron a todos los sordos que, aprovechando los acontecimientos, se estaban convirtiendo en los nuevos amos del mundo.
A pesar del esfuerzo por resaltar la fertilidad de sus laderas agitándole la exuberante vida que habían acogido durante milenios, el aire no podía consolarla. La montaña se empeñaba en calificarse como hija de la destrucción, se percibía como un simple cono hueco de entrañas arruinadas por el caos de un magma devastador.
—Pues escupe tu desolación —le espetó finalmente el aire—. Arroja ese vacío al exterior para que todos sepan de una vez de qué estás hecha realmente.
Su interior se desbocó como un resorte roto y la montaña comenzó a vomitar bilis de roca fundida. Y arrasó. Y abrasó lo que encontró a su paso dejando al enfriarse un reguero de rocas informes repletas de aristas y cicatrices. Su profunda tristeza le dio la razón al contemplar con febril autocomplacencia la negrura de su llanto y su zozobra le azuzó las entrañas dispuestas a una nueva erupción.
Pero el astuto aire aprovechó para colarse entre los angostos recovecos de aquellas rocas silbando melodías de tal belleza que hasta el tiempo contuvo el aliento. La montaña escuchó por primera vez el sonido de su alma, y entonces dejó de llorar.
– Permanezca en la sala. En cuanto los trámites estén listos lo llamaremos– anunció una voz sin rostro.
La orquesta de Ray Conniff ejecutaba entrañables melodías pop. Le incomodaba que canciones genuinas que formaban parte de su vida sucumbieran ahogadas en un mar de instrumentos rítmicos y coros inclementes. Él no era un entendido, tenía gustos musicales variopintos, pero antes muerto que soportar ciertas sinfónicas atrocidades. Esta mañana, sin ir más lejos, mientras hurgaba entre sus cosas había rescatado complacido el vinilo de Serrat dedicado a Miguel Hernández. Por la tarde recorría el medio centenar de kilómetros hasta la residencia de su madre acompañado por el exquisito fraseo de guitarra de Wes Montgomery.
Oyó pronunciar su nombre. Mientras se alejaba advirtió que la música que había logrado al fin adormecerlo ya no sonaba. Sin ella no pudo recordar qué hacía allí. Como si hubiera dejado la memoria en donde ardía el vehículo.
Siempre he odiado cantar. Será porque mi oído es de adobe, o porque mi voz es irritante incluso cuando hablo, o por don Pablo. Se creía muy simpático Palomo, así se apellidaba, con P de puñetero, de pedazo de mierda, de podrido hijo de p… Siempre bien erguido entre las mesas, la cabeza alta, como buen retaco, el bigotito enhiesto; y aquella varita siempre amenazadora tras las nucas. “A ver, Fernández…”, allí ante todos, y en cuanto dudabas ya estaba su mano en tus patillas. “No se queje tanto, no sea nenaza”, nos decía ante las risotadas de la clase. Y cuando quería ponerse festivo era aún peor. Fue un día antes de las vacaciones cuando aquello. “Cante usted Fernández, bien fuerte, para todos”. Y sabía de mi timidez y, sobre todo, de mi incapacidad para la música. Y yo que no, y él no me haga enfadar, y el palito amenazador ante mi cara. Después de treinta años aún se siguen riendo. Las carcajadas se oyeron hasta en el colegio de las chicas. ¿Se acuerda Palomo? Pero no tiemble. Nada ha cambiado, solo que ahora yo tengo la batuta y le toca cantar a usted.
Aunque es joven, Sharon Roth lleva muchos años estudiando y practicando para lograr lo que hoy se hace realidad: debutar como violinista en la Orquesta Sinfónica de Viena, la mejor del mundo según opiniones autorizadas. Ahora, Sharon sabe que la música ya forma parte indisoluble de su vida. Sus amistades, sus experiencias, sus viajes, su desarrollo personal e intelectual, irán felizmente ligados al ejercicio de su vocación artística.
Es al acometer los primeros compases de la Tannhäuser, cuando Sharon no puede evitar dedicar un recuerdo a su abuela paterna, Rebecca Roth, para quien también la música le supuso la vida. Imagina que ella, a su misma edad, también debió tocar la pieza de Wagner muchas veces. Gracias a su talento con la viola y al esnobismo melómano del comandante del campo de Gusen, pudo librarse de los penosos trabajos que la habrían llevado a una muerte prematura y segura. No obstante, a Sharon nunca le saldría llamar abuelo al oficial de las SS. Aunque lleve sus genes.
Miro a tu padre, nervioso e inquieto, y no puedo evitar escuchar en mi cabeza “El vuelo del moscardón”. Me pide que no te devuelva tarde, que luego no duermes. Yo le digo a todo que sí mientras te cojo de la mano y te la aprieto. Dos apretones cortos y fuertes significan te quiero; muchos apretones cortos seguidos significan vámonos ya, mamá. Cuando por fin salimos me sonríes con tus ojos grandes y brillantes y mi corazón late a ritmo de jazz. Será porque mis carnes, cada vez más generosas, son felices contigo: juntos, camino de la playa y sintiendo nuestros pasos como un alegre pizzicato de contrabajo. Entre chapuzones y risas que me suenan a saxo de Coltrane se nos pasa volando esta tarde extra que nos ha regalado el trabajo de tu padre. La vuelta a casa es diferente, nuestros pies van más lentos y las canciones que me susurra la brisa son otras. Si tú me dices ven… Cuando te dejo en casa nos abrazamos, dos apretones de manos cortos y fuertes y un hasta el domingo, que los próximos quince días te toca conmigo. Y lo dejo todo. Por ti.
Me pregunta si traigo alguna carta de los chicos de arriba. No sabe nada de ellos y está preocupada. Faltó dos días para visitar a su hermana y cuando volvió ya no estaban. Es muy raro que no se despidieran -dice-. Al principio no vio con buenos ojos el trasiego de gente joven por la escalera, y es que tenían un conjunto o algo así porque venían amigos y los oía cantar y tocar la guitarra -vuelve a contarme-. Una vez subió a quejarse del ruido, pero ellos se disculparon y le dedicaron una canción en inglés. No entendió nada, pero le hizo mucha ilusión que se llamara como ella. A pesar de sus melenas -opina- resultaron muy majos y formales. A menudo les subía comida; siempre hacía de más y ellos estaban tan delgados…¡Gracias, doña Lola, LololoLolaaa!
Ahora -suspira- esa cantinela no se le va de la cabeza.
La vieja estúpida ignora que con sus chácharas me hizo sospechar de sus queridos vecinos. Que al entrar en el piso descubrimos una “vietnamita” y propaganda subversiva. Que al final, también nosotros logramos que “cantaran”. No imagina quién soy en realidad. Yo, el amable cartero que la escucha.
En Hamelín siempre hay ratas. Hace tiempo contrataron a un flautista algo dado a la superchería que se comprometió a limpiar de roedores cada rincón de la ciudad. El músico se dedicó a recorrer las calles tocando una melodía con su flauta, en un intento por alejarlos para siempre. Pero enseguida comprobó que no podía dejar de tocar, porque si lo hacía las ratas regresaban de inmediato a Hamelín.
Debido al mal olor que provocan, los hamelineses se ven obligados a usar mascarilla si salen a la calle, y obligan a sus hijos a que se desinfecten las manos con alcohol de orujo cuando regresan de jugar en el parque. El alcalde prohibió las reuniones con más de diez vecinos, porque dejan demasiados desperdicios a su alcance, y hay corrillos en los que se habla ya de confinamiento.
El flautista vive una auténtica pesadilla, revisa una y otra vez la partitura y ensaya a todas horas en un intento por averiguar si desafina mientras ejecuta la melodía. Además, es incapaz de conciliar el sueño, se despierta aterrorizado en mitad de la noche consciente de que él no es más que un personaje, pero no de este cuento.
Es curioso como un día de repente, te das cuenta de que todos los acontecimientos que te marcan en la vida van acompañados de música. En el funeral del abuelo sonó el “Agur Jauna” y cada vez que lo oigo me echo a llorar. En el coche cuando por fin logré conquistar a Ramón, nos acompañó una canción de Pereza. El día que pedí la cuenta en la empresa me puse Julieta Venegas, “Me voy, que lástima pero adiós…”, mientras conducía hacia casa. Cuando el Athletic ganó la liga no paraba de sonar el himno. Sí, eso fue hace mucho tiempo.
Recuerdo muy bien el vals de nuestra boda, y también como me mirabas. Ahora estoy en el salón intentando conectar este momento con una canción de U2. He releído una y otra vez esta nota que me has escrito diciéndome que me dejas porque te has dado cuenta de que ya no me amas. Debe estar en clave de Fa, porque no la entiendo. Escucho el sollozo de mi alma que es más intenso que las ondas que salen del altavoz. No consigo consolar a mi mente, no acaba de comprender como he amado a alguien tan cobarde.
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