Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

ANIMALES

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en ANIMALES

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2025 Comenzamos nuestro 15º AÑO de concurso. Este año hemos dejado que sean nuestros participantes los que nos ofrezcan los temas inspiradores, y el 5º de este año serán LOS ANIMALES. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
días
3
9
horas
0
1
minutos
2
6
Segundos
1
0
Esta convocatoria finalizará el próximo
15 de AGOSTO

Relatos

05 Arriba y abajo

El cuarto apagón de esta semana me sorprendió en medio del tramo de escalera que conduce a mi piso, el segundo. Regresaba del cine, de ver una de Batman de hace unos años. Seguía impresionado por la prisión donde se desarrolla la trama. Me recordaba con exactitud la situación que estaba viviendo ahora: inmóvil, en la oscuridad y sin posibilidades de escapatoria. Para evitar males mayores me acomodé en el rellano a la espera de iluminación, cuando me llegó un tufillo desagradable y un resplandor lejano.

La vecina del tercero tiene la mala costumbre de bajar la basura en pijama, con esas babuchas rosas que alguien debería prohibir. Se alumbra con la linterna del móvil, aunque se juega el cuello en cada descenso. Tras un tropiezo, el teléfono cayó escaleras abajo lanzando fogonazos luminosos antes de apagarse por completo. Ella apenas rodó unos escalones porque chocó contra mí y allí permanecimos sentados hasta que a tientas conseguimos llegar a mi casa.

Los efluvios de la bolsa de basura empiezan a molestar. Han pasado varios días y el suministro eléctrico se ha restablecido, pero ni ella ni yo tenemos ninguna prisa por que regrese a su domicilio.

04. Descensos y ascensos

Salía de casa a las seis de la mañana, y puedo asegurar que mi vida era mejor gracias a la claustrofobia. Sin ella no habría conocido a Don José, el del cuarto, que me esperaba en el rellano para invitarme a café y tostadas. Ni a Felipe, el ingeniero divorciado del tercero, que me proponía, antes de meterse al ascensor, algún plan para la tarde. Y qué decir de Margarita la del segundo, que preparaba dos fiambreras idénticas de comida, para su marido y para mí. Con Luisa, la del primero, desde que puso el felpudo de BIENVENIDO, estaba hasta las ocho. Abandonaba su piso recién duchado y con una sonrisa. Cuando llegaba al bajo salía Alfredo con los niños, y, de camino al cole, me acercaba en coche al trabajo para que no tuviera que coger el metro abarrotado. Menos mal que yo ocupaba un despacho en las amplias oficinas de la segunda planta: solo tenía que detenerme en la primera para asegurarme de que López no había intentado ganar terreno con algún agasajo al jefe más valioso que los míos y que Verónica, su secretaria, aparte de mantenerme informado, seguía estando dispuesta a hacer cualquier cosa por mí.

3. RECURSOS POR NECESIDAD (Edita)

Felisa lleva dos días de parto, asistida por una vecina. Está agotada. El único lugareño que posee motocicleta va a buscar al médico comarcal. Este, rendido, propone el quirófano como solución. Pero queda lejos y es caro. El motorista avisa a un taxi de la villa, que espera en la carretera, a medio kilómetro de la vivienda. José, el marido, pide a un vecino algún dinero prestado y una escalera manual grande para usar de parihuela. Entre los dos hombres la trasladan hasta el coche. A su paso, las mujeres rezan; temen lo peor.

Milagrosamente sobreviven ambas, madre y criatura. Regresan al hogar en idénticos medios de transporte. José, convencido de que la escala protegió sus vidas, desea conservarla. Ofrece a cambio jornadas de trabajos agrícolas sin retribución. El dueño rechaza el trato: se la regala. Le prometen agradecimiento eterno.

Con los años y otras penurias, la escalera acaba arrinconada. Felisa sufre dolores  propios y demencia severa del esposo. Avejenta a besos una fotografía de su hija emigrante. Cavila. Recurre a Salvadora, así la llamaba. Consigue acomodarla en posición vertical. Empieza a escalar. Porta una cuerda con nudo corredizo. Ruega a Dios que los peldaños apolillados resistan hasta el final.

02 . INVENTARIO (Puri Rodríguez)

Ya desde niña era algo rara, muy aficionada a ir mirando al cielo y, por tanto, a tropezar o torcerse algún tobillo, incluso yendo descalza, y luego caerse, claro.
Besaba el suelo con tanta frecuencia que, al cabo de los años, ya lo hacía hasta con estilo.
En una aburrida tarde de holganza, decidió hacer inventario de los involuntarios aterrizajes que recordaba, con sus lesiones asociadas.
Y escribió:
6 tropezones en aceras defectuosas=3 esguinces y 1 fractura ósea.
3 topetazos con alfombras infames=2 esguinces y 1 férula.
2 resbalones en pasarelas chungas sobre zanjas=1 esguince y 1 fractura ósea.
2 patinazos en nieve mutada en hielo=2 esguinces y 1 fisura ósea.
Y, finalmente, la trompada campeona:
Caída máxima tras rodada por escaleras de bajada al Metro, con las gafas empañadas por contraste con el frío de la calle, y las dos manos, heladas, metidas en los bolsillos del abrigo.
Tras aquel golpazo recordó que, sentada en el último escalón, se juró dos cosas:
1/ Operarse la miopía para ver bien el suelo sin gafas, y
2/ No volver, jamás, a bajar escaleras con las manos en los bolsillos.
Y cumplió las dos.

01. ALTA TENSIÓN

La fotografía no fue tomada en blanco y negro, en realidad es de los años ochenta, aunque irradie ese destello apolillado de los retratos antiguos. Un niño con la mano apoyada en el rostro hace muecas y su hermana pequeña le observa con divertida admiración. La madre vuelve a elegir esa imagen para su perfil del whatsap, lo hace año tras año en fechas navideñas. Recordar para sellar heridas que nunca cicatrizan del todo, que siguen supurando eléctricas descargas.

Y luego está la pregunta sin respuesta, la pregunta que desgarra, la pregunta quizás tan absurda como las escaleras que trepan a ningún sitio en los relatos de Borges. Cómo sería su vida de no haber existido esa otra escalera, esa torre de alta tensión de veinte metros, esa noche de luna llena. En qué se habría convertido el niño sonriente de la fotografía, joven de mueca quebrada que trepa fuera de sí por los peldaños metálicos de aquella torre.

Pero la vida nunca ofrece respuestas a los saltos premeditados al vacío, acaso descoloridas imágenes, donde el tiempo se detiene como una escalera imposible en ascenso hacia el eterno descanso en los pechos de la Madre Luna.

 

 

81. SOTTOVOCE

Todo empezó cuando acudí a revisar las luces, poco antes de comenzar la obra de Shakespeare. El actor principal estaba nervioso y desorientado. Era el estreno de la compañía, así que hice lo acostumbrado: ofrecerle una copa de whisky para relajarse. Se tranquilizó y minutos después aseguraba que interpretar a Hamlet “estaba chupado”. Me pidió otro whisky, claro. Le dije que no debía beber más. Soy casi abstemio, me respondió “sottovoce”, aunque hoy…, ya sabe, se tienen días. Congregué a todos los actores y abrimos una botella de Rioja para todos. Pero, al rato me dolía la mano de descorchar botellas. De pronto, ¡Riiing, a escena! Le sorprendió en pleno sorbo. Y ocurrió lo que tenía que ocurrir. Jamás se había visto una representación de Hamlet tan horrible. El patio de butacas estaba a rebosar y la bronca fue monumental, lanzándole incluso algunos objetos. Apesadumbrado, corrí en busca del regidor. También él estaba rabioso, decía que olía a alcohol que se mataba. Sonaba sin fuerza, casi balbuceaba  cuando recitó el “ser o no ser, esa es la cuestión” del tercer acto. Estaba claro que no se lo creía. Lo siento, jefe, me dijo que era casi abstemio…

80. FELICIDAD INSTANTÁNEA

Desde que se aficionó a la fotografía, mi madre está obsesionada con captar el instante perfecto. Este verano bajaba todas las tardes a la playa cargada de bártulos, pero en el último momento siempre se interponía algo entre su cámara y el sol poniente.

Más tarde decidió centrarse en el universo minúsculo de los insectos, hasta que se frustró porque las hormigas nunca desfilaban a su gusto y las moscas decidían aparearse en cuanto las enfocaba.

Lleva semanas planificando al detalle la cena de Nochevieja: la vajilla buena, el mantel bordado y la cristalería reluciente. De repente, surge la magia. La abuela, con su mejor collar, hablándonos como si todavía nos reconociera. Papá descorchando el cava, aún sobrio. Los gemelos, por primera vez desde que empezaron las fiestas, sentados con aspecto angelical. Yo, junto al árbol, acariciando feliz mi barriguita de primeriza. Mi novio, guapísimo con chaqueta y pajarita, pelándome las uvas como un auténtico enamorado. Mamá, previsora, lo  coloca en el margen de la derecha, por si en un futuro fuera necesario editar la foto para recortarlo. Luego ajusta los parámetros de la cámara para aumentar la calidez de la escena, cruza los dedos y dispara.

79. GRAVEMENTE PELIGROSA

Llevábamos varios días discutiendo sobre la pertinencia de ir de sport o de domingo. La idea de coger prestada una americana e incluso de colocarnos al cuello una corbata atravesó fugaz, pero la desechamos apenas nos miramos al espejo. Otra cuestión era la de aparecer con barba de dos días o recién afeitados. Nos decidimos por lo segundo en vista de lo ralo e irregular del  atributo. Luego estaban los granitos del acné, que no sabíamos como atenuar. “Las chicas lo tienen más fácil, ellas se pueden maquillar y parecer mucho mayores”, nos decíamos el uno al otro con envidia. Las gafas de sol estuvieron también propuestas, pero nos parecieron improcedentes enseguida. Entre unas cosas y otras llegamos al domingo sin plan alguno que seguir. “Lo mejor es la naturalidad”, dije yo con aplomo. “Postura erguida, mirada franca y cierto desdén al ofrecer la entrada”, puntualicé. Y así lo hicimos. Una vez dentro, nos embargó una sensación de triunfo solo superada por el momento en que, ya en la butaca, se descorrían las cortinas que daban paso al gran prodigio: ¡Íbamos a ver por fin El exorcista!

78. Los alemanes

La vecina del bajo le pidió a mi madre que regara las plantas mientras ella y su marido, conocidos por su carácter reservado, pasaban el verano en Alemania. Allí habían trabajado durante unos años. Yo siempre la acompañaba y curioseaba por las diferentes habitaciones. Una vieja maleta llamó mi atención en una ocasión. Justo cuando iba a abrirla, mi madre apareció avisándome de que ya había terminado. Qué pena que perdieran a esa hija tan pequeña, dijo creyendo no ser escuchada. ¿Cómo de pequeña, mamá? ¿Cabría en una maleta?, le pregunté instintivamente. Me miró extrañada y me dijo que eran habladurías de la gente, que ella no sabía nada. Al regresar a casa, con voz impostada, llamé a la policía. Cuando los alemanes regresaron del viaje encontraron su vivienda precintada. Nadie los vio, excepto yo. Dieron media vuelta y caminaron calle arriba con paso ligero. Me quedé inmóvil hasta verlos desaparecer. Me fui a dormir con la imagen de ella clavada en mi retina. A duras penas podía ocultar su abultada barriga y las lágrimas que le caían por las mejillas a sabiendas de que, vivir en paz, durante un tiempo, fue solo una ilusión.

77. escribiendo…

Yo, que tanto me resistí cuando me regalaste este móvil para quedarte más tranquila y mira ahora; las vueltas que dan las vidas. Sobre todo la tuya, que ha girado ciento ochenta grados, como si sospechara que el camino más corto hasta su final es hacia atrás. Así que no me queda otra que consultar el pronóstico del tiempo (mañana habrá niebla densa, de esas desacostumbradas para la primavera) y abrir la calculadora. La fórmula es sencilla: multiplico la horquilla de probabilidades que nos dieron los médicos por el número de años que te regalarían. También resto la cifra del tratamiento a la compensación de mi seguro y el resultado siempre es positivo. Luego pulso en el icono del WhatsApp, te doy los buenos días, te pregunto qué tal estás y te lo cuento todo; que mañana cogeré la carretera de la costa, que ya tengo localizada la curva perfecta en la aplicación de mapas, porque, hija, tienes que agarrarte a ese clavo mientras arda. Mañana será un día importante, escribo, y después borro todo rastro. Si estás conectada, bromeas y me dices que tardo mucho en enviar los mensajes. Entonces me tomo mi tiempo para mandarte un «perdóname».

76. Mehran Karimi (Luisa Hurtado)

Si repaso las muescas que he hecho en la parte de atrás de la segunda puerta de los servicios que hay junto al fondo de la terminal, calculo que llevo unos dieciséis años esperándola. Aquel día solo alcancé a oír unos pasos rápidos, como de una carrera; un instante después nuestras cosas caían por los suelos y mis ojos en los suyos y en su boca. Aquel día ella no perdió su avión y yo hice mi primera muesca; la señora de la limpieza cree que empecé a hacerlas cuando perdí la documentación y me negaron la entrada en el Reino Unido, yo la he dejado que crea lo que quiera.

75. DIEZ

Los puñales del invierno que se aproxima me golpean feroces en las manos y los pies. La cadera me hace apretar los dientes y saltar las lágrimas. Me la he roto descendiendo la montaña.

Trato de utilizar mi móvil pero un estallido de dolor me hace perder el conocimiento. Cuando despierto el móvil no está en mi mano. Ha huido ladera abajo.

Grito y mi voz se desplaza saltando entre las montañas solitarias.

Grito y mi voz regresa junto a mí ronca y derrotada.

Ahora solo espero a que el frío me lleve. Que me congele los huesos. Los sanos y los rotos. Que me hiele la sangre. Que me suspire la vida en un último aliento. Las horas y la agonía se confunden, se dan la mano.

Oigo el batir de alas, seguramente ángeles y demonios combaten por mi alma en medio del aire gélido que ahora parece desplazarse furioso en todas direcciones. Arrecia violenta la ventisca, se confunde con los gritos de pelea, vocerío que viene y va. Tres veces siento que se embisten en la lucha, luego, uno de ellos se aproxima hasta donde me encuentro y me pregunta:

—¿De uno a diez cómo valorarías el dolor?

Nuestras publicaciones