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Nací con una ciénaga en las entrañas. Cuando cumplí un año, mi padre se marchó de casa avergonzado. Dicen que no pudo soportar ni un día más que el fango de mi llanto le embadurnara la camisa. Mi madre siempre trató de quitarle importancia y me aseguraba que yo era hijo del Rey Tritón.
Los médicos analizaban desconcertados el limo lleno de gusarapos que corría por mis venas y mi orina color café. Como nadie sabía decirme por qué el barro ensuciaba todo en mi vida, lo de ser mitad anfibio me pareció lo único verosímil. Andaba buscando algún pantano recóndito al que huir en soledad, cuando te conocí.
Eras luminosa y transparente. Y no sé cómo lo hiciste, pero tu naturaleza cristalina y sin manchas contrarrestó mi existencia lodosa. Poco a poco, con la efervescencia de tu saliva, mis fluidos se tornaron claros y llevaderos. A su vez, tu carne incolora comenzó a broncearse y perder fragilidad, y abandonaste tu forro de algodones.
Encantados con la extraña simbiosis de nuestras rarezas, intentamos vivir como personas vulgares. Y un día, paseando por el parque de la mano, nos dimos cuenta de que, por fin, la gente había dejado de mirarnos.
“El Rápido de Cubas” era un tonto comarcal de los años cuarenta. Ligero andarín, cachava en mano, apeonaba por toda Trasmiera. Asombrosamente ubicuo, de ahí su mote, además de en todas las romerías, decían haberlo visto casi a la vez en Ajo, en Sobremazas o en Pedreña.
Eso sí, a las seis de la tarde, cuando mi madre llevaba las ollas de la leche al puesto de recogida de la Nestlé, aparecía dando un salto de entre los maizales, apoyaba una mano en el pescante del carro y le mostraba su sonrisa babosa mirándola embobado.
──Tinuuca, aamor mío ──decía── mira que cinturóón marrón nueevo tengo; es boonito ¿veerdad?
A ella le desesperaba el continuo acoso de aquel inocente y queriéndose librar de él lo amenazaba con la vara de azuzar al caballo.
── ¿No iráás a peegar al paadre de tus hijos?, respondía el Rápido resguardándose la cara tras su codo.
Y porfiaba fiel a las voces que retumbaban en la chácena de su desajustado cerebro: “vueelve José, que Tiina te quieere”.
El genio de mi tío Gelio y un forzado remojón en el bebedero de la “Fuente de los Curas” dieron fin al asedio y le apagaron aquellas voces.
La vida en rosa. Siempre que recordaba esa canción pensaba en lo bonita que parecía ser la vida en ese color. Pero ahora que tantos años pesaban sobre ella, sabia que por lo menos en la suya, el rosa solo apareció en algunos momentos.
Las preciosas letras de las canciones, las felices historias de los libros, la habían hecho pensar que existía la vida en rosa
Ahora que había agotado sus mejores años, sentía que como la publicidad engañosa, así había sido un poco su vida con tantas cosas sin lograr.
Pero su balanza se inclinaba hacia los momentos rosas, como su mano se inclinó hacia aquellas pastillas que harían que todo se volviera rosa.
Las nueve de la noche, con la mirada perdida sale del salón camina hacia el pasillo, nada más entrar se golpea el codo y queda sin respiración. Hoy no ha dormido apenas, había once hombres esperándola y estaba dispuesta a derrotar a todo el mundo. Tiene mucha suerte últimamente y no perdona. Se acerca a la cocina y coge fruta, se la termina en la habitación rosa. Está desfallecida, por la mañana debe viajar y no le gusta. Además, sigue sin recuperar su edredón rosa de la suerte y eso la preocupa. Está convencida que lo han extraviado en la tintorería. Tumbada en la cama suspira de alivio por no tener nada que hacer. No es hábil relajándose y comienza a repasar con gusto las historias de algunos ludópatas a los que desplumó, le parecen fantasiosas, absurdas y manipuladoras pero constituyen su pasión favorita, le acarrean el sueño y derriban la presión diaria. Cada mes selecciona una a la que perdona la cantidad de la deuda y da esperanza para que juegue más y más. Se quedaba dormida cuando irrumpe en la habitación el jugador de quince años.
–Vamos a repetir la partida, zorra-, grita apuntándola con una pistola rosa.
La luz rosa del neón de la fachada se colaba en la habitación a pesar de que ella había cubierto toda la ventana con las fotos de los sitios a los que iban a ir juntas cuando pudieran ahorrar un poco. Era una suerte que les dejaran usar esa habitación encima del club a tan buen precio; así quizá para el verano conseguía llevarla a la playa. Como todas las noches dejó a la niña metida en la cama y bajó a trabajar. Cuando volvió ya estaba dormida abrazada a su unicornio rosa. Apagó la tele que hacía de canguro de su hija, se quitó los tacones y se fue directamente al baño. Se dio una ducha. Cuando se sintió limpia se puso el pijama y salió. Se recostó junto a la pequeña. Sentir su respiración le ayudaba a volver a ser ella, la mamá de Marta, a poder dormir. Cerró los ojos, soñando con cambiar el rosa neón que teñía sus noches por un dulce despertar en rosa unicornio. Durmió un par de horas y se levantó: para llevar a Marta al cole y seguir soñando juntas con una vida mejor.
Como todo buen perezoso, apartaba de su horizonte cualquier asomo de imprevisto. Se sentía cómodo así: del mismo color del Megane en el que iba a diario al viejo edificio de la Junta. Despachaba expedientes mecánicamente: oficina número ocho, al lado del ventanal. Y después del obligado parte meteorológico con Juanjo, el vigilante de seguridad, volvía a casa siempre por la calle Dr. Torres, justo en el momento en que se cerraba el semáforo. Cruzaban, invariablemente, las mismas caras, y su mayor osadía consistía en hurtar el último espacio de la parada de taxis de la Ronda Extremadura, para comprar el pan en el quiosco de Paco.
El día en que todo cambió sintió miedo. Es cierto que Mayte y él lo habían planeado, perseguido y hasta modestamente soñado, pero la incertidumbre –y más para alguien como él- opera como un mecanismo mal engrasado: cruje cuando empieza a funcionar. Sin embargo, todo salió según lo previsto. Mayte le miraba con la sonrisa leve, rota aún por el cansancio, y cuando la enfermera dejó a Andrea en sus brazos, su manita diminuta puso en el cristal de sus gafas un desconocido torrente de seguridad, ternura y color.
Mientras me grita el moro de mi jefe, intento tomar notas. Me viene a la cabeza cuando Pedro, el Ermitaño, y Walter, el Indigente, convencieron a una multitud de gente humilde para participar en la cruzada iniciada por el Papa. “No te pago por pensar”. Llenos de fe pero sin armas llegaron a Constantinopla donde el rey Alejo había solicitado otro tipo de ayuda contra los seleúcidas. “Qué desastre de informes ”. Su sola presencia se había convertido en una carga para la ciudad, así que los condujo al frente. “El jefe tiene siempre razón y punto”. Fueron lanceados y aniquilados, pero algunos se salvaron porque se convirtieron al Islam. “Sí, jefe, lo que usted diga”.
Bolígrafo en mano, intento reprimir el latido acelerado del pulso mientras tomo notas, mientras aguanto el aliento en la nuca y los gritos con lanzas de saliva entrecruzadas. Es ceder demasiado a la imaginación sentir cómo se humedece la piel, cómo el tiempo se convierte en una coordenada inútil, cómo la tinta resbala mezclada con el sudor y la sangre, cómo los informes se tiñen de un color rosado, clavada la punta una y otra vez sobre su cara descreída, como un minarete en el crepúsculo de Constantinopla. O quizá no.
Cuando cerró la puerta, reescribí, de nuevo, los informes.
Nunca olvidaré aquella camiseta, la que me trajo mi hermana de Londres, con la pantera rosa por delante y en la espalda la frase “To know me, is to love me”, fue un verdadero impacto en el pueblo.
Yo siempre había pasado inadvertido en las pandillas de mi edad. Recién llegado al verano en la villa, todas las chicas me saludaban y besaban sonrientes. La simpatía de la pantera y la curiosidad de conocer el significado de esa frase en mi espalda, supuse que eran los motivos de ese cambio.
Esa noche apareció ella, más atractiva y con más pecho que el año anterior.
—Conocerme es amarme, acepto el reto— me dijo mirándome con picardía. Charlamos entre copas y bailes. Para evitar interrupciones de saludos y alejarnos de miradas poco amigables, ella decidió que fuéramos a su casa. Allí desfiló ante mí con su repertorio de ropa interior sexy, de provocativas trasparencias. Quisimos probar toda la noche nuestras torpezas sexuales. De madrugada una voz nos sorprendió desnudos y un puñetazo me noqueó.
Desperté en el hospital y tras su beso, ella me susurró:
—Si no te asustan los mamporros de mi padre, seguiremos el desafío.
En una negligencia del vigilante se lo llevó al pantalón y de allí, un rato más tarde, al ano. Temblaba como una vara verde, pero ese día tenían revuelo por los desprendimientos de alguna de las terrazas y descuidaron el control en la salida de la mina. No se paró como hacía cada tarde delante del puesto de la señora Hamza, que vendía las golosinas. Sabía dónde encontrar a los hombres. Se la iban a quitar de las manos y no harían preguntas por la bola de cristal inquebrantable, rosa como el atardecer de sabana y flamencos en el lago. Llegó de noche a casa, sonreía. El bolsillo abultado. Se acercó al lecho de hierbas secas y le enjugó la frente. Aún le dio tiempo de enseñarle los billetes y sacudirla, de decirle entre lágrimas que se esperara, que ahora ya podrían ir al hospital a Shinyanga.
No era mi imaginación. Había visto nítidamente como primero me sonreía y después me guiñaba. Y no, no era un acto reflejo. Eso una madre lo sabe. Pero las miradas de condescendencia que intercepté me llevaron a no insistir, no merecía la pena. Lo importante era que nuestro bebe estaba bien.
En cada ecografía avisábamos insistentemente para que no nos develaran el sexo. Sorpresa hasta el último momento, repetíamos como un eslogan.
¡Y llegó el gran día! Contemplábamos embobados a aquel pequeño ser que parecía escudriñarnos con recíproca curiosidad. Nos prometimos criarlo lejos de estereotipos. Sin etiquetas.
Fueron muchas las muestras de afecto y los presentes que recibimos. Nos sentíamos dichosos…hasta que constatamos que Sara vestiría de rosa durante los dos primeros años de su vida.
Le excitaba verla vestida de ese color sabiendo que era una virgen. Se imaginaba tocando sus formas de rosa hecha cristal, como una confitura, ocultas bajo la túnica encarnada. Pero debía conformarse con ver su rostro y un ramillete de dedos que apenas sobresalían de la ropa. A pesar de sus intentos por formar parte de su cortejo, solo a las mujeres se les permitía desnudarla y vestirla. Pero el deseo fue tanto que lo llevó a cometer aquel sacrilegio. En medio de la noche, irrumpió en el recinto sagrado donde estaba recostada para la siguiente muda y le levantó el vestido hasta la cintura; en lugar de hallar la pulpa sonrosada de su intimidad, contempló, a la luz de un “culito” de candela, un esqueleto. A los gritos, acudieron el cura y varios feligreses y lo encontraron atrapado entre los alambres del armazón que conformaba la estatua mariana.
A Red la guerra le extirpó la inocencia. También le arrebató un ojo y una mano, acumulando un parche, un muñón y trece cicatrices. La más profunda, la del costado, partió su alma en dos.
Sobrevive de milagro, dicen todos.
Los padres de Bianca fallecieron al derrumbarse un torreón durante la última batalla de la guerra. Ahora es la nueva reina. Ella preferiría que aquel soldado la hubiera dejado entre los escombros, haber muerto con sus padres. Por eso le odia un poco. Sabe que no debería sentir eso, pero lo siente. El chico perdió medio pulmón por ella y ahora, a veces, escupe sangre.
Ha transcurrido algún tiempo.
Cuando Bianca entra al salón Red se ruboriza. Ahora es comandante de la guardia real y un comandante no debería sonrojarse tanto, pero la sangre rebulle en su rostro.
Ella simula no verle.
–Alteza –dice Red cuando Bianca pasa.
Y ella camina erguida, lánguida. Red tose y ella se detiene:
–Comandante.
Se aproxima y, encubriendo el gesto, le acaricia el costado.
Sentada en su trono, suspira y abraza su vientre, imaginando un bebé rosado, mezcla de la bravura de Red y de su propia inocencia, dos viejos mundos reducidos a cenizas.
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