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No pude medir el diámetro de la eternidad en la que te mantenías, con esa expresión insondable sumida en la realidad de tu arrobamiento, mientras en mi interior los cristales de la angustia se fragmentaban en miles de gotas frías acuchillándome la esperanza.
«Soy fuerte», me decía a mi misma. Aunque en el fondo sé que es mentira y la mierda ya me está llegando al cuello, porque nunca acepté tu terrible enfermedad.
Al girar mi cabeza hacia la ventana, creí verla llegar junto a otros familiares y mi corazón se disparó. Si, es mamá, atravesando la alfombra de hojarasca que nos separó tan temprano, cuando aún no comprendía vuestra crisis sentimental. ¡Qué paradoja tan extraña! por un lado la lividez de papá y tú llena de vida, con esa dulzura infinita en tu mirada que me estremece.
Pero en este momento de absoluto júbilo, los fantasmas de mis miedos arañan con sus afiladas uñas un imposible reencuentro tantas veces imaginado en la soledad de mi cuarto.
Una enfermera nos susurra al oído que dejemos descansar al paciente, parece que mantiene las constantes vitales, entonces vuelvo a subirme a la noria de nuevo, ojalá todavía sea posible seguir montándome mañana.
Hoy el jardín se viste de gala. Las margaritas, cruces, amapolas, el ciprés y las marmóreas tumbas evocan la vida y la muerte como las caras de una moneda.
Las hermanas del recoleto convento vienen a felicitarme, me regalan jarrones con flores naturales, de papel o de barro. Aunque todas vestimos el hábito marrón de raída lana y toca negra en la cabeza, ya nos conocemos por nuestros movimientos que nos delatan incluso desde lejos.
Yo permanezco tumbada y veo las caras, radiantes de las novicias, adustas las veteranas y advierto las lágrimas de la madre abadesa que fuera mi amiga y confidente. Ambas sabemos que pronto nos juntaremos.
Hay dos monjas veteranas que, a menudo, oigo llorar temerosas por sus achaques de salud que grave y sin remedio les parece. Hoy no lloran.
Las dos novicias, alegres y llenas de vida, disimulan su cariño impuro que, cada día, se demuestran a escondidas entre las cruces o bajo el ciprés, juntando desazonadamente sus cuerpos para empaparse con apasionados besos.
Cae la tarde. Tras el lastimero toque de campana, el camposanto queda triste y vacío. Veo las flores a los pies de mi tumba y vuelvo a pensar en la eternidad.
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IsidroMoreno
Mi padre era un pirata. Surcaba las aguas enfangadas y antes del alba volvía a casa con el botín. Sabía de su regreso porque hasta mi cama llegaba el olor del torrefacto. No tenía parche ni una pata de palo. Tampoco sus hermanos. Pero todos se dedicaban al contrabando de café. Aunque yo sabía que era el más valiente de los cuatro. Y que, a pesar de su cuerpo menudo, era capaz de enfrentarse a una patrulla de la Guardia Civil. Las mujeres también colaboraban. Bajaban con los niños al río cargadas con cestas de ropa. Allí las esperaba el Gloria, un portugués más fuerte que un alcornoque. Él ocultaba los fardos en un chamizo y con su voz de urraca siempre reclamaba la única presencia de mi madre. Al separarse de nosotros, el miedo se alojaba en sus grandes ojos terrosos. Un día la seguí y vi cómo el portugués metía la manaza bajo su ropa. Ella me pidió silencio pero me faltó tiempo para contárselo a mi padre. Aquella madrugada no me despertó el olor a café. Por la mañana, trajeron el cuerpo de mi pirata favorito cubierto de lodo. Del Gloria, nunca más se supo.
La niña anda a saltitos. Está contenta. Los miércoles su abuelo viene a buscarla al cole, no tiene que comer en la cantina. Además, hoy le ha preparado su comida preferida: salchichas y helado de chocolate.
—Bieeen, me encanta tu comida, la del cole es una mierda.
El abuelo Marcelo frunce el ceño y sus cejas se juntan formando un bosque encima de su nariz.
—¿Una mierda? ¡Mira, vamos a poder comprobarlo! Aquí tienes una caca de perro, ¿crees que la comida del cole se parece a esta caca?
Julia niega con la cabeza. Al abuelo le gustan las palabras, todas, incluso las feas, pero no que se mienta con ellas.
El miércoles pasado, por ejemplo, Julia le dijo que en su clase había una niña nueva.
—Una negrita —precisó.
Entonces el abuelo le preguntó si era así de pequeña a la vez que con el índice y el pulgar de su mano derecha parecía haber atrapado a una hormiga.
—Nooo —abuelo— es normal, incluso más alta que yo.
—Ah, vale, entonces es una niña y es negra.
El abuelo Marcelo es un poco quisquilloso, piensa la niña, pero sus comidas son cojonu…, una delicia.
Soy huérfana materna de nacimiento. Mi padre me malcrió durante medio siglo. Comodidades urbanas y paseos por los bosques del entorno fueron mis ocupaciones relevantes. Una noche, se fue de repente, sin enseñarme primero a vivir sola y de rentas. Desde aquella tragedia, compenso ausencias y miedos con actitudes extrañas, dicen unos; obsesivas, aseguran otros.
En agosto, ya vareo erizos completamente verdes. Mis manos, aunque perforadas y doloridas, hurgan entre sus espinas. La experiencia me advierte que no madurarán antes de tiempo por más que lo intente, pero insisto como posesa. Al fin, en octubre, teñidos de otoño, van soltando perlas marrones con la boca abierta; tal vez riéndose de mí. Incluso algunos, camicaces, se estrellan adrede contra mi cuero cabelludo. Ni así consiguen aplacarme el ansia recolectora: día tras día, dejo la ciudad y recorro los castañares de la comarca con el único objetivo de almacenar en casa las dichosas semillas a toneladas. Muchas veces, me sorprende el alba aún sin acostarme, disponiéndolas adecuadamente según su grado de humedad y categoría, para que se sientan lo más a gusto posible conmigo; deben aguantar en perfectas condiciones hasta la cosecha del año siguiente. Solo entonces, podré deshacerme de las viejas.
Limpié el cuchillo. Me hice con su reloj y su cartera. Tirando de los pies lo arrastré hasta la zanja que había cavado. La pala descansaba sobre el montón de tierra. Me quedé atónito. El hoyo estaba ocupado por otro cuerpo. Pensé en sacarlo y poner mi muerto en su lugar. Pero no, no quería comerme un marrón que no me correspondía. Así que busqué la forma de amoldar los dos cadáveres en el hueco. Una mano, no sé de cuál de los dos, me cogió con fuerza la muñeca. Otra, un tobillo. Luego una tercera me agarró del cuello.
El niño apareció en el quicio de la puerta de la cocina. Se apoyó en la jamba mientras asomaba a su rostro una sonrisa traviesa. Sus blancos dientes destacaban en medio de la boquita rodeada de manchas de color marrón. Las mismas manchas que adornaban su ropa y sus manos.
Su madre, al verlo, abandonó la tarea que estaba realizando. Un pícaro mohín se dibujó en su gesto y poniendo los brazos en jarras, le dijo con tono falsamente enfadado:
– ¿Cuántas veces te he dicho que no cojas el tarro de la crema de cacao sin mi permiso?. Mira como te has puesto.
Se acercó a él de manera juguetona para agarrarle y lamerle los restos de la cara, pero al acercar su nariz a la mejilla del niño, se dio cuenta de que no era chocolate lo que ensuciaba la cara y las manos de su hijo.
Allí la encuentro, en esa calle de Olbia, sobre un andamio marrón, usada como cenicero; su hipocampo violeta, sus corales, sus peces rojizos circundando la porcelana…
Como el arqueólogo toma a la pieza, así la tomo yo, mis ojos bebiéndose el mar de un trocito de Cerdeña.
Debía estar ahí parado, de pie, durante horas. Así un día tras otro sin respetar fines de semana. Era lo que tenía trabajar de vigilante de seguridad en un comercio. En cuanto salga otra cosa me marcho – se repetía en un vano intento por infundirse ánimos. Pero lo único que salían eran clientes y clientes con bolsas repletas de ropa siguiendo la moda marcada en inexpresivos maniquíes que desde el escaparate acompañaban a nuestro protagonista. Con el tiempo se convirtió en parte del mobiliario. Tanto fue así que con el cambio de temporada, los dependientes sustituyeron su insulso uniforme marrón por las últimas tendencias del momento.
Sentada en esa vieja silla marrón de cuero desgastado, ojeaba el Hola sin levantar la vista. Pasaba las páginas muy despacio, como si le pesasen los brazos, ajena a bodas, divorcios y posados. Miraba sin ver. Tampoco oía. No percibía el bullicio de la peluquería en esa gélida mañana de sábado.
Poco antes había pasado por delante de la puerta del local y había entrado casi por inercia. Con la cabeza agachada y voz queda, había pedido que le cortasen el pelo.
—¡Claro! ¿Qué te apetece? ¿Una media melenita? ¿Unas capitas con flequillo, quizás? Algo tipo Blanca Suárez…
—Al cero.
—¿Disculpa?
—Rapado al cero.
Porque cuando la vida ya te lo ha quitado todo y te faltan agallas para quitarte la tuya propia solo te queda arrancar de cuajo lo que aún nadie te ha robado: recuerdos, promesas, ilusiones, esperanzas, finales felices, sueños y pelo.
Ayer entró en mi despacho un hombre avejentado y con pintas de tahúr fullero que dijo ser mi padre. No he conocido más padre que mi abuelo, sentencié desde la otra orilla de la mesa. Crecí bajo su amparo mientras mi madre, vejada y traicionada, cimentaba resentimientos, manifesté crecido. Horas antes, ella también había venido a visitarme y, con su perpetuo rictus de amargura, me entregó un álbum de tapas marrones con un montón de viejas fotografías. Me contó que había preparado otro igual para el abuelo que, aquejado de una bruma inexorable, dormitaba mansamente en un geriátrico. Luego, sin mirarme, añadió rotunda: “Es para que él recuerde, y para que tú no olvides”.
El abuelo me recogía en la escuela cada tarde, me adiestró para la vida con abrazos y firmeza. También me enseñó a disparar, reviví pensativo al tiempo que me aproximaba al intruso y palpaba la frialdad de la pistola oculta en mi bolsillo.
Dicen que los tesoros ocultos siempre aparecen dentro de grandes cofres marrones. Pero que a veces cuesta dar con la llave que los abra.
En su caso esa llave estaba a la vista. Fue la que le mostró el camino de vuelta al pueblo de su familia. Donde con un equipo de rodaje dirigió sus pasos para filmar un documental denunciando la situación de la España vaciada. Allí, donde su bisabuelo fotografió a todos y cada uno de sus vecinos delante de sus casas de resistente piedra marrón. El ‘loco Van Dyck’ lo llamaban. Nadie sabe si es que vino de Holanda o por su poblado mostacho. No importaba. En sus fotos todos, grandes, pequeños y él mismo, sonríen en sepia delante de un fondo marrón.
Dicen que los tesoros suelen contener oro, plata o piedras preciosas. Y que a muchos les solucionan la existencia. Pero unas fotos viejas y amarronadas, conservadas por nostalgia familiar, pueden ser a la vez el tesoro y la llave que abra la puerta y devuelva la vida a muchos pueblos marrones y vacíos.
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