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Se despide de ella besando la parte inferior del teléfono, clavándole el sonido de cada beso en el oído, como si fuera una suave garra.
—Te quiero. Vuelve pronto.
—Yo también te quiero —responde ella, y estampa sus labios rosa en el auricular, como un sello indeleble.
Todavía parece que lleva clavada la garra mientras se envuelve en la toalla del hotel, sale del baño y avanza a tientas por la habitación hasta encontrar la cama. Se acuesta y rodea con sus brazos el interminable cuerpo del hombre que duerme hace rato a su lado. Lo observa unos instantes, ahueca la almohada y piensa que, a estas alturas de la noche, ese hombre ya no le gusta tanto.
Absorta miraba por la ventana. El tema » feel goog » de Nina Simone gateaba desde la planta baja. La música acariciaba las lágrimas rosas de la lámpara, los espejos, el suelo de moqueta. Se respiraba lujo en su habitación con mobiliario estilo Luis XV. Ella, una mujer de mediana edad vestida con ropas caras, adornaba su cuello con un collar a juego con sus pendientes. El bullicio de la planta baja auguraba beneficios. Una de las chicas tocó la puerta. Ella amarró su chaqueta, sacó los ojos del atardecer. Con voz suave recibió al hombre que acompañaba a la chica. El hombre, delgado con unos zapatos panamá, tenía los mismos ojos negros que recordaba, como cuevas habitadas por murciélagos. Susurró su nombre: Gabriel. Un torrente de lágrimas inundó el lupanar… Faltaban las dos últimas páginas. Con un bolígrafo escribí el final. Gabriel cantó la canción de Nino bravo » porque te quiero y hasta el fin te querré». Ella le dijo que desafinaba.
Fin
A Eva, desde pequeña, le aseguraron que la vida era de color de rosa. Creció convencida de ello. Rodeada de caprichos, su voluntad era el único camino y el mundo giraba sobre su propio eje.
La vie en rose se tornó gris el día en que fueron a buscar al despacho a papá para meterlo entre rejas. Quedaba demostrado que sus caprichos de infancia se habían financiado con dinero público, y tuvo que devolver todo lo robado por papi, incluido el ático pintado de rosa que tan mono y acogedor le parecía.
Ese mismo año, la alerta rosa de un Predictor le informó de la llegada de Abel, la gran ilusión de su vida. Débil y enfermizo, tres años más tarde se cansó de luchar contra la rara dolencia que le acompañó en su corta existencia. El padre de la criatura, por no estar, no estuvo ni en el entierro.
El rosa se cruzó por última vez en su senda a los 46, en forma de lazo, tras una cita urgente con el oncólogo. Ese día supo que le quedaba una semana de vida, siendo optimistas.
Su última voluntad fue que nadie llevara rosas a su tumba.
Las palabras de amor, los gestos de complicidad, se convirtieron en ademanes de desprecio y en vocablos lacerantes que hacían sangrar mis heridas. Despedazó mi vida y me abandonó por un cutis terso.
También mi hijo voló lejos aprovechando el viento de la juventud, dejándome dolor y deudas.
La decepción y amargura, como polvo, se posa en todos los rincones de mi devastado hogar. Pero en mi corazón anida una ilusión, tener una hija. Con el miedo agazapado en mi esperanza, recorro las noches, amordazo mis sentimientos y busco sexo furtivo hasta quedar embarazada. Bajo la ducha froto la piel para quitarme el hedor de esos hombres a fermento y soledad.
Con todo mi cariño he preparado un dormitorio en tonos rosa. A los pies de la cama, excitada, abro el sobre con los resultados del análisis, pero el cromosoma Y provoca otra punzada más en mi sueño. Llorando, con el ánimo a punto de tirar la toalla, abro el cajón y dejo el papel junto a otros. Con mano trémula cojo el frasco de pastillas abortivas, no sé cuánto tiempo mi cuerpo podrá aguantar otro fracaso.
Recostado sobre la almohada, un osito rosado me sonríe.
Prometía ser un día de atardeceres rosas en el «finisterrae», pero se convirtió en un episodio surrealista como «Mujeres al borde de un ataque de nervios».
Quería mostrarles a mi hermana Pili y a sus amigas la mejor vista de Finisterre, desde el «Monte do Facho».
Pero nos equivocamos, emprendimos una ruta que sólo podrían culminar tractores y 4×4 y llegamos a un camino cortado, donde era imposible girar.
Con años de carnet y escasa práctica, mi hermana erró la maniobra. El coche quedó encajonado en un precipicio de 240 metros, un monte en pendiente y un metro para maniobrar, lleno de maleza inestable.
Pili, con las chanclas rotas, hacía giros imposibles; nosotras asíamos el auto por las puertas y lo empujábamos por el morro mientras le pedía «bájate, que un coche se puede comprar, pero una hermana no». Cristina, corría monte abajo, mientras gritaba: «un hombre, voy a buscar a un hombre» y Mar, repetía: «¿cómo nos hemos metido aquí?
Logramos girarlo pero una pendiente increíble, llena de piedras y baches, lo
hizo derrapar, aunque una camionera que contemplaba el ocaso, logró darle la vuelta.
Cuando finalmente llegamos al faro, entre risas nerviosas, solo acertamos
a decir: «Hemos sobrevivido».
Sucedió una noche lejana, en la tenue oscuridad de un local juvenil de ayuntamiento. José puso un casete de canciones lentas, se subió a su pedestal de guapo afrancesado y eligió a la más bella, a la más deseada. A la exuberante Rosa. Salieron a la pista de baile, y poco a poco se fueron formando otras parejas a su alrededor. Afuera las farolas de la plaza se encogían de frío, mientras en la sala sonaba Edith Piaf acariciando la cercana penumbra de sus hombros. Quand il me prend dans ses bras / Il me parle tout bas /Je vois la vie en rose— susurraba José en el oído de Rosa. Su mano ya exploraba más allá de la cintura. Apenas segundos más tarde, un estruendo repentino rompió la magia. Por entonces Alejandra y yo tratábamos de recuperar el aliento sin dejar de correr calle abajo. Nos escondimos bajo el puente a las afueras, junto al frescor del río. Apagamos nuestras risas en un primer beso cómplice y nervioso. José dejó de hablarnos. No fue nada personal. Es que nosotros éramos más de Mecano.
Ni siquiera se dio cuenta de cómo pasó de ser un viejo de piel arrugada, al que atendían en una cama de hospital, a sentir cómo su cuerpo, sus huesos, músculos y arterias recuperaban el esplendor de la juventud. Entonces supo que se le había concedido la recompensa del Paraíso, y que allí podría revivir, cuantas veces quisiera y con la misma emoción, cada instante de felicidad experimentado durante su estancia en la Tierra. Pero al mismo tiempo supo también que existía la posibilidad de elegir otro Paraíso, el de poder vivir esa vida que realmente le hubiera gustado tener y que no pudo o no se atrevió a disfrutar. No tuvo ninguna duda al hacer la elección, y ni siquiera se dio cuenta de cómo lloraba al sentir su pequeño cuerpo de piel sonrosada acogido entre los brazos de una matrona.
Intentar compartir tus aficiones con las personas queridas es algo maravilloso, aunque no siempre se consigue. Es más fácil compartir algo maravilloso entre desconocidos y descubrir a personas que serán queridas.
“¿Se llaman Fluido Rosa?” Cuando Eugenia, mi futura mujer, formuló esta pregunta estuve a punto de olvidarme de ella, pero le salvó el afirmar acto seguido “pues me gustan”. En realidad no amaba la música que a mí me tenía hechizado, pero intentaba complacerme, así como yo comencé a escuchar canciones de Silvio Rodríguez aunque antes ni hubiera imaginado tener sus discos en casa.
Ya se sabe, dos que duermen juntos…
En cambio con Vera, nuestra hija, todo fue muy diferente. Aborrecía mis gustos musicales. Estaba harta de escuchar a Pink Floyd y decía que era cosa de viejos estúpidos trasnochados. Yo tampoco soportaba a Rosalía, pero bueno, ahí estaba. Hemos discutido mucho, de música y de otras muchas cosas, sobre todo desde la puta muerte de Eugenia.
Pero perdono sus cabreos, siempre le perdono, y más desde aquel día en que llamaron a Vera al móvil y de melodía sonó “Wish you were here”.
Desde aquel día le adoro más.
A mi padre le tocó un 127 en la tómbola del pueblo. Nunca habíamos tenido fortuna en sorteos o loterías. No regresamos en autobús parando en cada población de la carretera serpenteante de la sierra, esta vez, volvimos a la ciudad en nuestro coche nuevo.
Desde ese día los vecinos nos miran tras las cortinas de sus ventanas, desde la puerta del bar o en la acera. Yo no sabía por qué, hasta que mi madre me dijo que no todos los colores gustan a la gente. No lo entendí, a mí me encanta la Pantera Rosa, no hay sábado por la tarde que no me siente frente al televisor, aunque la vea en blanco y negro.
Esta mañana mi padre, cansado de las habladurías del barrio, ha vuelto del trabajo con el coche pintado de blanco. Ahora ha perdido personalidad y pasa desapercibido aparcado en la calle. Además, acabo de cruzarme con la vecina del segundo y no me ha sonreído, como tenía por costumbre desde el verano pasado.
Cuando la sorprendimos, la pócima estaba en ebullición. La chiquilla se había colado a hurtadillas en mi departamento, y había mezclado savia del árbol de té con hojas de mandrágora machacadas y pétalos de rosa.
En mi afán porque no ahondase en su fechoría, le insté de viva voz que soltase inmediatamente el mejunje resultante, pero nuestra hija se asustó y dejó caer la poción sobre sus piernas.
Su instantánea pigmentación cutánea resultó inocua, pero abrumadoramente rosa.
Pasé varias noches en vela intentando arreglar el desaguisado, pero al desconocer las proporciones de la mezcla, la tarea resultó muy compleja.
Y pese a nuestros esfuerzos por evitarlo, alguien vio a la niña. Los rumores sobre las dudosas prácticas de un alquimista trastornado se extendieron rápidamente por todo el reino. Era cuestión de tiempo que la guardia real me detuviera para juzgarme por mala praxis.
Pero cuando hallé la receta del ungüento necesario para invertir la reacción, no solo me encontré con la negativa de la niña a volver a su anterior situación, sino que tras mi puerta guardaban cola, además de las hijas del rey, seis osos, diez unicornios, una pantera y cientos de aldeanos con insulsos sueños por colorear.
Nunca me ha gustado el color rosa. Quizá por eso, al quedarme embarazada, tenía preferencia por un niño. Porque, aunque a una niña yo no le compraría ropita rosa, seguro que los demás sí. Y la primera, mi madre.
Hoy teníamos la ecografía del tercer mes, donde quizá veríamos si es niño o niña. Como en la visita anterior, Santi la grababa con el móvil. ¡La de veces que hemos visto en casa esas primeras imágenes! Nos sorprende cómo se puede oir el latir de su corazón a pesar de ser del tamaño de un garbanzo. Es muy emocionante.
En el consultorio, la pantalla nos mostraba un embrión más formado esta vez, se distinguían la cabeza, los bracitos y piernas. Resulta increíble poder verlo así. Pero no había sonido. Ningún latido. La doctora le ha dicho a Santi que dejara de grabar…
Ahora, acabados de llegar a casa, mi madre nos trae un regalo: “¡Mira que patucos más monos! Estoy segura de que llevas una niña, ¿verdad?”. Son rosa.
Mientras delibera indecisa si pedirlo o no otra vez, la niña cierra los ojos, toma aire y se dispone a soplar las once velas de la tarta. Papá siempre responde a su llamada el día de su cumpleaños. Desde el terrible accidente no ha dejado de visitarla una sola vez. Se introduce por el filo de la ventana cuando todos duermen, le da un beso en la nuca –un aliento frío y dulcísimo estremece a la niña de emoción– y, tras depositar un ramillete de flores rosas en un vaso que ella ha colocado a escondidas en el alféizar, desaparece otros doce meses.
Este año, la niña no ha querido ya que le regalen más muñecas ni braguitas de Hello Kitty. De pronto, al contemplar las velas derretirse lentamente sobre la tarta, le llueven imágenes de lo fatigado, de lo cada vez más frágil que parece papá cuando regresa. Entonces abre los ojos y, con una punzada desgarrándole el estómago, desea esta vez que tenga un feliz descanso para siempre, al tiempo que apaga la última vela.
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