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-Cuando seas niña te regalarán una osita de peluche con un lazo rosa chicle como enseña.
-Cuando tú te conviertas en niño, cambiaremos cromos; te vendarán los ojos y latirá tu corazón con mil besos sin saber de quién.
-Cuando ya no seamos ni niñas ni niños, ceñidos a un tutú rosado, con nuestras piruetas, hipnotizáremos al mundo en una única danza, sin distinción de hombres y mujeres, regulando así, sin presencia de guerras mortíferas, el excedente humano.
Añoro las tardes otoñales de tormenta. Cuando la lluvia comenzaba sus juegos golpeando los cristales, deslizándose poco a poco, de la misma manera que mi mano acariciaba tu piel. Embriagada por ese aroma a tierra mojada, me quedaba atónita mirando al más allá, pensando en ti.
Viene a mi memoria aquella rebeca rosa que me ponía cuando comenzaba a refrescar y salía a tu encuentro. Entonces, solo deseaba sentir tus besos mientras nuestros cuerpos se empapaban de caricias.
Ahora, todo son recuerdos que mi mente va borrando, incluso tu nombre y el mío. Solo regresan al estallar ese trueno, que me despierta y me devuelve de nuevo a ti.
Cuando su peluquera de toda la vida le anunció que en unos meses se iba a jubilar, se alegró por ella; a base de cortar, teñir y confesar, se habían convertido en amigas. El tamaño de su cintura se había duplicado, al igual que el grosor de sus pantorrillas, y su sonrisa era imperceptible a estas alturas del matrimonio. Pero su peinado siempre había sido el mismo. A Juan no le gustaba que cambiara. Por primera vez pisó la calle sin saber qué rumbo coger. Vio escaparates nuevos, rostros desconocidos, letreros en otros idiomas y olores de otras culturas; antaño también la suya fue una intrusa. Unas risas llamaron su atención, procedían de un pequeño local lleno de mujeres latinas. Rulos, revistas, niños y ruido, mucho ruido. Titubeó un instante frente a la puerta, pero un torbellino de energía la acogió y la sentó frente a un espejo gastado. Aquello no le hubiera gustado a su marido, pero ya no podía opinar. Le había parecido escuchar sirenas, ya no iban a tardar, y el autobús salía en dos horas. Tiempo suficiente para que el tinte subiera y ella, desapareciera.
Se levanta rara, contradictoria. Cuando se acerca al espejo, observa cierto brote de conformismo durmiendo en sus ojos. Se detiene en su boca y descubre miríadas de besos y caricias por estrenar. Toma aire, lentamente, y como por arte de magia se desvanece la autómata que la tenía secuestrada. Después, apiña los sermones de su madre; los mandamientos de su padre; los malos humos de ambos y el repintado rosa chicle de su habitación —que lleva padeciendo desde su séptimo cumpleaños—, y tira de la cadena. Se borra de su grupo del wasap «Las parranderas». Pasa de sufrirlas cada finde tiradas en la calle y de sus botellones —que le están costando un ojo de la cara ya que solo bebe cocacola—. Queda con Fidel. Se lo dice sin tapujos. Que no le molan nada los ramos de rosas, que ella es más de macetas al sol, con su tierra y su aire. Que está harta de aparentar y fingir orgasmos. Que se muere de ganas por entrar en el bar de su calle; dirigirse a la barra. Y sorteando los dimes y diretes del personal llegar hasta Soraya, finalmente entregarle un corazón abrazado a los colores del arcoíris.
El señor Amor recoge los pinceles. Guarda el lienzo en un saco de tela y se cuelga el caballete a la espalda, como si fuera la mochila de un excursionista. Abandona el parque calle abajo con aire cansino. Arrastra los pies por el peso y la fatiga. Piensa en luces y colores mientras atraviesa la ciudad hasta su casa. Hoy se le ha hecho de noche. Quería tantear de qué manera incidía el púrpura del ocaso en unas Grandiflora recién plantadas por los jardineros del Ayuntamiento. Comprueba la tonalidad recién plasmada a la luz de las bombillas. Niega con la cabeza, contundente; tendrá que esperar hasta mañana para ver el verdadero resultado. Una cena ligera y se acuesta a descansar. Los años no perdonan. No dejará sin embargo de soñar con el rubor encendido en sus mejillas, con aquel colorete que pintó su primer beso, verdadero, espontáneo, imprevisto, en los labios aún inexplorados de Susana. Se levanta temprano y escudriña aceites y tinturas, trementinas y barnices a la luz debutante de la aurora. Y se marcha a recorrer otros parques, a buscar Polyanthas o Floribundas, Portland o Musgosas, hoy que todavía recuerda los caminos, para ganarle al olvido la partida.
Organiza reuniones de suicidas cada tarde alrededor de una mesa camilla y sirve café frío para uno. El solo hecho de acudir ya lo convierte en esquirol. Si se dan las condiciones idóneas de soledad, los recuerdos se ven en el horizonte de la memoria como una Fata Morgana que los estiliza hasta transformarlos en castillos de hadas donde habitan los fantasmas de su pasado. Llegados a un punto, las convenciones sociales se van atenuando. En silencio, una lluvia fina va calando el pueblo. Imagina un cadáver abandonado en algún lugar, a la intemperie, despojado de la necesidad de guarecerse. Se va empapando lentamente. No imagina otra forma mayor de libertad que la de ignorar aquello que te cubre y te humedece. No tener que huir, ni esconderse. A Manolo el agua lo inunda desde dentro. No hay paraguas, ni rama a la que agarrarse para evitar que la corriente lo arrastre con los troncos y el barro que bajan de los cerros, cada tarde, hasta que empieza su programa favorito.
Cada vez que ella intentaba enfadarse, él se reía y la llamaba dulce gatita, y le decía que nadie podría tomar nunca en serio aquellos ronroneos cascarrabias. Pero ya se había cansado de ser tan deliciosamente inofensiva. De esperarlo siempre, con la sonrisa y el cuerpo preparados, por si su marido decidía hacerle caso. Ahora había encontrado las cartas que él ni se había molestado en esconder. Primero el cortejo, luego la evocación detallada de sus encuentros. Finalmente, las burlas hacia la gatita fiel de quien no había que preocuparse.
Había decidido dejar de ronronear para siempre. Tenía ganas de rugir, de dar zarpazos confundida con la noche. Un chamán le vendió el conjuro que la convertiría en aquella pantera negra que contemplaba sus paseos por el zoo. Frente a la jaula empezó el ritual, siguiendo punto por punto las instrucciones. Pero no se dio cuenta de que en el momento preciso alguien cruzó por delante devorando un pastelito rosa.
Nunca falta una rosa en la mesita de noche de esa mujer. La razón es lo de menos, aniversarios, muestras de amor o regalos sorpresa hacen posible que la flor siempre tenga su reemplazo. Un día el hombre le compra una rosa que no se marchita. Es hermosa y colorida, pero ella echa de menos las otras rosas, las que la hacían estar pendiente cada día hasta que se les secaba el último aliento. Al mismo tiempo, no quiere que le regale más, pues no podría soportar ver como se estropean al lado de una rosa eterna. El amor de alguien que quiere y no quiere que le regalen rosas es un amor imposible. El hombre se abandona a la melancolía y pasa los días sin ser nadie, malgastando su existencia, incapaz de entender que como ocurre con las rosas, lo que le da valor a la vida es saber que con el tiempo se nos marchita.
Esperaba sentada en un banco con el libro en el regazo. Qué hacía allí. Mientras su mano rugosa acariciaba el pelo recién lavado el perfume de jazmín la serenó. Resonaron en sus oídos las bromas de los compañeros sobre una misteriosa cita. Quizá el otoño avanzaba y pronto oscurecería. Se imaginó a su madre advirtiéndole que no regresara tarde. Pasaba las hojas sin apenas mirarlas hasta que vio aparecer a una niña con un algodón de azúcar. La seguiría. Estaba segura de que esa nube ligeramente rosa la iba a guiar hasta su morada.
Son sus flores favoritas; le gustan las rosa palo. Y ÉL lo sabe. En otra época, su aroma, su belleza, su corto tiempo de vida, a ella le habían hecho sentir muy dichosa. Su abuela las había cultivado y siempre adornaron sus primaveras.
Nada que ver con el rosa intenso de sus mejillas.
La tarde callada y fría. El reloj de pared señalaba las 5. También él sintió miedo: esta vez su ira había ido demasiado lejos. Era como un torbellino que no le dejaba parar, que le giraba una y otra vez sin retorno. ¿Por qué se empeñaba en sacar lo peor de ÉL? ÉL la quería ; no podía vivir sin ella. Sintió miedo. Ya había encargado el ramo de flores que tanto le gustaba y todo volvería a la “normalidad”. Como otras veces.
Desde algún lugar lejano, ella siente que esta será su última primavera invernal. Pero piensa en aquella mujer que cuidó su infancia, que veló su adolescencia y que nunca se rindió. Y desde ese laberinto de la inconsciencia encuentra las fuerzas suficientes para escapar de su asfixiante existencia y distinguir una flor abriéndose camino entre las malas hierbas que pueblan su corazón ajado.
La niña lleva años ausente, pero Violeta, cada tanto, pinta de rosa su habitación. El rosa fue el color preferido de la niña hasta llegar a la adolescencia, cuando ella misma pintó las paredes de negro gótico. Violeta insiste en volver al rosa, pero cuando la pintura se va asentando, es absorbida por las antiguas capas. Da igual si usa rosa chillón, palo o fucsia. Lo ha probado todo. Al principio el rosa se torna violáceo, como si las paredes se cubriesen de moretones, y ella intuye que otra vez ese desgraciado…
Después, brotan algunas motas más oscuras y el rosa empieza a sucumbir sin remedio tras una capa de gris nublado, y Violeta adivina la tristeza de lágrimas no derramadas en la mirada de la niña, cuando superados los tonos morados, le hace alguna esporádica visita.
Cuando la niña la llama para contarle que será abuela, las paredes sufren una transformación inaudita. Los pasteles le ganan el pulso al negro. Pero poco antes de la esperada fecha, una mancha roja, empieza a deslizarse desde una esquina del techo hasta cubrirlo todo, incluso los muebles.
Violeta, aún antes de recibir la horrible noticia, ya ha pintado de blanco la habitación.
—Helado de pétalos de rosa —sugirió el camarero para sellar la velada.
Tanto ella como su paladar coincidieron en que el sabor del amor debía de ser muy parecido al del postre compartido. Antes de abandonar el restaurante, un precipitado oleaje apareció en el mar de su mirada. Los amantes desenfundaron reproches, resucitaron promesas incumplidas y el amor, que andaba saldando cuentas, abofeteó a ese ingrato después de alargar la mano hasta la americana y arrancar el botón mientras el ofendido hizo lo propio con el collar. Mucho antes de que pudiera girar la cabeza, aquella mujer ceñida en fucsia había cruzado la puerta de su vida para siempre. Él quedó mirando cómo las nacaradas perlas que habían saltado por los aires descendían como lluvia de luminosas esferitas chocando y rebotando contra el suelo, perdiéndose entre mil recovecos. Ella imaginó cada bolita estrellada como un golpe al sentimiento burlado, como una confidencia desamparada. Sin dejar de caminar, arrojó a la fuente el botón delator con la maraña de cabello apretada en él. Y su garganta, anudada con la amargura destilada por los pétalos de rosa, nunca estuvo tan cerca de comprender a qué sabía el amor.
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