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Con su nariz y sus mejillas rosáceas, de gente que empina el codo, se le solía ver a la esquina del colegio esperando a que salieran las niñas de babis rosas y mochilas Hello Kitty. Disfrutaba repartiendo caramelos de fresas, aunque ellas se reían de él. Lo que no sabía es que yo también vigilaba.
El día en que una alumna desapareció, era demasiado obvio que fuera el culpable, sin embargo, la policía no investigó más y se lo llevaron preso.
Yo sigo escondido cerca del colegio esperando a que otro incauto venga a repartir golosinas y caramelos de menta.
Desde mi divorcio, he aparcado hobbies e ilusiones. Simplemente, dejo la vida pasar.
Mi ex, se quedó en nuestra casa con los hijos, Elvis de 29 años y Eva de 22. Son mi chispa.
Ayer pasaron el finde conmigo. A veces, ya no sé dónde ir con ellos. Aún siguen empavados y son tan diferentes. Vaya pintas me llevan, y que cosas pasan por sus cabezas. Este mundo virtual, pixela el real.
¿O seré yo, que estoy hecho un carcamal?
Se me hace tarde!!!
Me ducho rapidísimo. Con las prisas me pongo la camiseta que tiene una guitarra eléctrica y unos pantalones algo ajustados que hacía tiempo no utilizaba, y peino mi tupé canoso.
Uffff !!!
Aún tengo quince minutos para desayunar tranquilamente.Al salir, en la escalera una vecina me saluda sonriente.
Por la calle, las personas se giran a mirarme haciendome un gesto de aprobación.-¿Que pasa hoy?
Entro en la oficina y todos me felicitan.
Imposible que sea la ropa.
Acelero el paso, y dejando atrás mi despacho, voy directo al baño.
Me miro al espejo y…
Joooooeeer!!!
Utilice el champú que se dejó Eva para teñirse el pelo de rosa.
Desde hoy, mi vida empezó a cambiar.
Los lunes son verdes y huelen a hierba fresca. Camino por aquellos prados agarrando la mano del abuelo que, con la otra, va señalando con el bastón los límites de la propiedad.
Los martes son amarillos como los lápices del colegio. Al principio dibujaba, como entonces, pero ahora, con su punta afilada, te escribo cartas.
Los miércoles son azules. Las instrucciones eran mirar el cielo y relajarme, pero yo prefiero perderme en tus ojos.
Los jueves son rojos y saben al tomate casero que, de pequeño, añadía a todas las comidas. A todas. No lo había vuelto a probar hasta ahora, pero ya no es igual. Pero, al final, levanto los ojos del plato, me centro en tus labios y me sonríes.
Los viernes son blancos. Poco a poco he aprendido a llenarlos de color y voy dejando huellas, dibujos y mensajes que nadie contesta.
Los sueños aquí están programados. Los sábados cierro los ojos y finjo estar dormido durante toda la noche. Las pastillas son rosas y huelen a ti. Hace meses que no me las tomo. Las he guardado todas hasta hoy. Volveremos a vernos.
Para mucha gente, lo más valioso es el dinero con el que poder comprar coches, lujosas joyas o modernas casas.
Pero para él, sus mayores tesoros en el mundo son las cosas que pasarían inadvertidas para cualquiera. Como un simple Post-it pegado en la puerta de la nevera con un sencillo “Buenos días” escrito y una marca de pinta labios de color rosa, su favorito, formando los labios carnosos de una mujer.
Una mujer, cuya luz, una mañana ya muy lejana, se apagó de golpe en una curva de la carretera de camino al trabajo, pero no se extinguió del todo. Fue dejando brillantes destellos de su paso indeleble por este mundo.
Ahora, solo vive en la mente atormentada de un hombre que se enfrenta a cada nuevo amanecer sumido en sus recuerdos y que se maldice a si mismo por no haberla acompañado en aquel, su último viaje ni tampoco tener el valor de reunirse con ella.
Porque intuye que cuando el ya no esté para recordar cada uno de sus gestos y su voz, desaparecerá para siempre como humo en el cielo dispersado por una ráfaga de viento.
Era la hora de la siesta y sus nietos le pedían a coro el cuento de un elefante rosado.
Encarna conocía muchos cuentos para niños, pero no de elefantes, y menos que fueran de color rosado; además, su pobre fantasía era un cazo desfondado con el que no podía atrapar las ideas y las palabras indispensables para dar forma a un relato.
Apenada ante la evidencia de que iba a defraudar a todas esas caritas que la miraban con ilusión, elevó al cielo una mirada suplicante y prometió que daría no importa qué por un elefante de color rosa.
Entonces la vio.
Con su abanico y su batería de aerosoles enfiló muy decidida hacia la pequeña nube: mullida, maleable, apropiada.
De riguroso rosa la encontraron tendida en la cama de su padre, fallecido apenas unas semanas atrás. Rosa, como ella, «mi rosa», como el padre proclamaba.
A él le mató la culpa, a ella fueron la soledad y la pérdida las que empujaron el bote de ansiolíticos hasta su estómago.
El cura se negó a que compartieran cama eternamente; él quedó en el camposanto, ella en un huerto en la otra punta de la ciudad. Nadie derramó rosas. Todos sabían. Todos callaron.
Ahí abajo una mesa de formica divide la habitación en dos territorios. En el lado de los que dan las noticias, un oncólogo. Al otro lado de esa aséptica frontera, los dos miembros de una pareja se miran asombrados, como si se reencontraran tras una larga ausencia. Jodie Foster viendo regresar a Richard Gere de la guerra en la que le habían matado, Sommer-nosequé se llamaba la película. Pero la mujer no se parece a Jodie Foster. Tiene un aire de familia, ¿una prima lejana? O quizás me recuerda a mi madre en blanco y negro. Él también me resulta familiar.
Cuando el doctor regurgita el diagnóstico, ella piensa en lo joven que parece. En lo difícil que debe ser aparentar serenidad, estar preparado para cualquier tipo de reacción. Luego mira al marido. Su cara es un poema. El pobre, con lo aprensivo que es. Sabe que, a partir de ahora, tendrá que ayudarle a sobrellevar lo que se les viene encima.
Me estoy quedando helada en esta esquina de techo, al lado del aire acondicionado. Regreso a mi cuerpo. Preparada para hablar de pronósticos y tratamientos. Y para pedir un lacito rosa, como primera medida profiláctica.
Labios de fresa, sabor de amooor…
Como un mantra, pertinaces e inoportunos, los versos de la canción danzan en su mente.
Pulpa de la fruta de la pasiónnn…
La tomaron hace rato por sorpresa y por mucho que lo intenta no logra ahora ahuyentar el recuerdo.
Labios de fresa, sabor de amooor…
Besos de fresa, caricias de arena, ilusiones de espuma, corales y sal.
Atrapada en la memoria que a traición resucitaron los viejos acordes, la nostalgia de otra vida invade su alma. Y la desesperanza asalta su corazón.
Tras el cristal de la ventana, Paula lo observa un momento. Comienzan a llegar los primeros invitados y Miguel está radiante: atento, risueño, feliz en su papel de perfecto anfitrión.
«¡Veinte años!», le escucha decir desde lejos, «¡parece mentira!».
«¡Veinte años!», repite ella. Y tampoco alcanza a creerlo.
¿Cuándo se les quebró el futuro? ¿Qué raro conjuro maldijo su amor?
Parpadea con fuerza apartando de un plumazo la sombra del dolor.
Disfraza de rosa el violeta que al borde del pómulo golpea su rostro y ensaya una sonrisa.
Sale al jardín.
«¡Feliz aniversario, amor!», exclama jactancioso Miguel al verla. Y sonríe. Y la besa.
Labios de fresa, sabor de amooor…
– Rosa… ¿rosae? -dije no muy convencido y todos en la clase no pararon de reírse hasta que la profesora Doña Rosa, que ya empezaba a ponerse roja como un tomate de la rabia, gritó sin contemplaciones:
– A escribirlo ahora mismo cien veces en la pizarra, con la tiza rosa y sin rechistar, faltaría más.
Ahora soy yo el que me rio con mi hija cuando recuerdo esos años en la escuela. Ella todavía no se lo cree, mientras hace sus deberes colgada de Internet y mirándome de reojo tararea la música de la Pantera Rosa, sin duda para fastidiarme.
No me lo niegues, este rosa también está pidiendo un beso a gritos. No te lo niego, pero esta vez, ensaya antes, que no se note tanto que va a ser el primero. Empieza por la respiración, un beso interrumpido por una mala gestión del intercambio gaseoso no es agradable. Sigue con los labios, si están fríos, muévelos hasta hacer que entren en calor, pero no te los muerdas, que se erosionan. Si están calientes, mejor, nada que hacer. Ahora proyecta la boca ligeramente, insisto, ligeramente: un exceso puede generar en tu rostro una mueca simiesca poco atractiva, y comienza a aproximarte al objetivo. Sin miedo. Por último, toma un ligero impulso, oriéntate, y con dulzura pero con decisión, proyecta los labios, entreabiertos o cerrados, en función del tipo de beso que desees, y goza. Disfruta también imaginando la sorpresa que se va a llevar esta mujer que lleva también los labios pintados de ese rosa, el rosa que pide a gritos un beso, si decide hacer lo mismo que tu psiquiatra, y te rechaza, cuando descubra que esta vez te has traído un navaja bien afilada para agradecérselo como es debido.
Mientras lo estoy preparando, me produce una intensa sensación de placer acariciar su suave, tersa y sonrosada piel de criatura recién nacida, solamente alimentada con la leche de su madre. Sus ojos abiertos me miran asustados pidiendo una imposible clemencia.
Miro luego a través del cristal. Su piel va adquiriendo un suave tono dorado a medida que se va tostando. Imagino las mollas de sus piernitas mantecosas, crujientes por fuera y tiernas y jugosas por dentro. Se me hace la boca agua sólo de pensarlo….
Cuando saco del horno la bandeja, un delicioso aroma se expande por la cocina.
El cochinillo asado está en su punto.
Los peucos, color rosa con citas de seda, descansaban en su caja transparente. Los ojos inundados de lágrimas de la madre los contemplaban desconsolados.
En la primera ecografía parecía una niña, se equivocaron.
-¿Que le pasa a mamá?,¿no le gusta las botitas rosa? -pregunto el pequeño de tres hermanos.
-El bebé de mamá será niño… «Los peucos de los niños son azules. -Termino aclarando el mayor de once años.
De madruga les despertó un ruido, fueron a ver que ocurría. Al llegar, sobre un charco de tinta azul claro, el pequeño sostenía una brocha y los patucos impregnados de azul.
Corrió abrazándose a su madre. -Mira mamá, ahora las botitas son azules, ya se las podrás poner al bebé y no estarás triste.
Mamá se arrodilló ante él, los demás la imitaron, sin importarles ponerse perdidos de tinta, los cinco, «bueno los seis», se fundieron en un abrazo estallando en risas, la felicidad de nuevo se instaló en casa.
En el talón de un peuco y la cinta del otro, quedaron unas manchas color rosa.
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