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Hacía tiempo que la pasión de la primavera dejó de anidar en sus días. La alegría ya no floreció más en su mirada cuando fue cubierta por la grisácea niebla que el olvido ancló en su memoria. Una tempestad de sentimientos anegó sus ganas de vivir. Todas las promesas quedaron sepultadas bajo un lodo de palabras huecas. Un páramo quebró su piel sedienta de caricias. Poco a poco, sus latidos se fueron apagando como el rumor de una tormenta de finales de estío.
Como por una lluvia ácida, su vida quedó marcada para siempre aquella mañana que acabó sola frente al altar.
Yo era Juanito, el hijo de los propietarios de Confecciones Luymar (Luis y María). En el taller trabajaba Adela, cuya hija Adelita, de mi misma edad, venía todas las tardes por allí. Nunca olvidaré el día de nuestra Primera Comunión. Dispuestos en filas separadas, niños y niñas ordenados por altura. Éramos los penúltimos. Me pasé toda la ceremonia admirando su precioso traje. Creo que a ella le pasó lo mismo con mi atuendo de marinero. Al día siguiente le propuse si quería ser mi novia. Me respondió enseguida que sí. Pero cuando se lo comunicamos a nuestros padres, no les hizo ninguna gracia.
Con el paso de los años, estudié Derecho. Ella iba a una academia de peluquería. He regentado un bufete de abogados con mi socio Martín, Juanymar, SL. Ella abrió su negocio con su amiga Marta, Peluquería Adeymar.
Y la vida ha querido que tanto tiempo después, viudo yo y separada ella coincidiéramos en el autobús en un viaje del Imserso. Juntos hemos recordado nuestra antigua amistad y de nuevo nos hemos prometido amor eterno. Pero cuando se lo hemos comunicado a nuestros hijos, no les ha hecho ninguna gracia.
Un miércoles más La Belle Marguerite, el único salón de belleza del pueblo, había recibido a doña Francisca Espinosa.
Mientras llenaba de rulos y horquillas aquella cabeza, que acababa de teñir de un negro imposible, la joven Margarita escuchó, aunque ya lo sabía, lo que la señora Paca había visto desde la ventana de su cocina y le quemaba por dentro en un bullir imperioso.
Famosa ventanita esa que, aunque diminuta, estaba estratégicamente colocada.
Henchida de orgullo relató que su Juan, el joven más apuesto y varonil del pueblo, pelaba la pava con una moza en su misma puerta. Lástima que no llegó a ver de quién se trataba. Ya lo notaba ella, su zagal andaba enamorao.
Segura de que su chico sabía elegir bien, “que para eso tie su educación y es bragao como debe ser un hombre”, estaba deseando saber quién sería la afortunada.
Margarita rociaba aquella inocente cabeza de ondulaciones perfectas, con un deje de pena por su clienta. Todo había salido bien, el secreto de Juan estaba a salvo.
– Marga, hija, ¡que me vas a intoxicar con tanta laca! Ay pobre. Niña lo siento, a ti siempre te gustó mi Juan, pero no puede ser…
Tan pronto asoma entre las nubes la rosada aurora, suena el despertador. Levántase Carmela, deja hechas las faenas y se dirige a la peluquería donde una moza de ágiles dedos tiñe, marca sus rizados cabellos y los cubre con un casco de refulgente laca que la protegerá en los combates inmediatos. Enfréntase primero al severo tutor de cuarto B y consigue clemencia para que su Javi, de ánimo inquieto, no sea expulsado otra vez del instituto. Dirígese más tarde a la tienda de Rosi, de tierno corazón, y con dulces palabras la persuade para que vuelva a venderle de fiado. Ya en casa, tras aderezar con esmero la grasienta carne y disponerla junto a una crátera de añejo vino y un habano que guarda desde la boda del hijo de su hermana, espera a su Antonio, que llega exhausto de sellar la cartilla del paro. Comparte el banquete con su esposo, lo conduce hasta el blando tálamo y, una vez satisfecho y reposado, comunica al de vivo genio que su niña, Purita, la de ojos de novilla, está de cinco meses.
A Olvido ya la frecuentaban desde hacía tiempo los descuidos y las omisiones. Pero tenía una manera poética de vivirlos. Confundía a menudo la laca con el ambientador. Utilizaba el aerosol con olor a frutos del bosque para fijar así los tres pelos que le quedaban; antes de poder atusarse, una nube de efluvios almibarados se desparramaban por su cuero cabelludo y se extraviaban en los rincones de la casa. Unos gnomos, escapados del bote ocupaban el sofá mientras devoraban las galletas de coco de la alacena. Otras veces cocía la sopa hasta convertirla en carbón. Los diablillos de los fuegos fatuos cercanos, acostumbrados a lo incandescente echaban chispas. La cocina: un festival de fuegos artificiales. Se dejaba abierto el grifo de la bañera durante horas. De unas cascadas suaves, que se formaban en el comedor, emergían los tritones, atraídos por el sonido mojado y chapoteaban felices en los rápidos. El agua bajaba a chorros por las escaleras del sótano. En un último despiste, perdonable, pero irreversible, abrió la ventana para dejar la leche en un estante de niebla y, de paso, encaminarse hacia el empedrado de cumulonimbos que se extendía hasta el horizonte.
Mi primera novia decía “contrimás”, y ni mucho menos era una inculta. Lo había dicho desde pequeña, explicaba, y se sentía incómoda hablando de otra manera. Yo, por pincharle, solía corregirla hasta que ella, sin ánimo de hacer gracia, protestaba advirtiendo que contrimás se lo dijera, peor.
De la segunda dudo haber sabido siquiera el verdadero nombre. Mentía ya por costumbre, creo yo. Resultaba difícil estar con ella sin pensarlo, mirarla y no preguntarse qué escondía dentro su linda cabecita. No imaginan cuánto puede llegar a doler un “te quiero”.
La tercera hablaba muy alto y sin miramientos. A mí eso por la calle o en los bares me daba igual, pero en sitios como el cine me mataba. Los casi quinientos espectadores que había en la sala aquella tarde no escucharon que Vader era padre de Skywalker, sino un atronador «¡¡Que no me calles más, hombre!!».
Siento recordarlas ahora por sus defectos y no por sus virtudes, que eran más y mayores, pues a todas las quise con locura, y si no me casé con ninguna fue porque las tres me fueron plantando en el mismísimo altar, malmetidas una por una, a última hora, por la cuarta y definitiva.
Ha llegado el gran día. Espera que se hagan realidad sus sueños. Antes lo ha intentado con otros, pero no se ha sentido cómoda con ninguno. Todos han acabado siendo un verdadero desastre. Con cada fracaso se ha ido hundiendo un poco más. Incluso, ha llegado a pensar que nunca lo encontraría.
Atrás quedarán horas de angustia, de dolorosa soledad y de incertidumbre. Está más segura que nunca de haber acertado en su elección. Puede cambiar su vida por completo. Si se despoja de complejos e inseguridades recobrará la confianza y la autoestima.
Para este momento tan crucial se ha puesto en manos de María, su peluquera de cabecera. Con las manos sobre el rostro se protege los ojos mientras su emoción late tan fuerte que le golpea en el pecho. Permite que la rocíe con una fina lluvia de confianza en aerosol y después, se atreve a mirar para descubrir el resultado en el espejo. Entonces, se le inundan los ojos de esperanza cuando se reconoce de nuevo en su reflejo, y sonríe satisfecha.
Recobra las fuerzas para seguir luchando al volver a ver cubierta de cabello su cabeza desnuda.
Somos amigas desde la infancia. Ella una gran ejecutiva, con muchos lujos, sin niños y un cutis ideal. Yo me dediqué a mi pasión, la peluquería, y me casé con él, el de toda la vida, mucho músculo y poco cerebro. Siempre acude a mí, no sé si por amistad, porque realmente le gusta o por pena. El otro día quiso un cambio de look radical, el corte, el color,… quería estar realmente guapa. Han pasado muchas cabezas por mis manos y sé lo que eso significa. Él acude con más frecuencia al gimnasio, y eso también sé lo que significa. Hoy viene, le he dado la última hora, le diré que estoy resfriada y que es muy contagioso, así podré usar la mascarilla. Siempre le gusta ir bien fijada en su peinado, seré generosa con la laca, calculo que el gas le hará efecto en un par de horas. Cuando el inspector me pregunte por mis últimas búsquedas en Google le diré la verdad, que tengo a medias un microrrelato en el que no acabo de encontrar la manera perfecta de matar a la protagonista.
Tras el entierro de mi amada una parálisis tibia y sorda invadió mi organismo, incapaz de distinguir entre gotas de lluvia o sorbos de licor. Yo había confiado en que ella, como el vuelo de un meteoro, nunca se habría de rendir al abrazo del sepulcro, pero todos los rincones de nuestra cámara nupcial jamás estrenada rememoraban la promesa hollada y la ausencia. Tiempo después, la altiva Blanca surgió en mi vida como una medusa entre ensueños de cocaína. Pienso que nació ya muerta, destinada a albergar en su envoltura perfecta el alma poderosa de mi añorada. Los preparativos de nuestra boda fueron profusos porque todo debía ser inalterable y estático. Pedí mucha laca para su cabello, y que no se olvidara una rociada sobre las flores que había tomado prestadas de la sepultura de su predecesora. Dicen que la cercanía de los ramos de cementerio propicia las visiones más sacrílegas. Escondido tras el biombo, reté a la maldición y vi a la novia antes de desposarla. Cuando la desdichada retiró las manos del rostro y afrontó con coquetería el espejo, me regocijé al reconocer los ojos profundos y oscuros de mi eterna Ligeia.
Paquita, la peluquera, le prometió que la dejaría guapísima. Y así se sentía ella después, única y especial, con su vestido y zapatos blancos, y su velo cobijando el moño mejor fijado, más engreído y espectacular que había pisado aquella iglesia. Dentro de él, la envidia de sus amigas: una larga, rubia y ensortijada mata de pelo.
A la mañana siguiente intentó peinarse, pero el cepillo desapareció en aquel vertido que anidaba en su cabeza. Vinieron a socorrerla; su madre, su tía, las vecinas del quinto, mas ninguna pudo devolverle su preciosa melena, convertida ahora en un amasijo de pelos ensopados en una sustancia traslúcida y pegajosa.
Se rindió de nuevo en las manos de Paquita.
Con cada tijeretazo le arrancaba las entrañas. Desolador ver sus lánguidos tirabuzones estrellarse contra las baldosas. Tardó años en superar el precio que tuvo que pagar por hacer su primera comunión… pero inexplicablemente y al tiempo que le crecía el cabello, empezó a desarrollársele un galopante y alopécico ateísmo.
En el estudio, los responsables del partido se impacientaban por el retraso acumulado y no dejaban de resoplar ante el parco aplomo del artista, que ultimaba la escultura delicadamente según el boceto que pintarrajeó su amigo Jaramillo en una servilleta de bar. Y tampoco desvelaría nada hasta el día de la solemne inauguración presidida por las más altas figuras del poder judicial.
Tras semanas de sonoros resoplidos y vanas injerencias, los responsables del partido, que, sin entender mucho, apenas vieron las sandalias de Themis, pudieron al fin descansar, aunque no por mucho tiempo.
— ¡Pero, qué…!
Ese fue el grito cuando, tras levantar por completo la tela que cubría a la Dama de la Justicia, jueces, fiscales y fuerzas vivas contemplaron a la diosa que, en lugar de una balanza, soportaba un yugo, y en vez de una venda, usaba sus propias manos para ocultar el horror de lo que veía. Eso sí, toda la figura resplandecía, como si la hubieran rociado con una pintura de oro.
Los responsables del partido, que antes se palpaban el bolsillo donde reposaban los excedentes del presupuesto, dejaron de hacerlo, quizás para no dar más pistas, y abobados, comenzaron a sonreír.
Lo habían rumoreado varias personas por el barrio. Nadie las había vuelto a ver, lo cual estimuló mi confianza. Costaba creer semejante locura, pero mi desesperación era tan honda que concerté una cita con aquella señora. Supo pormenorizar cada detalle con infinita delicadeza. Era un procedimiento costoso y yo seguía sin trabajo, pero aún conservaba algunas joyas de mi abuela. Solo debía señalar una fecha.
No tener ataduras familiares ni compromisos previos ofrecía infinitas posibilidades. Aunque prefería pronto, por si me asaltaba la tentación de desdecirme. Un lunes a medianoche me pareció un momento tan perfecto o extraño como cualquier otro. Noviembre, el mes idóneo para ciertas decisiones. Aquel día, cerré bien la casa y fui en autobús porque no quería dejar el coche abandonado.
Ella hablaba menos cálida que aquella primera vez. Era comprensible. Me preguntó por los documentos firmados y la carta. Se los entregué.
¿Sabe que debemos hacer ahora una grabación para…?
Lo sé. Pulse «REC».
¿Sabe que existe un 0,001% de probabilidad de que ocurra algún…?
Sí, me lo explicó.
¿Exime de toda responsabilidad a…?
Sí, eximo.
¿Asume que, una vez rociada, ya no podrá…?
Sí, lo asumo.
Muy bien, tranquila. Todo irá bien.
Cierre los ojos.
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