¿Te falta alguno de nuestros recopilatorios?
PREMIO A CURUXA 2024
PREMIO SENDERO EL AGUA 2024
***
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas


Indefectiblemente, cada viernes, a media tarde, recibimos el habitual ataque. Primero con la descarga furiosa de agua templada que provoca desbocados torrentes cuyo arrastre debemos evitar. En un principio pensamos que era cosa de la naturaleza, pero su repetición sistemática cada siete días nos llevó al convencimiento de que se trata de una acción premeditada y hostil. Afortunadamente, vivimos en un medio muy frondoso y podemos agarramos a troncos o tallos y esperar a que escampe. Antes de que desaparezcan los últimos riachuelos, llega la descarga química que nos cubre de una espesa espuma de la que nos protegemos aguantando la respiración. A continuación, otra lluvia torrencial, y de nuevo toca aferrarse a un plantón seguro. Tras las últimas gotas, el enemigo repite su estrategia de cada semana y provoca vientos de fuerza ciclópea con la intención inequívoca de expulsarnos del territorio por los aires. Por último, tratan de gasearnos. Una nube tóxica que entumece temporalmente fauna y flora se expande por nuestra selva; adheridos a la corteza aguantamos. Siempre sufrimos algunas bajas pero en la siguiente acometida ya somos muchos más. Así que no, no va a ser fácil acabar con nuestra prolífica comunidad de liendres y piojos.
En aquel barrio de casitas adosadas, habitado por un sinfín de jardineros especialistas en criar malvas, había gran devoción por la literatura negra. El día que llegó a la librería la primera obra de Manuel Menéndez Miranda, Black Is Black, fue tal la lista de espera que tuvieron que encargar miles de ejemplares más. Cuando llegó a manos de Hitchcock, vio el material perfecto para resucitar su serie de televisión. Pensó en un guionista que sintiera aquellos relatos como suyos y supo que acertaría si contrataba a Edgar Allan Poe. Como actores, se decidió por su favorito, Cary Grant, retirado hacía tiempo y al que ya convenció en vida para que volviera a ponerse ante una cámara, y por Grace Kelly, una rubia tan fría por fuera como caliente por dentro que, al fin, no le pondría la excusa de ser princesa. Ambos tenían peor aspecto que en sus días de gloria, mas, con una buena sesión de maquillaje y peluquería, lucirían perfectos para protagonizar todos los episodios. Tan solo le quedaba conseguir los derechos de autor, aunque confiaba en alcanzar un acuerdo razonable en el momento que el escritor lo viera aparecer acompañado de sus adorables e inseparables pájaros.
De todos es sabido, que no se debe fumar mientras se aplica laca del pelo a una radiante novia momentos antes de partir hacia el altar. Pero si, da la casualidad de que, además de su peluquera, resulta que también eres su dama de honor, mejor amiga y amante secreta de su futuro marido, no puedes evitar encenderte un cigarrillo para mitigar los nervios resultantes de ver como el amor de tu vida, se casa con otra delante de tus narices.
¡Y encima tu poniéndola guapa!
Entonces, los acontecimientos se precipitan y las palabras pronunciadas por la modista del novio, se tornan una funesta premonición.
― El traje negro lo aprovecharás. Lo mismo te sirve para una boda que para un funeral ―había dicho volviéndole a poner de nuevo los pantalones en el probador ―. Pero después de esto habrá que plancharlo.
Una nube de incertidumbre pulveriza su cabeza. No puede taparse los ojos ante la evidencia: es un golfo, adorable, pero golfo. Se ha engañado a sí misma diciéndose que conseguirá cambiarlo, aunque sabe que eso no está en su mano. Lo mira de nuevo, está tan guapo con su traje de novio, busca en sus ojos la confirmación de que la quiere de verdad y solo encuentra asombro y ansiedad. Los segundos se hacen eternos, todos esperan inquietos un sencillo monosílabo afirmativo, pero ella no se siente capaz de pronunciarlo.
La persiana está aún bajada y la habitación ya bulle como cada mañana. Un griterío de voces altisonantes, ahogadas y contradictorias resuena contra el techo invadiéndolo todo. Ella no quiere verlo, sentada en la cama con los ojos tapados, mientras se repite que debe ignorarlas digan lo que digan.
Son instantes eternos hasta la llegada de su madre que, después de un beso fugaz, ya ni siquiera pregunta si hoy también, y acciona el pulverizador que perfuma la alcoba con la fragancia dulzona de las peluquerías.
Una nube de minúsculos paracaidistas desciende con lentitud y atrapa, uno por uno, a todos los tenaces oradores que regresan así al interior de su cerebro, donde permanecerán callados a la espera de la medicación, ingrediente principal del desayuno.
Cuando estén listas, en el descansillo camino de la calle saludarán como todos los días a la atenta vecina, que ignora lo sucedido a tan escasa distancia de su puerta; y volverá a preguntarse en un susurro cada vez más audible, por qué la hija va siempre con esos pelos de loca.
Te tengo que decir que me entusiasma la idea de verte más feliz de lo que fuiste conmigo. Incluso que comenzaras a ser feliz mucho antes de abandonarme.
Yo era tu novio formal, pero de vez en cuando desaparecías de mi vida para buscar el riesgo en sórdidos tugurios y con gente de dudosa moralidad. Así conociste a un chico de mirada esquiva y brazos perforados por el que finalmente me dejaste.
Pero aquella aventura acabó. No acertabas a ver tu futuro junto a él, mendigando unas monedas en los semáforos.
Antes escondías tu rostro con capucha y ahora entras en la peluquería sin rubor. La peluquería era para ti un territorio desconocido y ahora es un lugar donde restauran pérdidas y levantan ruinas.
Te veo feliz, a pesar de sufrir el lento y minucioso ataque con spray de Rebeca, tu peluquera y mi actual novia, inteligente, educada, empática, de la que estoy muy enamorado. Desde que me abandonaste, solo he confiado en Rebeca para contar lo mucho que me hiciste sufrir en el pasado, sin caer en la cuenta que tiene como yo, un sentido muy radical de la venganza. Por eso creo que deberías cambiar de peluquería.
Cruzo hogares vacíos y locales cerrados.
Me dirijo a la única peluquería existente en mi silencioso pueblo, aunque debido a la proximidad de las fiestas Patronales, un cierto bullicio y alegría inunda, el ambiente.
Explico a Nuria como deseo ser peinada. Elijo cuidadosamente las palabras con la esperanza de que, por esta vez, me entenderá.
Ella asiente y sonríe malévola, dando comienzo al ritual: Lavado a toda velocidad, champú corrosivo y un kilo de laca espolvoreado por todo el recinto.
No quiero mirarme al espejo. Me cubro el rostro con las manos y alargo los minutos.
Regreso a casa. Me invade la frustración y ganas de llorar de mis dieciséis años.
Mañana, todas, luciremos los mismos cardados impregnados de toneladas de laca.
Enfurecida, me lavo el pelo ante los ojos atónitos de mamá.
Ella adora el «Spray», al que llama «Flip».
«Flip», para matar moscas y mosquitos.
«Flip», para engominar.
Reivindico, por primera vez, mi singularidad y dejo secar al aire mi cabello.
Así que, paradójicamente gracias a Nuria, comienzo mi positiva rebelión.
Por laca, que no quede
Día de boda, día de nervios. Todo tiene que estar perfecto. Laura super estresada, lleva toda la mañana en la peluquería, la boda es a las doce son las diez y desde las ocho que está en ella. Ya solo queda domar el flequillo, ese tan gracioso que él no deja de loar, diciendo lo bien que le sienta y lo risueña que le hace.
– Ponme la laca que haga falta y de la buena, que no se me mueva un centímetro.
– ¡Chica! Qué esto no es perfecto.
– Tú pon, no quiero quedar con la cara tapada por un flequillo alicaído.
– Como digas, pero luego no te quejes si `por la noche pinchas a alguien (Grandes risas)
– Eso es cosa mía (Más risas)
La laca cae generosa sobre su frente, en el preciso instante que su mano con las risas desprotege sus encendidos ojos.
Fue una lástima que no pudiera ver nada de su fantástica boda, pero le queda el recuerdo.
Según le fueron contando: El novio, padres, familiares, amigos e invitados todos, que no pararon de reír a la novia ciega.
La novia sonríe entusiasmada frente al espejo del tocador. Como muestra de aprecio, la familia de su prometido ha contratado una estilista profesional, dicen que la mejor, y su talento no defrauda. Ya se imagina en la iglesia: «Entro altiva por la puerta grande, los invitados lloran a mi paso y, delante del altar, soy el centro de atención». Solo falta un último retoque. La estilista le pide que se tape la cara con las manos para que pueda fijar el peinado y ella obedece, incluso cierra los ojos por si acaso escuece. No advierte que casi arruina el maquillaje. Tampoco sospecha que el bote de laca se ha convertido en una pistola con silenciador, ni sabe que es la novia de un soplón, aunque nadie olvidará lo hermosa que lucía en su funeral.
Desde muy pequeña Milagros quiso ser peluquera. Todo empezó la primera vez que acompañó a su madre a que le dieran el tinte. Quedó impresionada del ajetreo en el salón, de los grandes espejos, del olor a champú, a laca y de lo guapas que estaban las clientas cuando salían. Al principio practicó el corte de pelo con sus muñecas. Luego ensayó con sus amigas que se prestaban a que les hicieran todo tipos de peinados. El día que montó su propia peluquería ya tenía clientela asegurada. Pasaron los años y llegó el tedio, acabó aburrida de tanto pelo, su naturaleza inquieta le pedía cambio. Acostumbrada a oír lamentaciones tuvo una idea, reformó el local, puso una sala de espera y un despacho, quitó el antiguo letrero y en su lugar colocó una placa de metal donde figura:
Milagros Todoído
Psicoterapeuta
—Chica, Mariluz, vaya remolinos se te forman en la nuca. Se me ha acabado el bote de laca y no he conseguido domarlos.
—Pues abre otro. Que no se mueva un pelo en todo el día.
Mariluz se casa esta tarde y en vez de disfrutarlo se la nota de lo más estresada.
—No sabe una ni qué ropa ponerse —farfulla mientras ojea una revista de viajes.
—¿Qué? —se sorprende la peluquera—. Pues hija, el vestido de novia y por la noche el de cóctel.
—No, me refería —explica la joven, fijando su mirada en el cielo color aceituna— al viaje de bodas.
—¿Y a dónde vais?
—A mí me apetecía muchísimo ver las tormentas de arena en las Rías Baixas o las granizadas en las playas de Chiclana. ¡Para una vez que salgo de casa!
—¿Y no prefieres sol?
—Tú igual que Nacho, qué pesadez con pasar calor. Pues al final lo echamos a cara o cruz y ganó él. Nos vamos una semana al desierto de Pirineos. A ver cactus y escorpiones, mira tú qué plan. Ponme más laca en el flequillo, anda.
—No te deprimas, mujer, que igual hasta veis una aurora boreal.
Ella estira mis cabellos, tensándolos hacia atrás. Los recoge sobre mi nuca, convertidos en finísimas cuerdas, que sitiarán mis recuerdos impidiéndoles escapar. Me pide que cierre los ojos y con su mano de niebla rocía, alrededor de mi cabeza, ráfagas de memoria que rescata de algún extraño lugar. Me da un beso silencioso y permanece a mi lado mientras la nube de incienso mezcla ensueño y realidad.
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas









