Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

BLANCO Y NEGRO

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en BLANCO Y NEGRO

Bienvenid@s a ENTC 2025 ya estamos en nuestro 15º AÑO de concurso, y hemos dejado que sean nuestros participantes los que nos ofrezcan los temas inspiradores. En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto BLANCO Y NEGRO. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
30 DE DICIEMBRE

Relatos

28. ODIO LA RADIO (Purificación Rodríguez)

Odio la radio. Pero no los aparatos de madera antigua, de nacarados botones, cálido altavoz  y elegante dial. Odio el invento en sí.

Todo viene porque cuando mis amiguitos tenían en sus confortables casas, además de calefacción y buenos alimentos, una tele en el salón, yo andaba contando las monedicas guardadas en una botella secreta que me había costado mucho esfuerzo llenar. El día que entregué a mis padres aquellos ahorros que irían a cambiar por billetes en el banco supe que, por fin, yo también tendría la tele de la que no paraban de contar maravillas mis amigos.

Y llegó aquella tarde mágica en la que mi padre apareció con una enorme caja en la que ponía ‘Telefunken’. En apenas segundos la pelé de adhesivos y papeles, abrí la tapa de cartón del embalaje y…..allí estaba, con su brillante superficie negra esperando a que la sacaran de aquel cofre del tesoro.

Mi padre la extrajo entonces de su encierro y la depositó amorosamente en la mesita camilla preparada en el rincón del enchufe. Se volvió hacia nosotros y dijo, con una orgullosa sonrisa:

­­—“Es la mejor radio que han podido venderme en la tienda por el dinero que llevaba”.

 

27. INVOLUCIÓN

Estaba estudiando para los exámenes de febrero, con la compañía inseparable de la radio. Pero esta tarde-noche iba a ser diferente.
La muchacha, que había tenido un accidente, estudiaba con su pierna enyesada en alto, mientras escuchaba la votación a la investidura de Leopoldo Calvo Sotelo como presidente del Gobierno.
De repente empezaron a escucharse gritos y disparos. El locutor, que continuó emitiendo en tono quedo, afirmó que estaban entrando en el Congreso, guardias civiles armados.
Incrédula, y arrastrando su pierna lesionada, salió al pasillo acompañada de sus asustadas compañeras. En el Colegio Mayor, cercano a La Moncloa, convertido en un hervidero de idas y venidas, las estudiantes intentaron conseguir información sintonizando emisoras y la televisión, con la esperanza de averiguar lo que pasaba, mientras oían de fondo el ulular de sirenas.
Aquella larga noche, en la que se temió la instauración de un Gobierno Militar y la pérdida de libertades, la joven tenía otro miedo añadido.
Su madre llegaba desde La Coruña, ajena a aquellos acontecimientos, en un expreso casi vacío, ocupado por miembros de la Seguridad del Estado. Estos le ordenaron que se instalase en el Colegio Mayor a la espera de que se clarificara la situación política.

26. EL COLECCIONISTA (Petra Acero)

¡Hace un año que soy viejo! No a causa del lumbago —que ha logrado encorvarme con sus malas artes—, sino por mis sesiones de radio-terapia. En nuestra familia, la palabra ”radio” es sinónimo de viejo y achacoso: mi padre y mi abuelo envejecieron entre sesiones de radio.

No sabría precisar cuándo sentí el primer mordisco de este gusano emocional… Tal vez anidara en mí desde la infancia —larva latente esperando eclosionar por empatía hacia mis antepasados—. No sé, tal vez. El caso es que tras mi jubilación, algo raro revolvió mis tripas.

Pero, desde que realizo mis sesiones de radio-terapia, he vuelto a disfrutar de vida activa. Además, a estas alturas de mi “enfermedad hereditaria” —como la ha bautizado mi mujer—, estoy familiarizado con cada modelo: sus peculiaridades, posibilidades, deficiencias, extravagancias, avances técnicos… Incluso me siento capacitado para tasar algún que otro aparato —como si mis antecedentes familiares me avalaran—.

Solo hay un pequeño inconveniente que me entristece: no poder compartir estas sesiones con mi mujer o mis hijas. Pues, en nuestra familia, ninguna mujer ha coleccionado radios.

25. A todo volumen

—Apaga la radio, por favor —le pido a mi marido.

Acabo de llegar de la calle, cargada con la compra de la semana, y desde la entrada le veo tumbado en el sofá. Suspira y le oigo decir que soy una pesada, que ya está harto de tanta gilipollez.

—¿No crees que ya eres mayorcita para seguir jodiéndome la vida, con aquella historia de tu padre poniendo la radio a toda leche para zurrar a gusto a tu madre y que no les oyera nadie? ¡Chorradas!… Seguro que se lo estaban pasando de miedo y que tu madre era una escandalosa.

Ahora se ríe a carcajadas y no me oye ni me ve llegar porque estoy descalza, y que el sofá está de espalda a la entrada.

En la mano llevo un candelabro de plata, un regalo de cuando nos casamos; por fin va a ser útil, solo me queda subir el volumen de la radio.

24. La contraseña (María José Escudero)

Para llenar los huecos vacíos de sus vidas, él abrió una mercería en la avenida Principal y, en la trastienda, ella dispuso un pequeño taller de costura donde tres jóvenes aprendizas hilvanaban cortinas, alzaban dobladillos y bordaban sueños secretos sobre las esponjosas toallas llegadas de Portugal.
En el centro de la sala, acomodado entre bobinas de colores, un aparato de radio animaba las mañanas húmedas y ahuyentaba las tardes melancólicas. Y mientras la sintonía del parte triunfal de noticias se diluía con el monótono pedaleo de la máquina de coser, un murmullo vivaz de muchachas encubría suspiros y miradas furtivas.
Todos los jueves, después del Ángelus, un silencio cómplice invadía la tienda. Desde hacía algún tiempo, la más dulce y esmerada de las costureras recibía un mensaje a través de las ondas que le inflamaba el cuerpo y ruborizaba su conciencia: “Para Paquita, con adoración, de quien ella sabe”. Seguidamente sonaba una copla. Y, tras el mostrador, la yerma patrona arrullaba lencería y cavilaba recelosa porque todos los jueves, desde hacía algún tiempo, su formal esposo desaparecía. Luego regresaba despeinado y a deshora con hilos de pasión en la camisa y un beso de amor ribeteado en la boca.

23. Pelo natural

“Es un timo el crecepelo que anuncian por la radio. Ni siquiera brota pelusilla”, se dice mientras se pasa los dedos por la cabeza. Decepcionado, regresa a la farmacia.
—Este producto no funciona. Mire, continúo calvo como una canica —reprende a la farmacéutica y se lo devuelve.
La dependienta le propone cambiárselo por una nueva loción.
—Tome, llévese este crecepelo, es ecológico y totalmente efectivo.
El calvo, a regañadientes, coge la loción y vuelve a su casa. Tras la cena, se frota la crema por la cabeza y se acuesta.
Al alba, el canto de los pájaros y el zumbido de unas abejas lo despierta. Se despereza y nota como si respirase aire puro de la sierra. Entonces se mira en el espejo. Una sonrisa de oreja a oreja se dibuja en su rostro. Le ha brotado en la calva todo un frondoso vergel: hierba, bonsáis, flores de colores… Encantado con sus efectos, baja a la ferretería, compra unas tijeras podadoras y acude a la farmacia. Allí se corta el nomeolvides más bello de su cabeza y, eternamente agradecido, clava su rodilla en el suelo y le pide compromiso a la farmacéutica de las hermosas cataratas en sus ojos.

22. SU CANCIÓN (Yolanda Nava)

Un camión repta por la lengua de asfalto rendido al peso de su carga camino del sur mientras su conductor rumia añoranza pensando en su mujer. El familiar rostro, pegado al salpicadero, le sonríe desde su encierro circular.

“Es el último viaje” –se anima-, le espera la jubilación. Harán ese crucero que de tan soñado se ha convertido en quimera. El que planearon para las bodas de plata y harán realidad antes de llegar a las de oro.

A más de ochocientos kilómetros una mujer mira una foto de boda y suspira al escuchar en la radio anunciar una canción: “de un marinero enamorado, para una peluquera diez” -informa el locutor-  (al parecer no tienen la exclusiva), y se lamenta: ay Paquiño qué cosas tiene la vida… Se apresura a cambiar de emisora y a cerrar la maleta, dejando el esqueleto de  lágrimas huecas en la nota que coloca sobre la mesita de la izquierda, la  de él. En la calle, el claxon de un coche la reclama.

Paquiño detiene la ruleta del dial al escuchar una canción que llena sus ojos de unas lágrimas grandes y espesas, preñadas de nostalgia.

 

21. REC RIP (Modes Lobato Marcos)

«Cociné una docena de hadas al ajoarriero».

 

Así comenzaba la frase de aquel concurso radiofónico.

Y, aunque la luz de mi talento jamás atrajo musas preñadas de éxito, escribí el relato y lo envié.

Pero, a veces, los huesos del trébol te miran, sonríen y rozan tu alma.

Eso ocurrió la mañana de un lunes.

El móvil sonó, respondí y la voz más dulce de toda la Vía Láctea susurró que mi texto estaba en la terna final.

Horas después, trajeado de nervios y emoción, entré en antena.

Escuché las deliberaciones del jurado y el nombre del ganador.

Error, fue un inmenso error.

 

Por eso, meses más tarde, se pudren en sus tumbas.

Yo, rencoroso finalista, lo hago en mi celda.

 

20. La carcoma

El volumen de la radio está muy bajo, aunque su murmullo monocorde sirve para hacer compañía al enfermo que ocupa la mitad de la habitación del hospital en la que mi padre lleva apenas dos días.

Mi padre no puede entender lo que le pasa, sin haber fumado un cigarrillo en su vida. El otro hombre lleva viviendo casi sin hígado dos meses. Mi padre nunca ha estado enfermo, y ahora le han caído de golpe sus ochenta años. Su compañero de habitación, que además tiene demencia senil, se pasa las horas sentado en una silla, esperando. Mi padre se ha quedado sin fuerzas; conectado al oxígeno da cabezadas sin llegar a dormir más de una hora seguida. A veces, el paciente de al lado ensucia el pañal y llama a su madre con la regularidad de un metrónomo.

Por los pasillos dan largos paseos hombres de tez amarillenta que arrastran la percha del suero, y mujeres cubiertas con turbantes improvisados, aferradas al brazo de sus maridos o hijas. Todavía no he visto a ningún niño. Creo que no podría soportarlo.

La radio sube de volumen. Una musiquilla pegadiza introduce las cuñas publicitarias. Nos anuncian todo lo que podemos comprar.

19. Suerte inesperada.

El 22 de diciembre llegó y “Juancho”, como era conocido popularmente en el pueblo, se dirigía a su puesto de trabajo como un día más.

Puso en marcha la mesa de sonido, abrió el micrófono y se dispuso a contar las noticias locales desde la pequeña emisora mientras de fondo escuchaba el incesante canto de los niños de San Ildefonso.

Pero este año, había olvidado el ritual que siempre realizaba antes de abrir las ondas al pueblo: Sobre la mesa de sonido colocaba los décimos, a su lado derecho siempre San Pancracio. En su cuello, la pata de conejo y en la puerta, la herradura de la burra del abuelo. Y aún así nunca había conseguido un premio.

Mientras describía el recorrido de la próxima Cabalgata de Reyes, se percató de que había salido el primer premio al escuchar “4.000.000 millones de euros” casi en susurros.

19877– Repetían una y otra vez.

Con serenidad sacó del bolsillo y buscó entre los 33 décimos y allí estaba, él 19877.

Juancho informó al pueblo su suerte y donde gastaría el premio.

Una nueva emisora para la localidad, la emisora que os merecéis y la que vuestro ayuntamiento olvida. – Dijo emocionado.

 

 

 

18. LA VOZ DEL RÉGIMEN (Salvador Esteve)

Corazón y garganta se unificaban, su pasión se volvía éxtasis cuando cantaba ópera.

Ensayaba cuando los soldados entraron y entre empujones e insultos escupieron la sentencia; el judío no era digno de cantar, ofendía los oídos arios.

Pero el régimen sabía del poder creciente de la radio como instrumento publicitario y de adoctrinamiento, y esa voz les podía ser útil.  Fue obligado a radiar las arengas propagandísticas bajo amenazas contra él y su familia.

“Si creéis que vuestros padres, amigos o vecinos son judíos, fermento de rebelión de los pueblos,  ¡denunciadles!”

Con la voz encarcelada, sin alma, se consolaba observando a su familia segura, pero la mirada comprensiva de su mujer estaba vacía, y el brillo en los ojos de sus hijos había muerto dando paso a la decepción, no pudo más.  Ocultó a su familia en lugar seguro y se dirigió a la emisora.  Ensanchó sus pulmones, liberó su espíritu y cantó.

Cantó a la igualdad, a la libertad, a la tolerancia.

Cantó por sus hermanos y por sus enemigos.

Cantó por un futuro sin odio, sin rencor.

Cantó por la victoria…

Una ráfaga de disparos acalló su voz.

Mientras, en un refugio, ojos preñados de orgullo rompían aguas.

17. Cartas en el aire (Eva García)

“Estimada señora Francis: tengo quince años y me gustaría saber escribir para poder pedirle consejo, pero nunca me llevaron a la escuela.”
Berta termina de escurrir las sábanas y la camisa blanca de los domingos entre náuseas.
“Todas las tardes, mientras ordeño las vacas, escucho su consultorio en la radio que me regaló Don Raimundo al marcharse de la aldea.”
El retumbar furioso del hacha de su padre cortando leña trata de ahogar los alaridos que salen de la cuadra.
“Doña Elena, no sé si he hecho bien. Desde la noche en que las ánimas se llevaron al pequeño Pablo, madre ya no es mi madre y padre ha dejado de ser mi padre: solo piensa en regalarle otro bebé.”
La niña se acerca al rincón donde ella está encadenada para que no se tire al pozo y acaricia sus cabellos blancos para tranquilizarla: hoy tiene un mal día.
“Estoy deseando decirles que pronto llegará uno. Ojalá no sea un engendro, para que mamá vuelva a tener ganas de vivir y papá no se avergüence de mí. Un afectuoso saludo, B.”
Berta fantasea con que aquella voz pronuncia las palabras deseadas:
“Mi querida y valiente B.: has hecho lo correcto.”

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