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Holmes, ya anciano, sabía que su muerte estaba próxima; la abrazaría aliviado. Encargó la lápida y su epitafio. Por primera vez en su vida la naturaleza de la maldad escapaba a su raciocinio.
Lo encontraron muerto, envenenado, la pipa seguía en la comisura de sus labios. Rescataron su cuerpo mientras las llamas devoraban la casa y sus recuerdos. La policía buscó entre sus enemigos; unos ya habían cumplido condena, otros, como el profesor Moriarty, nunca fueron detenidos.
†
EN MI VIDA
DE AMOR Y AMISTAD HE GOZADO
NO TENGO MIEDO
LA SEGURIDAD DE QUE POLVO SOMOS CONVIVE CON LA INMORTALIDAD
LAS LÁGRIMAS DE DIOS RESARCIRÁN MI MUERTE
Ante la tumba, su sobrino lloraba. Le había admirado intentando aprender sus técnicas deductivas. La última frase golpeaba su mente.
Dos días después las nubes presagiaban lluvia. Volvió y, observando el epitafio, esperó. Cuando cayeron las primeras gotas las letras empezaron a difuminarse.
†
EN MI VIDA
DE AMOR Y AMISTAD HE GOZADO
NO TENGO MIEDO
LA SEGURIDAD DE QUE POLVO SOMOS CONVIVE CON LA INMORTALIDAD
LAS LÁGRIMAS DE DIOS RESARCIRÁN MI MUERTE
Watson bebía una copa de brandy confiado, por fin liberado de ese yugo que le había aplastado toda su vida.
Hubo un tiempo interminable en el que el viento helaba las lápidas y azotaba con fuerza las losas sempiternas y desgajadas por el tiempo. Aromas marchitos que se confundían con textos y que pretendían contar una vida que ya estaba exánime y borrada en el polvo de sus escasos restos. Palabras que se grabaron a fuego o fueron pegadas con la inocencia de saberse eternas, sin pensar que la lluvia o las primeras tormentas cobraban una violencia especial en ellas.
Cuando la soledad se hacía presente en las sombras, los fuegos fatuos rompían el silencio, y de manera prudente bailaban alrededor de las tumbas sin turbar el sueño de quienes aun no se creían muertos. Leían los epitafios que más les divertían o los últimos en llegar a su Tierra Santa. Elegías de lamento, aforismos memorables creados en un momento lírico de sentimiento, esculturas rubricadas con palabras:“Recuérdame cuando pases a mi lado”…Hacían de ello todo un juego macabro.
En los primeros albores del día se escondían, y tras su letargo llegaba la vida con forma de flores y llanto para cada una de esas ánimas con un nombre y un pasado.
Quizás solo sea una leyenda antigua…
Arrancaba con todo, una energía vital combinando elementos que por separado ya constituían en si suficiente poder para no caer en las fauces de desánimo. Era espectáculo vivo, con ella al fin del mundo exclamaban hasta los menos atrevidos. Por eso, a su alrededor no había más que acción y logros, una cadena de ellos imposible de evadir.
Por el flanco derecho intentaban debilitarla, por el izquierdo los nuevos obstáculos auspiciaban otras dificultades. De frente, el camino parecía limpio, no más lejos de la realidad. Por detrás, la envidia rugía de rabia con los dientes bien afilados. Tenía que mirar atentamente por donde pisar, haciéndolo de reojo hacía arriba por si el peligro le venía de ese lado.
Sin coraza, a cuerpo entero y mente abierta, la disciplina de la bondad y el único reclamo de la confianza.
Se convirtió más tarde en leyenda hasta allende de las fronteras, en tertulias y cualquier rincón, grabado en escritos y el tiempo no logra borrar su legado. Lo ve desde entonces abajo en los infiernos, donde fue a parar todavía joven el día que se creyó inmortal. Y desde arriba, la siguen recordando como un ángel.
El señor Cándido era picapedrero y cada mañana emprendía el camino hacia la cantera a lomos de su burra.
Mientras picaba la piedra bajo el sol ardiente soñaba y, por la noche, después de cenar un guiso de patatas, escribía versos en un viejo cuaderno a la vez que atusaba su bigote.
El señor Cándido tenía una habilidad innata para escribir epitafios y todos sus paisanos le solicitaban cuando la muerte visitaba sus hogares. Él, muy serio les pedía que hablaran unos minutos sobre el difunto. Entretanto, él escuchaba y miraba directamente a los ojos del intermediario.
Además de crear los versos, el señor Cándido los esculpía con su cincel sobre la losa. Entrar en el cementerio era como abrir un libro de poemas.
Un día enfermó el artista y no pudo volver a la cantera, sin embargo, no le abandonaron sus musas y siguió esculpiendo con frases el alma de sus vecinos.
Una noche de luna nueva murió el Señor Cándido y la oscuridad y la tristeza se adueñaron del cementerio. Cuenta la leyenda que desde entonces las lápidas dejaron de llevar epitafios y solo una cruz impersonal y una fecha venían a romper la homogeneidad de la roca.
María tenía el miedo reflejado en su rostro, el mismo temor que recorría incansable el pavimento y concreto de la ciudad fantasma. Aquel hombre le recordó su época de adolescente, cuando los límites del beso y abrazo sucumbían al calor de los cuerpos jóvenes. En esos primitivos encuentros no hay racionalidad, cuando la mente sucumbe al deseo más puro de la piel. No dudó en ningún momento y contra todas las previsiones que la habían mantenido con vida, simplemente se dejó llevar a ese edificio abandonado. Busco refugio en el interior del derruido departamento, no había muebles, solo un silencio y una oscuridad inmutable. Las sombras del atardecer se desvanecían en el suelo, mientras las paredes se mantenían lóbregas y expectantes. Él huyó dejándola en una indefensión física y moral completa. No lo culpaba, en su lugar habría hecho lo mismo. Pero el cansancio la había vencido, por lo que aquella tarde, no regresaría a casa para esconderse ni un día más. Dentro de esa habitación, una sombra descendía lentamente y sin ningún grito o queja, así estaba escrito en su epitafio: “Ella se abandonó pacíficamente a la inevitable muerte”.
Comenzó a dar vueltas por el desolador lugar, extrañada de encontrarse allí tan tarde, tan sola. Se sorprendió de no sentir miedo. La luna llena y la luz proveniente de las farolas situadas a la entrada de la cancela le permitían ir leyendo las inscripciones de los distintos «apartamentos» : «Juan Luis Gutiérrez Pérez 80 años (1930-2010) – Tu adorada esposa e hijos no te olvidan» Le vino a la mente un antiguo cuaderno escolar de ciencias naturales en el que archivaba diversas muestras de plantas en sendos recuadros con su nombre científico bajo cada una de las especies, y sonrió despectivamente. En ese momento sus ojos vacíos advirtieron una inscripción que la hizo despertar:
«Ana María Gónzalez Prieto. (1985-Ayer)»
Cuando franqueó la verja por primera vez la sorprendió gratamente la paz y el silencio que reinaban. Le gustaba lo que veía y oía a su alrededor, los cipreses que se elevaban hacia el cielo, las flores que adornaban las tumbas, el sendero de gravilla limpio de hierbajos, perfectamente trazado, y el trinar de los pájaros, que revoloteaban de árbol en árbol. Cada semana solía acompañar a su madre al cementerio y enseguida aprendió el camino hacia la tumba. Mientras la mujer limpiaba la losa y cambiaba las flores del jarrón, la niña jugueteaba entre los panteones.
— Nena, no te alejes, enseguida nos iremos.
A menudo se encontraba con una anciana, vestida de negro, reclinada ante una sepultura. En la lápida se podía ver el retrato de un joven soldado custodiado por un ángel doliente. Bajo la foto, un nombre, una fecha y un simple D.E.P. La niña se acercaba a ella, la saludaba amablemente, y la señora le devolvía una sonrisa.
Cuando la madre acababa su cometido llamaba a la cría:
— Nena, nos vamos, despídete de tu hermanita.
La niña, entonces, depositaba un beso en el frío mármol.
— Hasta la semana que viene, Olga.
En la piedra requemada, aún se lee:
«Aquí yace el ave Fénix,
muerta por fuego
y presta a renacer de sus cenizas
cada quinientos años.
Celebrando su vida luminosa,
la lloran sus deudos:
Heródoto,
Plinio el Viejo,
y Epifanio de Salamina.»
El cuerpo de Abu descansa junto a la orilla. La arena tibia de Kos acaricia la piel tersa de su rostro infantil. Aquellos ojos negros, entreabiertos, ya no advierten el resplandor que el alba deposita cada amanecer sobre la cúspide de las olas que hoy mueren junto a él.
Abu abandonó Baijí cuando el terror destruyó su barrio y la sinrazón violó a su madre antes de degollarla.
Su padre y él huyeron en busca de libertad.
Abu solo tenía cuatro años. Ahora el agua cristalina y cálida de finales del verano se recrea al libre albedrío bajo su cuerpecito inerme.
Desde la distancia el fotógrafo roba su instantánea, mientras un redactor aguarda ansioso tenerla en la pantalla del ordenador para adjudicarle el titular.
Tal vez: EL DRAMA QUE AVERGÜENZA A EUROPA.
Manolón, el enterrador, goza de buena memoria pese a sus limitadas luces, de ahí que reconociera a Antonio en cuanto llegó al camposanto. De forma algo enigmática dijo que le esperaba para llevarle con Julián.
Antonio y Julián compartieron un carácter solitario. Ambos preferían, desde jovencitos, dedicarse al ajedrez en lugar de jugar al balón o tontear con chicas. Manolón era testigo de sus duelos, asistía admirado a esa batalla de intelectos tan lejos del suyo.
Desde que Antonio aprobó la oposición no había regresado al pueblo, pero continuaron sus partidas a través del teléfono, todas menos la última, interrumpida por la enfermedad de Julián, que le llevó a la tumba.
Julián había encargado su propio epitafio, dedicado al compañero inseparable: “Gracias por tu compañía constante”. También dejó apalabrado, con una generosa propina, el golpe letal de la pala de Manolón, la misma con la que el sepulturero cubrió de tierra el cuerpo de Antonio, tras empujarle dentro del hueco de la tumba contigua.
Muchos aseguran haber visto a los dos amigos al atardecer, enfrascados en esa partida perpetua bajo los cipreses, ya se encarga Manolón de alimentar la leyenda, cuando cuenta que él, como siempre, los contempla.
BAJO LA LUNA LLENA
ENTRE LAS PÁGINAS
TRAS LA BATALLA
EN EL LABERINTO
EN AQUEL HOTEL DE CARRETERA AQUÍ EN EL CAMAROTE 115 DEL TITANIC
AQUELLA PELÍCULA DE LOS 70 JAMÁS ESTARÉ TRAS SU RASTRO POR LA NIEVE
EN LA ISLA DE LAS MUJERES SOLO EN LA FIESTA DE MÁSCARAS
TRAS LAS CAMPANADAS
BAJO LA TORMENTA
SANTA TERESA
MONSTRUOS
BICICLETAS
CAÑONES
MY WAY
EPITAFIO
Claire se sentó frente a aquellos hombres. Ella había encontrado el cuerpo y la carta. Ellos ya bebían. Empezó a leer. “Nunca dejé de amar a ningún hombre. Nunca desconfiaste de mí porque mi amor por ti siempre fue sincero. Nunca he dejado de hacer el amor contigo. Tu olor, tu sabor y tu voz está en mi memoria. Míralos a tu alrededor, todos forman parte de mí. No puedo sino conservarlos, necesito una parte de cada uno. Tu ligera sonrisa, su andar apresurado, los besos de él, tu culo y las manos de mi marido. Ahora que todos estáis delante de quien en realidad soy, espero que podáis entenderlo y no odiarme por haberos compartido en esta vida”.
Se miraron entre ellos. La carta seguía, pero sólo para Claire “Claire, tú entenderás entonces que debes hacerlo. Tráelos a todos a casa cuando me encuentres. Siempre me he enamorado del mismo hombre, una y otra vez. Todos son truhanes y tahúres. Dales whisky. Los sigo necesitando.Encuentra un lugar amplio, con vistas al mar y al desierto, seremos muy felices allí”.
Claire supo qué debía poner en los vasos y en el epitafio de su hermana.
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