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La calva del profesor de dibujo era la diana perfecta para lanzar sobre ella trozos de papel mojados con saliva. Las pequeñas bolas se quedaban pegadas e iban resbalando hasta el cuello antes de que el escuálido profesor se diera, pausadamente, la vuelta. Así ganábamos tiempo para guardar nuestros cañones debajo de la mesa. .- ¿Quién ha sido?.- Preguntaba, sabiendo que no iba a tener respuesta. 40 ojos grandes le observaban, ocultando risas e imaginando el momento del siguiente cañonazo. Sólo lanzábamos nuestra munición sobre ese hombre enjuto que nos tenía un miedo letal. Pronto le dispararíamos las balas de papel directamente a la cara. Su miedo nos resultaba, entonces, enormemente atractivo. Al profesor lo atropelló un coche a la salida del Instituto. Fue una gran pérdida. No pudimos volver a usar toda nuestra munición.
Al alba comienzan a bullir nerviosas las aguas del Tigris, como presagia la estela polvorienta del rey sabio. El bramido de la ignorancia araña la muralla de Nínive, leona del antiguo reino, y resquebraja cruelmente el adobe que da cuerpo al zigurat. Como escarabajos perniciosos, levantando polvo de siglos, han llegado excavadoras y marionetas del integrismo. Al oír el rugido de espanto de los toros alados de cabeza humana, Asurbanipal detiene su paseo en los jardines colgantes y agita sus rizos encolerizado. Filas incontables de arqueros descienden de los bajorrelieves y mueren de metralla. Los ríos de sangre alborotan los huesos del arqueólogo británico, enterrado bajo la palmera que él mismo eligió, y convocan a las almas del valeroso regimiento de la Reina Victoria, que disponen prontamente sus cañones contra los atacantes. Hombres, huesos, mitos y espíritus se encuentran y se miran cara a cara a través de la historia. Es entonces cuando la fiera herida lanza su zarpazo. Los fanáticos barbudos caen postrados a sus pies y huyen odiando su propio odio. Llega la tarde y el silencio, que amansan las limpias aguas donde la leona lame sus llagas. Sabe que ha ganado una batalla, pero no la guerra.
El mirlo se posa en la boca del cañón y rasga el opresivo silencio con su aflautado canto. Desde ese lugar privilegiado otea, indiferente, el campo de batalla. Solo le interesa marcar su territorio e iniciar el cortejo para conquistar a su futura compañera.
En el horizonte, un festín de colores amarillos, anaranjados y rojizos destierra a la gélida luz de la luna, y los miles de bultos plateados van definiéndose en cuerpos desmembrados, en anónimos soldados con posturas grotescas, como títeres a los que se ha dejado caer cortándoles los hilos, en caballos con las extremidades rígidas y múltiples bayonetazos.
Desde las paredes rocosas, los buitres agudizan la vista en busca de alimento para sus exigentes polluelos. A medida que avanza la mañana, el círculo de aves carroñeras que sobrevuela la planicie va agrandándose.
Mientras, a muchos kilómetros de allí, preparan otro gran banquete para celebrar la victoria, y la historia va haciendo un hueco de honor al joven general, al que inmortalizará como uno de los grandes genios militares de todos los tiempos.
Cuando le hice notar al director que los cañones tienen alma, me miró condescendiente. “No me refiero al hueco de la caña”, le aclaré, “sino a un principio dinámico, a un espíritu como el suyo o el mío.” Y aunque su mirada se tornó inquisitiva, esa noche me permitió dormir en el interior del cañón. A la mañana siguiente me negué a salir y le comuniqué mi deseo de pasar el resto de mi vida en el alma de Berta. Durante semanas intentó disuadirme, pero todo cambió en cuanto los medios se hicieron eco de las hazañas del mejor hombre bala del mundo. Ahora apenas si saco la cabeza por el bocal para asistir al homenaje de pueblos y ciudades, preocupado únicamente por que se cumplan mis indicaciones sobre la potencia de los cartuchos de pólvora. Me complace sentirlos bajo mis plantas y adivinar cómo ceban la carga, saberme envuelto en el alma de Berta y salir despedido entre ovaciones de admiración. Voy preparando así el número definitivo: la entrega amorosa de mi cuerpo, hecho jirones de estrella fugaz, hojas de palma resplandeciente.
Fue todo un escándalo. A mi compañero de gabinete le acusaron de expolio ¡Y la denuncia la había interpuesto el gobierno belga! Angustiado repetía que la pieza de artillería de ocho libras había aparecido en las obras de construcción de una piscina en la casa de sus padres.
Nadie le creyó, aunque yo sabía que era cierto.
Cándido fue contratado hace tres meses en el Centro después de un apasionante año de investigación para una novísima universidad castellana. Pudo disfrutar en profundidad de los “Archives Nationales” en Fonteneblau, del “Musée National Napoleónico” en Château Malmaison o del pequeño “Musée Wellington” en Waterloo.
Cordial e infatigable, en el día a día era minucioso en la búsqueda y exquisito en el tratamiento del dato. Siempre encontraba el documento preciso. Parecía un hombre en continuo estado de gracia.
Pero había algo más.
En muchas ocasiones pude observar como aparecían entre sus dedos, sin control y de la nada, pliegos y legajos. Y que mientras el miraba su cuaderno de notas las referencias emergían solas en el papel de forma inexplicable.
Hoy, antes de dejarnos, Cándido Martínez corregía sus datos: los cañones que mandaba el Teniente General Thomas Picton eran 92 y no 91.
Ya no escucha el general más que la desbandada de sus tropas; no ve más que el pillaje de los pueblos que dejan atrás; no huele sino la pólvora mojada de su exánime artillería; se palpa la casaca impoluta y nota que ni siquiera está manchada de sangre. Su boca le trae el amargo despertar de un sueño desmoronado.
—Bonjour, mon général —le dice una voz desconocida con acento extranjero, y es entonces cuando piensa que no habría debido dejarse llamar majesté.
Su convicción le impide aceptar que aquella alianza vencedora vaya a traerle al continente nada mejor que su imperio, pero su razón lo lleva a reconocer la derrota en buena lid.
—¿Cree que ha sido por una causa justa —acaba dirigiéndose a su carcelero— o me equivoqué pensando que la razón estaba de mi lado? ¿Acaso los que vengan van a ser mejores que yo?
No recibe respuesta alguna y, como sus callados cañones, se repliega y se deja arrastrar al exilio.
Saluda una vez más al público antes de dejarse engullir por la boca del cañón. FiuuuFiuuu. El proyectil humano, embutido en un disfraz de superhéroe desconocido, se santigua entonces con devoción porque nadie puede verle. Tachánnnn. Un payaso de cara triste acciona el dispositivo. El lanzamiento se realiza con éxito. Humo de pólvora que huele a chamusquina. OOhhhh, se escucha a coro en las gradas. Atraviesa con precisión el aro de fuego simulado que sostiene un segundo payaso, éste de cara alegre. Aterriza en la red, de culo, en una increíble voltereta final. PlasPlasPlas. Un tercer payaso, el serio, lo despide con honores. El toque de trompeta, imprescindible. TuTuRuTuuu. De vuelta a su caravana el señor Buenpartido, hombre bala para los niños, se desnuda muy lentamente. Posa una mirada furtiva sobre uno de los póster que decoran el remolque, La batalla de Waterloo. Creo que ha llegado la hora de rendirme, le dice al espejo mientras pone su dentadura en un vaso con agua. Un Napoleón circunspecto, rodeado de cadáveres y a lomos de su caballo, parece haber tomado la misma decisión.
Su estruendo invade los cielos y sangra los martillos internos de los oídos. Los pájaros surgen espantados de sus escondites mientras el hombre se envuelve sobre si mismo. El humo cruza horizontalmente el cielo y surge verticalmente de las entrañas de la tierra. Las piedras saltan. Los edificios caen. La humanidad muere.
Son recuerdos. Imágenes que ella conserva cuando lo acaricia y recibe su frialdad pétrea en la palma de su mano. Sus ojos grises observan la ciudad reconstruida. Llorada. Resucitada. Mira intentando descubrirla de nuevo. Aspira no ver la sangre derramada. Las heridas abiertas. Las calles muertas y los auxilios que no fueron escuchados. Anhela ver la vida que ahora la recorre. Las risas que corretean por sus parques. Los besos de vida que silencian rostros y recogen cuerpos.
Su mano recorre la caña de piedra que apunta a la capital. Su cuerpo se aproxima al bocal. El lugar del que surgieron todos sus recuerdos. Mira a la nueva ciudad desde el interior del cañón. Por primera vez en años, se siente poderosa. Casi pólvora. Decide expulsar sus demonios, su dolor con la esperanza que alguien los escuche. Con la idea de apagar sus lágrimas. Y GRITA:
La versión autorizada fue concluyente: el anciano se murió él sólo, porque se abrió la cabeza cuando se la golpeó contra un bordillo, al caerse de repente debido a que, él mismo y sin que nadie le obligara, perdió el equilibrio que hasta entonces le había mantenido erguido.
En alguna televisión se preguntaron qué hacía allí el viejo. Por cierta prensa, se pudo saber que el fallecido tenía empapada la ropa.
Su comportamiento extraño y un aspecto físico peculiar le impiden pasar desapercibido por más que se esfuerce. Sentirse tan observado añade dificultad a su cometido, ya de por sí complejo. Mas la reacción de la gente está justificada porque lleva varios meses en la zona y todavía no lo han visto en una celebración, en el centro de salud o en la tienda. Ni siquiera han hablado con él. Saluda a todo el mundo con amplia sonrisa y gestos amables, pero no sale una palabra de su boca. Sólo saben que pernocta en la casona abandonada. Desconocen cuál es su profesión, y esto es lo que produce mayor desconfianza en el pueblo. Han llegado a especular con la posibilidad de que fuera un terrorista o un fugitivo. Incluso se han organizado para vigilarlo por las noches, sin éxito alguno: su vivienda permanece siempre en silencio absoluto y a oscuras. Cada día, abandona la casa temprano y desaparece andando; al anochecer, regresa aparentemente cansado.
Están muy lejos de imaginar que trabaja para ellos; que allí seguirá hasta la consecución del objetivo: el diseño de un cañón granífugo eficaz. A no ser que descubran antes su ovni camuflado en el bosque…
Todavía se percibía, a lo lejos, el ruido de los cañones en la batalla. Sin embargo, por la radio, habían anunciado el final de la contienda: «la guerra ha terminado», así acababa el comunicado que leyó el locutor. Solo un poco más tarde el estruendo cesó.
A Primogénito, el pastor, le daba igual quién ganará, lo único que deseaba era cuidar, tranquilamente, de sus ovejas.
Pasaron unos días y como era su costumbre bajó a la tasca del pueblo a tomar unos vinos. Cuando llegó a altura del cementerio escuchó unas detonaciones. Se acercó con cautela y escondido detrás de un árbol pudo ver los cañones de unos fusiles apuntar y disparar hacia la tapia.
A partir de entonces no iba a encontrar la paz deseada, seguirían más disparos, de escopetas, de pistolas, oiría gritos y llantos amargos.
De entre aquellos cautivos, cada año, el día del santo patrón, era escogido un condenado para ser torturado. Era costumbre inveterada elegir al más gallardo, al más desafiante de los presos. Sería una injusticia pero así era el signo de los tiempos desde mucho antes de la Inquisición. Al inocente reo se le hacía agachar la cabeza hasta que la barbilla se le clavase en su pecho. Luego con un superficial tajo en la cerviz se procedía a debilitar al penado mediante un abundante sangrado. Aún le quedaban fuerzas al indefenso para emitir espasmos con sus miembros y estertores crepitantes, hasta que entraba en un letargo tan profundo que no reaccionaba cuando introducían su cuerpo en una tinaja de agua hirviendo. Cuando lo sacaban su cuerpo era un macilento bulto. Lo pelaban y a machetazos quebraban sus extremidades. Lo emasculaban y utilizaban el hueco entre sus ingles para eviscerarlo. Ya no había vida visible en aquel guiñapo que me tiraban sobre la mesa.
—Continúa tú Jesusín.
Yo, aprendiz de verdugo, solo podía dar pellizcos con las yemas de mis dedos en aquella piel yerta, hasta que le arrancaba los 100 cañones que habían envainado las plumas de su pechuga.
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