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La señora Marcovich sabía que estaba desinada a engatusar con sus ojos claros, profundos. Se vestía de blanco y rojo los días de calor, y de negro y rojo los días fríos. Llevaba el pelo prendido con pasadores de oro, similares a los que usaban las antiguas nobles egipcias.
Los segundos lunes del mes le pedía al chófer que la llevara al Jardín Botánico. Una vez allí, cogía su bicicleta y se perdía en uno de sus recovecos, hasta encontrarse con el señor Hayase.
El señor Hayase tenía una barba larga de final rectangular, al estilo de la de los lanceros del ejército aqueménide. Era callado, de rostro triste y ojos renegridos. Disfrutaba montando en velocípedo.
Esos lunes, él le entregaba un plano, ella lo estudiaba, hacía alguna pregunta y luego lo partía en pedacitos. Después, cansados de pedalear se iban a la casa Persa a tomar el té y a escuchar el sonar de milenarios instrumentos.
La señora Marcovich era aficionada a enfrentar la rutina desplazándose en bicicleta por jardines laberínticos donde sus amantes perdían la salida.
El señor Hayase trabajaba los martes y viernes en el jardín de la señora Marcovich. El señor Hayase era laberintólogo y enterrador.
Hubieras cumplido los 14. Yo te hubiera preparado tarta y tú habrías querido irte pronto con los amigos… si los hubieras tenido.
Desde aquel extraño día en clase las cosas habían cambiado a peor. En qué momento dijiste basta. Yo debería haber lo sabido, quizá tardaste mucho en contarlo. No hicimos lo suficiente, «cosas de niños» dijimos, y esperamos que se resolviera con una sola conversación con los profesores. No vimos tu dolor. Te fallamos.
Cómo puedo ayudarte, hijo, cómo puedo hacer que te sientas bien. Cómo puedo borrar ese episodio sin salida. ¿No sabes cuánto te quiero? Yo te hubiera acompañado al colegio cada día para decirle a todos lo inteligente y fuerte que eres, hacerte ver que tú eres mucho más de lo que ellos creen.
La vida sigue.
No, no sigue. Se paró el día que cogiste la bici y te precipitaste al vacío sin arrepentimiento. Suspendido en el aire respirando libertad y pensando que tal vez lo nuevo pueda ser distinto. La tierra que te recibió se hubiera echado a llorar si hubiera visto tus ojos.
Genaro trabajaba en la tienda del duro y por eso se compró una bicicleta. Todo comenzó cuando le robaron las ovejas. Con dolor se tuvo que marchar a la ciudad, le dieron trabajo en un comercio que suministraba modestas prendas de vestir, vendía a plazos, un duro al mes. Su encomienda era visitar los pueblos de la comarca para llevar la mercancía que compraban por catálogo y cobrar el duro. Para ello necesitó la bicicleta, aunque él no sabía manejarla. Los primeros días no lograba mantenerse en equilibrio, resolvía ir andando y llevarla del manillar, pero se le echaba la noche. Con tesón y coscorrones terminó por dominar a la bestia, al poco tiempo alcanzaba el centenar de metros zigzagueando. Si para ascender las cuestas añoraba el burro, en los descensos empezó a disfrutar del placer de la velocidad. Una tarde, bajando una pendiente, no pudo frenar a tiempo, se salió de la calzada, la bicicleta se clavó en la cuneta y él voló por lo alto del terraplén, sobrepasó unas retamas y fue a caer encima de un rebaño de ovejas que sesteaban. El susto fue tan grande como la alegría por el reencuentro.
Durante meses se había opuesto a la expropiación de su vivienda para construir una carretera; pero cuando recibió la resolución judicial de desalojo inmediato sintió que las piernas le fallaban al tiempo que se aceleraban los latidos de su débil corazón. Se sentó en el porche y, como si de una película se tratara, por su mente pasaron todos los recuerdos de su vida. Tenía diez años cuando estalló la guerra. Su padre murió en el frente y su madre no aguantó prisión. A ella la raparon el pelo y le obligaron a tomar aceite de ricino. Con catorce años se puso a trabajar en una casa de labranza. En bicicleta portaba las ollas para el reparto de leche. Está encorvada por los sacos que cargó para construir su casa junto a su marido fallecido hace veinte años
Ahora, al recordarlo, las lágrimas retenidas brotaron buscando camino por los surcos de su cara.
Un escalofrío recorre su cuerpo, sube a la habitación y poniéndose su mejor vestido se tumba en la cama. La misma donde nacieron sus hijos y murió su marido
Allí la encontraron, mientras su fiel “Coco”, encogido en un rincón, gime lastimosamente.
No tuve una infancia feliz pero tenía un balcón. Era un balcón pequeño, en una casa, si cabe más pequeña, en la que vivíamos muchos y nos juntábamos más. Vecinos del pueblo que venían al médico, a hacer un trámite, una compra… Llegaban por la mañana y se quedaban hasta la noche. Nuestra casa era su campo base.
No tuve una infancia feliz pero tenía mi balcón, un madero, algunos clavos, un martillo y mucho tiempo. Con los clavos y aquel madero, que utilizaba y reutilizaba sin descanso, construí un abecedario secreto, aprendí a hacer grabados, a ser rápido y preciso, ordenado y curioso. Todavía conservo aquel madero, y éste, las historias que se contaban en una casa tan pequeña como llena de gente. Las historias casi siempre las narraba mi abuela, muchos venían a la ciudad sólo para escucharla; yo las mecanografiaba a golpe de martillo.
No tuve una infancia feliz y la bicicleta de uno del pueblo ocupó mi balcón. Perdí mi sitio, volví al salón. Perdí mi invisibilidad y me convertí en el niño de los recados, había cosas que un niño no debía escuchar.
Por una bicicleta, perdí un balcón y mi infeliz pero querida infancia.
Hay partes de esta historia que no tengo muy claras, pero no puedo obviar que me resulta incómodo despertarme a tu lado con la certeza de cómo va a transcurrir el día. Intento en vano recuperar imágenes de aquella etapa en la que cogíamos las bicicletas a última hora de la tarde y paseábamos un par de horas. No se trataba del ejercicio físico, sino de las confidencias, del ‘ cómo te ha ido el día ‘, o de aquel ‘ dime si te hago feliz ‘.
No sé si eres consciente de que aquellos momentos asfixian ahora nuestra convivencia, de que cada rodada habrá que desandarla, como si urgiera borrar un pasado feliz convertido en molesto.
El día del accidente está dividido en mi memoria y los fotogramas son como trozos de jeroglíficos antiguos que no deseo unir, pues ya nada nos devolverá el pedaleo conjunto hacia quién sabe ya dónde.
Perdimos la meta, y nuestra vida es ahora estática, como esa bicicleta en la que hoy pedaleas mientras yo reúno el valor para dejarte.
ELLA
Se queda apoyada en la valla
Inmóvil, como solo Ella sabe hacerlo
La miro de nuevo
Embelesado
No me canso de disfrutar de Ella
Sus curvas parecen diseñadas por los Dioses del Olimpo
Maravillosa
Bella
Esbelta
Luminosa
Sus delicadas formas me invitan siempre a montarla
Me gusta moverme rítmicamente sobre ella, una y otra vez
Cambiar de frecuencia
A veces lento, pausado
De pronto, frenético, incontrolable
Jadeo sobre Ella como nunca
Dejo que mis gotas de sudor caigan suaves, húmedas, sobre sus zonas más expuestas
A veces me incorporo encima de Ella, apoyado solo en las piernas
Otras, únicamente son mis brazos en tensión los que la cubren
Descanso en ella mis más nobles partes
Disfruto oyendo el suave sonido de sus acompasados movimientos, de los dulces rozamientos
Siempre responde a mis impulsos
Y cuando no puedo más, Ella sabe encontrar los recursos para que recupere el aliento perdido
Con Ella marcho orgulloso, sonriente
Estoy acostumbrado a que la miren. Asombrados. Excitados
No siento celos
Sé que me miran con envidia. Lógico. Normal
Ella
Y solo Ella
Una Bicicleta
“Mi Bicicleta”
Estoy triste, olvidada en el garaje…
Aún recuerdo el día que llegué. Era 6 de enero y la pequeña Teresa al verme vino corriendo hacia mí lanzando gritos de sorpresa. Todo era alegría, risas y abrazos.
También recuerdo perfectamente el día que aprendió a montarme a dos ruedas… ¡qué gran reto! Hubo de todo: impotencia, enfado, frustración y finalmente superación.
Teresa y yo vivimos grandes aventuras juntas.
El tiempo pasaba y mi pequeña crecía, como decían sus padres, tan rápido! Mis días felices acabaron otro 6 de enero cuando, en el patio, Teresa descubrió una bicicleta nueva con ruedas más grandes, y yo quedé abandonada en un rincón.
Luego me llenó de esperanza oír que me guardaban para una hermanita por venir. Pero hubo complicaciones y tras una temporada de visitas al hospital, por la tristeza que imperaba en casa supe que nunca llegaría mi ansiada nueva propietaria.
Hace unos días hablaban con resignación de llevar la cuna, el cochecito y «algunos trastos más» a una casa de acogida de la ciudad, donde otros niños podrán aprovecharlos. Yo por mi parte voy a poner mi mejor cara para que me lleven también y así poder rodar de nuevo.
MI AMIGA
Suelo salir a pasear por la mañana temprano, cuando los calores estivales no imponen la lógica de quedarse en casa a la sombra, con el botijo.
En mis paseos, me acompaña mi amiga, paso a recogerla pues vive cerca de mi casa, de camino hacia la parte alta de la ciudad, donde acaban las edificaciones y empieza un gran parque natural.
La ascensión es fatigosa, nunca se queja, a pesar de lleva la carga de mi peso, animándome a no desfallecer sobre ella, que sería de poca hombría.
Llegar hasta donde nos proponemos, varía en función del día y de las fuerzas acumuladas en las piernas, aunque suele ser una subida de una hora.
Tras ese tiempo, con el esfuerzo asomando en la cara y el sudor en el cuerpo, llegamos a una carretera plana, de tierra polvorosa, donde su recorrer es un descanso, por el cual contemplamos a nuestros pies, la majestuosidad de nuestra ciudad.
Al llegar al final del recorrido, tras cruzar algunas casas, dejar atrás unas fuentes y pasar por un puente peatonal, hay un pequeño mirador flanqueado por cipreses y pájaros.
Uno me preguntó, cómo se llama tu compañera, bicicleta le respondí.
Subiendo y bajando por los terraplenes del pueblo, pasaba el verano sobre la bicicleta. Aquella que estuvo alojada y maltrecha durante años en los corrales de padre,y yo pude recomponer. Don Gabino, el boticario, en cada caída, rociaba mis rodillas con yodo. Terminada la cura, me ponía en marcha en mi único quehacer estival hasta que regresó Sara. Entonces el párroco se empeñó en confiscarme primero la bicicleta, y como era capaz de encontrarla en la sacristía, terminó por quitarme los pedales. Así que el camino se me hacía más largo hasta la casa de Sara y sin embargo no cejé en mi afán de visitar a diario a la mujer, que hace años, quizá con la misma bicicleta, mi padre rondó durante todo un verano; Sara, alcahueta y prostituta, que había abandonado el pueblo a fuerza de palos y a la que, aunque tuviese que ir andando, yo necesitaba ver, sabiendo que luego me esperaría el cinto de padre. Ni el yodo podía curar mis lágrimas, no por los golpes que recibía, si no por otro asunto. El que no me dejasen verla, no cambiaba el hecho de haber heredado los ojos más verdes del páramo.
Yo podía perfilar unos escasos catorce, y mi padre unos todavía jóvenes cuarenta, cuando el incidente manchó de sangre el barro del campo arrendado. Son malos días para el arado cuando las tormentas vienen a destiempo. La tierra está blanda y las cuchillas se desvían sin control. Yo era el que manejaba y él andaba al lado.
Era un tipo duro, así que sin estar todavía bien recuperado insistió en que fuéramos juntos a la colina de Las Hermanas.
El subió con muletas de cedro y yo con la mortaja y la pala, y allí donde me dijo me puse a cavar mientras el entrecruzaba dos palos de encina con una fina rama de mimbre.
Cuando el agujero fue suficiente, la puso dentro y yo la cubrí de tierra. El colocó el remate y se despidió sin ninguna teatralidad.
Fue entonces cuando me lo dijo: Sabes que puedo pedalear con una pierna, como hizo tu abuelo durante un tiempo, y que la bicicleta todavía es mía ¿verdad?
Le dije que sí con la cabeza, sin demostrar sentimiento alguno, y dejamos atrás ese vasto jardín de pequeñas cruces.
Envié seis cartas, seis años consecutivos (“Queridos Reyes Magos: He sido bueno…”) y nunca obtuve respuesta satisfactoria. Mi desánimo traspasaba la mirada de mi madre, viuda con tres chiquillos, y ella se defendía como podía: “Hijo, es que pides cosas de niño rico”.
Ya había perdido la esperanza por el pasillo cuando, después del tazón de leche y el trozo de rosco de aquel deslucido seis de enero , salí a la calle con las cartucheras de plástico y el sombrero de vaquero. Enfrente del portal y apoyada en la farola, descubrí una claridad inesperada. El abuelo y el tío Damián la encontraron desahuciada entre montañas de basura en un cercano vertedero. Ha sido fácil —me dijeron sonriendo. Una mano de pintura, y un poquitín de ingenio. Recuerda, chaval, éste es un vehículo de poetas—añadió mi abuelo que siempre lo llevaba todo a su terreno.
Pronto aprendí a mirar atrás sin mover el manillar ni perder el equilibrio, pero el bacilo de Koch me detuvo antes de emprender la escapada para perseguir mis sueños.
Mi hermano Berto heredó la bicicleta y el abuelo, siempre atento, me regaló una estilográfica con la que empecé a escribir cuentos mientras hacía reposo.
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