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El sol frenó en seco el día que permití que mi padre volviera a ponerle los ruedines a la bici. Fue a finales de agosto, después de un descenso triunfal por la Cuesta de la Coja con Maribel sentada en el manillar, mientras sus coletas de alambre recogían el color del trigo de todo un verano. Los radios se fundían en plata, en promesa de aventura, hasta que nos topamos con la negra sombra del párroco. Luego mamá empezó a llorar a todas horas y a pedirme que me esforzara por encajar en las roderas de la vida. No entendía nada. Maribel volvió a Madrid y el portón de la casa de sus abuelos quedó cerrado con una tranca de hierro. No regresó ningún otro verano y yo terminé ennoviado con la hija del médico, la que solía sacarnos la lengua cuando se cruzaba con su patinete. Intento ser feliz paseando con ella de la mano por la rotonda del pueblo, atrapado en sus rodeos y mis circunloquios, pero cuando veo a los chavales lanzarse a volar sobre dos ruedas me acuerdo del maestro, que siempre nos decía que el camino más corto entre dos puntos es la línea recta.
Cuesta arriba todo parece distinto, pero nadie podía pensar que aquel tipo pudiera adelantar al pelotón con tanta facilidad. Y lo curioso fue verlo festejar su escalada de aquel modo, sobre el sillín de su destartalada bicicleta, haciendo aspavientos, agitando el bidón de agua como si fuera cava y regando al público.
Sin duda el tratamiento para su enfermedad le había dado alas a aquel aparente tullido, mientras que a los esforzados pedaleadores les habría sentado mal el desayuno.
—Es la primera vez que adelanto a alguien —oyeron todos gritar al lisiado antes de verlo desaparecer tras la curva.
Móntame sin grietas, sin dejar un solo espacio vacío. Muévete sincronizada de aquella manera especial que sólo tú sabes conmigo. Salpícame de salado sudor frío y no detengas el ritmo. Busca, siempre, la forma de hacerme correr más, exprímeme hasta el desaliento. Escama tu piel en cada roce, en cada vaivén, entumeciendo tu rostro en un suspiro caliente cada vez que resoples, agitada. No creas que no te siento, sabes que eres especial y me fundo contigo cada vez que regresas. Por la mañana, por la tarde, por la noche. Tu decides.
Móntame sin vergüenza. Aplástame bajo tus nalgas. Un poquito más fuerte, un poquito más deprisa, un poquito más arriba. Más arriba, más deprisa, más fuerte. Respira después suavemente. Haz estallar mis bombillas licuándome hasta romperme. Escama mi piel de lánguidos colores al calor de tus embestidas y levanta las piernas cuando veas el final.
Móntame y cuando termines sécate bien la cara, los brazos, los pechos. Las piernas, la frente, el olvido. Pero ahora, cariño, debes irte. Sabes que mañana te esperaré, de nuevo, en el mismo sitio, en el mismo rincón. Vete ahora, amor, que sabes que siempre seré, mientras quieras, tu fiel bicicleta estática.
La encontré tirada junto a uno de los muchos cubos de basura que florecían por las esquinas del apacible barrio de la zona alta, detrás de la colina, y miré a ambos lados de la calle en busca del coche patrulla que solía merodear por la zona. No quería que pensaran que estaba robando, aunque vista la pátina de óxido que asperjaba el cuadro y el lamentable estado del carenado, como mucho los agentes podrían acompañarme hasta la carretera y amonestarme por incumplir la ordenanza que prohibía recoger chatarra.
Consumí el fin de semana más intenso de mi vida dando lija, respirando a bocanadas el desagradable olor de la pintura y engrasando hasta el último diente de la podrida cadena que, testaruda, se empeñaba en girar por su cuenta y riesgo fuera del cambio; el último martillazo consiguió disciplinarla. Le coloqué un par de ruedas a los lados y le pedí a mamá un cesto que trabé en el manillar del que me colgué para asegurarme que aguantaba el peso. Esperé. La vertiginosa rampa de mi calle que moría en promontorio haría el resto.
Esa inolvidable noche mi silueta se recortó contra la luna llena mientras gritaba: teléeeeefono, miiii caaasaaaaaa.
Día 548
Querido diario:
Desde hace ya un año y medio, tal y como me aconsejaron después de diagnosticarme esta enfermedad, uso tus páginas para escribir mis recuerdos, esos que poco a poco iré olvidando de mi memoria, entre ellos él que hoy he recordado al ver a mi nieto montado en bicicleta.
Aquel día fue uno de los más felices de mi vida, mi padre regresaba tras varios años trabajando en el exterior. Mi madre nos vistió con la ropa de los domingos para ir a recibirlo a la estación de tren.
Tras varios minutos de retraso, el tren realizó su parada en el andén. De él bajaron los pasajeros con sus maletas de maderas, entre ellos mi padre, que bajaba con lo que intuíamos que podía ser una bicicleta.
Aún esta enfermedad no me ha hecho olvidar como aquella «bici» nos acompañó durante los años más felices de nuestra infancia para después quedar olvidada en uno de los rincones del desván de casa.
Me despido querido diario, pensado que quizás mañana este recuerdo lo haya olvidado y solo volviendo a leer estas líneas me haga creer que en algún momento lo llegue a vivir.
Confieso que hubo muchas. Aunque ninguna tan especial como la primera.
Apareció junto a mis zapatos un seis de enero de un año en el que -por fin- los reyes recibieron mi carta. Fue un flechazo. Supe que ella me conduciría por aquellos caminos que nunca habría afrontado solo y no me defraudó. Además era paciente. Expuesta a los rigores del verano o al hielo de diciembre, esperaba a que terminasen mis partidos de fútbol o mis interminables cazas de ranas y soportaba con estoicismo mis embates subiendo pendientes o atravesando barrizales. Pero el tiempo avanzó y ella no supo adaptarse a los cambios que provocó en mí. Una pátina de soledad la hizo invisible colgada en un rincón al fondo del garaje.
Después llegó una flamante mountain bike con velocidades que conectó con mi parte más aventurera. Hubo más. La de carrera, que transformó las abúlicas mañanas dominicales y soportó los últimos coletazos de mi juventud conduciéndome a la conquista de mí mismo, por carreteras secundarias.
Todas fueron especiales y todas guardo en mi memoria mientras pedaleo en esta que, varada en medio de la sala, suma nostalgia y resta calorías.
Qué romerías aquellas de mí niñez en los prados circundantes de la Iglesia. Y qué divertidas canciones. Recuerdo una: “Mi papaíto ha comprado una veloz camioneta que según dice ha costado cuatrocientas mil pesetas…”
Pero la canción del verano, de aquel verano, fue “Lolita” del “Dúo Dinámico”. Aquella música despertó mí adolescencia. Platón entró como un huracán en mis meninges.
Lolita, la Lolita real, vivía en un caserío vecino. De amanecer a atardecer me acercaba varias veces a su casa en la bicicleta. Miraba a hurtadillas desde detrás de los bardales y la veía ora acarreando baldes de leche, ora metiendo hierba en la cuadra con el bieldo al hombro. Qué blanca, qué fuerte y qué sonriente era. Y así, en aquellas continuas idas y venidas secretas, sin soltar el soniquete a ritmo de pedal “loólita loólita mi amor..”, iba yo entrando en celo.
Una tarde mientras mi tío ordeñaba me soltó:
Mucho vas tú con la bicicleta al caserón de Hontañón. Qué pasa, ¿es que te hace tilín la Lolita?
Mierda, mi secreto descubierto. Qué vergüenza. Mi interés por Lolita terminó fulminado. Desde aquel momento me dediqué con afán a tratar de subir pedaleando la imposible cuesta de Puente-Arce.
Trabajada de guía turístico y había quedado con un grupo en la Cueva de la Bicicleta, cuyo mayor atractivo es la gran galería del lago, llena de pinturas rupestres. Les enseñé pinturas de caballos, bisontes, cazadores y, lo más sorprendente, de una bicicleta.
Uno de los turistas no quiso bajar y me contó su historia: «Años atrás entré con mi hijo en esa cueva dejando las bicicletas en un paso angosto, hasta que escuchamos unos extraños sonidos, como un canto ancestral, y salimos corriendo. Más tarde mi hijo entró a recogerlas y nunca volvió. Ahora, al reconocer este paraje, que tenía olvidado, parece como si reviviera todo el dolor de aquel día». La última noticia que he tenido de aquel turista es que había comprado un casco y un farol para comprobar por sí mismo que la pintura de la bicicleta era real.
Yo he seguido con mis visitas, sigo estremeciéndome con los sonidos de la cueva, y los turistas no dejan de asombrarse cuando, al llegar a la gran galería, les enseño entre bisontes y cazadores, la pintura de la bicicleta y junto a ella, otras que aparecieron recientemente con la imagen de un casco y un farol.
Clavé la mirada sobre mi contrincante. Un alférez vigoréxico, elegido por el comandante del campo de prisioneros para derrotarme, quien ya se pavoneaba sobre la línea pintada con cal, auspiciando una victoria prematura, convencido de que el ciclismo consistía en lucir el maillot ante las señoritas de Rota.
Aquello no iba a ser como la ascensión al Tourmalet, o el pavés de los carrefour por El infierno del norte, pero con la bicicleta que me habían proporcionado no apuntaba a tarea fácil, incluso para mí. Mover el hierro de un cartero, sería como ascender a Los Lagos con pájara y lastrado por un ancla.
Tanteé los frenos de varilla, y alejé la dinamo de la cubierta agrietada, mientras ojeaba cómo el oficial se acoplaba sobre el manillar de competición de su Orbea.
Con el turuta dispuesto para tocar a degüello tensé mi pierna izquierda, la más poderosa, sobre lo que quedaba de pedal, en busca de una salida precisa.
Dos hileras macabras de cuerpos famélicos y ojos desahuciados, escoltas del recorrido a cien vueltas por el recinto, gritaron sin contención: Berrendero, Berrendero…
Entonces, sentí que mi apellido en boca de los prisioneros republicanos, más que a victoria tronaba a libertad.
Era un joven alto, moreno, de profunda mirada verde y seductor porte, que alegraba la vida de cuantas personas respondían a su llamada. Cada mañana, elevado en su bicicleta, se dejaba ver por las poblaciones de aquella sosegada comarca, confiando en que alguna insatisfecha ama de casa, despojada de marido en esas horas, contratara sus servicios.Se recreaba en su quehacer, exhibiendo un potente aparato que complacía a señoras y señoritas, sin declinar atenciones a ciertos hombres.
Aquella encendida mañana, dejó su bicicleta a la sombra de las arquivoltas biseladas de la iglesia, abriendo la puerta sin desearlo.El párroco, brotando de la nada, le invitó a entrar en su casa, adherida a la Sacristía, para aliviar su calor.Ya en la cocina, el religioso le mostró insinuante un dilatado instrumento en claro desuso. Con el semblante matizado de rojo, el joven lo observó entre sus manos con cierta aversión, pues jamás había visto algo tan pringoso y envejecido.Finalmente, decidió realizar aquella impúdica labor. Y es que el oficio de afilador contempla un plus de penosidad.
Cuando el aire comenzaba a ser respirable en Tokombere, me sentaba a la puerta de mi cabaña a ver el sol caer rápido detrás de la sabana. Mostafa formaba parte de mi paisaje, cruzando cada atardecer por delante de la puerta. Su silueta esbelta, llena de dignidad y de belleza, iba siempre unida a una bicicleta destartalada y vieja. Pensaba que yo no sabía que él, como muchos otros funcionarios que ya ni recordaban cuando el gobierno les pagó por última vez, se desplazaba diariamente a la frontera de Nigeria. Allí compraba de contrabando unos cuantos litros de gasolina, que transportaba en pesados bidones adosados a los lados de su vehículo. Siempre al anochecer para no ser visto por la policía fronteriza. Una noche sin luna no vi volver a Mostafa. Ya se desvaneció de mi paisaje cada atardecer. Él y otros.
Llegué a la editorial y entré en mi despacho. Sobre la mesa encontré una llave tan pequeña como la escueta nota que le acompañaba: “Guárdala, te ayudará a mejorar tu vida”. Mi mano jugueteaba con la llave mientras mi cabeza daba vueltas a aquellas palabras. Encendí el ordenador y encontré un e-mail con remitente desconocido: “Editor, tu vida tiene elementos tóxicos que debes eliminar”, y adjuntaba una fotografía de mi familia, junto a mi vehículo. Un escalofrío me atravesó de norte a sur y cuando escuché el timbre del teléfono casi salté de la silla. “Sigue las instrucciones y todo irá sobre ruedas. Acude a…”. A duras penas conseguí garabatear la dirección que me indicó la desconocida voz. Llegué jadeando al punto de encuentro. “Menos coche, más ejercicio… menos colesterol…”, dijo un encapuchado; otro desconocido me pidió la llave y abrió el candado de… ¡una bicicleta! Ambos se desprendieron de sus disfraces y… “¡¡¡¡Feliz cumpleaños!!!”, corearon mi hijo y mi mujer mientras yo intentaba recuperarme de un ataque de ansiedad.
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