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Él siempre quiso ser uno de ellos.
“Vengo a unirme al grupo” fueron sus únicas palabras, pronunciadas con una seguridad recién descubierta.
Las primeras risas irrumpen en el claro. Un simple gesto del cabecilla las silenció.
—Dime, valiente. ¿Qué te hace pensar que puedes ser uno de los nuestros?
—Soy rápido, muy rápido. Y la he mejorado—afirmó empujando hacia adelante la BH roja, heredada de algún infeliz, que mantenía apoyada en su cadera.
Inmóvil ignoró el nudo que le oprimía el pecho y esperó oír la decisión, cual reo que espera sentencia.
Su interlocutor sonrió entre dientes antes de estallar a carcajadas.
—Chaval, necesitas algo más que ese hierro que traes para estar a nuestra altura.
En un segundo un coro se risas y burlas le envuelve. Le ahogan. Con la vista nublada, aprieta los puños y sobre su bicicleta huye.
Sin mirar atrás pedalea con rabia, con furia. Pedalea hasta la extenuación. Y solo cuando sus piernas se cansan de protestar se detiene, para observar asombrado que tiene las estrellas al alcance de su mano. Y allí abajo en el claro, bajo la luz de la luna, todo sigue exactamente igual mientras él observa desde lo alto.
Buscando entre los enredos del gran trastero he visto arrinconada, sobreviviendo herrumbrada al paso del tiempo, la bicicleta con la que durante una semana hace ya unos cuarenta años me fui con tres de mis todavía mejores amigos a explorar el mundo a la vecina provincia. Nosotros si conseguimos la gran hazaña, volviendo sanos y salvos con esas bicicletas de antaño, a pesar de que tuviéramos que frenar al final con las suelas de los zapatos, los frenos no habían conseguido la suya.
El aire de alquitrán rezuma flores. El asfalto se recalienta y los brotes se aplastan sobre la viscosidad de la brea. El camino se pone de puntillas, se encrespa. Por las piernas serpentea una marabunta de punzadas. Cabalgar, sólo cabalgar. No sentir, no caer al miedo. Ser sólo músculo trémulo. Sísifo vive bajo los chopos, entre las orquídeas del dolor. El paladar es un cielo de lijas y la lengua, una esponja de vinagre. ¡Venga, vamos! Los muslos brillan con un sudor de diluvios que baja hasta la concupiscencia. La obscenidad de sufrir es una meta. Dios no está en los arcenes: voces endiabladas te dicen que lo dejes y la vista se obnubila con telarañas de sangre. Blandes tu espada: hay que rendir a la bestia; dices que es sólo un minuto y notas que un jirón de brisa te aúpa. Ahora la ves, es ella la que está entre la nebulosa que reside en la meta. ¡Dale, dale…! Tocas el cielo y las nubes te sostienen. Es la cúspide. Ni sabes quién es, no importa, ella sonríe dulcemente. Y es entonces, cuando te acercas a su boca, que comprendes que aquella montaña, la montaña, tiene cuerpo de mujer.
Esta mañana al quitarme el pijama para ducharme, aún podía oler la mezcla impregnada de tu colonia con tu sudor y el mío.
No me soporto. Creía que era una persona más fuerte, que mi cerebro podía doblegar los deseos del resto de mi cuerpo, que diciendo cosas para herirte desaparecería la rabia. Pero mis mensajes son como un boomerang, siempre vuelven, me golpean y me derriban, me hacen reptar como una serpiente buscando el calor de tus brazos. No sé en que me estoy convirtiendo, me empeño en sufrir y flagelarme, en torturarme, en herirme, insisto en dramatizar mis días. No tengo solución, al final me provocaré un cataclismo emocional. Dejaré que termines de joderme por completo igual que me jodió el sillín de la bicicleta durante estos meses atrás en que he aprendido a andar en ella. Pensaba que ya sabía avanzar por la vida. Todos los metros que he ganado con las dos ruedas los he perdido con los besos y caricias propiciadas en un par de días. No te importa mi sufrimiento con tal de obtener tu triunfo. Supongo que tengo lo que me merezco.
Y todavía no he tenido valor para lavar este puto pijama.
La única bici que tuve se la robé a un muerto. Mi padre nunca quiso comprarme una. Yo creo que aunque yo era el favorito de mi madre, mi padre a mí no me quería.
Aquella noche cuando vi que Arcadio, el vigilante de la fábrica, ya se había cogido otra vez una buena tajada en su garita me acerqué a espiarlo como siempre, porque al quedarse dormido se le caían aquellas revistas con portadas guarras. Pero aquella vez no dormía: le colgaban los brazos, la cabeza hacia un lado… hasta para morirse era vulgar el pobre hombre.
Los días siguientes pensé que vendrían a por la bici o a por mí; pero no, nadie dijo ni “mu” al verme en ella, ni siquiera mi padre que la miró con desprecio y luego la ignoró; ni mi madre, que cuando yo la dejaba apoyada en el quicio de la puerta la tocaba a veces como acariciándola, cosa extraña pues siempre evitaba las miradas de aquel hombre.
Aún la guardo en el desván con una foto del pueblo que le encontré a mi madre, en la que sale Arcadio junto la fábrica que ya no existe.
Llevaba varias semanas con la piel del cuello erizada y un molesto hormigueo en el hombro derecho. Era una sensación rara, como de frío y ligero peso. Incómoda pero no dolorosa. Consultó al médico, pero el doctor no le dio importancia y le recetó unas píldoras para dormir. Cuando la vieja enfermera de la consulta lo acompañó hasta la puerta, le dijo con naturalidad:
—No se preocupe, lo que le ocurre a usted es que lleva un muerto encima, lo más seguro, un niño.
Él, incrédulo, le agradeció por cortesía el diagnóstico pero se fue a casa inmerso en una inquietud desagradable. Las molestias siguieron durante meses hasta que, de repente, una mañana se levantó sin ellas. Apenas le quedaron secuelas, sólo un engañoso alivio, un hondo vacío, un inexplicable echar de menos y la costumbre de ver películas infantiles. Aunque tardó mucho tiempo en poner a la venta la pequeña bicicleta.
Bajo el haz de luz de una farola que se enciende y apaga constantemente, un anciano de frente despejada de tanto recordar, se afana en su trabajo con el canto de los grillos como única compañía.
Tratando de dominar el temblor de sus manos, intenta pintar de blanco cada pieza de la bicicleta amarrada con una cadena al mástil de la luminaria.
Los vecinos del barrio están acostumbrados a ver a Don Andrés. De tanto encontrarlo arrodillado en aquel lugar, les parece que lleva allí desde siempre.
Cuando se da por vencido, saca brillo con un paño a la placa del suelo y deposita un ramo de flores a su lado.
De pronto, una punzada en el pecho le deja postrado contra una de las ruedas. Todo sonido desaparece, y se entrega a los brazos del sueño.
Otra vez la misma pesadilla: Verónica y él, de nuevo jóvenes paseando su amor en bicicleta por la ciudad. Pero todo termina siempre igual, Ella regando con su vida el asfalto bajo las ruedas de aquel maldito coche.
Al amanecer, junto al cadáver encadenado, encuentran un rastro blanco que se pierde en la nada.
Alguien escuchó un timbre de bicicleta alejándose de madrugada.
“Para siempre” nos dijimos sellando el beso a navaja. Clavándole nuestras iniciales al manzano que sujetaba las bicis.
Aprendí a volar en su GAC, como ET con Elliot, sin necesidad de alas, sin preocuparnos de si había red bajo nuestros pies. Emprendimos el más arriesgado de los viajes, a ciegas, como sólo puede hacerse la primera vez, sin valorar el impacto de la caída. La bici sin frenos nos llevó hasta la luna, le acariciamos el corazón a Plutón.
“Para siempre” nos dijimos, y volví cada verano a los pies del árbol para comprobar que los calendarios, así como las promesas, también son de hoja caduca.
La primera vez que subí a unos buenos pedales me persiguieron. Aparentaba ser mayor que yo, tenía pelillos en las piernas y era el dueño de la bicicleta. Mira que me esforcé por correr, más que en ninguna cosa, parecía que lo estaba haciendo bien, pero la pendiente se me hizo grande y el ruido de las chicharras me retumbaba en los oídos.
Caí. Los vecinos se acercaron a preguntarme por la salud. Yo, con los pantalones nuevos manchados de barro, lloraba descompuesto. Entonces noté unos golpecitos en la espalda, di la vuelta y me encontré con dos bofetadas en la cara. El José me sacudió con fuerza, y mi madre con insistencia en el culo por toda la acera hasta llegar a casa. -Otros padres compran a sus hijos pequeños bicicletas- le dije en medio de tanta pena. Parecía que todo el mundo me odiaba.
No fue esa la única vez que me enseñaron los puños por coger una prestada. Recuerdo otra ocasión en la que suspiré mucho, algunos se reían, porque me defendió Rosita como si yo fuera el chico más interesante del mundo.
Al fin dijeron en casa: -La que tú digas- y estrené mi bici azul.
Está científicamente demostrado o, al menos, mayoritariamente aceptado por la sabiduría popular, que la combinación entre una retransmisión de ciclismo y la sobremesa mesetaria da como resultado irremediable una fantástica siesta.
Lo comprobaba Federico, un niño de once años, quedándose dormido en cada etapa a treinta kilómetros de la llegada hasta un instante después de que el ganador cruzara la meta y el énfasis del comentarista alterara el volumen del televisor. Entonces despertaba. Pero no le importaba habérselo perdido, ya que en sus sueños formaba parte del pelotón, aprovechaba el rebufo de las estrellas y, en ocasiones, hasta ganaba la etapa.
Años después, siendo Federico ya un joven ciclista, en la etapa reina de una gran vuelta, se encontró coronando el último puerto en el grupo perseguidor a sólo un minuto del líder escapado. Aunque nadie hubiera apostado por él, demarró en el descenso y, con actitud temeraria, empezó a recortar diferencias, haciendo de curvas rectas, volando sobre la bicicleta, asombrando al mundo. Alcanzó al fugado, y siguió dando pedaladas, dejándolo atrás, hasta cruzar la meta sin levantar los brazos.
No publicaron su foto en el diario porque, curiosamente, en todas las que le hicieron, salía con los ojos cerrados.
No sé por qué, pero aquella noche soñé con Juana de Arco, que descendía embalada el Tourmalet. Al día siguiente se repitió el mismo sueño, pero esta vez se subía por la cara más dura y era don Quijote quien había saltado del pelotón. El tercer día no fui a andar en bici, como acostumbro, y me puse una vieja peli, Ladrón de bicicletas. Ya saben, la primera bici es como el primer amor, nunca se olvida. Subí al desván mientras pensaba en el sueño que me esperaba. Tal vez vengas tú y hagamos juntos esa contrarreloj por equipos me dije, pensando en Laurita, una niña odiosa de primaria. Pero esa noche soñé que estaba frente a un pelotón de fusilamiento y que la vieja bicicleta del desván yacía a mi lado, como un animal muerto. Tal vez monte en bici porque me gusta soñar casi tanto como leer. Ya ven, hoy el deseo se ha cumplido: después de un sueño de escapada, me he encontrado en mi cama convertido en una máquina último módelo con el mejor simano que puedan imaginar.
Ella ya no es la misma, y piensa que lo mejor está por venir. Los sueños sin cumplir no ocupan su tiempo. ¿Podría importar eso ahora? Después de esta lucha la victoria es otra.
Entre sus manos, excesivamente pálidas, sostiene un papel doblado que acerca a su pecho mientras cierra los ojos. Viéndola así, sentada sobre la hierba, apoyada su frágil espalda sobre un grueso tronco, parece dormida. Pero su mente está viajando lejos, recordando a sus dos hijos en ese mismo lugar, con sus pequeñas bicicletas blancas. Incluso puede oír sus carcajadas infantiles y oler su aroma a fresca inocencia.
Una bici de mayor tamaño irrumpe en el jardín y en sus pensamientos. Sus ojos se abren al presente, a la sonrisa de su marido…, su pelo ha encanecido en los últimos meses.
Aquellos niños, ahora adultos, recorren el césped con platos de comida en sus manos. Hoy es un día de fiesta. Y aunque en los ojos de la familia se aprecia una alegría contagiosa, nada es comparable a la luz que ella desprende.
Se levanta para unirse a las risas dejando caer el papel sobre la hierba. Todos brindan por su recuperación. Ella brinda por su mañana.
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