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En aquella habitación tan solo había lugar para tres máscaras, la tuya, la mía y la de la muerte. Las reglas estaban claras. Danzar al compás de la música, intercambiando una y otra vez las parejas. Al sonar las doce campanadas escogeríamos. Solo eligiéndonos mutuamente habíamos de salvarnos. Si no, el desafortunado se marcharía con ella. ¿Puede haber juego más cruel?
Cuando llegó el momento, corristeis ambas hacia mí. ¿Quién de las dos eras tú, quién la de la guadaña? El leve aroma a vainilla recién molida me dio la pista. Te señalé con el dedo y nos descubrimos. Ahí estabas, esbelta y seductora como siempre, con los ojos color miel encogidos en un gesto atónito. Nos habíamos salvado. ¿Entonces por qué gemías e implorabas que no te llevase conmigo, que eras aún demasiado joven? Quise acercarme a ti para abrazarte, pero antes de dar un paso un gruñido desconocido escapó de mi garganta.
–Tu hora ha llegado –dije con voz fiera.
En ese momento comprendí. El mismo baile hacía un tiempo, el frío, la oscuridad creciente. Un cosquilleo sacudió mis huesos. Ignorando sus gritos desgarradores la aferré de la muñeca y me la llevé a rastras por el pasillo.
Susana vivió siempre en el barrio nuevo, junto al río. Estudió en el mismo colegio desde pequeña y al cumplir los veinte comenzó a trabajar de bibliotecaria por las mañanas.
Cruzando el puente, en la judería, creció Antonio. De adulto, ya de maestro, preparaba las clases del día siguiente, por las tardes, en la biblioteca.
Susana salía los sábados con sus amigos al Gran Café. Allí pasaban el tiempo hasta la noche entre charlas, risas y quinitos. Al día siguiente, Antonio y su pandilla ocupaban la misma mesa, llena de muescas y corazones marcados la jornada anterior. Veían algún partido y agotaban los domingos.
En fin de año ambos tomaban las uvas en sus casas. Susana solía excusarse con algún resfriado inoportuno o consentido. Y Antonio respetuoso de la intimidad familiar y las tradiciones.
Pero llegó la nochevieja y los dos pensaron que sería mejor celebrar, rodeados de amistades y cientos de personas desconocidas, la llegada del año nuevo.
Antonio y Susana coincidieron entre la multitud por pura casualidad. Invadidos por el jolgorio reinante, se miraron, se abrazaron tras las campanadas y se felicitaron sonrientes. Después, cada cual regresó a su orilla.
Llevaba todo el año espiando a la nueva vecina. Era rubia, alta y, cómo decirlo desde mis dieciséis, una real hembra lo diría más bien mi abuelo, digamos que estaba buena y a la vez tenía el atractivo de superarme varios años en edad, amén de dar lugar a ciertos comentarios vecinales. Así que, me propuse desde el principio que pasaría con ella la Nochevieja. Era una locura, pero su mirada me daba alas cuando coincidíamos en la escalera. Las alas de querube que me harían falta ahora, a doce escalones de distancia de su puerta. Uno, me quiere. Dos, qué tonto estoy. Tres, te esperaba. Cuatro, me lo dijo en broma. Cinco, soy un donjuán… La número doce coincidió con mi timbrazo. Nada ocurrió durante un instante eterno. Luego, se oyó el tic-tac de unos tacones acercándose, se abrió la puerta y apareció ella, adorable, mórbida, ebúrnea, celestial; comparable solo a la Venus de la concha del libro de Sociales, pero en carne mortal y con liguero. Fue maravilloso. Tenían razón todos los vecinos. No me cobró, pero, eso sí, le hice un montón de propaganda gratis durante los siguientes doce meses.
Tras media hora de calma chicha retomamos la navegación por el mar de la sopa de estrellas. Sorteamos varias y cargamos otras en la bodega. Veinte minutos más para desembarcar en la isla esponja con el firme propósito de poner pronto rumbo a Paris, mientras, decimos “aur revoir” a los doblones de oro de la tortilla francesa. Tan larga travesía nos deja a ambas exhaustas y acordamos que cuatro perlas uvas es un botín aceptable.
Muy lejos de nuestro mar de olas de espuma, allá, lejos, tierra adentro, donde el resto de la tripulación de la nave espera ansioso a que icemos la bandera del triunfo, suenan doce cañonazos. Sus fuegos se elevan en el cielo pero retumban en mi línea de flotación.
Siento el frío solitario de la madrugada y el aire con lágrimas saladas me susurra que mal capitán es quien encalla navío. Horas después la magia de la aurora boreal me recuerda que sigo siendo el timonel del barco y debo salvar mi tesoro. Siempre buscaré la luz en el horizonte.
El viento nocturno, con sus dientes como agujas de hielo, les mordía la piel. Atrás quedaba el pueblo, con el eco disperso de aquellas doce campanadas y sus luces cada vez más distantes, que no iluminaban más que unos pocos recuerdos. El hombre vio el desamparo en los ojos de su hijo, pero aun así su partida sería definitiva. Esa mañana había recibido un citatorio para comparecer ante un tribunal civil. La madre del pequeño, quien se lo había entregado desde que era un recién nacido, regresaba a reclamarlo. Apresuró el paso y la luna descubrió la decisión en su mirada. Se portaría como quien era, como un gitano legítimo y nadie le quitaría a su hijo, mucho menos aquella mujer, que le dijo que era mozuela cuando la llevaba al río.
Las putas en la esquina celebran el tañer de la última campanada; los gatos rebuscan en la basura; los niños lloran por falta de teta; obuses caen en alguna parte del mundo, caen , caen. En la plaza hierven las bocas del gentío: Abúlicos los rostros los de allí; alegres de ebriedad éstos… Silencio, silencio, ha muerto la costumbre de amar…,
Acabó el turno y los obreros hicieron una fila semiordenada. Deseaban volver antes de las doce campanadas y gozar de la calidez de casa. Albergar ciertas esperanzas.
La señora Li acabó antes que nadie debido a su rapidez asegurando las hebillas de las botas militares, sección de la cual era la encargada. Acabó y con una lengua despiadada empezó a segar cabezas. Tú no, tú flojeas, tú eres raro, tú demasiado sensible, tú no te lo tomas en serio. Lo dijo al oído del amo. De espaldas. En lugares donde el recodo impide oír las conversaciones.
Sin saberlo, -ella normalmente era callada y desconocía las múltiples propiedades de las palabras-, sus frases volaron como ondas. Viajaron por la nave donde los trabajadores montaban las piezas de zapatos y se agruparon en el techo adoptando la curiosa forma de alcachofas de ducha.
Tras un par de días los obreros reanudaron su tarea y el nuevo año con una mirada distinta, la de albergar esperanzas. Ponían broches y ajustaban la máquina del betún mientras canturreaban. No imaginaban que en cuestión de segundos, las palabras retenidas en el techo caerían en forma de lluvia oscura, de cianhídrico.
El exterminio sobrevino en unos minutos. Desde la puerta, la señora Li observaba cómo padecían espasmos y la piel se les tornaba azul. Le asaltó la extrañeza de un pájaro solitario. Luego miedo y sudor. En un gesto brusco se cubrió la boca con las manos. ¿Y si alguien le hacía tragar sus propias palabras?
Sonará la última campanada. Luego vendrán los fuegos artificiales, cohetes y serpentinas, los pájaros volando asustados y entonces saldrá del portal. Esta vez, imagino, llevará un vestido rojo de fiesta, tacones y el pelo recogido. Se subirá a un taxi, a uno cualquiera, y recorrerá la noche de fiesta en fiesta. Se encontrará con las amigas, con los compañeros de la universidad. Bailará batchatas y cumbias, y sobre el hombro de ese chico especial sonreirá como ha esperado durante el año que así ocurriera. Al final de la noche, ya casi entrada la madrugada, tomará un taxi que en ese momento pasa junto a ella.
_ ¿A dónde señorita?
Desde hace tres años hago la misma pregunta, cómo si yo no supiera cuál es su destino. Y siempre, sin saber quién soy, contesta medio adormilada.
_ A la calle Amatista número siete.
Pongo en marcha el coche y un año más prosigo mi carrera hasta el lugar indicado, sabiendo que hasta la próxima nochevieja no volveré a tenerla cerca. La miro por el espejo retrovisor con el deseo de que algún día conteste.
_ A casa papá.
Era la noche, la última del año; La mesa repleta, abundante bebida, música y risas.
Ella estaba exultante, con ese brillo en su mirada provocadora que lo excitaba. La sorprendería, tras el brindis abriría el estuche que celosamente guarda en su bolsillo y le pediría unir sus vidas para siempre.
A un par de cuadras él había bebido en demasía, estaba feliz, sería papá. Con la primera campanada extrajo su arma y disparó al aire. El proyectil no sabe de amor, en loca carrera retornó a la tierra.
El anillo rodó de su mano. La sonrisa se transformo en mueca, su mirada cambió, él la sostuvo hasta depositarla suavemente en el piso.
Tras la última campanada lo envolvió el dolor de la soledad…
A un par de cuadras, ajeno al drama tras guardar el arma, brindaba feliz.
Observó sus manos y solo vio trabajo. Sus dedos, duros como su tierra natal, se mostraban reacios a reflejar ternura, ni siquiera cuando cambiaban el fusil por el suave tacto de la piel de su mujer. Más parecidos a la lija que al tafetán, tampoco invitaban a prodigarse en caricias.
Por lógica y sentido común.
Ese mismo sentido común que le llevó a idear una bolsita que protegiera de las inclemencias del tiempo a los racimos de su tardía cosecha de uvas, tan absurdamente apreciada por los madrileños desde que, unos veinte años antes, tal vez más, adoptaran la ridícula costumbre de tomar uvas en Nochevieja, acompasada por las campanadas que anunciaban el nuevo año. Gracias a esas bolsitas, las uvas crecían fuertes, jugosas y grandes. Tanto, que vendió toda su producción en un santiamén, a un precio jamás soñado. Tanto, que en pocos años todo Novelda copió su sistema, y el pueblo reverdeció lujos y olvidó miserias hasta que la maldita guerra les devolvió la tristeza.
Ahora, en la navidad de 1938, la cosecha aguardaba tiempos mejores, mientras su mujer preparaba puré de lentejas y zumo de uvas para recibir un año que, ojalá, siguiera ofreciéndole trabajo.
Puedes –o podrías– pasar de los que tienes a tu alrededor esta noche. Después de tanta parafernalia, de días de quiero y no puedo, de aguantar recomendaciones que no has pedido y chistes sin gracia. Decir que no te encuentras muy allá e irte a tu cuarto a leer. O mejor, puedes –o podrías– dar besos y abrazos de cortesía por doquier tras la última de las campanadas, impostar esa sonrisa en la que ya eres todo un experto y, sin que nadie a tu alrededor fuera capaz de advertirlo, bajar al garaje, arrancar el coche y salir a dar una vuelta. O mejor aún, puedes –o podrías– dirigirte hacia la autopista de salida de la ciudad. Parar en una estación de servicio y llenar el depósito; beber algo caliente. Enviar un mensaje aséptico pero tranquilizador a tu mujer que diga: ‘divertíos, he salido, estaré bien’ y, acto seguido, arrojar el móvil a la papelera más cercana. Entonces puedes –o podrías– cruzar el país, parando lo justo para comer algo de vez en cuando, sin dejar de solazarte con lo que estás haciendo. Ahora, piensas. Escuchas el tira y afloja de los cuartos. El carrillón que baja. La primera campanada.
Llega el momento más especial. Brindamos por los que ya no están. Y a mi Luisa se le salta una lagrimilla.
Y eso que esta vez han venido todos. Está Rafael, el mayor, con su hijo y su nueva pareja. Que ahora lo llaman así, Luisa. Y Lucía con su marido, el arquitecto, y sus niños, que no han aguantado ni un segundo tras las uvas y corretean en derredor de la mesa con carrillos de hámster. También ha venido Luis, el pequeño, que aunque durante la cena ha estado reservado, tras el brindis parece que ya le llegó la alegría a la cara. Estamos todos, como estuvimos.
Disfrutaremos del momento hasta que a eso de las tres o las cuatro se acabe la conversación, y cada cual se vaya a acostar. Y mañana cogerán los coches y se irán, porque están hechos a la ciudad, y no aguantan mucho tiempo en el pueblo.
La casa se quedará vacía. Y nosotros esperaremos que regresen el año que viene. Y si, por fin, les da por venderla pues, resignados, brindaremos en la próxima cena de Nochevieja con una nueva familia; ahora que ya estábamos acostumbrados a esta.
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