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Me preocupa que mi identidad virtual comience a desplazar a la auténtica: tiendo a considerar amigos a quienes no son más que simples contactos y dedico demasiado tiempo a un gran escaparate en el que todos buscan ser escuchados, pero nadie desea escuchar. Por ello, es mi propósito para el nuevo año abandonar las redes sociales, no sin antes despedirme de todos los que habéis seguido fielmente mi blog durante los últimos años.
Terminó de revisar el texto y, antes de dar al botón de publicar y de compartirlo en Facebook, Twitter y Google +, se apresuró a añadir:
Sé que no me va a resultar fácil, os mantendré puntualmente informados de mis progresos.
Muy Señor mío:
Os informo que cuando suene la última campanada habré colgado mis alas. Dejaré, pues, a mis suicidas y a los nuevos emprendedores ejercer su libre albedrío como más les plazca. Quedará a vuestro criterio decidir si buscarme un sustituto. Yo dejaría la plaza libre por pura curiosidad, porque os puedo decir que es mero hastío lo que me ha llevado a este punto. Pensé que el nuevo milenio aportaría ideas interesantes a los propósitos humanos, pero nada más lejos; ya me aburrí de ser la sensatez de conciencias insulsas. Así que, esta vez, Raúl no escuchará mi voz animándolo a subir en la bici estática, ni convenceré a María de que este año acabará su eterna novela; tampoco sostendré los pies de Alberto, que cada uno de enero decide tirarse por el tajo de Ronda. Deseo fervientemente que alcen el vuelo solos; unos caerán en picado, me consta, pero otros olvidarán las banalidades y crecerán. Yo, por mi parte, anhelo encontrarme con todos esos placeres terrenales que mi anterior naturaleza me negó. Os ruego encarecidamente no me detengáis, o me veré obligado a trabajar para la competencia.
Con sus peores propósitos, se despide atentamente,
Gabriel.
Diez minutos para el fin. Tiembla. Aparta el mando a distancia y se sienta en su sofá. Coge una libreta y un bolígrafo.
Nueve minutos. Piensa. Comienza a escribir: “Conocer a una buena mujer”, “Dedicarle más tiempo a los míos”…
Tres minutos. Suspira. Deja el bolígrafo. Lee todo lo escrito.
Dos minutos. Llora. Repasa desesperado todo lo que siempre quiso hacer y nunca hizo. Idiota.
Un minuto. Grita. Se rasga la cara, se golpea, se insulta. Idiota, idiota, idiota.
Cero.
Un minuto.
Dos minutos. Nada.
Tres minutos. Grita. El júbilo llega a sus oídos desde el exterior. Idiota, idiota, idiota.
Cuatro minutos. Llora. Todo ha sido una falsa alarma. Idiota.
Seis minutos. Suspira. Se sienta aliviado en su sofá. Lee todo lo escrito.
Ocho minutos. Piensa. “Qué tonterías: Conocer a una buena mujer, dedicarle más tiempo a los míos…»
Nueve minutos. Tiembla. Hace algo de frío. Busca una manta y se acomoda. Aparta la libreta y el bolígrafo.
Diez minutos. Coge el mando a distancia.
Al fin, lo que importa cuándo empieza un nuevo año es el amor que te hace superar la sensación de volver a arrancar cuándo tu corazón ya no puede seguir bombeando sangre. ¿Y qué es el amor?. Una controversia al odio, dicen muchos, un disfraz del mismo, dicen otros. Y luego existe el ser resignado, del que me cuento entre los pocos, que cree que es una diversa mezcla de éstas opiniones. Y éste tipo de persona también cree que al fin y al cabo da lo mismo hacer del amor un experimento científico, que no merece la pena descubrir todos sus secretos y hacerle perder su magia. Cuándo suena la campana, algún tipo de magia actúa también sobre nosotros, una que nos hace vivir el momento con una comprensión más profunda y detallista, que no crea velos entre nosotros y lo que vemos. Éste breve período, por lo menos a mí, te hace reflexionar, y entonces entiendes lo sólo que estás, y te revuelves en tu propia melancolía.
En Soderling, al norte de Noruega, siempre nieva el 31 de diciembre. Sus calles, sus casas, la iglesia y la abadía de aspecto medieval parecen entonces, más que nunca, un pueblo de cuento de hadas, como si este fuese el escenario soñado donde esperar la entrada del año nuevo.
Los monjes del monasterio se encargan ese día de descolgar la campana de bronce que utilizan a diario y sustituirla por otra dorada que custodian desde 1348. Cuenta la leyenda que fue fundida con el oro que entregaban los peregrinos para poder ocultarse en esta localidad, la única libre de la epidemia de peste negra que devastó todo un continente; y que sus repiques durante la despedida del año, transparentes y efímeros, son tan parecidos a la voz de Dios, que es el único sonido capaz de hacer confundir al destino.
Por eso, la campana de Soderling congrega esa noche a los que se han encontrado demasiado tarde la vida que deseaban haber tenido. Quien ha estado allí dice que el aire se carga de tristeza y melancolía, y que, tras las campanadas, los infelices aguardan el milagro, obstinados, entre la nieve, el silencio y la esperanza.
Arropado con su andrajoso abrigo, Santiago mira desde la calle las inmensas ventanas de la mansión. Lleva muchos inviernos repitiendo el ritual: observando dentro, imaginando el calor de la chimenea, el aroma a caoba del comedor donde servirán una fastuosa cena antes de las doce. Después vendrán las uvas, y, en seguida, alguien morirá. A Santiago no le sorprende que los DuPont sigan arriesgándose en el juego enfermizo que el viejo Elías DuPont iniciara tras desaparecer luego de su accidente aéreo. Sellado con el inconfundible anillo del patriarca, el testamento estipula que la fortuna entera será para el último sobreviviente de la familia. Sin embargo, el mismo documento también señala que, año con año, cada treinta y uno de diciembre, alguno de los aspirantes debe morir. Dan la primera campanada. En el comedor todos sonríen exultantes y nerviosos. Santiago se gira sobre sus pasos. Las bayas revientan pletóricas en las bocas de los comensales. Santiago camina alejándose de aquel lugar, su cara lleva un dejo amargo. Alguno de los frutos está envenenado, la herencia es enorme, pero la avaricia lo es aún más. Santiago se pierde en el frío de la noche, su peculiar sortija brilla con un mórbido fulgor.
Juntó los platos que habían quedado sucios sobre la mesa,las copas a medio terminar,sobras de carne asada y ensaladas.Intactos esperaban el helado y los turrones.
Repasó mentalmente una a una las palabras dichas,casi que se podían contar con los dedos.
Pesaron más los silencios.Las miradas descorteses y los gestos de indiferencia fueron tajos en la piel.¡Cómo dolían!
Sabía que no se merecía eso…
Había planeado la noche de fin de año acariciando los detalles y las posibilidades.
Su comida preferida,la decoración nueva,la música que era parte de la historia compartida,la bolsa con el regalo de Navidad que él ni sacó del envoltorio.
No recordaba en qué momento, la sonrisa irónica que su exmarido le dirigió, terminó de convencerla de que era la única decisión posible.
Ahora, tras las campanadas de año nuevo,insisitía en limpiar el rastro de sangre del mantel.
Y en la sala, increíblemente pulcra,el cráneo abierto del hombre era el acto final de una dolorosa y agónica relación.
Hoy es 31 de diciembre y la humedad campa a sus anchas por toda la ciudad. Cientos de paraguas se abren al cielo llenando los puentes de distintos colores. Yo prefiero mojarme, me gusta que el fino chirimiri roce mi rostro dejando pequeñas gotas de lluvia sobre mi pelo.
Las felicitaciones, piropos y menús de cena se mezclan en mis oídos. Sonrío a los buenos propósitos que seguramente nunca se cumplirán. Y lo único que me entristece son los viejos sueños sin cumplir que se desprenden de los abrigos de la gente. De camino a casa recojo unos cuantos en mi bolsa de pájaros…, todo se merece una segunda oportunidad.
Tras las campanadas, aprovechando el alboroto de los brindis y abrazos, dejo que salgan de su escondite depositándose entre aquellos a los que amo. Es sorprendente ver cómo proyectos en los que nunca pensaron se acomodan sobre ellos; pero me gusta la apariencia que les otorgan los ideales que aún no saben que poseen.
Será divertido ver a mi padre lanzarse en paracaídas, o que mi madre aprenda japonés…, aunque lo mejor, sin duda, es ver a mi abuelo rebuscar entre las pinturas de sus nietos…, ojalá decida aprender a pintar.
Prefirió tomárselas en la suite del hotel que había reservado, frente a la tele, una, dos, al ritmo de las campanadas, tres, con la tranquilidad que requería el momento, cuatro, mientras repasaba los aciertos, cinco, y los errores, seis, y recordaba su infancia de uvas acumuladas, inmasticables, en su boca, siete, los años felices, ocho, las navidades pasadas, nueve, y pensaba en su mujer, diez, en sus hijos, once, hasta tragarse la última, justo a tiempo, doce, en ese mismo instante en el que el reloj se quedaba mudo y la sala de fiestas del hotel explotaba de júbilo. A la mañana siguiente, cuando la señora de la limpieza entró en la habitación, la televisión seguía encendida, y el bote de pastillas, vacío, en el suelo.
Cuando terminan de sonar las campanadas, todos en mi familia aplaudimos y nos besamos deseándonos lo mejor para el año que comienza. Ya no es lo mismo desde que falta mamá, pero algunas cosas siguen siendo igual y me temo, que ya no cambiarán nunca. Mis cuñados fingen algo de cariño y se dan la mano sin apenas mirarse. Luis, mi hijo, me promete que el próximo trimestre estudiará y que no me preocupe, que recuperará las cinco que le han quedado. Mi hermana aprovecha la ocasión para escabullirse de la habitación con mi marido. Hace tiempo que lo sé, pero ya no me importa. El abuelo me besa emocionado y me dice que a ver si me caso, que ya va siendo hora. Luego se gira y se tropieza con mis sobrinos, que andan gritando enloquecidos por el salón.
Cuando todos se marchan, me gusta servirme un whisky y quedarme dormida en el sofá, para soñar con aquella nochevieja en que mi padre rompió el cristal de la ventana al abrir la botella de cava, en aquel tiempo en que nevaba siempre en Navidad y se dejaban escapar los corchos de las manos.
Tras la última campanada terminó con las uvas y después de brindar con champán frente al espejo comentó en alto en la soledad de su cuarto de baño:
Año nuevo ,vida nueva, estoy decidido, saldré del armario. Dejaré de fingir cuando la beso, cuando me pregunta si la quiero, si en algún momento tendremos hijos, si estaré a su lado en los malos momentos, si soy feliz entre sus brazos ,si,si,si…..
Estoy cansado de no ser yo, de ser ese que ella quiere que sea, y al que trata de cambiar, pero es imposible, estoy enamorado de un hombre y esa es la única realidad . Tengo derecho a ser feliz.
Hunde las púas del tenedor en el roscón de Reyes, corta un pedazo y se lo lleva a la boca. La institutriz lo observa, satisfecha de los progresos del pequeño que ha sabido incluso defenderse con los cubiertos del pescado. De pronto, sus dientecitos tropiezan con algo. El niño se saca de la boca un rey de porcelana embadurnado de cabello de ángel y enseña la sorpresa oculta en el roscón a la familia. Los tíos de Grecia aplauden. La madre coge la figurita, la limpia con la servilleta y se la devuelve con una sonrisa. El padre, con solemnidad impostada y reverencia incluida, ciñe la corona de cartón en la cabeza del pequeño. Todos ríen la ocurrencia. También sus hermanas y los primos. En realidad, todos lo hacen menos el hermano mayor. A él el asunto no le ha hecho ni pizca de gracia.
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