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Era el último día, así que reagrupó todo lo malo que había sucedido en el año, lo metió en un saco y con un palo la emprendió a golpes, doce dio, al ritmo de las campanadas del nuevo año, uno tras otro, hasta que sintió que nada dentro de ese saco se revolvía.
Arrastrando el saco por el pasillo, salió al descansillo, miró para asegurarse de no coincidir con nadie, todos celebraban en ese momento.
Bajó hasta el portal y una vez allí, hizo lo mismo, miró alrededor y salió lo más veloz posible hacia el coche, abrió el maletero y con mucho esfuerzo metió el saco dentro.
Circuló sin rumbo fijo, hasta que a penas sin darse cuenta, apareció ante él un páramo yermo y solitario.
Paró el motor y tras asegurarse de que por allí no había nadie, bajó del coche, sacó el pico y la pala del maletero y cavó un agujero negro y profundo como su corazón, allí depositó el saco y lo enterró.
Una vez alisada la superficie, respiró hondo sabiendo que esta vez, había ganado, exactamente dentro de 365 días, tendría que cometer otro asesinato a no ser que el año le matara antes a él.
Estaba harto de su oficio. Tener que darle cuerda a ese viejo reloj, tan antiguo como el mundo, le resultaba ya casi insoportable. Llevaba tanto tiempo encargado de su reparación, le ocupaba tantas horas su delicado mantenimiento, que cada vez eran mayores las tentaciones de cambiarlo por uno nuevo. Le seducía la idea de renunciar a su penosa tarea, desechar ese objeto inservible e idear un nuevo mecanismo, rutilante y eficiente.
Al llegar estas fechas, el inconsistente bullicio con que todo el mundo repasaba el año que estaba a punto de terminar convertía esos proyectos en apremiantes. La exhibición descarnada, impúdica, de lo que podía dar de sí el tiempo en manos de la humanidad le producía una profunda desazón. Pero una vez más, como siempre desde que el mundo es mundo, apartó de sí esas ideas inmisericordes. Y un ejército de sus querubines acudió solícito a enjugar las dos recias lágrimas que –grandes como planetas, brillantes como soles– corrían por su rostro enjuto y eterno.
Se habían reunido por Navidad veinte personas, entre abuelos, hermanos, sus cónyuges y los pequeños de la casa. Sentados en el salón se agrupaban en la mesa grande doce adultos y en la pequeña, de forma desordenada y bulliciosa, los ocho benjamines, de entre 12 y 3 años.
Este alboroto, que a cualquier persona le podría molestar, a la abuela le hacía revivir. Pese a sus ochenta años, se mostraba radiante y feliz, pues para ella eran las fechas más felices del año.
Esos días, junto a su entrañable Joaquín, disfrutaba de lo mejor de sus vidas: sus cinco hijos: María, Carmen, Jose, Manuel y Lorena; sus cónyuges: Luís, Manolo, Teresa, Pilar y Carlos, y sus nietos Marcos, Adrián, Paloma, Alba, Blanca, Lourdes y los gemelos Alberto y Alejandro, la salsa de sus reuniones familiares.
Compartían en familia esos apacibles instantes pues sabían que, por cuestiones biológicas, no tardarían en desaparecer.
Tras las doce campanadas, los vehículos de alta gama presentes en la fiesta de fin de año recuperan su aspecto de calabazas.
Los corchos saltaron, atronaron aplausos y matasuegras, las uvas desaparecieron tras las campanadas, cayeron confetis y serpentinas, chisporrotearon bengalas y las copas tintinearon celebrando el año nuevo. Él felicitó a los que estrechaban su mano, a las que besaban sus mejillas y a quien estampaba besos en la boca sin que, al parecer, le importara a nadie. La orquesta se impuso sobre el vocerío y le meció durante horas en aquel mar de burbujas, lentejuelas y alegrías sin fin. Cuando necesitó ir al servicio, se encontró ante el espejo con los ojos rojos, el estómago vacío y los pies hinchados de cansancio. Se sentó… Hizo piiiis… Buscó los 20 euros para el taxi y regresó al piso. Se calentó un caldo de gallina, le puso unas hojitas de hortelana y se lo tomó sorbo a sorbo. Cogió las postales que había retirado del salón cuando su mujer le dijo que iba a comenzar otra etapa en la que él no tenía cabida, y se metió en la vieja cama de matrimonio. Se fijó en los te quiero y en los te amaré siempre, y pensó que aquellos momentos, los de París, habían sido los más felices de su vida.
-¡Mamá, papá se ha vuelto loco!
Mi hermana gritaba mientras se dirigía corriendo al salón buscando la ayuda de mamá. En la cocina, la cena ya estaba preparada y sólo faltaban unos pequeños retoques a la decoración.
Por la puerta apareció mi padre con los abrigos y las bufandas.
-Chicas, nos subimos al cerro.
-¡Mamá…!
La verdad es que le costó convencernos. A pesar de nuestras quejas, a las once estábamos en la cima del Cerro Almodóvar mirando Madrid iluminado como un árbol de navidad.
De repente las torres de alta tensión comenzaron a brillar con una luz azul. Surgieron chispas de las catenarias del tren y pudimos ver cómo se iniciaba el fuego en el transformador de Vallecas. Torrespaña parecía una vela: emitía un resplandor fantasmal. La mitad de la ciudad se apagó y lo que quedaba con luz no duró mucho.
Y vimos las estrellas.
-¿Qué pasa papá?
-Es por la tormenta solar. -Dijo sin esperar que lo entendiese. -Pero… mira el cielo.
Sobre el horizonte que recorta la sierra apareció una hermosa cortina de luz verde que parecía mecida por la brisa. Un resplandor mágico. Una increíble aurora boreal.
Mi padre sonrió.
-Feliz año nuevo, chicas.
Soy dos mitades. Una se despereza y tira de la otra que sólo quiere dormir. Y lentamente la boca vuelve a ser boca, pese al sabor metálico. Los dedos de las manos y los pies se llenan de hormigueos. Los ojos quieren avistar el entorno, ubicarse; tanto tira mi mitad vital de ellos que se abren y chocan con el techo, aún pesados consiguen deslizarse hasta la pared que luce un adorno propio de la fecha, en rojo y oro.
Le llega el turno a los oídos. Traen ecos de risas y sones navideños, pero de pronto acercan, dolorosos y nítidos, los sonidos de las campanadas: una, dos, tres… llegan al cerebro, que alarmado por el familiar sonido, bucea entre las brumas de la memoria hasta hallar el recuerdo. Ordena entonces a las manos acariciar el prominente vientre. Cuatro, cinco, las manos se desploman llenas de vacío; seis, siete… La mitad que quería seguir dormida tira de la otra que ha bajado la guardia y la arrastra con ella a un lugar más seguro. Sin ruidos.
Corre,corre!! Todos los años con la misma cantinela.23:50 y sin haber comparado las uvas de la suerte, y sin uvas de la suerte las campanadas no son lo mismo..que nos vamos a comer?..aceitunas?
Si es que todos los años igual, no tenemos remedio…
Corre, corre!!…ya empiezan los cuartos…concentraros!!empiezan las campanadas…a falta de uvas buenos son … Doommm: un beso, Doom: un abrazo, Doommm: un te quiero, Dooomm: un buen deseo, doomm: un aliento, doomm: un «eres el mejor»….
A falta de uvas…amor y respeto!!
Aún con el sabor de las uvas en el paladar, tras las campanadas del año nuevo, en la celda 142 aún resistíamos al sueño, se respiraba un aire de tristeza, no podíamos evitar recordar otras navidades pasadas fuera de la cárcel con nuestras familias y amigos.
Aunque ni en prisión se dejan de celebrar estas fechas tan señaladas, el vacío que sientes aquí dentro es muy profundo.Te sientes solo a pesar de estar conviviendo con 140 personas. Además del sufrimiento interior propio, también se sufre por el de la familia. A pesar de todo, uno trata siempre de levantarse el ánimo, ayudar a los compañeros que lo neceitan, lo mismo que ellos hacen conmigo.
Por ello realizamos diversas actividades en estas fechas para que la estancia a aquí sea más amena: montamos un belén, cantamos villancicoos, hacemos campeonatos..
Después de tres navidades aquí, solo espero que las siguientes sean con mi familia….volver poco a poco a mi vida y contagiarles de felicidad.
¿Y después…que hay después de las campanadas de Navidad?.Silencio político, hambre en el mundo.¿Qué hay después?..Gritos silenciados, guerras inútiles, gente que llora por estar lejos de los suyos, muros que separan sonrisas de lágrimas. ¿Después?..quejas inaudibles, oídos sordos que intentan escuchar un atisvo de esperanza que nunca llega, pero..¿Qué hay después de las campanadas?..quizás el silencio de personas que no son tratadas como tales, niños que trabajan su infancia perdida. Sí. Esto se ve, eso hay.. pero quien puede no hace nada y quien quiere no puede.
¿Campanadas?¿De alegría tal vez? ¿o quizás de ignorancia? Ojos que no ven, corazón que no sufre. ¡Y una mierda!…el pueblo sufre, los niños sufren, la propia tierra sufre. Campanadas anunciando la salida de un plaga, campanadas anunciando un peligro por venir. ¡Campanas de Navidad!..bonito concepto sin sentido. ¡Navidad!..palabra de emociones y rencores, familias rotas. Al fin y al cabo…Comercio, gasto inutil..no tiene sentido.
Navidad. Bonita palabra vacía de contenido.
Aquél orgasmo marcó el inicio de nuestras nuevas vidas. Teníamos nuestras dudas si había sido el mejor del año pasado o sería el mejor del año nuevo. La última campanada hizo que nuestros cuerpos se fundieran en algo que nunca habíamos experimentado antes.
Nos íbamos pasando las uvas, ya a deshora, de boca en boca, mientras intentábamos mejorar lo ocurrido escasos minutos atrás. A cada uva un deseo, a cada deseo un movimiento de cadera, a cada movimiento de cadera un “te quiero”. Nos comimos varios racimos de uvas. Después descorchamos un par de botellas de cava, y a cada sorbo un deseo, a cada deseo un beso.
Ya al alba nos tumbamos, exhaustos, en la cama mirándonos a los ojos, y a cada parpadeo una sonrisa, a cada sonrisa un deseo… Y nos dormimos; y soñamos que estábamos en un mundo del que nunca despertaríamos, en el que todos los deseos que habíamos pedido se habían cumplido.
Pero despertamos, de un sueño, de otra realidad. Y aunque nuestros labios todavía sabían a nosotros, tú no eras la chica que estaba a mi lado y yo no era el chico que estaba a tu lado.
Serafín Cominos era un hombre metódico y de costumbres. Cada día salía temprano a caminar, siempre a la misma hora, las siete de la mañana, y todas las veces por el mismo trayecto. Indefectiblemente se encontraba cada día a las mismas personas; en la esquina de la farmacia a la señora mayor que sacaba al perro a pasear, buenos días, buenos días; cerca del quiosco de prensa al panadero que salía del turno de noche en el horno, hasta luego, adiós; en la plaza al joven trajeado, con aspecto de bancario, de mirada huidiza, sin saludo; y tantos y tantos otros.
Harto de tanta monotonía, con el nuevo año, Serafín decidió adelantar en media hora su salida y modificar el itinerario habitual para evitar encontrarse cada día a la misma gente. No lo consiguió. Todos habían decidido lo mismo.
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