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Si alguien se hubiera decidido a abandonar la mesa, acercarse y felicitarle también el año, enseguida habría notado algo extraño en su cara. Y habría sabido, casi seguro, interpretar al momento ese parpadeo repentino y acelerado de sus ojos, ese boqueo de pez sin agua, de labios sin aire. Habría captado, sin duda, el brusco cambio de actitud corporal del adolescente impasible, de nariz desproporcionada y flequillo demasiado largo, siempre adherido al sofá. Quizá entonces, un golpe seco a tiempo entre los omoplatos, una sacudida de hombros, un grito desmesurado, una brusca compresión en el abdomen habría bastado para rescatarlo de esa vereda sombría y sin retorno, recién emprendida al llegar la duodécima campanada. Y probablemente, después de ese día, en esa casa continuarían consumiéndose las uvas, como postre durante todo el invierno y como rito de la buena suerte en noche vieja.
Tras las campanadas que anuncian el año nuevo en la tele, no pasa nada remarcable. Es durante la cena de Nochevieja cuando ocurre lo inexplicable.
Los niños se instalan enseguida en la gran alfombra para jugar con una montaña de juguetes y mi mujer y yo aprovechamos para adecentar la atiborrada mesa. En esa tarea, vemos como una copa que cae se queda suspendida en el aire antes de impactar contra el suelo. Ella se queda con la boca abierta. Yo me acerco impresionado y compruebo que en efecto está flotando a un palmo del piso. La toco cauteloso. Oscila levemente como un péndulo desacompasado y vuelve al mismo punto. Ejerzo algo de fuerza hacía abajo para ayudarla a que concluya el recorrido, pero no se puede, se mantiene levitando a centímetros de la supuesta colisión. Lo esperado hubiera sido el choque quebradizo y el posterior barrido de los pequeños cristales esparcidos para que los niños no se cortaran, pero cuando ocurre algo así no hay más remedio que asumir el pequeño milagro y empezar a creer en algo más.
Fuera es desierto de horizontes sedientos, saguaros, noches frías y sudor bajo el sol.Y en la ciudad se mezclan blancos, latinos, indios de varias etnias, buscavidas, y los desadaptados que tan difícil tienen encontrar su lugar en una sociedad poco flexible. El año se despide con armas en la calle, un tiroteo en la noche, masculino poder. Los disparos se confunden con el sonido de los fuegos artificiales que iluminan el cielo al terminar la cuenta atrás, que cierra otro ciclo planetario. Pero sé que mañana, sin importarles nada si acabó un año viejo o si otro nuevo empieza, dos colibríes llegarán al patio de mi casa de Tucson, sumergirán su pico en el dulce néctar de la flor del quebracho y me harán olvidar por un momento de qué lado del mundo se inclina la balanza.
Tras el último volteo de nochevieja, el badajo salió volando desde el campanario y fue a incrustarse en la piedra frontal de la fuente.
La resonancia del violento impacto cortó de cuajo los incipientes impulsos para felicitarse el año nuevo entre matasuegras y descorches de sidra. En su lugar se produjo un estruendoso silencio que seguido de un murmullo de similar intensidad hizo de la plaza un laboratorio de ideas y conjeturas.
Luego del intento infructuoso por extraerlo, ya que se comportaba como artúrico artilugio, el cura tomó la palabra para convencerlos de que era un milagro que los convertía en el pueblo elegido, y que algún día llegaría Aquel que podría separar el hierro del granito, la paja del trigo.
Ante la inmensa algarabía que se produjo, el maestro aprovechó para, por primera vez, palparle la tersura glútea a la mujer del boticario.
La mañana ha amanecido arropada por una sábana blanca.
La lumbre de la hoguera no quema. El río es un cristal transparente. El aire no mueve las hojas de los árboles.
En la choza el nacimiento es una caricatura de lo que fuera en su inicio, porque dicen que no hubo ni mula ni buey.
El pastor que cruza el puente y que lleva a hombros un cordero, ha caído al río, pero no se moja.
La castañera no mueve las castañas; al final se le quemarán.
Y tras la montaña de papel, el cagón sigue con el culo al aire y el churro asomando.
El Portal adornando con un buen número de luces de colores intermitentes, parece una discoteca.
Cuando llega la noche y la casa se queda en silencio, las figuras cobran vida.
María y José salen a pasear con el Niño. Los pastores bailan jotas, la castañera se hincha a vender castañas calentitas, el cagón se asea y roba la primera gallina que le sale al paso.
Y el Ángel pasa las últimas novedades al Jefe.
Al amanecer, todo volverá a la normalidad.
Nosotros miraremos las figuras del Portal… y a nosotros ¿quién nos mira?
Sentados a una mesa, cuatro figuras envueltas en el humo de los cigarrillos juegan al póker. Modesto, acodado detrás de la barra, los observa. De vez en cuando agarra el vaso y se echa un trago de cazalla que cae en su estómago como un arponazo. Los cuatro hombres se cubren la cabeza con sombreros de fieltro. Sobre la mesa, el barniz de las culatas de sus semiautomáticas produce sutiles destellos.
Modesto mira el reloj de la pared. Bosteza. Faltan cinco minutos para las doce. Saca un paquetito con las uvas y se prepara para el consabido ritual. En ese momento, uno de los hombres se retira el sombrero hacia atrás, extiende la mano sobre la mesa y muestra las cartas. Los otros, pistola en mano, se ponen en pie. Modesto se toma las uvas al compás de los disparos que ahogan el sonido de las campanadas. En el eco de la última, el humo y las figuras se desvanecen en el silencio. Modesto suspira. Se acerca a la mesa. La limpia y la arrincona hasta el 31 de Diciembre siguiente, sin dejar de maldecir las condiciones del traspaso del bar.
Como si fueran a acabarse mi tiempo y mi mundo con el fin de año, hago balance del hostigamiento al que me has sometido estos años. Tres interminables horas en el balcón, desnuda, rezando para que me dejes entrar. Poco amor, casi todas las veces fueron violaciones. Dos hijos. Algunos puñetazos en plena cara antes de perder el conocimiento. Siete días a la semana con miedo a que vuelvas. Cada vez menos copas para envalentonarte conmigo. Una orden de alejamiento. 90 veces 9 disculpas insinceras con sospecha de reincidencia. Varias denuncias de malos tratos. Y, aquí es donde más me atraganto, demasiados segundos paralizada mientras recibo tus golpes.
Al fin, con el último aliento, la energía justa para decir NO.
Tras las campanadas, todos comenzamos a marchar hacia atrás. Lo hacíamos muy rápido, como en esas películas VHS que uno rebobina a su antojo. Al instante me vi recorriendo diciembre, noviembre, octubre… En todo momento era consciente de lo que sucedía, pero no podía hacer nada para detenerlo. En esa especie de “yo” sin “mí”, pude analizar el año vivido: la paliza a mi hijo adolescente por fumar en el baño, el revolcón con mi compañera de inglés, la mirada de superioridad al vagabundo, el gimoteo de mi mujer por menospreciarla, las excusas para no visitar a mi suplicantes padres… Hasta que todo se detuvo, de golpe, como había empezado, y me descubrí masticando uvas, rodeado de mi familia y amigos, que me deseaban un feliz año 2014.
La primera fue que vendría a la cena su exmarido.
La segunda, por aquello del empate, que también mi exmujer.
La tercera, fue cosa mía: invitar a mi muy querida vecinita del sexto.
La cuarta, apuntar al butanero con su bombona.
La quinta, que no iba a haber uvas.
La sexta, que me daba igual como fuera.
La séptima que pondría el mantel que había hecho mi madre.
La octava, que lo que tú quieras, mi amor, que tras el detalle del mantel, lo que tú quieras.
La novena, que no fuese tan complaciente, que le gustaba que le diera guerra.
La décima, que para guerra la que me das tú y todo lo que me gusta.
La undécima, es que volvimos a mirarnos a los ojos como antes hacíamos, sin decirnos ni media.
Al final, ha llegado Nochevieja, estamos solos y, aunque bebemos en los labios del otro, no hemos tocado la comida.
El Año Nuevo está a la vuelta de la esquina y ésta es la última campanada, la buena noticia: lo estamos esperando juntos, con una sonrisa.
Había visto el reflejo de su corpachón roto en mil pedazos en los charcos con cada pisada. “Mal presagio”, pensó. Quiso atrapar un taxi. “Imposible esta noche”, se dijo. No le quedó más remedio que arrancar su vieja furgoneta. “Tampoco he bebido tanto”. El vodka le había dejado un sabor lítico en el paladar y un zarpazo atigrado le arañaba el esófago. Se lo había prometido al salir de casa. “Ni una gota”, pero qué valor podía tener ya su palabra con la cuenta atrás de su relación activada hacía meses.
Iría, por última vez, a la cena de Noche Vieja en casa de sus suegros por los niños, que aún no sabían nada. Tendría que oír de nuevo los reproches de su cuñada: “Hay que mover el culo Tomás” “El trabajo no vendrá a llamarte”. Le mirarían, como siempre, por encima del hombro y cerraría los ojos cuando le entregaran a su mujer el sobre con el aguinaldo.
Sobre el asfalto del puente, un carro con luces de navidad, frenazos y al abrir los ojos el reflejo de su corpachón destrozado en las frías y cristalinas aguas del río del que nunca emergió.
Marianita, la blanca, estaba a un paso de arder en la hoguera.
Al filo de las doce de la noche del último día del año, con la última campanada del reloj de la catedral, comenzaría la danza del fuego.
Quizá su destino estuvo escrito el mismo día en que nació.
Demasiado blanca para su clase. Delicada y dulce hasta desesperar. El amo dudó de su paternidad. Semejante birria de niña no podía ser de su cosecha, aunque tampoco parecía hija de esa poderosa jaca que era la Mariana.
Marianita creció a golpes, porque el amo cerraba los ojos para no ver su fragilidad y la trataba peor que al resto de sus criados. Ella etérea y liviana lo resistía todo.
A los 15 años era hermosa, su tez no se había oscurecido un ápice y su cuerpo aunque menudo, tenía proporciones justas para enloquecer.
El amo perdió la compostura por ella y su hijo Rodrigo, perdió mucho más, el entendimiento entero.
¡Bruja! Acusaron públicamente. ¡Bruja! La niña era capaz de arrebatar almas y conciencias, guiada sin duda por el maligno. Así resolvieron tan incómoda situación.
31 de diciembre, noche cerrada.
Marianita, la blanca, daba su último paso hacia la hoguera.
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