¿Te falta alguno de nuestros recopilatorios?
PREMIO A CURUXA 2024
PREMIO SENDERO EL AGUA 2024
***
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas


La puerta estaba entreabierta. Por la estrecha rendija se observaba un espejo donde un cuerpo glorioso se deshacía en ardientes contoneos exhibiendo una pálida desnudez propia de las ninfas más bellas que cualquier ojo humano haya tenido el privilegio de ver. Advirtió mi presencia porque, rápidamente, intentó cubrirse presa del rubor. Me aparté discretamente de la entrada con la agradable sensación de que el camarote 115 de aquel lujoso transatlántico me acababa de abrir las puertas del mismísimo cielo. Tal era mi grado de turbación que apenas reparé en el reguero de agua que discurría por los pasillos de acceso a las suites hasta que comencé a advertir la humedad en mis pies. Desconcertado por el descenso precipitado que experimente en mi regreso a la tierra, solo pude constatar como un infierno helado se abría paso hacia mí.
Mi mujer siempre dijo de mí que era un hombre frío, como me lo comentó de ella cuando nos la cruzamos en cubierta. Sin embargo, en cuanto nos miramos, nuestros ojos se encendieron.
Hoy, haciendo caso omiso de las carreras y de los gritos, nos zambullimos el uno en el otro; y mientras el barco se mueve y hace que nuestros cuerpos bailen sobre la cama, peleamos el frío del agua con el calor de nuestros besos.
Ya queda poco. No tenemos mucho tiempo.
Nos ahogamos el uno en el otro, nos fundimos en un abrazo, buscamos oxígeno en la boca del otro persiguiendo ser uno, siéndolo.
Vestido con su mejor smoking, cruzó la entrada del suntuoso salón del barco temeroso de lo que iba a encontrar. Todos estaban allí sentados, esperándole, disfrutando de la cena de gala, y entre todos ellos, mirándole con reproche resplandecía Sofía.
El corazón le dio un vuelco.
— ¿Dónde te habías metido Charles? —le preguntó el señor Smith. —Sofía estaba a punto de salir en tu búsqueda.
Él no respondió, fue directamente hacia su mujer besándola con pasión en los labios, hasta que ambos sintieron que les faltaba la respiración.
Durante la velada, algunos invitados mencionaron que no se escuchaban los motores, también que el barco parecía no moverse.
Más tarde, bajo las lámparas de cristal, bailaron al son de la música muy pegados, para terminar en la puerta del camarote 115.
Tras la batalla de caricias, Sofía apoyó la cabeza sobre su pecho y susurró que estaba embarazada. Charles lloró lágrimas amargas.
Miles de metros por encima del Titanic, en pie sobre una lancha que permanecía estática sobre las olas, un empleado contratado para tal fin, sostenían entre sus manos una Urna vacía.
No había familiares, Charles, incapaz de superar la muerte de Sofía en el hundimiento, nunca volvió a casarse.
Cada madrugada contempla fascinado cómo el trasatlántico vuelve a estrellarse contra el iceberg en el fondo del vaso de bourbon. Y ni siquiera los gritos desgarrados de la muchacha del camarote 115, la que tiene los mismos ojos dolientes de Lucía, consiguen hacerle abandonar el deseo de hundirse para siempre con él.
—Su nombre, por favor —el primer oficial del Carpathia posa la mirada en la gargantilla de diamantes —lady…
Ella se envuelve en el abrigo y tiembla al recordar al monstruo hundiéndose. Siente en sus huesos los codazos y empujones que le han arrastrado por cubierta hasta el bote salvavidas. Regresa la angustia de correr a trompicones por el laberinto de pasillos y cubiertas. Recuerda haber cerrado la puerta del camarote, cogido los diamantes y los ojos incrédulos de Maurice. El calor del odio y la fuerza del desprecio. El coraje de ser madre y la humillación a los bastardos. Descubrir que el deseo no es amor y que frac y cofia viven en cajones separados. Maurice aferrándola por el brazo, «Deja eso, saca de aquí a mi esposa, salva a mi heredero». Su señora llamándola «Melany, muchacha, reacciona, el barco se hunde, ayúdame con las joyas». El sobresalto del impacto, dicen que contra un iceberg, la devuelve a la realidad del día después.
—Madame Chevalier —balbucea palpándose el vientre —y el futuro Señor de Lautrevié —de un bolsillo extrae la llave 115 prueba de su futura identidad. En el otro aprieta las tijeras de su pasado.
— Extra! Extra! Sepa todo sobre el hundimiento. El Titanic. Extra! Extra!
Un escuálido muchacho de cara sucia voceaba ofreciendo ejemplares del Daily Herald a todo aquel que quisiera comprarlos.
El pequeño Adrien se paró en seco, ¿Titanic? Echó a correr hacia el vendedor de periódicos y al chocar con él simulando un accidente fortuito le arrebató el ejemplar que blandía en alto.
Siguió corriendo hasta su apartamento, casi al otro lado de la ciudad y entrando como una tromba lo dejó sobre la mesa. Su madre empezó a regañarle, al tiempo que intentaba impedir que varios carretes de hilo de su costura salieran rodando y cayeran al suelo.
Pero se detuvo al leer las palabras que sobresalían en el titular, hundimiento, Titanic.
Pálida se abalanzó sobre el papel, y leyó impacientemente sin dejar de murmurar: August, mi August. Maldito y orgulloso cabezota.
Buscó su chal, cogió de la mano al niño, sin ver que aún no había recobrado el aliento y corrió escaleras abajo en dirección al puerto.
Todas sus esperanzas, todo su dinero, viajaban en el camarote 115 del barco.
Rezaba para que al menos las heladas aguas no se hubieran tragado también a su marido.
Hay barcos que se hunden y amores que naufragan. Hay tablas que ayudan y amores que salvan. Beatriz estaba encerrada. Sus gritos traspasaban la puerta del camarote 115. Yo no era nadie. Un mozo de carga que nunca podría esperar nada. Pero aquella noche yo podía ser el héroe que salvara a Beatriz. Por una vez, podía darle sentido a mi mísera vida rescatando a mi amada, atrapada en un titánico barco que amenazaba con hundirse. Avanzaba con el agua hasta las rodillas, movido por el resorte de su voz, por el infinito pasillo. Nos habíamos visto cada noche en cubierta, cuando ella salía a tomar el aire. Me había sorprendido mirándola, en la mañana, con su melena al aire, riendo como una colegiala. Hacía apenas unas horas, mientras bailaba ese vals con su prometido, sus ojos estaban presos en los míos. Dónde estaba ahora el apuesto mozo? La había dejado sola. «Estoy aquí, Beatriz, ya voy». Empujé con todas mis fuerzas la puerta. Conseguí entrar junto al río de agua. Tomé a Beatriz por la cintura: «Soy tu tabla esta noche, Beatriz. Tu eres mi salvavidas». No me importa morir porque he vivido toda mi vida para este momento.
Su traje estaba hecho jirones y tenía los zapatos empapados. No era esa la imagen que Robert esperaba mostrar aquel día, pero pese a ello avanzó con decisión a través de los pasillos. Se detuvo frente al camarote 115.
–11 de mayo; nuestra primera cita –dijo para sí con una sonrisa en los labios.
Él estaba en la 262, que señalaba la fecha en la que le pidió matrimonio. La idea de relacionar los camarotes con esos acontecimientos fue de Mary; siempre le sorprendía con excentricidades de aquel tipo.
Abrió la puerta y la encontró sentada. Estaba realmente hermosa. Su vestido de novia, blanco inmaculado, elevaba su belleza a la altura de un ángel. Cuando la vio, su dicha fue absoluta, y olvidó al instante el hiriente comentario que quería hacerle sobre la ocurrencia de casarse en el Titanic. En su lugar, apoyó una rodilla en el suelo, ese gesto de galantería antigua que ella tanto agradecía, y colocó la alianza en su dedo. Después se levantó, apartó el alga que Mary tenía en la boca y la besó.
Siglos más tarde, ambos permanecían abrazados, escuchando a lo lejos cómo la orquesta interpretaba la marcha nupcial para ellos.
– ¡Tenemos que salir de aquí!
– Vete tú, si quieres. Yo no pienso irme sin ella.
– Todo esto es absurdo. Ni siquiera la conoces.
– Te equivocas. Cuando la vi paseando en la cubierta, supe que la conocía desde siempre. Que la había esperado toda mi vida.
– Conmovedor. Pero, ¿por qué la estamos buscando en los camarotes? ¿Qué te hace pensar que no ha dejado ya el barco?
– Sigue aquí, lo presiento. No sé, puede que se haya quedado encerrada, o que no sepa encontrar la salida.
– ¿Puede? ¿Puede? Mira, yo no pienso morir aquí. O vienes conmigo ahora, o…
– ¡Espera!
– ¿Qué pasa?
– ¡Allí! ¡La luz! ¿No ves la luz?
– Pero…
– ¡Vamos!
Cuando entraron en el camarote, descubrieron que su único ocupante era un extraño calamar fosforescente, que salió disparado en cuanto vio amenazada su soledad. Los dos peces abisales se miraron confundidos, mientras descendía sobre ellos el viejo silencio, cargado de oscuridad y melancolía.
No puedo precisar en qué momento regresó mi alma, pues todo me parece un sueño: la habitación en completa penumbra, el ruido del mar estrellándose contra la quilla, el silencio de las estrellas, nuestros cuerpos entrelazados durante el incendio agonizante de nuestros sentidos. Perdidos entre el espacio y el tiempo fuimos lanzados hacia la ventanilla del camarote. Un movimiento repentino del timón a estribor nos arrojó del paraíso con brutalidad. Luego, un golpe seco nos estrechó nuevamente. Nos miramos con ojos llenos de miedo. Asustados tratamos de salir, mientras el ruido de los motores se ahogaba en la lejanía, dejando solamente el sonido de la música. Después de un breve silencio, un frenesí intenso de gritos atiborró el ambiente. No pudimos abrir la puerta. Fue imposible. A pesar de los golpes demenciales y las suplicas desaforadas. El barco empezó a inclinarse mientras decenas de pequeñas embarcaciones se alejaban como luciérnagas asustadas. Vimos como cuerpos pálidos y congelados se hundían junto con nosotros. Pareciese que ellos trataban de entrar al calor de nuestra habitación cerrada. Llegamos al fondo sin miedo, ahí en la oscuridad del camarote 115 del Titanic nos ahogamos con el último beso.
Recogiendo colillas por calles y callejones se agudiza mucho la vista, y no pasa desapercibida una preñada cartera que acaba pariendo billetes jamás vistos ni sopesados.
Era como un regalo intentando compensar las Navidades pretéritas de una vida sin luces ni gracias que traer al recuerdo.
Me dirigí a la taberna del puerto mientras pensaba, con una sonrisa boba, que si me administraba podría fumar, beber e incluso comer durante una buena temporada.
En la barra había un trajeado rechoncho, pasado de copas, maldiciendo a una mujer con la que era evidente que todo se había ido al traste; y cuando Charles le convenció de que se fuera a casa, se puso a llorar como un niño porque comprobó que no llevaba la cartera.
El tabernero era buen tipo y le dijo que ya pagaría otro día, pero él insistió en entregarle, al que abonara su cuenta, un billete para el camarote 115 del Titanic que ya no le hacía mísera ilusión.
Me aproximé raudo para atraparlo, pero el bruto de Jones me metió un viaje endiablado.
Desde el suelo, le miré con rabia ante tal humillación, hasta que concluí que para mi la jornada ya había sido suficientemente afortunada.
rostros conocidos irreconocibles ojos en blanco ojos muertos de pez frías medusas viscosas como la muerte bocas desencajadas que buscan el aliento de la vida gélidos labios yertos cenicientos rostros sin vida cuerpos amados entre dos aguas botellas de champaña al alcance de la mano copas de bohemia danzantes bourbon on the rocks entre los sargazos todos menos tú me hundo en la desesperación y en nuestro camarote 115
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas









