Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

FE

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en LA FE

Bienvenid@s a ENTC 2026 Comenzamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto de FE en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
días
0
9
horas
2
3
minutos
3
9
Segundos
3
2
Esta convocatoria finalizará el próximo
14 de FEBRERO

Relatos

106. ODILE, Baja California Sur, México. 15/10/2014 (María Ordóñez)

Después de la batalla, todo estaba desgarrado en las calles, el monte, el mar. Un gigante de miles de brazos y enormes dedos destructores, había asolado el paraíso.

Los habitantes salieron de sus escondites llorando de aflicción. Agudos y estruendosos silbidos les habían perforado los oídos. Las ramas y hojas que aquél monstruo arrancó de los árboles, los dejaron casi ciegos. El agua que escupía por sus fauces, se metió en sus casas y arrasó con parte de sus vidas. Parecía no haber futuro cuando amaneció.

Aunque Abel, el bendecido, sabía que no había de preocuparse, sus daños serían reparados y su hacienda restablecida. Como siempre. Caín, por el contrario, sabía que tendría que salir a recoger los mendrugos que dejaría caer su hermano, para levantar su choza y seguir sobreviviendo. En la miseria. Como siempre.

Dios no estaba o tal vez sí, tapando los ojos a la señora Justicia para que no viera ni lo malo, ni lo bueno. No como todos creían, que para que actuara en equidad. Y el monstruo regresaría, quizás no como ahora, cuál huracán, pero sí como siempre,  dando más a quién más tiene y quitando hasta los sueños a quien nunca tuvo nada.

105. LA FOTOGRAFÍA

Vino un verano  para trabajar en los campos  y quiso el destino que nos viéramos solo una vez.

Fue una noche de verbena, el último día de las fiestas grandes del pueblo.

Estuvimos juntos y después se marchó por donde había venido con la promesa de escribirme.

<<Palabras al viento>> pensé al verlo alejarse por el camino mientras me mandaba un beso con la mano.

Pero me equivocaba,  a la semana siguiente recibí sus primeros versos de amor.  Yo,  por supuesto,  le correspondí enviándole una fotografía mía.  Así comenzó nuestra relación e intercambiando cartas y sentimientos fue como  nos enamoramos y convenimos en casarnos.

Pero el inicio de la  guerra nos cogió a todos por sorpresa  truncando nuestros planes cuando lo reclutaron.

A su regreso,  salí a su encuentro corriendo,  pero me quedé paralizada sin reconocer al hombre abatido y con la cabeza vendada que tenía enfrente.

—La guerra nos cambia a todos —dijo sacando mi propia fotografía  desgastada y manchada de sangre  del  bolsillo de su chaqueta  para mostrármela.

La verdadera batalla, la que enfrenta a mi razón contra mi corazón,  comenzó  cuando achacado por el Alzheimer, se empeñó  en que no lo  llamara Ignacio sino Antonio.

 

104. CONDECORACIONES (Paloma Hidalgo)

La Cruz del mérito te la impongo por la habilidad demostrada en innumerables ocasiones para encontrar la manera de traer dinero a casa.
Ésta, al Valor, te la concedo por la enorme cantidad de años que llevas a mi lado queriéndome, y demostrándomelo.
La de los Servicios Distinguidos la lucirás en el pecho por las misiones cumplidas con éxito en el ejercicio de la crianza de nuestros hijos.
Una Estrella de plata, porque de oro no he encontrado, y una Cruz Victoria, que creo que se la otorgan a los que luchan contra el enemigo poniendo su vida en riesgo, de parte de tus suegros.
Pero te pongas como te pongas, lo que no estoy dispuesta a aceptar es que tú me cuelgues otro Corazón Púrpura. Vas a tener que prometerme que vas a cuidarte, que se acabaron la vida sedentaria y ese medio paquete de cigarrillos que te fumas a escondidas; porque cuando te repongas de este infarto, soldado, te quiero conmigo en la trinchera.

103. VIAJE AL PASADO

Invades mis sueños sin pedirme permiso, ¡¡¡me revienta!!!.

Observo a través de los cristales del ventanal y veo mi calle punteada de coches y autobuses que resbalan y desaparecen entre callejones, te busco entre la gente con la esperanza de no encontrarte.

Siempre a la misma hora la sombra del miedo se cuela por debajo de mi puerta sin anunciarse y se instala a mi alrededor.

Tras la batalla que libro contra mis sentimientos en la que lucho como en las batallas de la Edad Media con coraza y espada, no logro vencer a mi adversario.

Mis palabras chocan contra las tuyas sin entenderse, parece que bailan al son de los floretes en un cuerpo a cuerpo de esgrima donde los tiradores no se dan por vencidos.

Guardemos el pasado en una maleta y dejemos que ruede,  que viaje sin rumbo fijo y sin billete de vuelta, se pierda y no vuelva.

102. BATALLA DIFÍCIL DE OLVIDAR (Ana Tomás García)

«…No me quedó otra que sonreír tras los portales con una mueca pícara de rojo carmín en los labios, amargos de desesperación. Levantarme la falda de mala manera y mostrar mis piernas ligadas a unas medias remendadas en las que nadie iba a reparar porque la urgencia era otra y esos pequeños detalles de pequeña dignidad sólo los conocía yo. Dejar a la prole dormida cada noche, buscar excusas durante el día, esconderme siempre para no ser reconocida a pesar de ser la puta por todos requerida.

No me quedó otra que perderme por las callejas inmundas durante aquellos duros y tristes años de la guerra en los que me vi sola para dar de comer a mis hijos y venderme como un mísero trapo con el que limpiarse las inmundicias por unas pocas perras, un trozo de pan o un puñado de lentejas…»

 

-No se mortifique más, madre. Aquello pasó y gracias a usted crecimos y nos fue bien. Nos vinimos a esta casita frente al mar, lejos de todo y de todos, donde los únicos murmullos son de las olas que rompen en la soledad de la playa.

-Lo sé… Pero es que hay batallas difíciles de olvidar.

101. GUERRA ACABA NUNCA

 

Esa noche la tropa cenó papilla de trigo sarraceno con manteca, como cada lunes desde hacía ocho años. Después jugaron a los naipes entre blasfemias y humo. Johnny y Carl bebían aguardiente en su esquina y discutían sobre automóviles. Taylor sugirió bajar al burdel del pueblo y Larry se calzó jubiloso las botas para acompañarle. El teniente Gilbert se afeitaba con su machete oxidado, mientras que Andy y Greg escribían notas a sus amantes en el reverso de la caja de cigarrillos.

La guerra había concluido hacía mucho tiempo. Sin embargo, en cuanto saliese el sol, aquellos soldados volverían a arrastrarse heroicamente sobre el barro y los rastrojos para apoderarse, una vez más, de las trincheras desiertas del enemigo.

100. ALMOGAVAR

Con la rodilla en tierra et apoyado en el ferro miro el cielo. Chove. Et el polvo de la contienda et la humedad fizo un barro sucio en mi rostro, en mis ropas. Et todo es acabado. Tengo el corpo cansado et el alma harta. Son muchos annos de hedat  et aquesto  ya anuncia el fin de las luchas venderas. Al final non hay victoria  Et mi crehador non tiene misericordia.

Non hay honra. Non hay amor. Hay sed…

Mi pecho busca aliento et el entendimiento vuela.

Et no hay más regno que el propio. Et la batalla es vita et es caminnar por el borde del abismo et elegir entre inferno et  locura.  Non hay santos. Non es posible la tranquilidat de paz et tornar la tempestad en prosperidat. Eso es sueño.

Poniéndole la mano en el hombro y dibujando media sonrisa dijo:

-¿Qué tal estás Manuel?  ¿Bien? Anda, vete a casa y descansa que mañana será otro día y seguro que tendrás más suerte.

Por mucha conpannya siempre se está sólo en la muert. Et mi único deseo es que los corvos esperen a que el alma abandone mi corpo antes de devorarme los ojos.

99. Batalla ganada

Suñer se retrasó dos horas en relevarme de la guardia y, al verlo, solo se me ocurrió abrazarlo. Llegó descompuesto, hundido y sin fusil. En mis hombros recordó a su madre, a Paquita, los sueños que no cumpliría. Se preguntaba por qué luchábamos, contra quién, cuándo acabaría este infierno. Llorando, no supe qué contestarle. Entonces turbado, me empujó. Me asestó un puñetazo. Se despojó del uniforme y salió de las trincheras. Desnudo, corrió por el valle sitiado, con los brazos extendidos. Había decidido que una bala, daba igual de qué bando, acabase con su angustia. Pero no se escucharon tiros, yo mismo incumplí mi deber, y las ordenes de abatirlo pronto se diluyeron entre los vítores de las tropas. De la otra parte aparecieron soldados con la misma guisa que Suñer. De la nuestra tanto de lo mismo. De repente, todos volvimos a ser hermanos, a abrazarnos, a respirar libertad. En un momento, el valle se inundó de hombres vivos, llenos de futuro, compartiendo su felicidad, hasta que aparecieron los bombarderos. Silencio. Desde aquella tarde, los dos ejércitos, juntos, descansamos en paz.

98. Batallas sin luchar (Reyes Alejano)

Más allá del cristal cae una lluvia mansa recordando la estación. Más acá, Julia lee las páginas gastadas del diario, bebe una copa de vino, llueve lágrimas . Entre las hojas de caligrafía siempre infantil de su madre, aparecen garabateadas las batallas de un rato, las de un día, las batallas de meses, y las que duraron años. Pero no se atisba su principal batalla. Porque no la libró. La que le debía haber ayudado a luchar contra las convenciones y ser ella misma. Madre murió con la energía intacta y con la frustración sin desplegar  de  no haber hecho casi nada de lo que realmente deseó.

97. Los caídos

Sentados como estatuas, llevaban rato esperando. Sabían mucho, a pesar de lo poco que les habían contado. Y aunque la puerta estaba cerrada, los gritos se oían con claridad. Ambos se miraban, pero no se atrevían a hablar. En los últimos meses, cada vez que el problema surgía, a Javier le picaban los ojos, y a Martin, el nudo en el estómago le hacía correr a vomitar. El resto del tiempo ni lo mencionaban para no provocar, y así habían llegado hasta hoy. “Miraflores y asociados”, reza el letrero dorado de la puerta por la que salieron, primero su padre, dando un tremendo portazo y después su madre, enjugándose las lágrimas en el hombro de un señor con pinta de abogado.

Allí seguían sentados un rato después, cuando Martin susurró a su hermano, “se olvidaron de nosotros”.

 

96. Diario de un reo (Juan Antonio Vázquez)

Agazapado en la trinchera, con el corazón arrugado entre explosiones, intuía pasar las balas por encima de mi cabeza camino del muro de tierra que nos protegía las espaldas. Agarré tan fuerte mi escopeta que escuché crujir la madera del guardamonte. Nunca antes había disparado contra nadie; cuando se lo dije al retén que nos entregaba los fusiles se limitó a decir que siempre hay una primera vez y me exhortó para que dejara pasar al siguiente.

Vi al coronel acercarse. Al advertir mi presencia se quitó el puro de la boca y me llamó cobarde con la mirada. Sacó la pistola de bengalas y encañonó al cielo: era la señal para salir del agujero y comenzar la carga. En cuanto el firmamento se iluminara debíamos correr como gallinas sin cabeza hasta llegar a la línea enemiga. Muchos moriríamos allí; esa noche.

Apunté a la cabeza del coronel y apreté el gatillo. Después cogí la pistola de bengalas y la arrojé a la lejana oscuridad del campo de batalla. Me volví a agazapar y esperé. No sabía bien a qué.

Ignoro cuánta gente salvé ni los años que me restan de condena. Ya no los cuento.

95. RESACA

Era un lugar donde la guerra estaba a la orden del día. El sonido atronador salpicando la metralla junto con la sangre era el cóctel favorito de ambos bandos.

Por un lado, los Repúblicas, devotos iconoclastas de líderes carismáticos, caudillos de antaño que por generación bautizan las masas.

Por otro lado, los Monarcas, venerando la estirpe de la sangre azul ajena, bendecidos por el dogma del servilismo.

Las fuerzas estaban igualadas, se avanzaba y se retrocedía, dejando cada vez la muerte adornada de victoria, o de fracaso, según el caso.

La cruz, la corona, el dinero o los galones post-mortem se encargaban de acabar cada episodio. No tardaba en llegar otro, mientras esos símbolos que no desaparecen, que siempre se nutren más del sacrificio y temor de los que los defienden, no caían nunca en los campos de batalla. Ahí caían ellos, en cada una, borrachos de tanto cóctel.

En ese lugar sólo una cosa compartían los enemigos, por lo que luchaban y defendían esos símbolos, su propia destrucción.

El último episodio no está escrito, nadie puede escribirlo. Yo lo cuento a otros fantasmas del lugar, ahora en silencio, sólo salpicado por el recuerdo.

Nuestras publicaciones