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Confinado a perpetuidad, el juez le permitió una única visita antes de ingresar en prisión. Y eligió ir al hospital. Aunque siempre ha sido “un broncas”, ni siquiera sabe por qué lo hizo. “Esa noche me ensañé”, reconoció ante el juez. Atado a los tubos que le sostienen la vida, yace en la cama un chico de edad parecida a la suya. No le permiten tocarlo, pero roza su mano mientras le pide perdón y se tapa la cara, para que no le vean llorar los polis que aguardan fuera.
En el cuerpo, un párpado se abre con dificultad y clava en él su pupila. Esta vez, sí sabe lo que debe hacer, convencido por primera vez en su vida. Él ya está condenado.
No éramos la pareja ideal, ni tan siquiera aspirábamos a serla. Puede que la historia se deteriorase en aquella barra compartiendo miradas, copas y tertulias con antiguos compañeros de los años setenta. O quizás fuese aquel camarero que jugaba con nuestra rutina, ahogada en cubitos de hielo. De cualquier modo, el amor se derretía.
Yo fantaseaba con viajar a Manhattan en busca de un amor apasionado que no tendiese a naranja ni a mecánico. Sentarme frente al puente de Queensboro para contemplar aquellos Ford-de-Luxe que se habían convertido en Hot-Rods de caminar seductor y atrevido. Poder derramar mis penas al río East. Soñaba con no echarte de menos.
Pedías otro Bourbon y de nuevo, recurrías a tus anécdotas enredadas de tupé e instituto Rydell, pero hace tiempo que dejé de ser una adolescente a la que le quedasen bien los pantalones de cuero y los rizos rubios. Marlon Brando aseguraba que era el momento de huir. Con la intención de salvar lo perdido te sugerí interpretar un tango, pero contestaste: Sandy, es tarde para bailar lejos de París. Y mientras desafiábamos al destino, éste había dado su gran golpe, al mostrarnos que las “Love Stories” del cine también mueren.
(Dedicado a Modes. Se lo prometí en Abril).
Lo había intentado todo, pero todo había resultado reiteradamente inútil. Y no fue porque me faltara voluntad o perseverancia; durante más de veinte años seguí, de forma estricta, las pautas establecidas, con resultados siempre efímeros. A cada propuesta, nuevas esperanzas, renovados ímpetus, y al final, la persistente frustrante decepción.
Con ninguna dieta conseguí librarme de los kilos que me sobraban. Con la de los astronautas me salían manchas en las uñas; la de la alcachofa me alteraba el carácter; la del doctor Atkins me producía insomnio; con la de sirope de limón se me caía el cabello…. Todo lo soporté como un mal menor con tal de bajar de peso. Vanos esfuerzos.
Pero ayer tarde, ¡por fin!, encontré la solución. Volver a ver aquella película, que tanto me había impactado hacía tiempo, me ha cambiado la vida. En bendita hora. El personaje del soldado Johnny fue mi inspiración. Hoy ya peso ocho kilos menos, la mitad del objetivo.
Mañana me corto la otra pierna.
Soñaba con coleccionar instantes. Depositarlos en cajitas pequeñas, sentir el olor a madera al cerrar la tapa y no abrirlas jamás. Le reconfortaba la idea de saber que pasara lo que pasara, tendría un ancla en este mar frenético. Cuando ya nada es para siempre, ni siquiera sus pasos en el asfalto podían seguir el ritmo desenfrenado del cambio.
Ya se lo había preguntado antes la oruga a Alicia, ¿Puede saberse quién eres tú? No, no lo sabía. Como en aquella película de los 70, solo sabía quién era esa mañana, era una falda en tono pastel que había metamorfoseado en una cazadora de cuero negro. Cómo iba a tener la respuesta, si lo único que parecía permanecer en el tiempo era el olor a chicle de fresa que se iba apagando cada vez que masticaba.
Encendió una cerilla y el olor a madera ardiendo se difuminó con el de la fresa. Ahora tenía más clara que nunca la respuesta. ¿Puede saberse quién eres tú? Era la que ya no quería un ancla, era la que prefería abandonarse al vaivén de las olas.
Los gritos y lamentos traspasan las paredes cubriendo calles, campos, mar. Arriban chirriantes a los oídos de todos nosotros, estemos donde estemos. No nos dejan pensar, hablar, sonreír, comer. No nos dejan hacer el amor porque ya no hay amor. Se ha de haber ido lejos. Muy lejos. Allá donde no matan gente, donde no la desaparecen, donde todos pueden pensar, hablar, sonreír, comer y hacer el amor en paz. Aquí ya no podemos. Este eco constante del llanto ya no nos deja.
Antes todo era lujuria. Como en película setentera. El verde del campo era lujurioso, el azul del mar también. Todo. Y nosotros éramos los más lujuriosos porque éramos felices. Desde tierras frías muchos llegaban buscando semejante ventura. Al encontrarla, algunos ya no se iban. Ahora ya ni se acercan. Tienen miedo. Porque aunque el sol brilla deslumbrante como siempre y el turquesa loco del mar igual hechiza, así como los prados del altiplano con sus apasionados verdes, ahora ya no hay flores. Casi todas las hemos arrancado para ofrecerlas a nuestros chicos perdidos. Si los encontramos las ponemos en sus tumbas. Si no, ante sus fotos; a ver si su perfume disipa un poco esta maldita pena.
Todos los días bajo la basura a las nueve de la noche en punto, cuando Alfredo llega de trabajar. Es un hombre ordenado y cabal. Tiene muy buena planta y unos ojos preciosos.
A las ocho y media comienza mi ritual. Me maquillo un poquito, no me gusta exagerar; tampoco son horas. Me recojo el pelo en una cola de caballo. Siempre han dicho que me favorece mucho. Deja ver las orejas y el brillo de mis pendientes favoritos, esos que solo me pongo para esta misión. Tengo el resto del día, cuando él no me ve, para soltarme la melena. En días calurosos suelo elegir un vestido vaporoso, sencillo pero elegante, con un poco de escote: insinuante, pero no demasiado. Los días más fresquitos, en cambio, siempre visto vaqueros y camiseta. A veces, añado una sudadera. De marca. Para los pies, siempre unas parisinas. Las tengo de todos los colores posibles. Cada día, al abrirme la puerta del ascensor, echa una mirada disimulada a mis zapatos y sonríe con aprobación.
Mi vecino del quinto, Alfredo, es decorador; se fija mucho en los detalles. El caso es que sigo esperando que él tenga uno conmigo.
Hernie está más relajado y feliz que de costumbre. Tiene un brillo intrigante en la mirada y, aunque su cuerpo aún no ha terminado de crecer, parece como si hubiera transitado por el futuro. Ya no busca respuestas en los libros ocultos ni en las salas de cine. Cautivado, escucha la banda sonora de una noche de verano en que su inocencia palideció a los pies de mi cama.
Postrada en la melancolía de las sábanas, rememoro los abrazos silenciosos, la ternura de unos dedos aprendices, aquel latido inquieto y generoso de su amor adolescente.
Ahora le imagino respirando la brisa apacible de la playa, vigilando nuevos atardeceres en la isla, aferrado a la carta que narra nuestra historia. Y quisiera decirle que no consigo olvidarlo y tampoco arrepentirme, que el recuerdo de su piel me asalta todavía, que sólo espero envejecer despacio…
La música suena. Dorothy baila decalza, y su sonrisa -mezcla de amor y dolor- invade la pantalla.
Me dormí cuando el capitán Willard se adentraba río arriba en busca del comandante Kurtz. Al despertar, Alex golpeaba a Georgie y al lerdo Dim con esa delicada ultraviolencia tan natural en él; Dim intenta salir del agua y frente a él aparece Travis, que acciona un ingenioso mecanismo para que el revolver se deslice hasta su mano. El tercer disparo alcanza una rueda de la Vespa de As de Oros mientras suena el “I’ve had enough” de los Who, evitando así que Jimmy arroje el scooter sobre los blancos acantilados de Dover, en un larguísimo plano secuencia donde se ve a la teniente Ripley abandonando a toda hostia la Nostromo, perseguida por un lobotomizado Mc Murphy que no cesa de babear mientras su amigo Billy Hayes logra escapar de aquella horrible cárcel turca disfrazado de guardián. Nos acercábamos al clímax cuando noté olor a chamusquina. Todo sucedió muy rápido: el fuego brotaba desde dentro de la pantalla, las puertas de emergencia se bloquearon, y una adolescente pecosa y desaliñada se paseó entre las butacas en llamas con aire catatónico. A excepción de Danny y Sandy, que escaparon volando a bordo del ultramático e hidromático descapotable, el resto perecimos calcinados.
Antonio rebullía en la cama del hospital. No se acostumbraba a tanto tiempo sin usar calzoncillos y se rascó bajo el camisón verde que no era capaz de abandonar. Su nieta, compañera silenciosa durante toda la tarde, puso a cargar el móvil antes de abrir el armario compartido con su vecino de habitación, también operado de lo mismo.
– Abuelo hay que modernizarse. Tenemos que hablar con Lady Gaga para que te dé el contacto de su modisto.
El convaleciente reparó entonces en los pantalones negros ceñidos hasta la rodilla que ocultaban las botas de la joven. Por un instante se vio con una camisa oscura de cuello infinito bajo una esfera multicolor de cuadritos de espejo, barriendo la pista con sus inmensas patas de elefante. Aquellos no eran tiempos para hacerse un traje blanco, pero con su tupé moreno y ese movimiento de muñecas todas las chicas querían bailar con él.
Cuaderno de bitácora, fecha estelar 2014-10-14.
Después de atravesar un mar de polvo cósmico, la nave Enterprise de la Flota Estelar de la Federación Unida de Planetas avanza hacia una masa indeterminada envuelta en una nebulosa azulada.
El capitán contempla la imagen tras la cristalera del puente de mando.
— ¿Qué cree que habrá detrás de esa neblina azul, capitán Kirk?
— ¿Quién puede saberlo? esperemos a que vuelva la patrulla de reconocimiento.
— ¿Es cierto que nuestros mapas no muestran nada en este cuadrante espacial?
— Veo que mi tripulación no pierde el tiempo. Es cierto, nada debería haber entorpecido nuestro navegar en estas coordenadas.
Una alarma de sonido estridente interrumpe la conversación. Los tripulantes de la nave que acababa de regresar hacen su entrada de modo atropellado.
— Capitán, capitán— el hombre que habla cae pesadamente a los pies de su superior.
— ¿Pero qué es esto? Doctor McCoy, es una suerte que se encuentre aquí, díganos ¿qué le ocurre al ingeniero Scotty?
Todos quedan quietos, como suspendidos en el tiempo.
— Toma válida, muy bien chicos, lo dejamos aquí. Gracias a todos. Mañana a la misma hora. Y mucho cuidado con los trajes, son una reliquia de museo. Señor Spock, a ver esas orejas…
El paso de treinta años podría haber diluido sus recuerdos como gotas salpicando la ventana de una casita a la orilla del mar. Agua dulce bañada en sal, olas batiéndose en retirada con regusto a lluvia recién caída. Tenía catorce años cuando visitó la isla de Nantucket, Massachussets, aquel verano de 1942.
Pero los escritores carecen de pudor, y los recuerdos se transforman en historias que los desnudan frente al mundo. En 1971, el éxito de la película había multiplicado por mil su exhibicionismo.
Después de haber recibido cientos de cartas de admiradoras que aseguraban ser Dorothy, la mujer que lo convirtió en adulto, reconoció la letra de su primer amor. Ella le confesó haber sufrido remordimientos por aquel acto irresponsable, plagado de dolor y generosidad a partes iguales. También le mostró su alegría por saber que él estaba bien…
Iba a reencontrarse con ella. Ante las cámaras de televisión. Millones de personas asistirían, desde sus sofás, al desenlace. Cuando solo faltaban cinco minutos para el comienzo del programa, Mike Douglas le dio la noticia: Dorothy no aparecería. Herman Raucher, dentro de su perplejidad, por fin lo entendió.
A ella nunca le gustó mostrar su desnudez.
Ya no es el cine Jerusalén, pero sus paredes siguen ahí para que al posar la mano pueda apreciar la magia que suspendida en el interior me devuelve a Karen en todo su esplendor.
No siempre fue así, porque al principio afloraba sobre todo él, sus angustias, sus ásperos recuerdos y su desesperada solicitud de auxilio. Pero poco a poco ella fue apoderándose exponencialmente de mi.
Hubo un tiempo de percepción de culpa mientras iba anulándolo y ocupando su lugar, pero llegué a un punto de sosiego cuando me di cuenta de que le estaba proporcionando lo que él más deseaba: desvanecerse.
Así pues, acabé por protagonizar con ella esa escena tan turbadora. Pero, a diferencia del finado Johnny, yo puedo olerla, oírla y verla mientras mis brazos y piernas se estremecen ante un regalo tan íntimo y desinteresado.
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