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Cuenta el abu que en el Titanic había un camarote al que acudían todos los pasajeros de 1ª clase. Después del almuerzo en cubierta, a las 12:30 A.M. una señora con aspecto algo estrambótico pero muy elegante les recibía. Se rumoreaba que Madame canalizaba la energía personal de forma que los deseos más profundos de cada uno podían cumplirse.
El abu era el encargado de recoger la sala después de los encuentros y siempre descubría los objetos más interesantes, espejos, talismanes, cristales preciosos, etc. pero había un cuaderno dorado que llamaba especialmente su atención.
Aquella noche de abril, cuando todo se puso difícil, lo envolvió en una bolsa de plástico y decidió rescatarlo como algo muy preciado.
Ahora sé que la página 115 describía una gran pérdida y un deseo profundo:
– “¡Oh, capitán, mi capitán!, en el mar yace mi capitán caído, frío y muerto. Si es un sueño, dormiré contigo…
Hoy soy una puta.
De lujo.
Y, ataviada con mis mejores galas, me deslizo por la pasarela que da acceso al monstruoso transatlántico.
Mi cuerpo se excita al sentir sobre él miradas llenas de deseo provenientes del pasaje masculino. Y, más aún, al oír los puñales dialécticos que me arrojan sus reprimidas esposas.
Horas más tarde bailo en el salón principal, y las notas musicales caen sobre mi piel como una lluvia de Perseidas.
Después, siguiendo un sendero de babas y estambres, entro en el camarote 115, me tumbo en la cama y abrazo al sueño.
De pronto, un iceberg con forma de puño me despierta al estallar en mi cara.
Y provoca un tornado de golpes, y desgarra mis femeninas prendas, mientras me arrastra por el suelo de la casa llamándome, a gritos, maricón travestido .
Cuando se cansa de golpearme, mi padre , con los ojos preñados de lágrimas, maldice el día en que nací. Una vez más.
Yo, hecho un guiñapo, lo miro y no me atrevo a decirle que sus golpes me dan placer.
Sí, papá, me gusta.
Por eso recuerdo todas las palizas que me has dado.
Absolutamente todas.
La próxima vez me alojaré en el camarote 116.
Lleva horas en la sala de ordenadores de la biblioteca buscando información sobre el Titanic. Tiene que redactar un trabajo para clase, fotos incluidas, sobre un acontecimiento histórico de la navegación.
Cerrando y abriendo ventanitas, cansada de navegar sin rumbo, se topa con algo que llama su atención:
‘Antes de que se hunda ese moderno barco, se derrumbará esta casa.’
Y recuerda una historia que su abuela contaba:
‘Tuvimos un vecino, rico comerciante de telas, que viajó en el Titanic. Yo conocí a su madre, ya anciana. Casi nunca salía de casa. Sólo acudía a la iglesia, vestida siempre de riguroso crespón negro, a rezar por el alma de su hijo, enterrado en América…’
Vuelve al ordenador. Sigue leyendo. Un artículo periodístico de la época aparece escaneado entre los resultados que devuelve el buscador.
Lee entre líneas:
‘…Exitoso hombre de negocios… Baúles con tejidos franceses… Destino Cuba…
Viaje inaugural… Camarote 115… Primera clase… Gran lujo…
Iceberg… Naufragio…
Autoridades… Notificación oficial…
Tragedia…
Familia desolada… Donación al pueblo…’
Levanta la vista de la pantalla y mira a su alrededor.
Y se da cuenta de que la casona familiar de aquella historia es esa biblioteca que, 100 años después, aún permanece en pie.
Cien veces al día me repetía que no podía seguir así, pero aguantaba. Diez años tristes que se escurren por el sumidero. Tan sólo cinco minutos para largarme, para dar el portazo definitivo.
Sé que es el momento preciso, no en vano dejo atrás la 115 de este miserable motel. Titanic, ¿qué se puede esperar con un nombre así?
Sonrío, voy a ser una de las supervivientes.
Subimos juntos las escaleras. Aquellas que nos bajaron hasta la misma orilla donde mueren los pecados que no se pueden contar. Y en esas andábamos cuando puse tierra de por medio. No sé si lo había dicho, pero la conocí en un bar de esos donde los besos son de garrafón
Es por esto, que algunas de esas noches en las cuales las estrellas brillan para otras, busco a mi Estrella por las sucias tabernas que bordean las carreteras de la depravación.
Esperando encontrarla en cualquier sucio camarote de otro Titanic. De esos que se esconden tras las barras de neón.
Tras la cena, en el lujoso comedor jacobino, los Crawford acudieron al salón donde la orquesta amenizaba a los pasajeros de primera. Ante un gesto del esposo, el violinista inició los acordes de una vieja canción. Su canción. El resto de músicos se unió y la pareja comenzó a bailar. Los ojos de Alberta resplandecían. Aunque ya no eran jóvenes, para ella, Aaron seguía siendo el hombre más apuesto del mundo.
Minutos más tarde, el ligero desvanecimiento de ella les hizo retirarse a su camarote, el 115. Lo eligieron recordando el día que se conocieron, un once de mayo, medio siglo atrás. Alberta se recostaba cuando un golpe brusco y gritos de metal desgarrándose le hicieron temblar… Después, chillidos gélidos, plegarias en decenas de idiomas, carreras, llantos, olor a sal…
–Algo va mal… Incorpórate, querida.
Alberta negó con la cabeza.
–Estoy demasiado cansada. Te mentí… El doctor O’Malley no me dio buenas nuevas… Pero tú…
Aaron besó sus palabras mientras se tendía junto a ella.
–Aaron, ¿aún me ves bonita?
–Eres preciosa, princesa…
Continuaban abrazados cuando el océano comenzó a filtrarse, a través de la puerta del camarote, siguiendo los dulces compases de una hermosa canción interpretada al violín…
La película favorita de mi padre era Titanic. Quizá por eso su escritor preferido fue Ernest Hemingway. Lo que sé con certeza es que yo era todavía muy pequeño para entender por qué dejó de vivir en casa. Recuerdo que mamá me dijo que, durante una temporada, papá estaría alojado en el camarote 115 de un gigantesco buque, solo reservado para valientes capaces de soportar una dura odisea, y que ella iría a acompañarlo cada noche. Mi hermana se hizo cargo de mí e incluso me permitía dormir en su cama.
Tras una semana sin él, mamá me comunicó que había llegado el momento de ver a papá. Ilusionado por conocer el buque de mi padre, me puse la camisa de marinero de mi comunión y la gorra de capitán de barco que perteneció al abuelo. Subí al coche imaginándomelo en una imponente embarcación que surcaba los mares, pero ese día el único mar que presencié fue el que brotó de los ojos de ella cuando atracamos en el puerto de los enfermos.
Ahora, mientras gota a gota me desgarra el tratamiento, pienso en cómo explicarle a mi hijo que descendemos de una estirpe de marineros con el hígado congelado.
Dicen que me dieron una pastilla para olvidar ¿?. Lo cierto es que no sé quién soy, ni qué hago aquí cerca de este muelle.
A veces tengo flases y veo una niñita con ojos de cielo gritando: ¡¡mamá!! Después la arrastran las olas.
Un hombre –al que adoro, sin saber por qué- intenta ponerla a salvo, pero el mar es más fuerte y las fuerzas le abandonan. Se hunden.
***
Cada quince de abril arrojo a estas aguas una rosa y un peluche.
Imagino que el mar se lo lleva a mi pequeña, que rodeada de peces de colores, juega en un jardín de algas y corales, bajo la atenta mirada de su padre.
Los tres emprendimos viaje con ilusión de comenzar una nueva vida; se vio truncado.
Tras el rescate, un hombre de blanco me ofreció una pastilla capaz de hacer olvidar mi sufrimiento (también el pasado).
Me negué a tomarla y volvería a hacerlo. ¿Qué hubiera sido de mí sin los recuerdos? Sería un espectro más…
…aún así, sobrevivir a la tragedia no significa que esté viva.
La viste de princesa, llena la bañera de agua y la ahoga. Después la mira ausente, imitando la mueca materna que a todos preocupa tanto… Entonces, Anabel sumerge de nuevo las manos en la bañera y gira a la muerta. “Así, boca abajo, como Borja en la piscina.”
Anabel tiene ocho años, los ojos azules y el pelo rubio: ¡parece un ángel! Un ángel que aplaza, día tras día, la promesa pactada con el mismísimo Borja.
Borja fue su novio el curso pasado. Ahora, no. Este año, Borja viaja en el “Barco del amor” para siempre. Anabel le prometió que irían juntos… Por eso hoy acaba de ahogar a su muñeca preferida: la rubia con cara de ángel.
—No es cosa mía, doctor, créame. Ha colgado un cartel en la puerta del cuarto de baño: “camarote 115″ y, aunque no son tres seises, me asusta… Se encierra ahí, horas y horas, con el grifo abierto… Mi marido dice que la culpa la tiene ese guaperas del Titanic. Que ya se le pasarán las ganas de bucear en la bañera. Que soy yo la que veo historias raras…, ¡que Anabel no se parece a mi!
Por algún extraño motivo toda mi vida he ido en contra de lo que me dictaba la razón, siguiendo mi instinto como si en todo momento estuviese conectado con la divina providencia.
En aquel momento toda lógica me empujaba a unirme con la muchedumbre en busca de un bote salvavidas. El barco se hundía en la inmensidad del Atlántico, y ya ni los miembros de la orquesta, irreductibles, podían disimular el miedo.
En mi camino me crucé con ancianos resignados, con madres abrazadas a sus hijos. Con el miedo gobernando la nave.
No entiendo por qué no me deje dominar por él. Hubiese sido lo más lógico; lo más comprensible.
En cambio, seguí mi búsqueda contra corriente y contra el agua, que poco a poco inundaba el barco, ahogándolo sin miramiento alguno.
Sin saber cómo, lo había encontrado. El camarote número 115 del Titánic parecía ajeno a la tragedia. Y aunque dentro, todo era oscuridad, mi instinto pidió entrar.
Cuando volví en mí, entre gritos, ya no estaba en el barco, sino frente a aquella gran mole de acero, en el puerto de embarque.
-No tenemos todo el día, Señor –Me gritaba el oficial-. ¿Va usted a embarcar o no?
Se percibió ajena, como si no debiera estar allí, pero no tenía tiempo para pensar. Saltó de la litera al escrutar por el ojo de buey que estaba sumergida a bordo de un barco. Al contactar los pies en el suelo, el agua helada la mordió dejándola sin respiración. Abrió la puerta y salió al corredor. Con gran histeria y elegancia los viajeros corrían hacia la cubierta principal. Se dejó arrastrar escaleras arriba a trompicones. La mayoría del pasaje se apiñaba hacia estribor. La tripulación repartía chalecos salvavidas. Podía oír una música de fondo emanada de un violín. Un muchacho le gritó: ¡Vayamos hacia la proa del barco, allí estaremos más seguros! Completamente aturdida y falta de conocimiento alguno sobre naútica, se dejó llevar del brazo hacia la parte más alta del transatlántico. Sin mediar palabra, permanecieron abrazados mientras el miedo respirado se congelaba en la oscuridad. Cerró los ojos apretándolos con fuerza y a continuación un estallido de aplausos la despertó.
De frente, sus ojos podían contemplar varias filas de espectadores. Y un hombre a su lado le preguntó:
-¿Dónde ha estado usted?
Ella contestó con la ropa aún mojada:
-En el camarote 115 del Titanic
La sirena acudió a las notas que sonaban. Según se acercaba vio al grupo de músicos apurando hasta el último instante bajo las aguas.
Fue adentrándose entre pasillos y lujosas salas por el barco que se hundía sin remedio ahogando los sueños de los que aún quedaban en él.
Llegó frente a la puerta 115 que permanecía cerrada. Al abrirla encontró a una pareja abrazada que bailaba al son de las ondas que envolvían el momento.
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