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Os presento a Rodrigo. Sí, ese tipo de traje que mira las pantallas. Rodrigo es un chico tímido que hoy se ha vestido al más puro estilo Arturo Fernández y acompaña su atuendo con un discreto pero elegante ramo de flores. ¿A qué se debe este cambio? Pues a que esta mañana le ha llegado un mensaje de Ana pidiéndole que fuera a recogerla al aeropuerto tras un año estudiando en EEUU.
Mirad, esa chica de ojos divertidos es Ana. La que lo abraza con fuerza y le da dos besos. Sí, es posible que a Rodrigo le cambie la expresión del rostro. Ha comprendido que el mochilero barbudo que va detrás es el nuevo novio de su amiga. Se le pone cara de López Vázquez porque está secretamente enamorado de ella. Pero apechuga, ofrece el ramo de flores al mastodonte americano, ayuda con el equipaje y los acompaña al coche.
Se sientan detrás, entre risitas y arrumacos, como si él fuera un simple chófer. Y Rodrigo se ve como en una película, con gesto de fastidio, a lo Alfredo Landa. Y de la nada nace in crescendo un coro que martilleante tararea «pa parabara, parabarabarabará parabara, parabarabarará parabara…»
Creí ver llegar un rostro meticulosamente maquillado, con una espesa y rizada pestaña que enmarcaba un ojo profundo y perverso. Me pareció que sus labios se tensaban en una mueca de sonrisa, pero mi cabeza aturdida por la resaca me impedía observar con claridad quien se aproximaba.
Supuse un gracioso sombrero negro que contrastaba con una vestimenta blanca y extraña. Traté de abrir mis ojos, pesados por el alcohol y por los años, y de apartar mis torpes piernas del camino para no molestar y dejar que cruzara el puente . Solo quería descansar hasta que mi conciencia fuera de nuevo humana, pero aprecié un bate de beisboy en sus manos y una cadena de hierro esperando ansiosa ser utilizada. No hubo muchas preguntas o al menos no las recuerdo, solo la sensación de un gran impacto en mi cuerpo que se repitió varias veces, unas risas sarcásticas y un brebaje de color blanco con aroma a naranja, que tras forzar mi boca con unos hierros, me obligó a beber.
Me dejó maltrecho en el suelo y se fue silbando. La verdad es que no le guardo rencor, su mejunje ha resultado ser un gran invento para mis días de resaca.
La sesión era continua. Un bucle de ida y vuelta.
Lo haría en la ida -pensó- y se frotó sus metálicas y asesinas manos. Cuando encendieran las luces, todo habría acabado. No habría vuelta. Ni delante ni detrás.
La obscuridad de la sala sería su cómplice. El ruido de fondo también: Un corro de niñas tarareando una canción a coro. Mejor entre toma y toma con el destello apagado. Iba a ser rápido. Los párpados de su víctima ya comenzaban a pesar. Languidecían sin remedio. Pronto caerían en un sueño profundo.
¿Sueño o Pesadilla?
Sería pesadilla. Seguro
En la pantalla Freddy kruger movía los cuchillos de sus dedos con el mismo sarcasmo que la grotesca risa de su cara.
Se relamía con repulsivo gusto y sonreía… je je je…
Pronto muy pronto saldría del celuloide y la atraparía. La adolescente sentía una necesidad imperiosa de dormir. La película que veía era tediosa y aburrida, pronto cerraría los ojos… Ignoraba que en el próximo pase, ella sería una de las sacrificadas protagonistas. De haberlo sabido nunca hubiera entrado en aquel cine tan cutre y tan solitario.
M. Pilar Illana Herraiz
21 Octubre 2014
Era temprano. Entrarían sin prisas, dándose todo el tiempo del mundo. Fila 23, butacas 13, 14 y 15. Como su mujer repetía que las cosas no pasan al azar, buscó una explicación para aquella decisión. La de llevar 23 años juntos y haber tenido una novia a los trece le satisfizo. Se echó unas palomitas a la boca, dio un largo trago al refresco de su hijo y se dejó asaltar por recuerdos ya olvidados… Sí. Con aquella chica quedó por primera vez en el cine. El que tenía las sillas de madera. De tijera, se decía, porque eran de abrir y cerrar. Salías masajeándote el culo cuando terminabas de ver la película… Fue su primer amor. Que guapa era. Y que dulce. Luisa. Caminaba sobre el suelo como espuma por la arena. Él era muy joven y no la supo corresponder. Más tarde ella le dijo ruborizada que tenía otro novio. El dio media vuelta y se fue. La volvió a ver esporádicamente, por aquí y por allá, hasta que perdió su pista. Se pregunta si aún vivirá. Sí, se responde, no hace tanto. Tan solo cuarenta años.
Aquella francotiradora me había alcanzado en varias ocasiones. Curaba los rasguños con cerveza, y las heridas más profundas con el whisky batallero que podía permitirme en aquella época. En cualquier caso, las balas más dañinas provenían siempre de sus ojos. Azules. Pluscuamperfectamente azules. Aquella tarde, en un cine lleno de gente, ese mirar turbador, su interpretación en la piel de Lucía, y mi predisposición natural para ofrecerle los mejores blancos, me dejaron maltrecho. En ese estado me dirigí a la parada del autobús. Mientras lo esperaba, una mujer joven me ofreció su sonrisa y unas tiritas; unos apósitos en su mirar encendido, de carbón. Unos ojos oscuros, cálidos, que evité sin embargo, para concentrarme por última vez en el cartel publicitario de la película, en los guantes negros que cubrían sus brazos y en la gorra de oficial alemán, antes de que llegara mi transporte.
Unos ojos de noche sin luna, que siguen colándose todavía hoy en mis sueños, para recordarme, quizás, que junto a ellos habría aprendido lo que se siente cuando una mujer conjuga el verbo amar en los tuyos.
Le había conocido en una película de los años setenta; cuando el ataúd se hundió en el lodo, una sonrisa escapó de sus labios rojos, mientras palpaba el dolorido brazo.
Desbordaba estilo; desde lo alto de los tacones de aguja reclamaba a cada nuevo paso la atención de un público que no estaba. A esas intempestivas horas la playa no era más que un auditorio desierto.
Escrutó las estrellas y buscó cual sería su lugar en el firmamento; profetizó en silencio que ninguna brillaría como ella. Miró altiva a la que esa noche sería su cámara: redonda y enorme, ésta, respondió a su descaro tiñendo de blanco la vetusta figura de su cuerpo mientras las olas a forma de telón se hicieron atrás para franquearle el camino hasta el improvisado escenario.
Dispuesta a fraguar su mejor interpretación, la que haría claudicar a la cosmopolita crítica que le había desterrado al olvido, volvería a copar portadas enmudeciendo artificiosos estrenos de baja pasta y desalmados efectos especiales. Su nombre escaparía sin duda de las necrológicas, pozo al que iban a acabar sus días todos los secundarios.
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Valparaíso Chronicle, 20 noviembre:
«Expertos de todo el mundo intentan desentrañar el misterio del fallecimiento de una conocida actriz de los años setenta cuyo cuerpo ha aparecido en la playa, contra toda lógica, como los personajes de las antiguas películas que interpretó: en blanco y negro»
Un punto en el cielo celeste profundo. La intuición le decía que era él.
No sabía nada sobre su vida desde hacía catorce largos y penosos años. Solamente que seguía volando.
Al observar la imagen que iba agrandándose con la cercanía sintió que la sangre se le disparaba en juventud, no importaron los quilos acumulados ni las arrugas que trajo el tiempo, no pensó en qué diría él al verla allí ni si era correcto llegar sin avisar.
El parapente era ya un dibujo concreto y casi tangible. Los hilos se aflojaron, los pies en la tierra firme.
Su cabeza sacudiendo el pelo semilargo y los ojos… mirándola como dos lunas asombradas.
Caminó hacia ella. Había imaginado que este encuentro sucedería como en aquella película de los setenta que juntó sus manos por primera vez.
Esperó que él dijera algo al pasar a su lado.
Esa tarde tuvo la certeza de que el silencio habla más de lo que uno quisiera escuchar y no se dio vuelta para ver su espalda.
El reloj siguió avanzando ajeno al desencanto.
Me costó conquistarla. Al principio se hacía la dura, fingiendo que yo no le interesaba. Años después me confesó que quedó deslumbrada conmigo. Me contó que me parecía a un galán de cine, a Robert Redford en aquella película de los setenta que le gustaba tanto. El Golpe, se titulaba.
Nunca me vi parecido con él. Aunque también fui rubio y bastante alto.
Ella siempre decía que no era guapa, que se veía una más del montón. Pero para mí, ella siempre fue la más bella de todas, mi gran Amor, mi Rosa.
Vivimos pendientes uno del otro, girando felices, como en un tiovivo. Creo que he sido buen compañero de viaje para ella. Fuimos afortunados de encontrarnos.
Pero nuestra Fortuna dejó de apostar por nosotros hace pocas semanas.
Aunque en el Hospital me cuidan bien, sé que me queda poco. No le digo nada para no preocuparla demasiado. Pero algo me está comiendo por dentro y me duele hasta el Alma.
Mientras duerme en ese incómodo sillón le acaricio el pelo. Que huele a rosas, como cuando nos conocimos.
Como cuando apostábamos los domingos en el Hipódromo y celebrábamos con chocolate y sidra achampanada nuestras escasas ganancias.
No sé por qué hago escala en el AEROPUERTO WALPURGIS. Todo es muy raro. Hay un HOMBRE LLAMADO CABALLO relinchando a sus ARISTOGATOS mientras otro, al que dicen TRINIDAD, sigue las HUELLAs de un VIOLINISTA EN EL TEJADO.
En el NOMBRE DEL PADRE y de JESUCRISTO SUPER STAR, en qué estaría yo pensando cuando mi PADRINO dijo “VENTE A ALEMANIA PEPA”. La HUIDA es imposible, ¿por qué no escogería una FRENCH CONEXION o el EXPRESO DE MEDIANOCHE?
El personal de tierra son unos CARADURAS que no dan ni GOLPE y se impone la FUERZA DEL SILENCIO. Que falta el OCTAVO PASAJERO y que el CIELO PUEDE ESPERAR. Toca pasar LA FIEBRE DEL SABADO NOCHE aquí, que disfrutemos de los ENCUENTROS EN LA TERCERA FASE de la terminal: hay canapés de TIBURÓN y que si somos buenos nos darán un CADAVER A LOS POSTRES…
Recurro a los ULTRACUERPOS de seguridad pero gritan como posesos que se ha cumplido LA PROFECÍA: ¡que soy LA CHICA DE LAS BRAGAS DE ORO!, destinada a casarse con un tal ROCKY, TAXI DRIVER a más señas, si no empezará LA GUERRA DE LAS GALAXIAS. ¡Socorro, esto es el APOCALIPSIS NOW, que inventen ya los años ochenta!
Nunca supe las razones del por qué nos mudábamos constantemente, pero recuerdo que en la década de los 70 nos movíamos con frecuencia. Fue un periodo plagado de revueltas estudiantiles que, por desgracia, colisionaron de frente con la brutalidad del Estado, donde los toletes golpeaban cabezas de largas cabelleras al compás de la música disco.
También en ese tiempo nuestros corazones se inflamaron con algunas películas, en las cuales, jóvenes pandilleros estaban rebelándose contra todo régimen establecido. Héroes de mezclilla muy parecidos a nosotros. Un nuevo modelo de juventud, más agresiva, estaba proyectándose en las pantallas. Sin embargo, nunca llegamos a convertirnos en «drugos» precoces y violentos como los de “La Naranja Mecánica”; ni tampoco logramos emular el viaje épico de los pandilleros del film “Los Guerreros”, quienes, y contra todo pronóstico, lograron arribar a un paraíso desolado llamado hogar.
Fueron años difíciles para la mayoría de los jóvenes, pero los marcó como generación. No pude disfrutarlo plenamente porque aún era un niño-adolescente, pero lo viví a través de las experiencias de mis padres y tíos, los cuales lograron sobrevivir las convulsiones sociales. Quizá, tuvieron suerte por estar en constante movimiento.
Tres vueltas de llave. Penetra el centinela. Mi estrella arrollada. Una gorra sobre mi cabeza desnuda.
El cuero se desliza por mis cueros. Ampollas explotadas en lágrimas y gemidos.
Su batuta enardece Las Valquirias, que me señalan para el sacrificio.
Quince años después, las ampollas renacen en la sala de conciertos. Aplaudo a Mozart y a la batuta de mi marido. Su magia me transporta a Wagner . El eco me acompaña hasta el hotel.
Allí, Él, espectro y guardián en la noche me facilita la llave trescientos tres.
Se abre la recámara. Rezuma el tatuaje. Palpitan mis sentidos.
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