Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

FE

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en LA FE

Bienvenid@s a ENTC 2026 Comenzamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto de FE en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
14 de FEBRERO

Relatos

128. La última lectura (Nicoleta Ionescu)

            Emma encontró en el paquete un libro que no había ordenado, titulado El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha, de un tal Cervantes Saavedra.

            Primeramente quiso devolverlo, pero, hojeando el tomo, la atrajo el gusto del pobre Alonso Quixano por las hazañas de los caballeros andantes y de las damas de sus almas. Le parecía muy romántico. El hidalgo se convertía en Don Quijote y se enamoraba de Dulcineea, que no era más que una torpe y fea labradora…

            Sin duda, este libro le pareció familiar, como si el autor lo hubiese escrito especialmente para ella. Por entre las líneas descifraba sentidos ocultos y detrás de su sonrisa empezaron a brotar lágrimas.

            En el escritorio la esperaban las cartas de Rodolphe, Léon y Justin. De repente, los vió a los tres exactamente como eran en realidad: torpes y mezquinos, despojados de sus auras; simplemente hombres. La imagen era insoportable. Ya no podía continuar así.

            Abrió lentamente el pequeño cajón donde guardaba el frasquito verde. Lo destapó y lo acercó a sus temblorosos labios.

            Desde la cubierta del libro, Cervantes guiñaba el ojo, susurrando malicioso: «Madame Bovary, c’est moi.«

 

127. Fluir (Isabel López Soriano)

Puedo pensar que ahora no es el mejor momento de mi vida.
Dado que yo decido pensar en ésta o en cualquier otra cosa, decido que yo decido, es más, decido dejar de decidir. A partir de “ya” voy a dejar de pensar, voy a dejar de existir, simplemente voy a continuar viviendo mi vida sin mente, atendiendo sólo a mi propósito, sin peleas, sin luchar. Voy a ser.
Yo y el fluir pausado de la vida.
Empiezo a escribir este legado a los que vengan tras de mi.
Escribo, garabateo rápido un montón de páginas con unas normas sencillas, básicas para seguir. Parecen trazos inconexos pero sé que quien las recoja y analice comprenderá el fundamento de mi nueva vida.
Pero, ¿dónde depositar un tesoro tal de conocimiento como éste? ¿Dónde para que pueda ser encontrado por el erudito que entienda y transmita al resto de mortales?
Tardo. No se me ocurre el mejor sitio. Desespero en mi frustración hasta que, por fin, alcanzo lo ideal.
Las olas mecerán la botella el tiempo suficiente para ser encontrada.

126. Una fotografía

Leía, y al pasar la página del libro encontré una fotografía.  Al observarla me vi en ella.   El libro cayó al suelo y sus páginas volaron  por la habitación. Mi interés se posó, entonces,  en la fotografía de colores brillantes, fondo de espesa vegetación, casas de techo desteñido y paredes blancas.  Un grupo de extraños personajes me acompañaba. Mi  torso sobresalía debido a su elevada estatura, camisa floreada,  cabello negro y una incipiente barba. ¿Dónde estaba? Fue como volver a un pasado olvidado.   Sin quererlo, comencé a encogerme, como para entrar en la camisa floreada.  Mis piernas se doblaron , las rodillas se pegaron al mentón.  El cuerpo se fue desliando, y un pasaje de sólido a gaseoso, me introdujo en la escena en forma de humo  indagador.  Un canto en idioma ininteligible de mujeres chillonas acompañadas de panderos, me ensordeció.  Los hombres parecían limpiar con plumeros los cuerpos de sus vecinos de danza…yo, los emulaba.  Alguien me llamó con insistencia.  La imagen se veló.  Las páginas voladoras  descansaban sobre la alfombra.   Enfadado, comencé  a recomponer el libro.

125. La nota

Y fue entonces que la vi, había abandonado por años aquel libro de poemas que me obsequiaste, estaba dolido, nunca regresaste ni supe de ti. Al tomarlo emergió entre sus páginas perfectamente doblada, aun conservaba tu perfume, sorprendido la abrí y su lectura echó por tierra todo el rencor que había acumulado con el paso del tiempo y tu olvido.

Me decías que ya no había esperanzas, que era irremediable, que más allá de todo me seguirías amando…

Un tremendo frio recorrió mi cuerpo, miré al cielo y pedí perdón.

Ahora te llevo flores.

124. Entre las páginas. (Manuel García García)

La noche era fría y tenía la chimenea encencida.

Había comprado varios libros de historia antigua y la verdad era que no me apetecía para nada ponerme a leer en esos momentos, pero al final me puse a ojearlos por encima hasta que me quedé dormido en mi sillón de cuero.

Cuando desperté eran cerca de las siete de la mañana. Hacía demasiado frío para mis pobres y viejos huesos, encendí de nuevo la chimenea con leña de encina y me preparé un buen vaso de café. Cuando lo terminé, me puse con un viejo libro de los que compré en el mercadillo. Se trataba de la historia de La Cábala. La verdad es que no me estaba interesando mucho, pero de repente observé que entre las páginas del libro sobresalía un papel muy viejo y doblado, pues estaba amarillento y tenía muchas manchas. Desplegué aquel papel como pude, pues se deshacía con solo mirarlo.

Cuando por fin puede tenerlo desplegado por completo, comprobé que había muchos renglones escritos en un idioma conocido por mí. Eran muy borrosos y no entendía nada. Solo pude leer una anotación. «El sudario sagrado está en To…». Solo pude leer eso.

123. Entre las páginas. (Jesús Lara Vanegas)

Entre las páginas se desahogaba inconscientemente. Sus ojos, tan inquietos como los de un recién nacido contemplaban atónitos el resucitar de aquellos folios.

Derek Paterson no se explicaba el cómo ni el por qué se encontraba bajo aquellos escalones húmedos y desgastados. Su sagre se mezclaba junto con la tinta de aquella pluma de importción que le había regalado su madre en el cumpleaños pasado. Ahora ella yacía muerta a su lado izquierdo.

Los mimos y las caricias pasaría a ser cosas del ayer, meros recuerdos que le producían al inquieto Derek un retorcijón de tripas insoportable.

Prisionero de su propio egocentrismo y ayudado por sus paranoias, Derek Paterson decidió asesinar a toda su familia con la única intención de pasárselo bien.

Su forma de jugar y su forma de encontrar placer cruzaban los límites de lo prohibido, pero ahí estaba él…con su gran sonrisa y su desparpajo juvenil intentando retratar aquella escena tan escalofriante y tan artística a la vez.

Tan solo había dos problemas.Uno: le encantaba dicha escena, era tanto así que pasaría a ser una de su favorits entre tantas..y dos…tan solo tenía ocho años.

122. LA NIÑA CANDELA (Ana Tomás García)

La niña Candela se volvía invisible de lo silenciosa que podía llegar a ser. Nadie hacía cuentas con ella porque desde que nació nadie la tuvo en cuenta. Se alimentó a base de cuentos de viejas y leyendas y aprendió a gatear imitando a los gatos que ronroneaban siempre alrededor de ella. No era fantasma, más bien parecía una sombra de esas  que a nadie asusta. Fue por aquel entonces que el General Grandiosa llegó asolando aquellas tierras y el que no salió huyendo pereció bajo el fuego y la tiranía de aquel delirio de grandeza, que nublaba la mente de un loco que quería convertir en Imperio aquella República Bananera. Ante la alarma de los vecinos que gritaban: ¡Ya llega!¡ya llega!, la niña Candela se escondió en el hueco de un árbol envolviéndose entre las páginas amarillentas de una gaceta. Fue con el correr de los años, al poner de nuevo en pie las barracas de los indios y limpiar de brozas los aledaños de la hacienda ruinosa, que dieron con el hueco del árbol y sacaron de sus entrañas aquel milagro. La niña silenciosa abrió sus grandes ojos de almendra y dijo con voz queda: Me llamo Candela.

121. Herencia

El libro que le legó su padre le trastocó la vida. Por él, se aisló de su mujer y de sus dos hijos, recluyéndose en el sótano. Se aprovisionó de víveres suficientes como para enfrentarse a la eternidad. Instaló una pizarra enorme, con el fin de apuntar fórmulas que tan solo él podía descifrar. Y prohibió el paso a su refugio de todo ser humano para proteger a la Tierra, como le indicó a su mujer la vez en que esta le reclamó todo el amor que le debía.

Estuvo encerrado años, bordeando la locura, persiguiendo la verdad que el libro prometía desvelar entre sus páginas, hasta que una noche de duermevela, en su cabeza, encajaron todas las piezas y, después de trascribirlas en su pizarra, ¡Eureka! Halló el secreto escondido. Así, entre excitado y aterrado, subió en busca de su mujer y sus hijos. Para su desconcierto, no los encontró en ningún rincón de la casa y, cuando ya se daba por vencido, una fotografía sujeta al frigorífico, en el que aparecían dos niñas y un hombre feliz abrazados a ellos, le recalcó el descubrimiento del libro: la proximidad del fin del mundo, que, de repente, dejó de importarle.

120.CUENTO HIPERACTIVO

Hace muchas páginas, cuando el universo apenas era un borrón de tiza, un grillo en celo gimoteaba: “ojalá tuviera madera de líder o alguien a quien someter”. Ocurrió, una línea más abajo, que un grumo de polvo de hadas se apiadó de él y decidió intervenir. A la mañana siguiente, nuestro héroe se despertó con un racimo de granadas al cuello y una bazooka entre las manos. Sin tregua, eufórico, se sentó en el muelle pesquero y empezó a disparar proyectiles como el que asume, sin más, el protagonismo del cuento. Tan grande fueron las detonaciones, que se cargó tres capítulos y un punto de giro esencial en la trama. Comprobó enseguida que no valía para líder… Más sin embargo (¡inesperado final!), quiso la suerte que acertara de lleno sobre un hervidero de ballenas que migraban al sur. Los pescadores en tierra, al descuartizarlas, encontraron en su interior restos humanos aferrados a un catálogo de Ikea. Nuestro grillo, fascinado, repasó una a una sus páginas y encontró, entre edredones y lamparitas de mesa, una marioneta de hilos con forma de niño de la que se quedó prendado. Corrió eufórico a una tienda.

119. Las páginas sin sal saben a poco.

Le regalaron a mamá un libro de cocina. Nunca nadie le ayudaba en nada, y aquel regalo no sabía si tomarlo como una burla o quizás un error. Pero al final resultó de gran utilidad.

-Hoy toca callos –me comentó mientras se levantaba de la mesa.
-¿Qué son callos?
-Es el estómago de los cerdos.
-No me gustan los estómagos de los cerdos –rechisté.
-Calla y abre el libro por la página 123 –me dijo mientras llenaba la olla de agua.

Entonces arranqué la página y antes de dársela, y sin que me viera, la chupé para ver a qué sabían esos callos. No encontré mucha diferencia con el besugo que estaba en la página 98. Ella metió la hoja en la olla y empezó a removerla.

-¿No vas a encender el fuego? –pregunté a mamá por si se le había olvidado.
-No cielo. Se nos acabó el butano.
-¿Y no le vas a echar sal? –refunfuñé.
-La sal es solo para ocasiones especiales.
-¿Y esta no es? –le dije poniendo mi mejor sonrisa.
-Sí, que lo es –me contestó mientras ponía dos granitos de sal. -Uno para mamá y otro para mi niño hermoso.

118. Y jamás supo leer (Barlon Mrando/Juan Fuente)

El abuelo aprovechaba la menor ocasión para contar a cualquiera la historia de su libro. No era una obra suya ni de algún autor especialmente célebre, ni siquiera un ejemplar único o extraordinario, pero todos en casa, y muchos fuera de ella, sabíamos que había salvado la vida aferrándose a él cuándo naufragó. Y no se quedaban ahí sus peripecias juntos: con él había conseguido enamorar a la que fue su esposa el día que se le cayó bajo su falda, fue talismán en aquella final de Copa de Europa del Real Madrid al impactar en la cabeza del árbitro limitando su percepción y objeto de interés de importantes personalidades con las que tuvo la suerte de toparse, entre otras no menos peculiares experiencias. No había en él más valor que el que el anciano le daba, aunque bien se podría decir que estaban tallados del mismo tronco, ambos encorvados, llenos de arrugas y con la firma a cuestas de la pluma tenue de los años. El abuelo era ese sonido que, a base de vivirlo, solo comprendes que estaba a tu lado cuando se ha ido.

Lo enterramos entre sus páginas, evidentemente.

117. Listas de la compra (Juanjo Montoliu)

Pensando un poco, la última vez que abrimos la caja fuerte fue cuando murió papá y dejamos dentro la alianza y el reloj de oro. Mamá, recuerda, siempre conservaba notas manuscritas entre las páginas de los libros. La lista de la compra la guardaba dentro del último que estaba leyendo, por ejemplo. Seguramente dejó la clave en el interior de algún ejemplar de la biblioteca, le digo a mi hermano, mientras él recorre con la vista las largas hileras de baldas del salón comedor y se encoge de hombros.

Todo lo tengo que hacer yo, pienso, así que busco una escalera y organizo el operativo. Voy sacando, uno a uno, cada libro y él los agita. Casi todos tienen listas de la compra por terminar, muy parecidas entre ellas. La mayoría de los productos anotados todavía ocupan un sitio en la alacena. Madre era despistada y por eso lo anotaba todo. Por eso procuraba mantener las mismas rutinas.

Casi hemos terminado de vaciar la biblioteca. Caen los últimos papeles, con nombres de alimentos y productos de limpieza. Ningún número mágico. En la mesa sigue el testamento de mis padres, de hojas amarillentas, que no nos hemos molestado en leer.

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