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A los cinco años pidió una máquina de escribir a los Reyes Magos. La había visto en la foto de una revista, en casa de una escritora. Así que la recortó y la pegó en la carta para que los reyes no se confundieran. Y se la dejaron, una bonita Olivetti Lettera 35 roja y reluciente.
El día que la estrenó, escribiendo despacio con sus deditos que titubeaban buscando las letras, abrió la puerta del laberinto. Allí la esperaban princesas, dragones, brujas, caballeros y hadas que le enseñaron a no rendirse, aunque se equivocara de camino mil veces, porque allí siempre estaban ellos para darle la mano y ayudarla a seguir avanzando.
Cada vez que cerraba una puerta, abría otra, arponeando historias con las teclas de su Olivetti. Se convirtió en la capitana de un ejército de aventureros que extendieron su laberinto levantando nuevos muros y tendiendo puentes sobre precipicios y ciénagas.
Ya no encuentra cintas de recambio para su máquina y sus nietos, incapaces de convencerla para que la cambie por un ordenador sin alma, recorren la red para comprar en lugares remotos las últimas unidades. Saben que, aunque le muestren la salida, ella nunca saldrá del laberinto.
De feo aspecto, despeluchado, ateo, depravado y portador de un ojo de cristal, George Spencer, sirviente de la New Haven Colony, fue duramente flagelado hasta serle arrancada la declaración. Aunque posteriormente retractó ante el juez, esta confesión fue considerada válida como la del primer testigo de los dos que marcaba el laberinto legal de aquellos alienados puritanos. La prueba era aquel cerdito, nacido tuerto, acto de Dios por el que su divinidad quería mostrar, en su infinita sabiduría, la evidencia del pecado. Qué mejor segundo testigo del flagrante lascivo “animalismo” de nuestro descreído sirviente, que la cerda paridora del cochinillo. Evidentemente, si esta impúdica suina hablase, reconocería la paternidad de George. El proceso quedó así cerrado y sentenciado en Connecticut.
Y en 1642, la cerda, madre del gorrino tuerto, fue ajusticiada a espadón y George colgado en el patíbulo.
Tres años más tarde dos deformes puercos nacían en esta granja de New Haven Colony. Sus rostros eran de extraordinario parecido al de otro sirviente, Thomas Hogg. Éste, también de impíos antecedentes y amigo de lo ajeno, advertido, resistió cárcel y tortura sin confesar ni desfallecer. Esta vez, el juez no pudo alegar el testimonio de los dos, indispensables, bíblicos testigos.
Era adicta a los reality show.
El vaso con la coca cola y el cuenco de palomitas o en su defecto la bolsa de patatas fritas la acompañaban.
Se conocía los nombres de l@s participantes y tras finalizar la emisión se enganchaba a internet para seguir minuto a minuto cada movimiento de los concursantes.
Adquirió conocimientos…banales, y empezó a trasnochar, o a dar una cabezadita en el sofá.
Las comidas a base de sándwich con cualquier cosa, y a depender sólo y exclusivamente de la publicidad para ir al baño.
Aquel día la conexión falló, y las horas se hicieron interminables. No era el día de emisión, por lo que tuvo que conformarse con el repaso de los momentos más “atractivos”.
Creyó enloquecer. Iba y venía por las habitaciones de la casa como ratón en un laberinto.
Atacó el frigorífico en busca de algún alimento con el que calmar su ansia.
Pensó salir a la calle, y le invadió el pánico. Angustiada, se dejó caer en un rincón esperando a que la señal se recuperase.
Sus lágrimas provocaron aplausos.
En esos mismos momentos, en un canal de un país sudamericano, emitían el reality show que ella, sin saberlo, estaba protagonizando.
La noche calma, deja oír mis pasos por el empedrado brillante, que un propio, en la parte alta de la calle, riega larga manu. Me paro bajo un farol y palomilla fernandino y me enciendo un cigarro, giro sobre mis pies y exhalo el humo por las narinas. Me siento bien, y al reanudar el paseo, me veo caminar por las fachadas, que dirigen mis deseos por el dédalo de calles, al Conejo Feliz. Me cuesta atravesar el cortinaje grande de terciopelo, cada día más.
Me siento en mi taburete, beso a mi camarera preferida y comienza el ritual, ginebra, vermú rojo y triple seco en la coctelera e inicia un baile con sus pechos. Un buen grog, me trae recuerdos del Hotel Tirol de mi juventud, de esa juventud que ahora busco aquí. Se empina por encima de la barra y me calienta en la oreja que hay una nueva, una liebratón.
Se me acerca una joven enorme, con una malla ajustada que aplica a mi rodilla y un calor pasa lentamente a mi cuerpo, apoya sus manos en mi muslo y pido un benjamín.
Al salir, me acomodo la entrepierna y me encamino a tomar unos churros. Sonrío.
Miles de pequeñas islas pululan por el mundo soñado.
Cientos de miles de islotes ocupan el mar de los deseos confusos.
Corren historias sobre un extenso país donde el lejano mar solo se adivina. Allí las mujeres y los hombres conviven en cierta armonía, se acarician con frecuencia y el cariño estabiliza su mundo. Los niños no cuidan a sus padres cuando estos enloquecen de venganza.
Si una pareja tiene discusiones fuertes en esa Arcadia, entonces un dios pagano los envía once días a convivir en una pequeña habitación, con alimento, una pequeña cama y sin distracciones. Por ley tíos y primos cuidan delicadamente a los hijos mientras sus padres meditan solos. Siempre se intenta.
Nadie visitó jamás ese gran país, quizás sea un recurso más del inconsciente colectivo para soportar la maldita soledad que domina el archipiélago
En las islas recuerdan que eran agradables, buenos en el buen sentido, honestos y soñadores ¿Los idealizaban? Jamás hablaban entre ellas de sus recuerdos.
Los islotes extrañaban a rabiar la paz, sus dulces pieles, el amor del bueno…
Un gran terremoto unió las islas, alguien pensó:
Al que invente de nuevo __________ le trasladamos al islote de los eremitas vacios sin dudarlo.
—Ni “no sabes el día que he tenido”, ni “me duele la cabeza”, ni criptonita, ni leches. A casa se viene a cumplir —, grita Lois haciendo restañar la fusta en el aire.
Tiene el olfato más fino que existe, capaz de oler un caballito de mar a veinte islas de distancia y cuando nada es la más rápida de todas. Su tesoro más preciado es un hueso de ballena que lleva royendo desde hace varios años. Le gusta perseguir a las langostas, jugar con las tortugas y no le dan miedo los tiburones. Aunque no le gusta demasiado, soporta salir de lustro en lustro a cazar elefantes marinos junto a su amo.
Cada vez que un barco navega sobre su territorio, ladra burbujas que emergen a la superficie como notas musicales, y si hay perros sueltos en cubierta se ven arrastrados a saltar por la borda. Durante varios minutos juguetean en el agua pero al final del pataleo, los perros caídos se ahogan irremediablemente y la Sirena-perro vuelve desconcertada a casa. Mientras mira su fabulosa cola de pez, se pregunta por qué trágica ironía evolutiva el resto de perros del mundo tienen esas inútiles patas traseras que los condena a la extinción, y se alegra de ser diferente.
La isla de las mujeres es tan leve que el menor terremoto la propulsa. Cruza entonces mares de trasatlánticos monótonos, redes de arrastre, obedientes aves migratorias. A veces se detiene frente a una costa habitada. Los bañistas las espían desde su orilla mientras preparan el abordaje. Las isleñas los ven acercarse rugiendo en sus lanchas.
“Ay, los hombres”, advierten las viejas sentadas en los acantilados.
“Ay, los hombres”, se relamen las jóvenes desnudas sobre la arena.
Durante días yacen con ellos. Sus vientres morenos los absorben. Hasta que una mañana, los hombres quieren construir viviendas, trazar calles, desbrozar el bosque. Ellas les preparan las lanchas. Apuntan al corazón con sus flechas.
Los despiden llorosas agitando sus melenas salvajes.
No pueden evitar asomarse en cuanto salimos a pasear por el bosque, curiosos y anhelantes, pero enseguida echan a correr como conejos, como si no estuvieran deseando saborear la canela de nuestra piel. Siempre logramos cazar una docena: no solo los que no corren demasiado, también el hombretón babeante ante nuestros pechos desnudos, incluso algún osado Apolo cuyos ojos nos dicen que pretende disfrutar de nosotras y luego escapar. Por la noche comemos y bebemos, la música de los tambores nos incita a un salvaje placer y los hombres responden bajo nuestros cuerpos olvidándose en ese momento infinito de su destino. Los acariciamos, los besamos, los poseemos con la delicadeza de las hadas y con los zarpazos de las panteras; las pócimas y los ungüentos hábilmente aplicados consiguen encender de nuevo su deseo y recuperar su potencia sexual para que sigamos amándolos durante toda la noche. Y una vez abandonados, exprimidos y exhaustos, en ese paréntesis de la vida que queda suspendido en el aire y se confunde con la muerte más dulce, la mano de las sacerdotisas ejerce su poder sagrado, y los despojan de su último aliento con un beso y una daga que les roba el corazón.
…escapa sin retocarse, rebuscando las llaves del Peugeot, calculando lo que cocinará mañana, hoy le toca con los cabrones de 1º H y esta tarde mamografía (en junio será agredida por una madre), en el portal buenos días a una limpiadora que no puede agacharse, las rodillas, y encima ayer el hijoputa de siempre, segunda vez, le echó la mano al cuello, pero a dios gracias hay trabajo para ayudar a su hija embarazada (morirá cuatro meses después, violencia machista), vacía el balde en la alcantarilla sin salpicar a la joven que guasapea, los dedos como alas, quiere sacarse el carné y está tirándose al capullo del jefe 🙂 🙂 para que la hagan fija en la perfumería (sufrirá dos atracos estas navidades), la amiga, en paro y resentida, se muere de envidia alineando melones rochet, o como se llamen, derrotada por goleada, odia la puta frutería y a sí misma (el accidente definitivo sobrevendrá dentro de seis meses), podría colocarla su prima, la honra familiar, que desayuna de segundas en la sede del partido, con sus patéticos mentores, diosecillos falaces y mezquinos, ya toca mandarlos al carajo y llevárselo calentito (condenada a siete años de inhabilitación por cohecho)…
Dice la leyenda que la primera mujer fue Lilit, pero se negó a someterse y abandonó el Paraíso para vivir copulando con demonios. Esta fábula la escribieron los descendientes del individuo al que abandonó. Entre mi gente circula otra versión. Es la que dice que a ella no le gustaba el papel que querían asignarle. Comprendió que ninguna de sus solicitudes serían escuchadas, que para disfrutar de todos los dones del Paraíso debía transformase en una criatura sometida a los deseos de Adán. Era una mujer valiente y decidió escapar a un lugar lejos de las hordas de sucesores del primer hombre y su costilla. A pesar de las dificultades Lilit sobrevivió y hoy todas sus herederas habitamos en la Isla de las mujeres. Pero seguimos siendo carne de leyenda, cuentan de nosotras que somos guerreras, que abandonamos a nuestros bebés si son varones y solo nos quedamos con las hembras para educarlas en el arte de la guerra, hasta dicen que nos cortamos un pecho para manejar mejor el arco. No importa, permaneceremos en nuestra isla, esperando el momento oportuno. Llegará, ese día cuando nos revelemos escribiremos la verdadera historia y lo haremos como iguales.
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