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Cuando llegué al centro del laberinto, el Minotauro me aguardaba parado junto a un tablero de ajedrez. Me invitó a tomar asiento y me preguntó si prefería jugar con blancas o con negras. «Blancas», le dije, y, mientras acomodábamos las piezas, me informó que si yo ganaba la partida me dejaría ir sin problemas, pero que si el ganador resultaba ser él, ya podía imaginarme las consecuencias. Asentí con la cabeza e inicié el juego con peón cuatro rey. El Minotauro respondió con peón tres dama… Al cabo de un par de horas, matizadas por la charla amena y culta de la bestia, acordamos tablas. Seguidamente me dijo: «Mañana volveremos a intentarlo».
Desde entonces las partidas y los días se han tornado innumerables, y aunque dada la práctica ya me siento mucho más que un aficionado, es evidente que jamás podré ganarle al Minotauro. Tan evidente como el hecho de que a él jamás lo ha movido la intención de ganarme.
La soledad, sobra decirlo, suele tener estas cosas.
… es tan difícil hallar la entrada a este laberinto, que no sé cómo salir de él…
(Las tres de la madrugada, puede que las cuatro).
–Estás sudando –dijo él. ¿Te encuentras bien?
… y además, creo que estoy configurada con efecto muaré, en una ubicación inestable. Me retiro a mis cuarteles de invierno.
– ¿Qué te pasa, cariño? Mírame, parpadea.
… un colibrí puede aletear 80 veces por segundo, mucho más rápido de lo que dispara en ráfaga mi Cankotax SHD 1000.
–Estás caliente, deliras.
… tu rango dinámico no se corresponde con lo que aseguraba el manual…, no eres más que un hombre de papel.
–Lo siento, mi amor, tengo que volver a reconsiderar este encuadre. No te dolerá, la aguja es fina.
–Tú nunca has necesitado un paso más de luz, habitas las sombras.
–Mañana, cuando vuelva a ser el día la medida de las cosas, renunciarás al premio. Y yo me encargaré de arrojar al Ebro todo tu equipo fotográfico.
–Aguas arriba no queda nada, los nietos del coronel Kurtz vendieron el último paraíso a un grupo inmobiliario.
–A veces, creo que no existes.
–Sí, pero mi foto saldrá mañana en los periódicos. Y esta vez, cerraré la puerta al entrar.
El encontró un yacimiento del que sacar hasta la última veta de amor y de dolor. Para sí mismo lo primero, para ella lo segundo. Toda la vida hizo por deslumbrarla, empujándola con ello a un laberinto amurallado donde no encontrara salida, tabla de salvación, ni asidero. Ella se lamentaba de no haber podido estudiar cuando tuvo tiempo y así expresarse como hacía él cuando, ocasionalmente, la llevaba a alguna cena de trabajo. Si alguna vez intervenía, se perdía en una maraña, en otro laberinto de eses, “ados”, “idos” y de palabras postizas y adoptadas sin cariño. Y terminaba siempre desmigando el pan, convirtiéndolo, con mucho empeño, en trocitos muy chiquititos y ridículos.
Y no es que diera por bueno lo de ser lerda como a veces él insinuaba. Una tonta no habría sido capaz de dar carrera a tres hijos, tener casa, apartamento en la costa, algunos ahorrillos y todo, administrando un sueldo miserable de simple administrativo. Un día se apagó la luz cegadora y descubrió que los muros no eran tan altos. Entonces, diccionario en mano, le escribió unas letras: Extracción extinta. Corazón minado. Mina cerrada. Y con ella lo abandonó. Él nunca llegó a entender la nota.
Entro en un callejón. Se bifurca. Miro a izquierda y derecha. Dudo. Elijo el de la izquierda. Camino. Veo dos puertas. Miro a izquierda y derecha. Elijo la de la izquierda. Abro la puerta. Entro en la sala de conferencias. No sé cómo empezar mi discurso. Mis ideas, en lugar de transitar ordenadamente por el pasillo de mi mente, corren desesperadas por el laberinto de mis dudas. ¡Qué pesadilla! No hay triquiñuela que valga, la respuesta está en el estrato más hondo del yacimiento de mi sabiduría. Sigo mudo. El público me observa expectante. Carcajadas. Despierto. Entro en un callejón. Se bifurca. Miro a izquierda y derecha. Dudo. Elijo el de la derecha. Camino. Veo dos puertas. Miro a izquierda y derecha. Elijo la de la derecha. Abro la puerta. Entro en la sala de conferencias. No sé cómo empezar mi discurso. Mis ideas, en lugar de transitar ordenadamente por el pasillo de mi mente, corren desesperadas por el laberinto de mis dudas. ¡Qué pesadilla! No hay triquiñuela que valga, la respuesta está en el estrato más hondo del yacimiento de mi sabiduría. Sigo mudo. El público me observa expectante. Carcajadas. Despierto…
Luis sabe que le esperan. Por eso esquiva motoristas, camiones descabezados y pensamientos negros. En cada curva, se la juega a cara o cruz. Acelera. Lamenta que su Mercedes no sea supersónico y que, por mucho que pise el pedal, no supere los 140 km/h. La mecánica no entiende de milagros. Teme que si no arriba a destino, luego pueda ser demasiado tarde. Y solloza como un niño, recriminándose esto, lo otro… ¡Maldita fortuna!
En cambio, Miguel duerme, ajeno a las lamentaciones que, buena parte de ellas, ha propiciado. Él fue quien propuso la ronda de vinos. El que no avisó a Laura y luego le colgó. El que se negó a llamar a un taxi. El que, por su sueño profundo, no guía en la tortuosa carretera de montaña que tan bien conoce. Y el que para colmo, susurra a menudo «¡qué paz!», que tanto altera a Luis. De este modo, girando a derechas, a izquierdas repiten trayecto una y otra vez, para que a veces, como ahora, la carretera desaparezca, queden suspendidos en el aire y atrapados en la oscuridad.
Mientras, al otro lado, la máquina, que mantiene a Luis Miguel con vida, vuelve a pitar auxilio.
El Príncipe Azul no tenía un buen día. Su caballo estaba agotado por las largas jornadas sin descanso y se negaba a caminar. Agobiado porque pronto expiraría el plazo, decidió dejarlo junto a un lago y continuar a pie. Hacia días que únicamente lo guiaba la intuición.
Consultó a una niña que corría tras un conejo, esta aseguró no conocer el camino y además orientarse fatal. Más adelante halló una casa, llamó y le abrió una joven muy bella pero haraposa que en lugar de escucharlo se dedicó a lloriquear, estaba desolada por un baile al que no podría acudir porque no tenía vestido. La consoló brevemente y partió. Temía que se le adelantase otro príncipe y que al llegar al palacio la princesa ya estuviese despierta y comprometida.
Por suerte se encontró con un niño jovial y atento que aseguró conocer el camino. Has de avanzar unos cien metros en línea recta, otro tanto una vez gires a la derecha y después, a unos cincuentas pasos, hallarás una arboleda detrás de la cual se alza el palacio.
Agradecido, le dio unas monedas. Achacó al agotamiento la visión del aumento repentino en el tamaño de la nariz del muchacho.
No quedaba duda, había perdido de nuevo, aunque pasaron muchos años no llegó a comprender su error ni la razón de ser.
El desasosiego de no vislumbrar la salida crea incertidumbre, ahora nota que más de una vez estuvo allí, que el giro del destino lo volvió al centro y no lo recordará. Y renació tantas veces con otros nombres, sueños y expectativas diversas, vivió, sufrió, amó entre sueños marchitos y otros realizados, recorrió tantas veces el camino de la vida sin encontrar la salida…
Hoy lo mira desde la nada y tampoco lo entiende, pero no sabe que volverá.
Pregunté a la chica de recepción, pero solo llevaba nueve años trabajando allí y no conocía bien el camino. Atravesé la lujosa entrada hasta llegar a la sala de becarios, donde pasé varios meses hasta encontrar la trampilla escondida bajo la máquina de refrescos. Esperé a la noche para entrar y tuve que arrastrarme a oscuras por un serpenteante túnel hasta llegar a la zona de operarios. Allí la cosa fue peor. Fueron muchos años de duro trabajo y conversaciones huecas, pero al final obtuve la tarjeta plateada de acceso al piso de los gerentes. Con ellos todo fue más sencillo, salvo el día en que tuve que deshacerme del cuerpo de mi jefe usando la destructora de papel. Y por fin, tras varias décadas de sacrificios, obtuve el deseado ascenso. Avancé triunfalmente por el amplio pasillo hacia mi nuevo despacho de socio mientras la marcha Radetzsky amortiguaba el sonido de mis pasos. Abrí la puerta…pero al otro lado no había nada. Solo un abismo. Iba a girarme para volver cuando una patada en el trasero me precipitó al vacío. Mientras caía, me pareció que desde lo alto un enorme ojo se reía de mí.
Se disponía a cerrar la puerta del despacho cuando sonó el teléfono. Por un momento dudó, pero como de costumbre descolgó el auricular. Al otro lado del teléfono le informaban de su designación como Magistrada de la Audiencia Nacional.
Una sensación de satisfacción y reconocimiento a tantos años de duro trabajo le subió la adrenalina hasta límites insospechados.
Atrás quedó la gran decepción de no haber podido estudiar medicina. ¡Una vocación frustrada por una injusta nota de corte!
..Y en el laberinto de pensamientos que se agolpan y desaparecen con igual rapidez, volvió recurrente como siempre la duda: ¿cómo sería hoy su vida de haber podido ejercer su vocación? . Y la respuesta de siempre: ¡qué importancia tiene! Lo sucedido no es cuestión del destino, ni de la suerte, ni del azar…Las circunstancias y oportunidades fueron esas en aquel momento, como en su día se dieron las circunstancias para que pensase que estudiar medicina era su vocación.
Ese momento de lucidez le hizo comprender que, pensar en una vida alternativa es una buena distracción, pero nada más. La mejor vida posible es la elección del momento. ¡Toda una genialidad! .
Aquel desorden no era más que un montón de fragmentos desusados de su vida, recuerdos almacenados y desnudos, olvidados o no. Tras muchos ensayos, decidió guardarlos así, dispuestos en paralelo como las fichas de un dominó, uno tras otro, en orden cronológico. Advirtió a tiempo que si caía uno, caerían todos los demás. Eso le hizo reflexionar. Aunque ya no sirvieran más que para echar algunas partidas en las tardes aburridas de domingo, no quería perderlos; de modo que buscó otra disposición que favoreciera su búsqueda. Los recuerdos son muy sensibles a la luz, por lo que descartó la posibilidad de colgarlos en la noguera del jardín como si fueran hojas secas. Finalmente optó por almacenados en bolsitas de colores, por temáticas: recuerdos de caricias de amor, de risas de hijos, de lágrimas de desamor, de arrumacos adolescentes, de frutas robadas, de olor a él,de sabores del pueblo…
El Dios romano de la guerra, le obligó a nacer.Con actitud triste, aquel alma obedeció.
Antes de partir prometió a su amada volver en breve . Infructuosamente ,luchó por no experimentar una primera bocanada de aire. Su instinto lo alertaba del peligro que entrañaba aquel nuevo lugar de tierras movedizas, pero no podía resistirse , alguien acababa de amarrarle con un dorsal, y desde fuera tensaba la cuerda .Quisiera o no, tendría que empezar una impuesta carrera laberíntica, donde la mejor de las opciones, sería andar, o dejarse llevar. Un llanto de vida aviso de su llegada.
El niño se hizo un hombre, ambicioso de deseos, loco por buscar palabras perdidas y posibilidades remotas, en las que adivinar misterios escondidos bajo cuartos oscuros. Su adolescencia trascurrió entre estrechos callejones llenos de espejos cóncavos y provenzales campos, con encrucijadas de gigantes que borraban de su ser el recuerdo de aquella alma, sentenciada al triste olvido.
Años después eligió dejarse llevar, consiguiendo así mitigar la soledad y lograr olvidar el hilo invisible que arrastraba desde antes de nacer, dando esquinazo a las tres Parcas.
Las huellas llenas de emociones, sensaciones y nostalgias, ya fueron pisadas, y las actuales huellas lo hacían sentir como un vulgar espectador del teatro de su vida . Se sintió mal, y se durmió. Soñó que volaba hacia ese lugar donde las promesas se cumplen.
Sé que no te esperabas esta visita. Es normal, son muchos años. Quince. Mientras venía hacia aquí, todo me parecía lógico y pensaba que, en cuanto abrieras esta puerta, lo entenderías. Y ahora no sé cómo empezar. Bueno sí. Se me ha cortado la mayonesa. Y luego lo he visto claro. Porque se puede hacer otra. Se puede. Toda mi vida ha sido un jodido laberinto lleno de puertas. Y cada vez que he tenido que elegir, he escogido la puerta equivocada. Ya sabes. Quería estudiar Bellas Artes y acabé haciendo Medicina. Quise especializarme en Cirugía y soy dermatóloga. Quise seguir contigo, (¡de verdad que sí!), pero me fui con Tomás. No quería hijos y ya voy por el cuarto. Hasta hoy. Que se ha cortado la mayonesa. Y ya estoy harta de intentar ser perfecta. Estoy muy cansada, de no ser yo. Sé que tu mujer está ahí adentro. Pero no puedo más. Así que esta vez sí, Raúl. Que me saques de este laberinto. Que me digas que hay salida. No estoy llorando, idiota. Es solo que no puedo creer que me beses. Te he manchado de huevo. ¿ Y sabes qué? Me importa una mierda.
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