¿Te falta alguno de nuestros recopilatorios?
PREMIO A CURUXA 2024
PREMIO SENDERO EL AGUA 2024
***
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas


A algunos la Navidad les inspira una ternura insólita y pasajera, a otros les deprime porque todo parece conspirar para aumentar su soledad. Los hay que dan rienda suelta a su gula engullendo de todo, eso sí, con justificación. También están los que compran compulsivamente y luego se preguntan para qué. Y para algunos, como Klaus, la Navidad supone un reto.
Este año, como el anterior, volverá a meter juguetes en el saco y a darse prisa, dejando atrás los gritos del empleado de la tienda. Volverá a repartirlos en la plaza del barrio viejo. Verá la cara asombrada de esos chiquillos mal vestidos y sucios, que quieren tirarle de la barba. Escuchará de nuevo la sirena y sentirá el miedo de los que le sujetan y le llevan. Volverá a sentirse aliviado en la blanca habitación, escuchando villancicos y preguntándose quiénes están realmente locos.
-Este año no va a haber festejos navideños, escuchaba Pili mientras los ojos se le llenaban de lágrimas. No hay plata, no tengo con qué comprar regalos ni comidas especiales. Pili sabía que tampoco habría arbolito, había ido a la basura la navidad pasada, fecha en que su padre las dejó. Triste iba a ser esa Nochebuena, sentadas a la mesa, sin hablar para no atragantarse con la sopa. Noche sin, árbol, regalos, besos o abrazos. Adiós sueño del reloj dentro de una la caja roja con moño verde. Lloró, lloró mucho. Su corazón de niña aún no entendía de divorcios, impuestos o salarios bajos.
El veinticuatro visitó al abuelo. Pili se entristeció al verlo tan viejito. “Barba de nieve y pelo de nube”, pensó. Lo acarició. El anciano abrazó a Pili más fuerte que otras veces. Entonces, ella lo besó pidiéndole una linda Navidad. Una chispa brilló en los ojos cansados. Al regresar varios niños cantaban villancicos frente a la puerta, por el vidrio de la ventana se veían las luces multicolores de un árbol de Navidad, y desde el cielo, una estrella enorme alumbraba la caja roja con moño verde.
En la calle Torrijos, en el número 28, Andrés espía a través de las cortinas. Su desilusión es enorme al ver que no usará la chimenea, sino que se dirige a la entrada principal. Regresa a su cama para no espantarlo.
La escena esperada sería verlo entrar a través del estrecho conducto y al poco salir grácilmente sin ni siquiera mancharse de hollín, pero claro, eso es imposible. Encara la puerta, con extraordinaria maestría manipula la cerradura y entra sin causar el más mínimo desperfecto. Esa noche solo los despistados conectan la alarma, lo que les hace quedarse sin regalos a la espera de la competencia.
La casa pertenece a Olga, madre soltera, que duerme en su habitación. El intruso se dirige al cuarto del chiquillo, que disimula torpemente. Tiene ya seis años y se ha convertido en un muchacho muy guapo. Lo besa con ternura y sonríe orgulloso al ver la incipiente barba blanca que ya luce. Ella dice que no, pero la sangre le dice que es hijo suyo. Se acerca a su dormitorio y la mira con una mezcla de cariño y reproche. A su lado Melchor ronca plácidamente.
Ella apareció por Navidad en la estación donde realizaba mi labor como escritor. Recojo los sentimientos de ida y vuelta de los pasajeros para poder contar mis historias.
Pude apreciar su torpeza a la hora de arrastrar la maleta, un peso titánico para un cuerpo frágil que apenas se dejaba entrever tras su abrigo. Me embelesó la dulzura con la que abrazaba su cuerpo para protegerse del frío. El viento retozaba con su falda. Debí haber corrido hacia ella, arrodillarme y decirle que la quería aunque no fuese cierto. Pero debido a mi cobardía me despedí lanzándole un beso.
El beso entró por la puerta del tren en busca de la chica. Ella toma asiento. Él se sienta a su lado y contempla el resplandor que irradia la albura de la nieve. La mira de reojo. Trata de llamar su atención deslizándose por sus esbeltas piernas, rozándole la mano, el cuello, los labios. Posándose frente a sus ojos… Pero sus esfuerzos son en vano, ella nunca podrá verlo. Sólo siente un cosquilleo que le hace feliz. Por ello decide al concluir el trayecto colarse en su escote para acompañarla en su camino.
Postdata: Espero que algún día me lo devuelvas.
Ansaldo era un hombre serio y de pocas palabras. Al caer la tarde de aquel día de verano, en la década de los cincuenta, sólo dijo que iba a comprar tabaco. No volvieron a saber de él. Doña Angustias, viuda de militar y estanquera, confirmó que había comprado un paquete de Bisonte pero no sabía si al salir había tomado dirección a su casa o camino de Cerroscuro. Los hijos recorrieron los pueblos de alrededor en su busca llegando hasta la capital. Nada.
Veinte años después, la víspera de Nochebuena, a la hora de comer, se presentó Ansaldo en casa; entró y se sentó a la cabecera de la mesa, donde antaño solía. La sorpresa atenazó cualquier reacción de su familia. Le sirvieron el cocido, le acercaron el pan y le pusieron el vino con gaseosa que acostumbraba tomar. Sólo sus nietos se atrevieron a preguntar por aquel señor a quien no conocían, recibiendo por respuesta un «túcomeicalla«.
Semanas después fue Hilario, el hijo mayor, quien mientras podaban los almendros y como el que no quiere la cosa, le preguntó cómo había sido lo de su regreso.
— Olvidé el mechero, respondió Ansaldo.
Nunca más se volvió a hablar del asunto.
Con alegría esperamos, tras la recogida de la cosecha, las fiestas de las adoraciones al Niño Dios.
A las jóvenes nos visten de inmaculado blanco y nos engalanan con alas y coronas de cartón dorado. Parecemos ángeles chamuscados, danzando entre el humo de la pólvora y los olores anisados del aguardiente.
Las mujeres en edad de merecer se hermosean y mecen, entre rítmicas recitaciones, a los bebés recién nacidos. Estas celebraciones son un reencuentro con nuestro lejano pasado. En ellas bailamos, cantamos y bebemos, al ritmo de los tambores africanos.
Mi mamá mientras acaricia mi ensortijado pelo le canta al que dicen que es mi papá.
“Un pájaro me ofreció
las plumas de su copete,
no hay pájaro en esta vida
que cumpla lo que promete”.
Se les vio llegar este año hacia finales de octubre, mezclados con castañas y boniatos, cuando en el Mercadona se pusieron ya los productos navideños entre sus estantería. Durante el transcurso de los días y batalla a batalla fueron ganando corazones. En estos últimos años estas batallas son cada vez más duras.
Los corazones de las gentes se han endurecido y ya no se comunican con los de sus vecinos, pero en estas fiestas el bombardeo incesante de buenos deseos vence hasta el más ruin por unos días y para ponerlo fácil nos indica el camino más corto hacia el bolsillo o bolso.
Lástima que solo sea unos días y que nuestros buenos deseos se paguen con Visa.
«Hola«, dijo con un tono bajo y triste.
Entonces le miré, estaba cabizbajo y, sentía como susurraba palabras mientras movía la cabeza lentamente.
Yo estaba sentada frente a él y no quise entrometerme. Esperé atenta a ver si el niño alzaba la cabeza pero no, Luis, seguía hablando cabizbajo.
Ya por fin le dije que qué hacía, que con quién hablaba. Eufórico pegó un salto, se acercó, se levantó la camisa y agarrándose un michelín me dice: «Hablo con este, que apareció por Navidad sin avisar. Le he puesto nombre y todo. Se llama Roscón de Reyes y ¡qué rico estaba!«.
Unos segundos de silencio.
Él se ríe, yo no sé como reaccionar. Perpleja no sé si reírme también, si sentar al niño en mi regazo y cantarle una canción de cuna para que se duerma, si correr juntos un par de metros, o tal vez pillar por banda a su madre y sermonearla por la mala alimentación que le está dando al niño.
Al final le pregunto a Luis si le apetece que corramos un par de metros juntos. Me vendrá bien y sobretodo al parásito michelín de estas vacaciones y su aliado el mazapán.
No había caído en la cuenta hasta que arranqué la hoja de Noviembre en el calendario de la cocina.
¡Otra vez Navidad!
Como todos los Diciembres desde que era pequeño mi ánimo se desasosegaba, respiraba con agitación y comenzaba a sentir un sudor frío. Todo el mundo andaba excitado exteriorizando su dicha por la llegada de las fiestas, pero yo no podía evitar sufrir ataques de ansiedad.
Otra vez me asaltaban aquellos recuerdos nebulosos: Papá Noel entrando en mi cuarto y cerrando la puerta tras de sí, acercándose a mi cama y susurrándome al oído que tenía que portarme bien si quería recibir juguetes un año más. Yo cerrando los ojos y apretando los dientes mientras sentía las cosquillas que me hacía su barba y notaba el peso de su cuerpo sobre el mío, infantil, ingenuo y tembloroso. Un golpe sordo y un líquido caliente escurriéndome por la cara antes de verle caer inerte a mi lado en la cama. Mamá detrás con un martillo en la mano y una expresión extraña.
Aquellas navidades papá se fue de casa. Eso nos ha contado mamá siempre. Y aunque siempre he albergado dudas, nunca he querido preguntarle nada.
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas









