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Llegó como un regalo por Navidad y fue como un soplo de ilusión en mi vida, eso, que las primeras veces fueron un fracaso, muy fría, me pegaba a su cuerpo y ella hacía muy poco, me miraba con sus ojos azules, abría mucho la boca y nada. Mi deseo desaparecía y me daba la vuelta.
Una tarde, me la encontré en la cama, me desnudé y al abrazarla tuve una erección, por fin lo hicimos, aunque ella estaba un poco seca. Los días siguientes mejoró con lubricación.
Me gustaba que se pusiera encima, agarraba sus tetas tersas y duras y yo la penetraba como un poseso. En la del misionero, se quejaba del peso porque se le iba el aire del pecho.
Nunca había practicado sexo anal y con Melissa me gustó. A partir de ese día lo hicimos de todas las maneras posibles, también oral. Yo estaba feliz. Ni un reparo, salía con los amigos, se quedaba con la boca abierta de mis polvos.
Pero empezó a tirarse pedos y aunque no olían, era desagradable. Una mañana que estaba debajo, se tiró uno enorme y desapareció de entre mis brazos, salió por la ventana y no ha vuelto.
No recuerdo qué año fue exactamente cuando por fechas previas a las fiestas navideñas estaba con mi abuela colocando el Belén, todos los años me pedía que le ayudara por eso de ser decoradora, cuando se me ocurrió decirla con la figura de Baltasar en la mano: “Abuela, ¿sabías que Baltasar no siempre fue negro?”. Y no, mi abuela no lo sabía. Me miró con cara de qué me estás contando. “Sí, hasta el siglo XV, allá por finales del Gótico, cuando hacían las catedrales tan altas y bonitas, no se comenzó a representar a Baltasar negro porque hasta entonces no se conocía la existencia de Africa, fue entonces cuando se decidió poner uno blanco procedente de Europa, otro árabe de Asia y el último africano”. Luego me preguntó ella: “¿Y América?”. “América no se había descubierto, pero no te creas que ya hubo quien quiso colocar un cuarto rey indio, pero esa idea no cuajó”.
Así que mi abuela ni corta ni perezosa decidió ese año embadurnar a Baltasar con un poco de harina para blanquearle la tez morena.
Cuando apareció mi abuelo por la puerta se quedó blanco al ver al nuevo rey negro.
Cuando despertó, el inspector Valdez miró el retrato del niño en la pared y, en ese instante, quiso tener un trabajo diferente. Desde que estaba a cargo del caso de la chica desaparecida en el número 2084 de la calle Caballeros de Colón, viejos tormentos pugnaban con volver a perseguirle. Era como mirarse de nuevo en el espejo, sólo que esta vez le tocaba enfrentar a los padres sin tener una respuesta a lo que le pasó a su princesa. En el transcurso de la pesquisa dos sospechosos fueron detenidos y, aunque preferiría no hacerlo, la ley le obligaba a dejarlos ir al no poder obtener una declaración o pruebas que les involucraran. Un mal presentimiento, que revoloteaba en su cabeza como un insecto molestoso, le provocaba malestar en el estómago; era muy probable que la joven tuviera una cita con la muerte y nunca la encontraran, se necesitaba inventar una palabra para describir lo que era capaz de hacer un asesino para desaparecer un cuerpo y de eso él tenía constancias ya que todos los días, al observar la foto, recordaba el cuerpo mutilado de su hijo, que apareció por Navidad.
Rojo, amarillo y ¡azul!. El semáforo de la Navidad acaba de instalarse en las calles.
Alcaldes de todos los colores han acudido a las plazas de villas y ciudades para asistir al encendido de las guirnaldas luminosas que dan comienzo al ritual de las compras navideñas, precisamente el día al que se define con el curioso nombre de “viernes negro”.
El azul de las luminarias no consume apenas, pero anima al consumidor e incentiva el consumo, que buena falta nos hace. No se trata de bombillas, sino de leds, que casi no contaminan y reducen el gasto energético, explican los que dicen saber.
La factura no importa; la seguiremos pagando hasta que se encienda la próxima Navidad.
A Catalina le olían las manos a lejía y el aliento a ajo. Solía venir por navidades a ayudar en la cocina y mientras la veíamos trajinar nos aseguraba que el barco de su marido estaba ya cerca y que muy pronto recibiríamos nuestras ansiadas bicicletas. La mía sería roja, con una cestita delante.
Pero en mi casa las paredes hablaban. Con la oreja pegada al tabique del comedor, descubrí aquel año que el esposo de Catalina no era capitán, sino un gandul que se había esfumado cuando nació su hija, se asustaría al ver un bebé con bigote. Y que los Reyes eran los padres, bueno, mi madre, que a mi padre no le gustaba ir de tiendas. Enseguida informé a mis hermanos pequeños para que revisaran los juguetes de sus cartas y se fueran olvidando de las bicis.
Aprovechando su estupor les convencí de que a Catalina, la pobre, nadie le regalaría nada, así que rompimos nuestras huchas para comprarle un frasquito de perfume. Me las apañé para rellenar con agua de lavanda uno que encontré por ahí y lo envolví en papel de regalo.
Con el dinero del botín conseguí los patines que llevaba dos años pidiendo.
Cuando murió su esposo, hace ya veinte años, se mudó a un apartamento pequeño para estar menos alejada de su hijo Pablo. Desde entonces, cada navidad recibe una felicitación sin remite que nunca ha pensado devolver al correo. La primera vez la guardó porque la destinataria real, muy probablemente inquilina anterior del inmueble, se llamaba María, como ella, y porque le agradaba recibir una felicitación en aquellas fechas.
Después se limitó a coleccionarlas, atesorando los detalles que Eva, la desconocida que las firmaba, añadía cada año en una hoja suelta. En 1994 aún estudiaba en Hamburgo. En el 98 anunciaba su traslado a Graz, la convalecencia de un accidente de tráfico y su boda con el médico austriaco que dirigió su recuperación. En el 2003 llegaron los mellizos, Roger y Bernard -enviaron foto- y al año siguiente la preciosa Minna, que había nacido con una deficiencia congénita en el oído. Este año la felicitación hablaba de un viaje para cerrar heridas, y advertía que antes de terminar las navidades pasarían a verla.
Aunque no quiere ausentarse de casa, ha salido a comprar unos dulces y un pequeño marco plateado. Dicen que en los próximos días es posible que nieve.
Nací y crecí en un territorio en guerra,… me hice hombre a los ponchazos a los tumbos,esquivando bombas y minas,sintiendo a cada paso dado, el silbar de las balas perdidas,que buscaban sin cesár y sin emociones un cuerpo para cumplir su misión.Hoy, exiliado aquí, en esta patria nueva ,siendo todavía un hombre joven,con una vida entera por vivir,no me adapto a las costumbres de este país,tán moderno, tán pacífico, donde la vida pasa por conseguir el artefacto electrónico más sofisticado. Entonces cuando me invitan a hablar sobre mi pasado, se horrorizan cuando escuchan de mi boca las malas palabras que a continuación les detallo,:Guerra,Hambre,Desolación,Destrucción,Abandono,Huérfanos,Soledad,Indiferencia,Locura y Muerte.
Ayer estuve jaeneando. Lo de siempre: café con churros en el Montana, un paseo por la catedral y por Metrópolis, una visita al museo y a El Corte Inglés. Dejé el coche al final de la calle Santa María del Valle y subí por la avenida de Madrid.
La vi cuando estaba a la altura del parque de la Victoria. Llevaba un insinuante minivestido veraniego. Comencé a seguirla. Todos los ojos se volvían hacia la Freya giennense. Algunos también miraban al monstruo de grasa que arrastraba los pies detrás de ella.
Poco a poco me fue ganando distancia. Caminaba de forma enérgica. En mi mente se habían abierto paso toda clase de fantasías, que deseché rápidamente: era un ser patético, un gordifeo que apenas podía caminar. ¿Es que acaso tendría fuerzas para intentar otra cosa? Tanit se estaba burlando de mí.
Bajé al centro comercial y devoré un magnífico plato combinado en el Goffy. El jaeneo no había sido del todo estéril.
El día de su jubilación, decidió inventarse una palabra para regalársela a sus alumnos. No quería una palabra bella o sonora, sino algo que pudiera aceptarse en la rutina atropellada de las conversaciones del patio y que adquiriera allí mismo el significado que mejor le quedara. Después de darle muchas vueltas, encontró lo que buscaba: Torgo. Entusiasmado por su hallazgo, decidió liberarla en el recreo, junto al patio de los pequeños. Pero estos, aunque la repetían excitados al principio, la abandonaban en cuanto otra cosa reclamaba su atención. Tampoco los mayores se mostraron receptivos a su iniciativa; ni siquiera los otros profesores, que parecían pensar que la jubilación le llegaba muy a tiempo. Antes de irse, sintiéndose vencido y rechazado, colocó varios carteles con un texto que era un ladrido de rabia: ¡PUES PROHIBIDO TORGO!
Y entonces llegó el éxito. La palabra floreció. Algunos preguntaban su significado y otros aseguraban conocerlo y sonreían con suficiencia. Poco a poco fueron desapareciendo los primeros, ya que para evitar la marginación y la burla, casi todos decían conocer bien el vocablo y se manejaban entre sobreentendidos y miradas de complicidad. Cuando le contaban todo esto, el viejo profesor se limitaba a sonreír.
Chicas, chicas, al salón.
Y fueron saliendo: la abierta A, con su largas piernas y su corto talle, la B, siempre de perfil, para que vieran que era rellenita, la C, tan metida en sí misma que parecía mirarse los pies eternamente. La O, muy cerrada a decir de la mayoría, pero profunda como un pozo. La H, siempre descansando sobre una silla tardó en aparecer, la J, como un mango sin paraguas, la X, misteriosa e incógnita. La V, equilibrista nata, triunfaba por su esbeltez. La F, recostada en su gemela E, que sí tenía las dos piernas, la K, vociferante como una sirena de barco, la M, tan anclada a tierra , la Ñ, con sus delirios de señora encopetada, la Q, que se vestía con cola, para mostrar distinción, la sinuosa S, que levantaba silbidos y murmullos, la U, con fama de guardarlo todo . Terminó saliendo la Z, decían de ella que no sabían si iba o venía. Los escritores las escogían, las mezclaban, las utilizaban a su antojo y luego, negro sobre blanco las abandonaban.
Ellas dormían mientras tanto, esperando que una musa volviera a apremiarlas: Chicas, acabó el descanso. Todas al salón.
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