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Los veinte años transcurridos le impiden a Penélope reconocerme. Es lógico, e incluso contaba con ello para dominar la situación. Aunque no sabía a ciencia cierta con qué me encontraría en Ítaca, no me extraña el panorama que descubro: el reino trastocado, la casa tomada por pretendientes y Penélope…, ¡ah, Penélope!
Por ella han merecido la pena las heridas en la batalla, el destino adverso, la ira de los dioses. Por ella ruego que me dejen tomar el arco que otros han sido incapaces de tensar, atravieso el blanco con una solícita saeta y, con otras tantas, los corazones de cada uno de mis indignos émulos. Por ella acepto sentarme en el trono, asumir una corona indeseada y compartir un lecho largamente anhelado.
Por ella, solo por ella, renuncio a la palabra y abrazo el silencio, ocultando ahora y para siempre que este mendigo recién llegado ha conocido las aventuras de Ulises de sus propios labios, que las ha extendido por la Hélade haciéndose pasar por un rapsoda ciego y que ha aprendido a tensar el arco gracias al mismísimo rey de Ítaca, quien lleva largos años viviendo felizmente con Circe en la isla de Ea.
Despertó como de una borrachera, tirado en la acera. Se incorporó dolorido y maltrecho y desde lo profundo de su mente surgió un mensaje de alerta: ¡Debo volver! No tenía idea de adonde ni porqué, pero se vio andando con rumbo incierto, únicamente guiado por su inconsciente. Una farola parpadeó iluminando un rincón por unos instantes y el sitio le resultó familiar. Apresuró el paso. Dobló la esquina. A pocas calles vislumbró una vivienda ardiendo. Instintivamente y con el pecho oprimido, comenzó a correr. El calor le golpeó la cara y reconoció SU casa. El impacto lo hizo reaccionar y presa del pánico tuvo que admitir que su cerebro le había jugado una mala pasada. Se vio a sí mismo corriendo. Recordó la caída, el golpe en la cabeza y que no estaba volviendo, sino huyendo despavoridamente para salvar su vida. ¡Bang! El disparo le perforó la frente.
Quince días de permiso…
El tren traquetea… bostezos, ronquidos de compañeros que cabecean.
Codo a codo y a pesar de ello tan solo…
Ritmo opresivo de las ruedas que repiten con exaltación las mismas palabras. Cadencia obsesiva invasora…
Codo a codo pero a pesar de ello me siento tan solo…
Recordarme que en casa tengo de cuidar mis modales olvidados en el ambiente zafio del cuartel…
Recordarme que no se puede hablar del conflicto: callar la verdad para preservar el optimismo de los civiles…
Quince días de permiso…
Tantas ganas de tenerla en mis brazos…
Pero tenerse que refrenar: la última vez me reprochó de abalanzarme sobre ella como salto sobre mi tanque…
Tan limpia, tan educada, tan etérea… “¡cariño me haces daño!” musitó… ¡y yo que tanto la quiero!…
Quisiera ella carantoñas, palabras bonitas y que la ofrezca flores ¡pero si no hay flores en el frente!…
Mi cuerpo sobre su cuerpo y a pesar de ello… ¿o quizás por ello?… ¡me siento tan solo!…
Quince días de permiso…
Perpetuo fantoche entre ella y el frente…
Traquetea mi vida entre bombas y dulzonas palabras… vino peleón y tisana vesperal…
Codo a codo, cuerpo a cuerpo, ¡Me siento tan solo!
Hola amigos:
Sueño con volver a veros. Ha llegado septiembre y tras el calor del verano, que se hizo por momentos insoportable, vuelvo a recordar. Primero las fiestas, no hay septiembre sin que me acuerde de mis queridas fiestas, que no veo desde hace siete años, fiestas de mi pueblo con las que tanto disfruté de niño. Me vuelvo niño al recordarlas. Después, respiro con la vendimia. Sí, me gustaría que me doliera la espalda de nuevo si como recompensa tuviera el aire de los campos libres.
Estoy recluído por el más triste de los errores, ahora el aire libre que respiro se corta por el muro de la agobiante prisión. A todo uno se acostumbra, pero ahora que me quedan diez meses de desamparo, me vuelvo a animar pensando que volveré. Todo habrá cambiado, ya lo sé… Pero mi ilusión no cambiará.
Volveré a dejar que la lluvia me recale hasta los huesos. Le permitiré al sol que ilumine mi camino y me queme dentro de su ilusión. Tomaré las riendas de mi camino. Mi sueño de libertad me hace vivir. Sabed que volveré.
Como cada año por estas mismas fechas vuelvo a la ciudad teñida de gris anunciando el otoño con sus calles casi desiertas. Regreso para instalarme unos meses abrazando los árboles que sonrojados se desnudan como los amantes en la noche. Cubro las flores protegiéndolas del frío para que al año siguiente vuelvan a colorear el césped y me envuelvo en la fiesta de Baco entre vides y endrinos.
Dirijo el aire que acaricia la mejilla de la chica inocente y soplo el viento que se lleva el sombrero del caballero. La luna me sonríe cómplice y me ayuda a retener al sol cada mañana un poco más, así como apresarlo cada tarde un poco antes.
Y como las oscuras golondrinas de Bécquer, otra vez a los cristales la lluvia llamará.
He vuelto a tropezar con mi pasado, tomando una copa de ron; en el bar de al lado. De veras que sacudí, el polvo de mi alma, a todos los rincones por los que he pasado; ya no me ponía triste, solo cuándo me preguntaban por ti.
Se alegraron de mi vuelta, aunque nunca regresé del todo. Pugnaron por vencer mi deseo de avanzar hacia la luz y me reinstalaron a la fuerza, con un par de chispazos y una ampolla de epinefrina, en mi cáscara vacía. Pero mis convicciones y mis ganas de vivir quedaron prendidas en aquel túnel oscuro; y en mi alma, el anhelo de flotar libre otra vez.
Hoy la luna llena iluminará mi acantilado favorito cuando, paladeando caramelos de sal, busque de nuevo la salida entre las olas.
Tengo seis años y estoy esperando al tranvía.
Sentada en el bordillo de la acera, miro con impaciencia a los dos lados de la calle. Tiene que pasar muy pronto alguno de esos grandes vagones azules y blancos hechos de reluciente metal.
Está tardando demasiado hoy. Me entretengo pensando cómo aparecen, a veces, cada uno por una esquina, abrazando ruidosamente la catenaria hasta que se cruzan sin tocarse.
No puedo montar en tranvía si no voy con un mayor, pero con sólo mirarlos circular me conformo. Son tan bonitos que parecen cajas de regalo o plumieres llenos de lápices de colores. Siempre creo que se van a separar de las vías en una curva pero, milagrosamente, en el último momento, giran y siguen la ruta sobre sus pesadas ruedas sin gomas.
Sigo sin oír su sonora campana y me está entrando sueño. Como no aparezca pronto,
acabaré……
Me despierta, de un bote, un estridente y agudo pitido. –“Ésa no es la campana del tranvía”- Pienso, mientras abro los ojos y miro a mi alrededor.
-“Otra vez lo mismo”- Me digo con resignación. Salgo de la cama y arrastro mi cuerpo cincuentón hasta el baño para darme una ducha reconfortante.
Todos en casa le tachan de inconformista. Sin embargo, a ella le parece que no pide nada fuera de lo normal.
Al fin y al cabo, ahí está su madre todo el día recordándole que aún es hija. Y sus hijos intentando impedirle ser madre -qué rápido crecen-.
Cuando era niña quería ser mayor y a todo el mundo le parecía muy gracioso. ¿Será que les venía bien?: “Cuando seas mayor, esto, cuando seas mayor, lo otro…”
Por eso no entiende porqué no entienden -¿será que no les viene bien?- que ahora quiera volver a ser niña.
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