¿Te falta alguno de nuestros recopilatorios?
PREMIO A CURUXA 2024
PREMIO SENDERO EL AGUA 2024
***
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas


Escuchó los gritos de “!Asalto!” y, enseguida, un tiroteo. Y, asustado, volvió a su tumba.
Salía de la cama despacio, sin hacer ruido, en un vano intento por no despertarme. Desconocía que yo, al igual que ella, tampoco podía dormir. De puntillas, bajaba las escaleras para asomarse a la habitación de nuestro hijo. Bajo las sábanas creía descubrir su cuerpo, arrullado por la respiración tranquila que provocan los dulces sueños. Luego, en la cocina, preparaba su desayuno y se sentaba a esperarle. Yo me hacía el encontradizo y aparecía por allí intentando no asustarla.
– Volvamos a la cama, cariño.
– Estoy esperando a Manuel, a que baje a desayunar -me decía con la mirada perdida en algún lugar al que nadie podía llegar y del que nadie podía hacerla regresar.
– Mira, todavía no ha vuelto -intentaba convencerla mientras nos asomábamos juntos a su habitación silenciosa, vacía, muerta como él.
Ella me miraba asustada y el azul de sus ojos se volvía oscuro, como un mar profundo, un mar sin fondo.
– Vamos. Hace frío y estás temblando.
– ¿Volverá, verdad? –me preguntaba cada día.
– Claro, luego bajamos a ver.
Juan volvió de Alemania, compró unas tierras en su pueblo de Almería e inició un negocio de exportación de tomates. Su prosperidad se medía por el tamaño de sus puros, el modelo del Mercedes y el número de visitas al club de carretera. Allí conoció a Marie, una camerunesa que le hipnotizó con sus contornos magnéticos. Él le dio papeles, estabilidad y amor; ella pasión, sensatez y dos hijos, uno que expandió el negocio por el norte y se casó con una sueca, y otro, antropólogo, que un día partió a Camerún, con las lágrimas maternas pegadas en su rostro, donde ejerció como profesor de universidad y tuvo tres hijos con una bengalí colega suya.
Todas las Navidades hijos y nietos vuelven a Almería. En la cocina, anécdotas y especias aliñan las conversaciones y, en la mesa, los guisos humean como puzzles de colores. Este año llevan un regalo muy especial para el abuelo: Cobre, un setter de pura raza porque, y en eso están todos de acuerdo, es importante evitar las mezclas, ya que así la apariencia y el carácter del animal es más previsible, dónde va a parar.
ZPJ-X sólo pensaba en volver a casa, en atravesar Orión y perderse más allá de la puerta de Tannhäuser. Aun así, la misión de la Confederación Estelar era clara. Debía reconocer la tierra para una posible invasión en siglos venideros. Evaluar los riegos y saber más acerca de sus habitantes. Tras semanas de investigación, descubrió que los humanos eran idiotas: trabajaban más horas y, para ser productivos, se bajaban el sueldo, se hipotecaban por encima de sus posibilidades, votaban una y otra vez a los mismos políticos a sabiendas de que eran corruptos, se pasaban las horas muertas pegados al plasma viendo interminables sesiones de telebasura, permitían que les recortasen en educación, sanidad y ayudas a la dependencia sin hacer nada y sólo se movilizaban cuando ganaba el Real Madrid, el Barcelona o la selección de fútbol.
Sólo entre las jaulas del zoo encontró vida inteligente.
La invasión resultaría pan comido.
Lo vi en el centro comercial. Caminaba con un adolescente a su lado, que sin duda era su hijo. Los dos con paso decidido, seguros de sí mismos, dos cuerpos esbeltos que se saben pero no le dan importancia. Los dos sonriendo, resplandecientes entre el tumulto. Venían directos hacia mí. Era mi hombre, mi futuro. Le hice una seña hacia el cajero, necesitaba sacar dinero para el parking. Un minuto y estoy con vosotros. Un minuto y te acompaño durante el resto de mi vida. Él y yo. La certeza del acierto, la certeza de habernos encontrado. Recogí el dinero y la tarjeta, y cuando me di la vuelta… desperté. Desde entonces, me acuesto todas las noches invocándolo para que vuelva, pero aún no lo he conseguido.
Hacía unos días que lo había decidido. Iba a retornar a su tierra tras 50 larguísimos años de ausencia obligada.
Aunque la Guerra Civil era ya, desde hacía cuarenta años, sólo una línea en la Historia, a él le había costado olvidarla unos cuantos años más.
Pese a que los medios de comunicación de medio mundo no hacían más que hablar del milagro de la transición y del acercamiento de las dos Españas, tardó en decidir que debería comprobarlo en persona.
Quería regresar como en su día hicieron personajes como Rafael Alberti, Josep Tarradellas o Dolores Ibárruri.
El motivo de su demora, era darse tiempo para que sus cicatrices del cuerpo y el alma, se cerraran definitivamente.
Este entrañable sabio, al que le costaba cargar con sus huesos y recuerdos, precisaba una vuelta acogedora.
Necesitaba encontrarse con la España de siempre, alegre y vital, y saber que tras cuarenta años de férrea dictadura, había desaparecido el país en blanco y negro, dónde solo reinaba un temeroso silencio.
Quería dejar al otro lado del Atlántico la última visión que recordaba de su patria, un país roto, del que había huido porque pensaba de manera diferente al de sus nuevos amos.
Cuando regresó de sus atribulados viajes, debilitado, exhausto, agradeció el aparente sosiego que le ofrecía su isla. La tranquilidad acabó pronto. Los familiares de los pretendientes muertos llegaron para exigir justicia. Tuvo que matar al más pugnaz; los otros acabaron aceptando la justa ejecución de quienes aspiraban impíamente a tomar en matrimonio a una mujer casada.
Más difícil resultó explicar lo sucedido a las madres y a las mujeres de los que le habían acompañado a la guerra. Durante todos esos años habían esperado su regreso cargados con los tesoros innumerables que su rey (o la imaginación) les había prometido.
Un día advirtió que la isla en que había nacido, que gobernaba, su isla, era un trozo de roca en la que no se habría detenido durante sus viajes. Acabó pasando los días encerrado en palacio. Pero incluso allí no dejaba de ver a su mujer y al contemplarla se daba cuenta de que él también había envejecido.
Un día abandonó el palacio de madrugada, sin que nadie le viera, y se subió a un pequeño bote de pesca. Cuando perdió de vista la minúscula isla, Ulises se sintió el más feliz de los hombres.
La visita cada tarde, como buen feligrés de la nostalgia, recorriendo un camino flanqueado por sombras y recuerdos. Ella, la vieja estación, le espera detrás del último repecho. Hace tanto que fue abandonada por el tiempo que la soledad se ha derruido en sus escombros. Cuando atraviesa el pórtico principal de la fachada, lo que queda de ella, siente un beso de sal y ceniza, y recuerda lo bonita que estaba el día que la dijo adiós desde un tren muy triste que partía en un viaje tan largo como una vida. Otro día, harto del destino e inservible para el mundo, decidió regresar. Pero los trenes ya no regresaban.
A veces espera a que anochezca y observa cómo la oscuridad desciende lentamente sobre sus andenes para hacerla el amor. Luego, ya cerrada la noche, contempla el despertar de una hilera de farolas mortecinas que estiran su luz al infinito, como si quisieran alumbrar el horizonte por donde vendrá el tren que ha de llevarles al olvido.
Esperando que el semáforo cambie, rodeado de un apretado grupo. Delante de mí, mujeres atestadas de compras como mozos de estación, adolescentes hablando a gritos, parejas agarradas a punto de descoyuntarse, papás y mamás con bárbaros y cochecito, un perro enorme sujetando al dueño, turistas de indestructible sandalia-calcetín… Rivales que alcanzarán la meta de enfrente antes que yo. Siempre pendiente de todo, intento abrirme paso entre ellos subrepticiamente, pero han cerrado huecos los muy listillos. Al otro lado de la avenida, otra multitud idéntica, compacta, aguarda para cruzar. Ahora que lo pienso, mis verdaderos enemigos están allí, no aquí. En realidad mis vecinos de acera y yo formamos un equipo —heterogéneo y fortuito, pero equipo al fin— y tenemos que llegar primero. ¿Cuál vencerá? Semáforo en verde. Con qué decisión saltamos, como dos ejércitos, el uno hacia el otro. Paso firme, miradas asesinas mientras avanzamos. Mujeres, turi
stas, familias, perrazo…, ninguno se aparta. Cuando la colisión es inminente, los bandos se atraviesan con milimétrica limpieza, sin rozarnos siquiera, zigzagueando con una esquiva digna de Pernell Whitaker. Piso la acera exultante: hemos ganado. ¡Dios, olvidé recoger al peque! Media vuelta, y soy el último de mi nuevo equipo.
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas









