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Cada tarde perseguía por la pradera salpicada de pinceladas de color a las mariposas que felices revoloteaban entre el manto colorido. Iba tras ellas corriendo, saltando, cantando de alegría. También se detenía y fingía ser estatua para que se posaran sobre ella. Un día atrapó entre sus dedos a una muy hermosa y vino a enseñármela. Le dije que la soltara, que me daba pena porque iba a quitar de sus alas el polvo mágico de las hadas. Me miró dudando pidiendo una explicación más extensa. Le conté que las hadas de la primavera, en el momento que el capullo convertido en mariposa va a echar a volar esparcen unos polvos mágicos que les da el colorido tan bello y les hace poder volar. Y claro, si tocas las alas, se va esa magia. Soltó a la mariposa y se miró los dedos, los tenía pintados. Pobre mariposa, ya no podía volar. Cayó entre la hierba a merced del viento.
Esa noche entre sueños le pareció ver un hada junto a la mariposa de la tarde en el alféizar de su ventana. Con la luz del sol se acercó y vio unos polvitos brillar.
Desde que nací esssstuve ideando y preparándome para volar por espacios fantásticos y mmmmelodiosos que en principio no parecían destinados a mí pero que cada día imaginaba. Siempre anssssiaba llegar a la edad adulta para realizar todas aquellas cosas que la juventud no mmmme permitía. Todo era posposición y retraso. Poder solazzzzarme en el interior del pabellón auricular de un guepardo lanzado a más de cien kilómetros por hora ¡Qué pasión! O perder la noción del tiempo atravesando en semanas o meses el soberbio espacio que media entre un núcleo y su nube de electrones ¡Qué pasión, qué lujo-lujuria! Siempre he ssssido un perfeccionista y me gussssta planear las cosas hasta su último detalle pero ha llegado la noche y me temo que es la última. Tengo mi tagma superior algo dañado y lo que es peor, parece que mi exoesqueleto se ha agrietado ligeramente a nivel de mi abdomen y el escape de alguno de mis humores internos me tiene aprisionado a este parabrisas. Nunca puedes dejar nada para después, no merece la pena, la vida tiene sus ritmos. Ademássss calculo que los primeros rayos del Sol acabarán evaporándome !Qué mmmmierda! ¡Qué osssstia!
Que haya llegado a soñar con mi cuerpo convertido en un divertido esqueleto en el que las hormigas corren por el tubo hueco de los huesos no me convierte en perturbado; puedo admitir un grado de obsesión, pero quién se salva de eso…
Hace seis meses que aparecieron recorriendo una línea imaginaria que cruzaba mi habitación hasta desaparecer bajo el armario. En unos días se multiplicaron por todo el piso y eso estimuló mi interés. Aparté algunos muebles, desmonté las ventanas del salón y renuncie a la ducha cuando adiviné que el desagüe formaba ya parte de este inusitado hormiguero.
Me dediqué, entonces, a observar el cumplimiento jerárquico y funcional de sus individuos; su perfecta, estúpida y monótona maquinaria; el pánico ante lo imprevisto, la violenta reacción frente a lo extraordinario. En los últimos días he podido consultar varios manuales para confirmar mi sospecha de que un hormiguero también es un semillero de comportamientos interesados y egoístas.
Pero el caso es que me ha despertado el teléfono móvil. Le he contestado a Sonia que los domingos duermo hasta más tarde y que no estoy convencido de que sea buena idea su visita. Hemos decidido hablar más tarde. Es irremediable, supongo.
De momento para los que queráis buscar la inspiración por la red tenéis mucho y variado…
El TEXTO COMPLETO
La BIOGRAFÍA DEL AUTOR
Uno de los numerosos AUDIOLIBROS de la obra
Una VERSIÓN DRAMATIZADA española en blanco y negro
Uno de lo numerosos CORTOS DE ANIMACIÓN
Uno de los numerosos CORTOMETRAJES
Salgo todas las mañanas a la misma hora para ir a trabajar, camino por las calles, viendo como el gentío el ir y venir, el regusto de saber que no estoy solo, el ajetreo constante de los coches y los atascos, hacen que me sienta vivo en esta mi ciudad.
Cuento con los años que he vivido en Madrid, ni mas ni menos que sesenta, he visto de todo y he vivido de todo. Guerra, crisis, transición, el destape… Me he casado y he tenido cuatro hijos a los que adoro, cuatro nietos que tendrán el futuro muy negro si seguimos así, me reconforta que mis ojos no lo verán. Me duele ver como mi país se cae, se seca como una manzana podrida, deseo que todo pase, que pasará, pues así ha ocurrido siempre.
Preferiría no hacerlo, pero hoy es el último día que caminaré para ir a trabajar, de aquí en adelante, lo haré cuando me apetezca, al lado de mi esposa, con mis nietos.
Echaré de menos no volver al trabajo, más de cuarenta años en el mismo sitio es mucho tiempo, me entristece que haya caído también.
Ojalá pronto todo vuelva a ser como antes.
Este título podría interpretarse de varias maneras. Podría ser las primeras palabras que un bebé de cinco meses pronuncia o el comienzo del estribillo de las canciones con que «Aqua» o «Cartoons» nos flajelaban; pero no es el caso. Hace referencia a la duda, a la gran y reiterada duda que permito se hinque en lo más profundo de mi, como una garrapata hinca su cabeza bajo la piel. Convirtiéndose así en el equívoco motor «real» de mi vida. Preferiría no hacerlo; dime cómo.
– Vete por favor, no quiero que presencies esto.
Tus ojos color miel traspasan mis sentidos y tus palabras cargadas de tristeza hacen que mi corazón se encoja.
Es el aspecto más desgarrador de tu enfermedad la que se asoma cada noche en tu busca y nos acecha detrás de la puerta.
El miedo, el sufrimiento y los nervios muerden mi piel, preferiría no hacerlo pero tengo que plantarle cara a esto.
Preparo mis armas como un caballero de la Edad Media, el amor, la ternura, el cariño y la paciencia son mis utensilios de batalla junto con tu tesón y tus ganas de vivir para salir victoriosos.
Y una mañana despiertas, ya pasó todo, el sufrimiento se escapó habilmente por las rendijas de la persiana y llegó la claridad del día.
Vi tu sonrisa clara y abierta y me acerqué para besar tus labios totalmente enamorada.
Me tendiste tu mano fuerte y segura. Miramos a través de la ventana y volamos juntos lejos, muy lejos al país de los sueños para columpiarnos sobre las cuerdas de la esperanza y comenzar de nuevo.
RELATO FUERA DE CONCURSO
-Preparar el almuerzo.
-Repasar los bajos del pantalón.
-Encajar los horarios de la piscina.
-Fregar el suelo de la salita.
-Estudiar para el exámen de inglés.
-Recoger el estropicio de los gatos.
-Insistir a Marta para que recoja el cuarto.
-Reñir a Alfonso por las notas.
-Ir al médico por si…
-Airear el sótano.
-No olvidarme de la vacuna de los gatos.
-Organizar el cajón de las medicinas.
-Hilvanar el vestido para la boda del domingo.
-Adecentar un poco el coche.
-Comer menos.
-Engrasar la cerradura de la verja.
-Recalentar las sobras de la cena de ayer.
-Lavar las sillas del patio.
-Olvidarme de las ganas de escribir.
RELATO FUERA DE CONCURSO
Clavó pupila al diccionario leyendo con detenimiento la definición de una palabra hasta entonces desconocida por innecesaria,
“1- Quitar a uno la esperanza de conseguir lo que desea”.
“2- Considerar el médico al enfermo sin esperanza de salvación…”.
No llegó a la tercera acepción cuando, apretando los dientes con la rabia de toda una vida de trabajo acumulada al lomo, decidió el final de su historia. Tras arrojar todas las pastillas a la basura procedió a salir de su casa cargando las alforjas de la memoria, negras como sus uñas de currela, con la imagen de Alba y sus padres abandonando la puerta colindante con su mundo. Pisaba ojeras camino de su destino cuando acarició el hierro en el bolsillo de su chaqueta y decidió que éste sería el último desahucio. Al menos para él.
La entrada en la sucursal bancaria le supo a salida por la puerta grande. Andares orgullosos y mirada limpia que se enfrenta con los pequeños y sucios ojos del orondo director.
—“Hombre, don Tomás… usted dirá qué le trae por aquí”.
—“Preferiría no hacerlo, pero si insiste…”.
Desde hace generaciones mi familia tiene la obligación de vigilar la ventana en el piso tercero del edificio. Es ahí donde está la silueta, inalterable, siempre en la misma posición. Durante cientos de años ha recaído sobre cada primogénito la labor de habitar lo más cerca posible de este lugar, sin perderlo de vista. Una vez al año hay que recorrer esos pocos metros, subir por las escaleras, entrar en la habitación que se vislumbra apenas tras los cristales y hacer la misma pregunta: Señor Bartleby ¿no cree que ya es el momento de abandonar este lugar? Siempre contesta lo mismo: preferiría no hacerlo. Tras esta respuesta regresamos de nuevo a casa, con la esperanza de que si le damos más tiempo la próxima vez la contestación sea distinta. Ya no recuerdo cuándo comenzó todo, ni qué sentido tiene seguir aquí. Mi vida ha sido cumplir esa rutina, pero estoy cansado, mis piernas apenas tienen fuerzas para hacer tan corto camino y no queda ningún pri
mogénito que continúe la labor. Esta herencia inexorable llega a su punto final, cualquier día el edificio desaparecerá de pura decrepitud igual que este mundo donde ahora solo quedamos Bartleby y yo.
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