Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

QUIJOTERÍAS

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en QUIJOTERÍAS

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2025 Comenzamos nuestro 15º AÑO de concurso. Este año hemos dejado que sean nuestros participantes los que nos ofrezcan los temas inspiradores, y el tercero serán QUIJOTERÍAS Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
15 DE MAYO

Relatos

21. Miércoles

Los miércoles por la tarde, es ella quien me saca. Vamos al parque, deja que yo haga las necesidades más urgentes y enseguida subimos a aquel apartamento que hay cerca. Yo me quedo en la salita, tumbado sobre una manta de lana. Al poco rato, escucho unos gemidos parecidos a los que se sienten en casa algunas noches. Después, volvemos a nuestro piso de siempre. Mientras cenan, ella cuenta en que lugares hemos estado y las cosas que hemos hecho. Exagera respecto a algunas y se olvida de otras. Al acabar, dice que le duele la cabeza y entonces ya sé que aquella noche no escucharé ningún gemido.

20. Tocomocho

 

Contactó conmigo por Pinder y me conquistó en dos pantallazos. Captó mi atención porque nadie me había escrito con tanta formalidad. Un militar educado, a la vieja usanza. Empezamos a chatear por Pistagram y en dos semanas lo di por bueno. Le gustaba lo mismo que a mí, quería viajar a los mismos lugares y hasta bailaba pasodobles, cosa rara en un americano.

Al poco tiempo propuso quedar por Pims y empezamos a conectarnos una vez por semana. Yo usaba un avatar de cerdita con voz dulce e inocente y él uno de Rambo, con esa voz metálica y grave que me encantaba.

Los meses pasaron y mi soledad y nivel de inglés mejoraron notablemente en su compañía.

Hasta que un día desapareció tal como vino. De repente, dejó de haber rastro de él en internet. Supongo que se cansó de mí, de mis conversaciones fantasiosas de vejez acaudalada, de que no le enviase dinero. No lo sé.

Quizás descubrió que me llamo Antonio, que vivo en un piso de protección oficial y necesitaba aprobar el curso de idiomas para que no me quitasen la prestación.

19. TAXONOMÍA DE LA MENTIRA (Mariángeles Abelli Bonardi)

Su nombre latino es Fallacia, y su nombre vulgar, mentira común.

El color de la mentira varía según la especie:

La blanca o piadosa se dice para evitar un disgusto o una pena.

La verde u oficiosa se dice para obtener un provecho o ventaja sin producir daño a otro.

La roja se dice en momentos de lascivia o celos,

y la negra es de carácter criminal.

También llamada embuste, la mentira habita en todo el mundo. De naturaleza parasitaria, tiene patas cortas y se transmite de boca en boca.

(Nota de la autora: la presente taxonomía no se ajusta, necesariamente, a la verdad).

 

18. Falsa apariencia

Mi madre siempre me decía que derrochaba aires de grandeza, que debía conformarme con lo que tenía y que la envidia era mala, y todo porque soñaba con llevar una vida mejor que la suya. Me consumía rivalizar con mis amigas y compañeras: sus ropas, sus coches, sus casas…Pero en la vida las cosas no siempre salen como se planean, y al final resulta que llevo una vida mediocre. Eso sí, de vez en cuando me permito el lujo de fingir ser quien no soy y tener lo que no tengo: me visto con mis mejores galas y visito casas en venta. Nada de pisos, solo chalets y mansiones. A la chica o chico de la inmobiliaria le digo que busco una gran casa, porque somos cinco en la familia además de dos mascotas. Que tiene que tener al menos cinco dormitorios con baño, dos salones, un sótano, jardín, piscina y casa de invitados. Mi marido es un ingeniero de reconocido prestigio y yo una abogada que dejó de ejercer para educar a sus hijos… Los vendedores derrochan amabilidad, se quedan prendados con mis historias y me miran con una cara de envidia en la que me reconozco…

17. Dos por una

Me descuidé un instante en el pasillo de las conservas. Me volví con las manos vacías y, despistada, agarré aquella cesta sin prestar atención. Luego seguí caminando por el alambre de los ocho euros con veinte de mi bolsillo. Fue poco después, al meter en la cesta un paquete de salchichas en oferta, cuando descubrí aquel prodigio: pescado fresco; jamón ibérico; un panetone gigante; el perfume ese que anuncia Julia Roberts. Busqué con la mirada a la autora de tal derroche. Imaginaba que aparecería arrastrando con incomodidad mi cesta a rebosar de miseria. Estaba dispuesta a pedirle mil disculpas, qué menos —por rango social o porque sí—, pero allí no apareció nadie. Así que ahora desdeño promociones y marcas blancas, elijo vinos de añadas excelentes, describo una estela de opulencia por cada pasillo (en especial por el del aceite de oliva) hasta que busco una zona tranquila del súper. Y si algún empleado de esos que no me quitan ojo me sorprende abandonando el carro, le digo que enseguida vuelvo. Al fin y al cabo, ellos también mienten cuando, a la salida, palpan sus bolsillos y mascullan que no llevan suelto mientras yo les deseo que tengan un buen día.

16. A liar to love

Miró fijamente los ojos del enchufe y vio como descargaban una baba verde que llegaba de un lugar enroscado en su mente, como un caracol con su tapa bien cerrada. Agitó la cabeza por si se había quedado dormida; empezó a entender. Comprobó que el fluido verdoso que iba llegando al suelo era la bilis de sus mentiras, tan enquistadas e infectadas, que al despertar estalló el continente y esa lealtad que le había unido a él, se derramaba con frustración sobre el suelo y la alfombra. Tan pronto como fijó sus ojos allí, una catarsis venida por el flujo eléctrico que proyectaba el desengaño, le llevó a preparar una pequeña mochila, buscó un mechero en el segundo cajón. Antes de empujar la puerta, las llamas ya devoraban su colección de trajes y camisas. Dejó sonando en bucle «A liar to love».

Ella, que nunca había existido, se marchó invisible dejando solo una huella verde en el descansillo.

15. El sorteo

Cada diciembre, coincidiendo con la onomástica de su fundador, el bufete de Eloy Bergareche celebra el aniversario de su inauguración. El veterano jurista, con una copa de champán en la mano, aguarda impaciente el sorteo de una cesta navideña entre socios y trabajadores. Le sorprenden de nuevo los cambios en la decoración y, sobre todo la escasa concurrencia, justificable por el trabajo febril en épocas de cierre de ejercicio; pero su inquietud desaparece cuando el administrador le entrega la caja decorada, que guarda los nombres de los posibles agraciados.

Uno tras otro lee en voz alta los papelitos que extrae, Al no obtener respuesta, los descarta alborozado con la fórmula: ¡Decae en su derecho! Finalmente, sucede lo inevitable y don Eloy grita como un niño su propio nombre.

Solo entonces advierte la presencia de dos desconocidos con bata blanca, que toma por empleados de los almacenes proveedores del obsequio.

– Tranquilo don Eloy, se la llevamos a casa, como otras veces.

El anciano regresa feliz a la residencia donde vive hace tiempo, aunque al administrador no le cuadren las cuentas, empeñado en mantener la tradición un año más, sin saber cómo justificar los gastos ante la nueva directiva.

13. Detector de mentiras

Cada vez que rompíamos algo jugando a la pelota en el salón, mamá nos colocaba ante una máquina que si no decíamos la verdad, se iluminaba una bombillita roja. Con el tiempo supimos que se limitaba a accionar el interruptor hasta que finalmente confesábamos. También lo utilizaba con papá, las noches en que llegaba tarde del trabajo oliendo a perfume, pero en su caso sí le conectaba unos cables y no precisamente a la altura del pecho.

12. ADIÓS (Puri Rodríguez)

Ella quedó allí sentada, con el sobre de correos entre las manos, ensimismada tras una mirada que abarcaba el infinito.

Lo miró un instante cuando él abrió la puerta por la que se iría para siempre. Quiso decirle adiós con algunas palabras amables en recuerdo de los días felices, pero dijo:

–”La verdad no tiene precio y la mentira sale cara”–

Y esa fué su despedida.

Él le dió la espalda, cruzó el dintel y se perdió en la noche.

Volvió a mirar la foto y supo que la verdad, que siempre se arrastra porque jamás tiene prisa, sería su más leal compañía desde entonces. Dos lágrimas le dieron la bienvenida, desdibujando las imágenes de su fallido amor y una desconocida joven gozando sobre una cama.

Él caminó, sonriente, atravesando la oscuridad para reunirse con su bella mentira, pero…El apartamento estaba vacío y su diosa había volado sin dejar señas.

11. SUPOSICIONES (Ángel Saiz Mora)

La tía Isabel asumió las funciones de mis padres tras su trágico accidente. Conmigo nunca escatimaba esfuerzos, atención y, sobre todo, buenos consejos.

Al llegar mi “edad de merecer”, como solía decir, puso gran empeño en aconsejarme que no estuviera sola, que buscase a alguien acorde con la manera en la que ella, según yo daba por hecho, parecía entender las relaciones correctas: noviazgo tradicional y ceremonia antes de la unión definitiva.

Para no decepcionarla me inventé a Eduardo, con gran derroche de adjetivos muy masculinos, convencida de que Isabel los iba a utilizar para presumir de mi buen gusto ante sus amistades.

Soy actriz, pero mi control del lenguaje corporal a duras penas mantenía ese engaño frente a una persona tan cercana. Incapaz de dilatar más las presentaciones, quedamos una tarde en casa, con el compromiso, ya ineludible, de aparecer acompañada de mi pareja.

Al verme con Elvira no hubo desconcierto en el rostro de mi tía, solo una inesperada sonrisa, que no deshizo cuando Remedios, su mejor amiga, salió del dormitorio. El beso prolongado que ambas se dieron en la boca dejó las nuestras abiertas. Luego vino aquel guiño cómplice que me dedicó con su ojo derecho.

10. Intrusa

La noche que papá llegó con ella subida a hombros aduciendo que era pequeña y piadosa, mamá no tuvo más remedio, no sin reticencias, que aceptarla.  A falta de espacio, acordaron alojarla en el desván.
Un sábado temprano, papá salió de la casa con premeditado sigilo. El primer rayo de sol iluminó la estancia en el instante que mamá despertó y notó el vacío que siempre había a su lado. Se levantó con un runrún impropio y sospechó que provenía de arriba. Subió con impostada prudencia y comprobó que la trampilla de acceso estaba  entreabierta. Por la rendija observó a padre amancebado con su mentira, fruto de la cual ya habían nacido tres hijas: la duda, la desconfianza y la ausencia. Mamá hizo como si nada hubiera visto. Echó dos vueltas de llave y bajó a la cocina a preparar los desayunos como si tal cosa. Al tiempo vendría el hijo, al que llamaron olvido, y todo se sobrevino.
Desde entonces no le hemos vuelto a ver. Al principio preguntábamos por él, luego dudamos si volvería y desconfiábamos que lo hiciera. Por último, nos acostumbramos a su ausencia tanto así que, a día de hoy no logramos recordar su nombre.

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