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Una tórrida mañana, decidí abandonarlo todo e irme al sur. Mientras había sol caminaba sin detenerme, y de noche me tumbaba al raso para dormir. Con todos los que me crucé se repitió la misma conversación. Primero me preguntaban qué me sucedía, cuál era el motivo de que llorara, y yo respondía que estaba enfermo de una dolencia antigua como el mundo.
Entonces me sugerían acudir a un médico cercano, pero yo me despedía tras asegurarles que era inútil, porque se trataba de una enfermedad sin cura. Luego no hablaba más. De qué les habría servido saber que me dirigía a la playa donde la conocí, ese oasis de palmeras y arena blanca en el que nos comprometimos a estar juntos el resto de nuestras vidas.
Allí, de la mano, contemplamos atardeceres que teñían el horizonte de colores naranjas irreales. También paseamos juntos mientras las olas acariciaban nuestros pies. Porque ese era el sitio en el que, con las últimas luces del día, iba a avanzar hasta que el agua me cubriera por completo, y así, al fin, cumplir el anhelo de reunirme por siempre con ella donde justo un año antes había lanzado sus cenizas al mar.
Si me invitáis a una copa, os relataré mi aventura en la montaña más alta del mundo, sin oxígeno, sin miedos, sin compañía. Pero tal vez no sea del todo cierto.
Con la segunda, juraré que vi una sirena entre las rocas, con la cola de escamas, su pelo de algas y una sonrisa de espuma. Aunque quizás os estaría mintiendo.
Con la tercera, os contaré aquella vez que me perdí en la jungla y sobreviví comiendo raíces, semillas y larvas. Y probablemente será tan falso como todo lo demás.
A partir de la cuarta, recordaré los viejos tiempos y os hablaré de aquel día en el que fui feliz.
Un día cualquiera no sabes qué hora es,
Te acuestas a mi lado sin saber por qué.
Me asomo a la ventana, eres la chica de ayer.
Jugando con las flores en mi jardín.
La luz de la mañana entra en la habitación.
Tus cabellos dorados parecen el sol.
Canciones que consiguen que te pueda amar.
Demasiado tarde para comprender.
Mi cabeza da vueltas persiguiéndote.
No me gustan los pimientos rellenos, las lentejas ni las alcachofas. Sabores de otra época, cuando dormía en la misma habitación con mi abuela. Rezaba una avemaría antes de acostarse por su hijo, el que se tuvo que ir a trabajar lejos. Cuando este falleció, sin previo aviso, aprendí que las avemarías no servían. Tal vez los padrenuestros hubieran sido más efectivos, le dije mientras la consumía el duelo. Años después enfermó mi tía y siguió mi consejo, pero los padrenuestros tampoco sirvieron y me sentí un impostor. A ella se le quedó el luto en la cara, aunque siempre tenía una sonrisa para mí. El día que se fue, mi vida se volvió gris, como su mirada. Pensé durante un tiempo en marcharme de casa, en huir de los silencios, hasta que leí el fragmento de la magdalena de Proust. Desde entonces como lentejas, alcachofas y pimientos rellenos, sus platos favoritos. También imito sus rutinas. Al levantarme de la cama me calzo primero el pie derecho, me santiguo antes de salir de casa, repito sus dichos, sus sonoras palabrotas, bebo una copita de vino dulce a mediodía, fumo en pipa. Lo que nunca hago es rezar avemarías ni padrenuestros.
Entra en la celda. Como había pedido, los buñuelos de viento le esperan encima de la mesa. Mira el reloj y empieza a comérselos. Piensa en su madre, una artista que iluminaba la celebración de Todos los Santos con aquel detalle para los niños. Revive sus abrazos y cómo se reía cuando él, el más pequeño, devoraba el último buñuelo al grito de «¡sin prisioneros!». Sigue hasta que solo le queda uno en el plato y vuelve a mirar el reloj. Sabe que el alguacil y el capellán están a punto de llegar. Se guarda en el bolsillo el solitario buñuelo, quiere acabar con algo que le deje buen sabor de boca.
Tiago columbraba el cielo gris de Oporto a través de las ventanas. Las gotas de lluvia en los cristales hacían carreras fusionándose antes de llegar a la meta, o quizás esa fuera su meta. El tiempo se había detenido en aquella tormenta de otoño mientras Tiago podía ver a Amalia entrar del brazo de su padre en la impresionante iglesia de Santa Clara, él la esperaba nervioso delante del altar ante la atenta mirada de su madre, que nerviosa no paraba de mirar la arruga que había aparecido en el pantalón del novio. Oteando un gris horizonte, Tiago también traía a su mente la fantástica luna de miel en el Caribe y la noche que cenaron en aquel restaurante portugués donde se cantaban fados. Y fue mientras Tiago admiraba el aroma a colonia de bebé que transpiraba la habitación de su pequeña Mariza, cuando la voz adusta de Amalia le devolvió a aquel rancio despacho de abogados al socaire de la pertinaz lluvia atlántica:
—Tiago, por favor, debes firmar la demanda de divorcio.
Cada año, en nuestro aniversario, viene a visitarme. Y cada año me jura, con la mano en el corazón, que la próxima vez se quedará conmigo de manera permanente. “Pero todavía no puede ser”, me explica, “ahora hay nietos de por medio, los chicos aún me necesitan… el año que viene, seguro”. Su sonrisa es triste, de disculpa, y mientras la veo descender la colina de vuelta al pueblo, su paso se me antoja más vacilante, más fatigoso. Con un suspiro conmovido, me despido de ella agitando la mano, aunque sé que no se girará para mirarme, nunca lo hace.
De nuevo solo, me ocupo en esos pequeños menesteres que me mantienen entretenido: quitar las hojas secas que caen del viejo castaño, hacer ramilletes de margaritas silvestres para el jarrón que ella me regaló, sacar brillo a las letras doradas de mi nombre. Del bolsillo hecho jirones de mi chaqueta saco su fotografía, descolorida y ajada, como yo mismo, y se me vela la mirada ante su rostro, tan joven, tan sonriente.
Recojo la rosa blanca que, como siempre, ha dejado sobre la lápida, y me la pongo en el ojal, hasta el año que viene.
Cada mañana va a la playa o a la obra, según, y trae consigo otro puñado de arena. Hoy lo vierte en el saloncito. La arena ya cubre la mesa y las sillas del comedor, el sofá, la cama. No parece tener intención de parar. El hombre del desierto lo añora de tal manera que pone la calefacción de día y el aire acondicionado por la noche. Compra dátiles y té, pero no es lo mismo. Prefiere beber el agua de los cactus que ha plantado. Trajo de la feria de Navidad unos camellos de terracota y los distribuyó por las diferentes habitaciones de su piso de treinta metros cuadrados. Pero tampoco fue lo mismo. Se siente frustrado. Frotar la lámpara del anticuario no le permitió cumplir su deseo de volver a comandar caravanas, de pasar las noches al raso. Ni siquiera pudo pedirle al genio improbable la presencia de la hija de un visir que aliviara su soledad narrándole un cuento oriental noche tras noche. Comprende, desolado, que lo que fue nostalgia ahora es dolor. Y entonces decide que mañana, camino de la playa, parará en la tienda de animales exóticos y comprará un escorpión.
Ya no te acuerdas cuando la sentabas en tu regazo y cantabais vuestra canción, la que compusiste para ella. Cuando tus manos le regalaban cosquillas y guiños cómplices tus pestañas. Del pan con chocolate al salir del colegio, de vuestras caminatas entre flores, del romero y el tomillo en tus bolsillos.
Ahora tu mirada se pierde antes de encontrarse con la suya. Y desde que se ausentaron en tu boca las palabras, y la sonrisa en tus mejillas, hay una indiferencia que le daña. Por eso, a veces, le dan ganas de no volver.
Como cada tarde en la que nunca la esperas hoy no dormitas con la cabeza gacha. Hoy la presientes, la ves llegar. Tus manos tratan de palmear rítmicas en tus rodillas; tu voz, de nuevo inquieta, quiere sonar. Apenas unas décimas de segundo y vuelven aquellas inconfundibles notas. A sus ojos se asoman felices las lágrimas. En los tuyos hay incertidumbre y miedo. Miedo a que no vuelva.
Un golpe de viento abre la ventana apagando las velas y las llamas de la lumbre lanzan sombras que recorren las paredes y el techo. Padre busca aprisa las cerillas para encenderlas de nuevo y vuelve a sentarse en su silla de anea para seguir cenando.
En su butaca, la abuela se deja los ojos zurciendo por enésima vez alguna prenda. Sus gruesas gafas ocupan la mitad de su cara afilada y arrugada. Cuando se pincha con la aguja suelta un improperio, y el abuelo se despierta de su siesta y suelta otro improperio por ver su sueño interrumpido, aunque el abuelo vive en una siesta permanente con los intermedios justos para comer y escuchar la radio.
Madre nos cuenta historias de su niñez y la escuchamos con atención sentados en el suelo. La abuela la corrige a veces, su memoria es aún muy fiable, pero madre no se deja corregir y la manda callar, y la abuela levanta la voz, y madre la sigue, y la inesperada y acalorada discusión provoca un error 303 en el sistema, deteniéndolo.
Antes de reiniciar el proyector de realidad virtual miro a los ojos del holograma de madre. Últimamente la noto apenada.
Morena, con la sonrisa más bonita de aquí a Roma y los ojos más chispeantes que he visto jamás. Nos asignaron un dúo para aquel concierto del conservatorio. Tú, la guitarra; yo, la flauta. No recuerdo nuestro primer ensayo pero sí lo que hicimos después: mientras nuestros padres charlaban, tiraste la carpeta desde el piso de arriba y salimos corriendo a por ella, escaleras abajo. Recuerdo tus risas. Y que a partir de ahí siempre fuimos cómplices, como si siguiéramos tocando nuestro dúo inicial.
Escucho unas notas torpes al piano y todos estos recuerdos me han empezado a desbordar por el agujero que tengo en el pecho desde que no estás. Muero (solo casi; no como tú) por no poder hablar contigo. Me gustaría contarte que mi vecino de diez años está tocando nuestra primera canción y que me hablaras de tus hijas; yo te hablaría de los míos, de si llueve o no en Santiago, de si podremos vernos pronto. La costura invisible que nos une desde hace tantos años me escuece mientras sueño con charlar contigo de nuevo. Tenemos más de una conversación pendiente. Espérame, por favor; yo, hasta siempre y más allá, espero.
Cuántas veces habré evocado aquel beso… de forma minuciosa, saboreando cada detalle: tus labios temblorosos, tu cálido aliento. Nuestros dos corazones latiendo el uno contra el otro. El sol sobre mis párpados cerrados. Mil veces habré soñado despierta con tu boca junto a mi oído, susurrando palabras que inventabas para mí. Después de aquel beso. Aquel beso que nunca nos dimos.
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