Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

DESORDEN

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en EL DESORDEN

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto DESORDEN en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
31 de MARZO

Relatos

48. CONJETURAS

Hoy he imaginado mi vida sin ella; primero el vómito, añorar de una forma tan física que no se sabe bien dónde comienzan las tripas y dónde acaba la náusea; una vida sin su olor, sin la finísima silueta de sus venas en la parte baja de la espalda, concebidas justo antes de que se echara en la cama, sus ojos frente a mis ojos, su pelo abrazado a la almohada Ese “ya no te quiero”, que pesa igual que una piedra que se precipita hacia el fondo de mi estómago y después la nada. La nada; ni siquiera la presencia absurda de su ropa interior todavía en el armario, ni el saludo mecánico y perenne de aquel gato de la suerte que compró en un bazar de las afueras; esas cosas que anidan sin quererlo en las axilas, en la comisura de los dedos de los pies, en las oquedades de la nariz, y se enquistan, como las lágrimas que horadan los mofletes de un niño abandonado.

47. AVELLANAS

Le había visto caminar distraído, cabizbajo, con las manos en los bolsillos, dejando que la vida le pasara cerca pero sin afectarle.

No me quedaba más remedio que hablar con él. Sus vecinos comentaban que era complicado localizarle.

Yo tenía mis obligaciones. Le mostré la citación del juzgado antes de que pudiera rechazarla.

“Pero no”, trató de resistirse, “ha habido un pequeño error”, me dijo.

“¿Sí?”, pregunté con escepticismo.

“No soy realmente quien ustedes buscan. Él está todavía en aquel bosque”… divagaba. “Sí, nos parecemos mucho, de acuerdo, pero yo soy tan solo un holograma suyo”.

Me dejó sin palabras. Lo admito.

Localicé una profundidad kilométrica en su mirada. Supe que no mentía. Quise abrazarle, pero tan solo nos interferimos y nuestras ondas resplandecieron, iridiscentes, ante la entrada del restaurante chino.

Me alejé de él, caminando en dirección opuesta, dejado, pateando alguna colilla.

Deseo que de verdad nos encontremos, apañando avellanas en aquel bosque.

46. Pesaroso

Es la tercera oferta de compra que Pepe rechaza esta semana, su agente inmobiliario insiste en que debe vender la casa de la playa cuanto antes.

—Hay una pareja joven interesada —le dice—, quieren disfrutarla este mismo verano.

Pero ese argumento, lejos de convencer a Pepe, le fastidia. Tanto que en un arrebato contesta que ya no vende, hace la maleta y vuela a la playa.

Apenas entra en casa, Pepe siente la humedad en las articulaciones, le crujen igual que la madera del suelo. Abre la ventana del salón y, como siempre, pasa los dedos por encima del salitre incrustado en el quicio. Su pulso no es el de antes, se raspa la piel de las yemas. Le escuece. Inspira profundamente para oler el mar, tragándose el aire enmohecido que desprenden las paredes desconchadas. Estornuda dos, tres, siete veces. Entonces en su pañuelo percibe una fragancia agradable, vivificante, al bronceador de coco de Toñi.

¡Qué tontería!, piensa con sonrisa triste, será el suavizante nuevo.

Luego suspira preguntándose qué hace allí, si sabe que los cimientos llevan años agrietados. Mientras en la verja de fuera, dos jóvenes embadurnados de protector solar discuten la nueva oferta que, sin duda, Pepe aceptará.

44. Ciclo mortal

Desde que comencé a caminar por el sendero de la vida se que nada ocurre por casualidad, siempre hay una razón para todo, una llave oculta al final del hilo con la que abrir el rompecabezas de lo inexplicable, y en cierto modo, un patrón que se repite en el hálito de nuestra existencia, marcando nuestros actos, y en cierto modo, nuestro devenir.

Quizá por ello no me sorprendió estar en aquel idílico paraje, el mismo día y a la misma hora, tres años después, paseando de la mano de una mujer de belleza similar a la anterior.

Su perfume se mezclaba con el aroma del rocío, y una tibia brisa mecia su pelo mientras caminábamos por el bosque hacia el acantilado. Al igual que en los casos anteriores, como testigos contaba con unas vistas idílicas del mar desde lo alto de las rocas, el amor de una mujer y la promesa de un futuro en la mejor compañía.

Todo parecía conducir al mismo desenlace, en el que beso a la chica, la empujo con fuerza hacia el abismo y aguardo entre lágrimas el golpe contra las rocas, para después regresar en silencio, pensando irremediablemente en la siguiente victima.

43. La casa de Marina (Juana María Igarreta)

Marina está frente al espejo. Escudriña su rostro generoso en arrugas. Ayudándose de ambas manos, estira su cara y, por un momento, rescata a la joven que fue. Luego se detiene en la cicatriz de su mejilla izquierda, y su imagen hecha niña la conduce hasta la casa donde nació. Una casa que nunca fue de su familia, pero a la que Marina siempre ha pertenecido. Porque cuando mandan los sentimientos el concepto de propiedad no coincide con lo escriturado por un notario.

Nunca ha olvidado el día que su familia decidió abandonar aquel primer hogar. Encerrados en sus paredes quedaron sus primeros pasos, sus primeros juegos, sus primeros sueños. Los mayores hablaban de futuro, pero los ojos de una niña de siete años no alcanzan a ver tan lejos. También oyó comentar a su madre que los abrazos de don Cosme, el dueño de la casa, eran demasiado largos; pero una niña de siete años no sabe medir un abrazo.

Desde que Marina supo que la casa ahora yace bajo las aguas de un pantano, lo mismo despierta que dormida, vuelve a ella. Se niega a que las sombras del olvido la borren para siempre de su memoria.

42. Sequía (Aurora Rapún)

La adolescente contempla, a través de la ventanilla, la asfixiante montaña blanca que se alza impertérrita sobre la carretera helada cuando al fin logra huir del frío, de los sabañones, de la humedad y del aburrimiento. De su tierra, de su hogar. Unas cuantas curvas de la vida después, la mujer que hace tiempo alcanzó la playa, el calor y el sol observa el armario en el que se apolilla un chubasquero inútil. La nostalgia se enreda en sus tobillos y trepa hasta sus tripas, impulsándola a conducir, acongojada, hasta que se topa con la lluvia y entonces, baja del coche y la recibe con sed, dejándose empapar por una profunda y feliz añoranza.

41. Mamadou

Empujada por la nostalgia, me he sentado en aquel banco de la plaza donde fumaba a escondidas y vigilaba tus juegos. Mientras aspiraba el humo del pasado, te he visto aparecer con tus rizos enredados y el paso atrevido —como cuando no hacías preguntas—. Pero, de repente, has vuelto a mirarme con gesto de extrañeza, a comparar tu mano morena con mi mano pálida, a negarme tus abrazos. Has vuelto a rastrear en mis ojos la mirada de tu madre, a demandar razones para apagar la desazón de su abandono. Luego, de nuevo, te has ido a buscarla en los portales de las calles prohibidas, en los dossieres ocultos y en los mapas lejanos. Sin éxito.

Envuelto en amuletos y una cobija de colores, llegaste hace años para poner música a mis versos y nombre a mi esperanza. Sin embargo, fracasé en mi misión de retenerte y ahora soy un corazón deshabitado que lamenta verte convertido en un joven malcontento y taciturno… por haber alimentado fantasías y no atreverme a confesarte, en su momento, que tu madre era sólo una niña que tenía hambre y yo, una mujer yerma que tenía dinero.

40. La vereda

Separaba mi casa de la suya un prado con un árbol en el centro, un frondoso alcornoque bajo el que tenían lugar nuestros encuentros furtivos. Eran cien pasos desde su puerta y otros tantos desde la mía, unos setenta metros que todavía hoy, en mis continuas noches en vela, imagino que recorro desbocado.

Fue en verano que empezaron las idas y venidas, ávidas de amor y pasión y con la hierba reseca crujiendo ante nuestras pisadas, se prolongaron a través de los charcos del otoño, en cuyo barro los pies se clavaban, cuando no resbalaban hasta hacernos caer, y no se detuvieron en invierno pese al frío y la tierra helada, esa que las suelas hollaban un poco cada vez.

Ni ella ni yo tuvimos la culpa de que todo acabara mal. Siempre fuimos cuidadosos en extremo, citándonos cuando todos dormían para no ser vistos ni oídos, retirando al regreso las briznas y espigas que traíamos en el pelo y la ropa, o los restos de barro del calzado y los bajos del pantalón. Fue la primavera, haciendo crecer de manera profusa plantas y flores, pero incapaz de hacerlo bajo la obstinación de nuestros pasos, la que nos acabó delatando.

39. Y a ti en todos los mares

Llevo muchos mares en los ojos, tantos que no sabría nombrarlos… Pero qué importa, el mar es siempre el mar: esta bahía gris se solapa con las playas azules de mi infancia; la tempestad que azotó mi barco en aguas de Sicilia iguala a una tormenta frente a las costas de Tasmania; la angustia de mi propio naufragio es la misma del Titanic, del Pequod, de cuantos navíos reales o imaginarios han sufrido las iras del dios de los océanos.

No recuerdo cuándo dejé de contar años, ni cuándo, hastiado, me establecí en este puerto elegido al azar. Ese día morí un poco, como cualquier marino anclado en tierra. Pronto la descubrí  y nos reconocimos. No puede hablar, pero sé que los dos guardamos añoranzas y maldiciones. Ella añora los tiempos gloriosos en que atraía las naves con su canto, y maldice al escultor que logró atrapar su espíritu en esa grácil anatomía de bronce varada en Copenhague. En cuanto a mí, el poeta mintió: sí, acepté la inmortalidad a cambio de no regresar, y hace siglos que maldigo mi vida y añoro cada día que renuncié a pasar contigo, amada Penélope. ¿Hasta cuándo estuviste tejiendo y destejiendo tu corazón?

38. La habitación (Susana Revuelta)

Iluminan los primeros relámpagos el cielo, retumban los truenos y, diluidas en ese estruendo, distingue Emily ―como cada vez que hay tormenta― las risas marchitadas, las voces antiguas del hijo muerto.

Aguarda inmóvil en la cama, con los ojos muy abiertos. Ve entonces aterrada al niño encaramándose a lo alto del armario. Después la caída.

El golpe seco.

Pero el muchacho continúa trasteando, ajeno a su desconsuelo, y se pone a dar volteretas sobre el colchón hasta que tropieza con la mesilla de noche ―siempre fue un poco torpe― y tira el vaso de agua. Al instante Emily, aún temblorosa, se levanta y recoge con las manos los añicos del suelo.

A la luz de los rayos que alumbran las paredes, vigila la sombra del chiquillo que no para de moverse, de fisgarlo todo, y aguanta despierta hasta que amaina el temporal y el niño se queda quieto.

Hacia las siete entra la celadora, ve los cristales rotos y va a buscar recogedor y escoba. La despertará más tarde ―«pobrecita,  por una vez que duerme plácidamente»― para cambiarle el camisón salpicado de sangre. De los tirabuzones rubios que algunas mañanas descubre en el puño de la anciana, prefiere guardar silencio.

37. Abismos

Decidido a tirarse, ha caminado hasta el borde del precipicio. Al detenerse, ha levantado las manos a la altura de los ojos para contemplar, una vez más, la grotesca imagen de sus nudillos inflamados, los dedos deformes, incapaces de sostener la maza y el cincel con los que antes daba vida al mármol. Abajo, las olas rompen furiosas contra las paredes del acantilado. Ráfagas de viento y agua le golpean la cara, las piernas, el torso.

Ha dejado caer los brazos y ha cerrado los ojos. Había tomado la decisión, pero la lucha interna no cesa. Hasta que la luz del rayo atraviesa la piel de los párpados y enseguida retumba el trueno. Suena como si la bóveda celeste se resquebrajara lentamente. Después, queda un silencio absoluto. Solo siente las gotas de agua que se desprenden de su cabello mojado y le resbalan por la frente. Entonces inspira hondo, despacio. En este instante, decide no dar el paso.

Permanece un tiempo allí, inmóvil, rechazando cualquier idea que pudiese alterar el significado de aquel momento. Finalmente, da la vuelta. Mientras se aleja del abismo, se humedece los labios con la lengua. Saben a sal.

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