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–No, tía, paso de sleep a pierna suelta y de que me despierten a kisses. Etapa quemada, y tranquila que al morenazo del magic carpet le he dejado por el face. Tenías razón; era un tipo de altos vuelos y con demasiado genio… Bueno, calla, que te cuento: Martes, la party del siglo, lo pasamos de súper fábula. Volví a la house sin zapatos, o sea ¿te lo puedes creer? Me puse hasta arriba y tuve que llamar a tele-taxi; no era plan de que en un control me hicieran soplar… ¿Los exámenes? Mal. Muchas calabazas. El sapo del profe me la tiene jurada… Si vieras, aún no lo sabe nadie, anoche dormí con siete y, aunque estoy muerta, no he faltado al shopping de los viernes… Nada de especial, toque de rímel y coleta. Guapísima; confirmado por el espejo… Si papá pudiera verme… Seguro que la bruja de su esposa le estará malmetiendo, pero él adora a su princesita. ¡Jó, tía! I’am princess… ¿Sabes? Me prometo formalmente… Un machoman, inmejorable familia, forrado, cariñoso y, además, una bestia en la cama…
–¿Princesa? Lo que tú eres es las cuatro letras…
–¡Eh!, no me ralles, tía, que yo crecí con Disney.
Tengo que inyectarme y ponerme unos labios más carnosos«, dijo Princesa Uno. cuando se esterilizaba las manos poco antes de entrar al quirófano para la primera intervención de la mañana. «Me ha quedado bien el botox que me han hecho en la cara«, pensó Princesa Dos al arreglarse el pelo poco antes de entrar en antena. «Tengo que ahorrar algo de dinero para levantar mis glúteos«, se decía cada día Princesa Tres cuando abandonaba su turno en la fábrica de estampación en la que trabajaba. «De este año no pasa que me haga unos arreglos en nariz y ojos«, se repetía Princesa Enésima cuando caminaba de un aula a la siguiente dentro de su jornada laboral. Ante el cúmulo de coincidencias en las preocupaciones vitales de tanta cantidad de princesas, «¿Qué les pasa a las princesas en este principio secular del cuento del cuento de hadas?», se preguntaba animado el narrador del mismo.
Un rayo de luz, como un aguijonazo, la despertó. Levantó la cabeza sobresaltada. De nuevo se había quedado dormida toda la noche sobre la mesa, entre los brazos derrotados que ahora señalaban las marcas del sueño. El cansancio la había vencido encima del vestido que estaba terminando de coser y que debía entregar esa misma mañana.
Miró el reloj del aparador: las ocho. Debía darse prisa en plancharlo para poder entregarlo a tiempo. Su confección le suponía una cantidad aceptable que iría a parar, como casi todo lo que cobraba cosiendo, a la cuenta corriente de su pequeña.
Las diademas, los zapatos, los vestidos y los complementos estaban cada vez más caros. Se acercaba la final del concurso. Sabía que el jurado era muy exigente y la competencia terrible.
Una vocecita infantil la reclamó imperiosa desde el fondo de la casa. La niña quería su vaso de leche con cacao.
Con el cuerpo entumecido y los ojos pesados, se levantó corriendo. Suspiró. Todo era poco para su pequeña Miss Sunshine.
Me pinto como una puerta, la pintura de mi cara disimula las ojeras y lo demacrada que estoy, lo que no puedo tapar son los dientes que me faltan.
Ya me quedan pocas medias sin agujeros, estas que llevo son bastante tupidas me vendrán bien para soportar el frío invernal de la oscura noche.
Mi pelo es moreno hasta la cintura, me hago una cola de caballo, así no me molesta cuando trabajo.
Me miro al espejo de mi diminuto cuarto, mis ojos verdes se reflejan tristes, como los de un galgo abandonado.
Salgo a la calle con pocas ganas, me da asco lo que hago, pero no me queda otra.
Sólo unos pocos se vienen conmigo, gente sin escrúpulos, a los que les da morbo que una fulana sin dientes, les haga marranadas, por tan solo unos miserables euros.
Cada día me levanto con la esperanza de tener fuerzas, para dejar de consumir.
Pero ese dinero que cae en mis manos, me lo fundo tan rápido como se funde el aluminio.
Recuerdo cuando era pequeña me escondía en el armario, asustada, con lágrimas en los ojos y soñaba con que algún día sería una princesa.
Cada mes, sin fallar uno, el rey enviaba algún infortunado pretendiente a liberar a su hija de las garras de Irégore, la nívea dragona que habitaba las cumbres de Monte Soledad.
Al principio le hacía gracia descuartizar a aquellos mequetrefes. Disfrutaba descubriendo el pánico en sus ojos cuando se sabían perdidos. Primero se le acercaban con una mezcla de desconfianza y de alivio. Sus primeros zarpazos les devolvían a la realidad, la lucha era por sus vidas. Le gustaba perseguirlos hasta acorralarlos y una vez desarmados, alargar esos últimos momentos, como el gato que juega con su presa arrinconada. Por último, cuidadosamente, los separaba en pedazos, no más grandes que un puño, para la cena. Siempre guardaba algunos para su prisionera. Mas con el paso de las estaciones empezó a hartarse, cada vez los aspirantes a hidalgos eran menos interesantes, la mayoría alfeñiques que subían tan asustados que, antes de llegar a media ladera, ya se podía reconocer en sus calzas el olor de la derrota. Pero aun así no dejaban de llegar.
Llegó a la conclusión que jamás lograría la paz en aquellas serranías, montó a su dragona y ambas marcharon, en majestuoso vuelo, a la caza del sol.
Asustado y confuso abrí el libro de cuentos de Andersen que tenía al lado, y ya en el índice mismo pude comprobar los cambios. El príncipe y el guisante, La patita fea, El rey de las nieves… Comprobé después, en el de los hermanos Grimm, que Blanca Nieves era quien besaba al príncipe envenenado por el padrastro, y que Cenicienta era la encargada de ponerle el zapato de cristal al desdichado que lo había perdido en el baile.
En todos los libros sucedía igual, héroes y heroínas intercambiaban labores; ellos sabían remendar calcetines y preparar suculentos guisos al amor de una lumbre, y ellas conocían el arte de la cetrería y herraban caballos; ellos leían hermosas historias a sus hijos al anochecer y ellas salvaban príncipes.
Mientras que el Ratoncito Presumido barría la puerta de su casa, Garbancita conseguía lo imposible. Rapunzel rescataba a un joven de su cautiverio en una altísima torre subiendo por su larga barba, y Las Tres Cochinitas se reían de una loba astuta.
Eso justificaba que yo, El Principito hasta ayer, hubiera experimentado esos cambios anatómicos que acababa de descubrir debajo de mi ropa. Pero me confundía todavía más.
De pie, en una pose algo forzada, Ana espera a que la princesa termine de dar su paseo por el jardín. No sabe por qué le ha venido a la memoria aquella canción de Sabina, que tararea sin abrir los labios…cuando eras mi princesa de la boca de fresa… mientras sus pies juegan sin permiso con el bordillo del bulevar, subiendo y bajando de él con parsimonia, como si sopesara el peso de su vida. Pantalones vaqueros ajustados, cazadora a juego, algo ceñida, la blusa abierta a dos botones, quizá demasiado maquillaje, demasiada compostura para dar un paseo con su perrita en un atardecer algo tibio, que ni frío ni calor, piensa, mientras esconde el rostro con un gesto de rubor tras la melena a media altura. Se pregunta si es la tarde al marcharse o la noche al llegar quien agita la fronda de los álamos. Levanta la mirada, y sus ojos se pierden en la distancia como si buscaran a alguien, alguien que viniera de la noche y pronunciara por ella esas palabras…
volvamos a casa, princesa.
Me zafé de la mano de mi madre atraída por la formidable boca de los deseos. Cuando estuve frente a ella, dudé si colar la moneda que me había dado la abuela, por la ranura. Si lo hacía, adiós al algodón de azúcar. Tenía que decidirme rápido y la deslicé sin pensarlo más. Los ojos de la imagen se iluminaron y una voz me conminó a bajar una palanca y pensar un deseo. Cerré muy fuerte los ojos porque así los deseos se cumplen mejor, y pedí con todas mis fuerzas ser un chico y librarme de esos lazos apretados que dejaban al descubierto mis enormes orejas, y de los ridículos zapatos de charol y la falda almidonada, y cuando estaba llegando a la cúspide de mi deseo, al punto largamente anhelado: que dejaran de llamarme princesa y convertirme en un ser libre como mi hermano, una mano familiar se posó sobre mi hombro y me alejó de allí. A mi espalda la máquina escupía un papelito con la respuesta a mi petición.
Ayer te vi pasar. Desde que volví a esta ciudad esperaba el momento, y al final, ya ves, ni me atreví a acercarme, soy así de tonto. Han sido muchos años, me dirás, pero qué quieres que te diga, para mí todo sigue igual. Me parece que te estoy viendo ahi sentada en la parada de autobus en aquella madrugada de 86, esperando. Ya se que hablamos de irnos juntos a la capital, de escaparnos para conocer el mundo….pero entonces me pareciste más niña que nunca, con esos calcetines blancos, ese pelo rebelde, esos quince años. No pude llevarte conmigo, una especie de compasión me lo impidió. Y me fui sin mirar atrás.
Ya pregunté por tí de vez en cuando, princesa, no te creas. Me contaron que estudiaste carrera, que te casaste y que tienes un par de críos. Qué te parece. Yo mientras me bebí la vida, quemé todos los cartuchos, esquivé muchos golpes y me metí en algún lío. Volví hace una semana esperando encontrarlo todo igual, encontrarte igual, princesa, en esa parada de autobus en la madrugada del 86 esperando. Y ya no estás. Sé que lloraste y creciste. Sé que ahora me voy para siempre.
Nuestro amigo EDWINE LOUREIRO continúa en su racha de éxitos por todos los rincones del mundo que admitan a «un brasileño con alma japonesa».
Os dejo sus palabras directamente:
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