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En las eternas mañanas de verano, palo de escoba en ristre, yelmo de cartón, espada de lamas de persiana atada a la cintura y escudo de tapadera de tambor de detergente colgado del antebrazo, es el primero en tomar la calle. Reinos todavía no conquistados, dragones rebosantes de fulgor, crueles generales al mando de ejércitos sin escrúpulos y preciosas doncellas deseando ser cautivadas, esperan, aún vírgenes, la llegada de un valeroso caballero que derribe sus murallas, que apague sus llamas, que aniquile sus tropas y que enamore sus párvulos corazones. Su madre desde la ventana ejerce de un invisible Merlín que solo aparece circunstancialmente como suministradora de bálsamos contra los inevitables golpes o restauradora de rodillas ensangrentadas. Mientras, el sol continúa su ascenso, las calles comienzan a recibir sus primeros pobladores y otros niños se reúnen y deliberan sobre a qué van a jugar hoy, su sombra se acorta cada vez más y replegado sobre sí, retoma impaciente su camino a casa. El reposo del guerrero, metido en su concha, le proporcionará nuevos bríos para reconquistar el mundo en un próximo amanecer.
En el sepulcro de la vieja catedral, reposan los huesos del último caballero, Don Enrique de Mendoza. Sus hazañas difundidas por todos los confines de la Cristiandad, hablan de asedios interminables, de heroicas batallas, de infranqueables murallas derribadas por sus valerosas huestes. De sus duros enfrentamientos con la morisma siempre salió victorioso y las crónicas de la época narran que su gallardía y noble porte hacían que el enemigo emprendiera la huída con su sola presencia en el campo de batalla. Un día de mayo, plagado de mil fragancias, se abre camino Don Enrique por verdes florestas llegando a una frondosidad del bosque donde escucha el rumor producido por un salto agua y observa, entre la transparencia que proyectan las sombras, unos negros ojos sarracenos que parecen no apercibirse de la mirada cautiva que, en la distancia, se ha prendado de ellos. Don Enrique, sigiloso, desmonta su corcel e impaciente se aproxima a las inmediaciones del lugar presto a cruzar el umbral que separa el abismo de angustia que la lejana visión ha provocado en su desbocado corazón. Incauto y perdido por el ímpetu de la insensatez… en su epitafio aun puede leerse: “Caído por Dios ante el infiel”
Anoche estuve (con algun amigo más de ENTC) escuchando a Luis Mateo Díaz, Jose María Merino y Juan Pedro Aparicio (tres leoneses con casta) defender el relato en su distancia más corta (lo relacionaban con las reuniones de filandón en las que la gente de los pueblos se reunían alguna tarde a contar historias al calor de la lumbre) y de paso, escuchar alguno de los que ellos tienen publicados en sus libros. Fue un verdadero placer ver lo sencillo que puede ser un texto si está bien escrito.
Esta mañana, hojeando (tenía un vago recuerdo de ello) lo último que leí de Merino, he encontrado el micro que, sin saberlo, escribió para este mes… y quiero compartirlo como cierre de este mes.
JOSE MARÍA MERINO. La glorieta de los fugitivos, Páginas de espuma.
A pesar de la calma nocturna, las aspas del molino se cimbreaban como sí quisieran girar con una inercia antigua. Una grieta se extendía desde la base hasta uno de los ventanucos, tan marcada y profunda que podía verse incluso en medio de la lúgubre luz del primer albor. Don Alonso Quijano hizo una seña a su noble escudero Sancho, y éste desmontó de su pollino, abrió las alforjas y sacó de ellas unos retales hechos de sábanas gastadas, remendadas a lo largo. Con cierta maña y no pocas penurias, fueron subiendo a las aspas, una por una, cubriéndolas con aquellas lonas improvisadas, que sujetaron a la madera con cuerda de cáñamo.
Una vez concluida la labor, regresaron al lugar donde aguardaban sus rocines. Sancho aprovechó entonces para equilibrar el peso de las alforjas. Don Alonso se alzó en su montura y, lanza en ristre, esperó a que el aire del amanecer hiciera el resto.
De paseo en una lejana y solitaria playa, hallé un recipiente antiguo casi completamente sepultado. Contenía un rollito, que traducido al español actual creo que dice:
“Hace como treinta años que me deshice de mi armadura y demás implementos. Intento olvidarlo, pero cada vez que paso por este camino de Castilla, encuentro a estos dos tontos. No tienen la más mínima idea de lo que es ser caballero.
“Llego a casa y consigo a mí esposa echada, llorando, inconsolable.
–¿Qué ha sucedido? ¿Dónde está Patricia? –Pregunto.
–Esos tres bandidos se la han llevado.
“Lo primero que pienso es en mis gestas como guerrero y en dar alcance a aquellos que recién he visto. Es sorprendente, me ayudan a calzarme una nueva armadura y voy tras los delincuentes.
“Al conseguirlos, los ataco desesperado y justo cuando van a liquidarme aparece ese dúo. De no ser por ellos, estaría muerto, ahora son mis héroes. Patricia luce muy triste, así que trato de consolarla:
–Tranquila cariño, pronto estaremos con mami.
–No quiero ir a casa, amaba a uno de ellos –declara causando mi asombro.
“¡Qué amargura para los padres que ignoramos los sentimientos de nuestros hijos!”
Fabricó su espada con dos trozos de madera tosca de brezo. La tapa del viejo caldero de aluminio hizo las veces de escudo. Y el propio caldero, tiznado por las sucesivas brasas de leña y carbón, protegía su cabeza a modo de casco. Su yegua alazana permanecía amarrada al tupido cañaveral. Ahí, en ese viejo cañaveral, encontró tan bello animal que le serviría para sus andanzas personales y guerras imaginadas. Respetó su larga cola de hojas que limpiaría los caminos polvorientos cuando se paseaba montada a su grupa. Las riendas las había hecho con restos de badana trenzada. Y cada vez que le decía ¡arre! o le decía ¡so!, la potranca acudía a su voz de mando. Tenía todo el dominio del animal. Tanto si corría, como si iba al trote o simplemente de paseo, formaban un tándem imposible de separar.
Cabalgo, cabalgó y cabalgó. Se empeño en recorrer caminos polvorientos, algunos trechos pedregosos y muchas veces llenos de barro. Sin más armas que las suyas: flaca, desgarbada e hiperactiva, no cabía duda de que su infancia transcurrió vital y muy cercana a la naturaleza. De cabellera rubia, a veces coronada con dos trenzas, ella terminó siendo su propio caballero.
Alberto saludó a María, la enfermera del primer piso. Subió un tramo de escaleras y entró en la habitación. Saludó en voz alta esperando una respuesta. Desde el baño se escuchó una voz acatarrada que le dijo que esperara mientras se miraba en el espejo y se afanaba en recoger sus cabellos lacios, largos y encanecidos en un moño sin gracia. Se ajustó el corsé y la falda, y dio gracias por estar tan sumamente delgado. Después repasó con un pintalabios sus labios agrietados y entonó sus mejillas con algo de color. Por fin salió para abrazar a su hijo y preguntó:
—¿Aún no te has puesto la armadura?
Tras dos horas, Alberto, con el abrigo puesto, descendió las escaleras hasta la primera planta.
—¿Cómo ha encontrado a su padre? —preguntó María.
—Mucho mejor. Intercambiar los papeles le ha quitado un gran peso de encima.
—Dice que ya se sabe veinte capítulos de memoria.
—Sabe cuarenta y… por si acaso, ¿podrían retirarle todos los libros de caballerías? ¡temo por sus vidas!
—No se preocupe. El barbero y el cura han muerto, y al ama y a la sobrina les quitamos las cerillas.
El hidalgo caballero Juan de Garay huía de las airadas tribus tucumanas, asediadas por sus huestes y las de Núñez de Prado durante largos meses. Respiraciones furiosas mezcladas con cantos de guerra le perseguían y le cegaban el entendimiento y la visión. Su pie tropezó con el vacío encerrado en el hueco de una roca. La piedra le dio un primer beso convulso, como un silbido. Su cuerpo se fundió con la dureza del fondo y su cabeza quedó envuelta en una explosión de luz.
El atleta caballero Juan Fernández corre un cross bajo el sol cegador del mes de julio. Sofocado pero manteniendo un buen ritmo, alcanza a su mejor contrincante que corre sin rumbo, perdido. Tropieza con su honor, la luz del sol explota en sus ojos, hablan y le cede su norte y su victoria.
Bajo el torreón de la bella Azozaifa se han juntado decenas de pretendientes. Pedro de Fadrique traza con su espada una línea recta en el suelo.
-Esto es la tierra. Aquí y ahora, decidid si queréis ir en busca del cielo.
Un hombre avanza hasta la línea y con su arma dibuja otra, formando ángulo con aquella. Quebrados así los temores, más hombres se acercan y van trazando líneas que, pegadas a las anteriores, representan un primer cuadrado. Redobla el murmullo cuando otros caballeros deciden dar el paso de modo que van sumando líneas, formándose una fila de cuadrados y, como algunas veces llegan varios señores al mismo tiempo y son todos caballeros, por no molestarse dibujan dos cuadrados uno al lado el otro siguiendo luego la fila de a uno hasta que queda sobre la arena una especie de cruz de cuadrados con dos transeptos.
Fadrique toma entonces un guijarro del suelo y lo arroja con levedad sobre el dibujo sagrado. Después comienza saltar con una sola pierna sobre los cuadrados, rito que es inmediatamente imitado por el resto de los caballeros.
Trece subieron al final donde Azozaifa. Y Boabdil, su padre, viéndolo todo y lloriqueando como una niña.
EL TESORO
Don Quijote arreó a Rocinante con tanto ímpetu que éste, de un brinco, ganó la vertical e hizo caer al suelo a tan ilustre hidalgo. Justo detrás, su escudero Sancho Panza, se vio sorprendido por tamaña reacción.
– ¿Qué pasa don Quijote?- ¿No ves allá delante?, el enemigo se eleva tan alto que roza el cielo
– Yo sólo veo molinos mi señor
– ¿Estás ciego? ¡Nos rodean para arrebatarnos nuestro tesoro!
– ¿Nuestro tesoro?
– No alces la voz y acércate que te cuento: anoche en la bodega, mientras nos explicaban las delicias del vino de la Mancha, no pude resistir la tentación y metí en el zurrón cuatro botellas. Y doy fe que este vino es espectacular, su color tiñe la vida de pasión, su aroma enamora locamente, su sabor afrutado es gloria para los sentidos y su frescura al entrar en contacto con el paladar te eleva al Paraíso…
– ¡Don Quijote! ¡Ahí veo una botella casi vacía! ¿Y el resto?
– Calla Rocinante, digo Sancho Panza, si hay que morir será sedados con esta maravilla…
DAVID MORENO http://microseñalesdehumo.blogspot.com
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