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– ¿Qué es un caballero, mamá?
– ¿Por qué me preguntas eso?
– Porque ayer, el abuelo de Megan estaba oyendo una canción sobre algo así como un ‘caballero de fina estampa’.
– Pues debe de ser una grabación muy antigua.
– Sí, el abuelo me dijo que tenía un par de siglos.
– Entonces, mamá, ¿qué es un caballero?
– Hija, los hombres no siempre han sido damiselos.
– ¡En serio, mamá!
– Sí, hija, hubo un tiempo en el que los hombres eran los que mandaban y las mujeres se limitaban a servirles. Entonces, al igual que las mujeres de hoy, eran ellos los que luchaban por la protección del grupo defendiendo valores y enfrentándose a todos los peligros y como en la época pre-tecnológica iban a caballo, se les llamó caballeros. ¿No has oído hablar de Don Quijote de la Mancha?
– ¡Ni idea!
– Creo que lo reescribieron bajo el título de ‘La ingeniosa Dulcinea del Toboso’ y era sobre las aventuras de una mujer que se chifló de tanto leer historias de manga y se creyó que era un Pokémon que tenía que evolucionar…
– Ah, sí, y que evolucionaba en un bosón de Higgs…
Con sumo cuidado la apoyó sobre la mesa, con mimo la afiló y untó con la grasa, afanoso la limpió con un paño suave.
Su hijo que le observaba…
-Padre, ¿porqué tanto esmero?
-Un caballero ha de tenerla siempre a punto.
-Ya padre, pero a vos qué lo mismo os da, ¡para ese menester!
-No es lo mismo ¡pardiez!, mejor con una que brille, aguzada y pulcra.
Lozano cabalgaba. Ajusticiaba en su corcel.
Los reflejos y destellos lustraban la batalla.
Yelmo, peto, grebas… una a una fue desembarazándose de las piezas de la armadura con ayuda de un sirviente. Frente a él, la amplia ventana de sus aposentos personales, ofreciendo la amplitud de sus tierras. Esbozó un gesto amargo. ¡Tantas tierras y tantos súbditos! Tantos ojos que no le permiten alcanzar su deseo: campar desnudo y anónimo.
Abogada en paro aceptó el primer trabajo que le ofrecieron. Su hora de entrada era cuando cerraba sus puertas el museo y salía a altas horas de la madrugada. El silencio de la noche agudizaba sus sentidos y amplificaba cualquier ruido que se producía en las grandes estancias. Todos los días lo mismo, abrillantar, abrillantar, y si fuese una, vale, pero no, veinticinco. Y el miedo que le daban. Parecía que emitían un suspiro de placer cuando les frotaba el peto. Cuando terminaba, recogía sus cubos y bayetas con rapidez y hasta imaginaba oír un chirrido oxidado como si giraran el yelmo para verla marchar. En una ocasión, le pareció que una de ellas, la que tenía las grebas y los espaldares dorados, acercaba levemente su mano y le acariciaba el pelo. Llegaba a casa con el corazón en la boca. Tardaba en dormirme horas y sufría pesadillas recurrentes. Decidió dejarlo. Aquello era un martirio. Hasta que un crepúsculo, adornado con una espectacular luna llena, la número trece se arrodilló con cierto esfuerzo y pidió su mano.
Lo mejor de Martín Alvarado no era su fascinante capacidad para la memoria, sino el don (que sus amigos consideraríamos mágico) de poseer todos los recuerdos, de haber vivido infinitas vidas.
Cuando cada noche de viernes nos reuníamos para degustar aquellos relatos imposibles, Martín nos regalaba los detalles y las anécdotas de aquellas vidas, sus otras vidas, demostrando que sin ningún género de duda había pasado en primera persona por todas esas existencias.
Fue así como nos admirados de su estancia con Cervantes en la cárcel sevillana de la calle de las Sierpes, donde como compañero de celda pudo asistir a los primeros bocetos que Don Miguel trazaba de Alonso Quijano y su imperecedera obra maestra.
Cuando nos narró que en la hostería de San Felipe y entre jarras de vino Don Francisco le confió que, hastiado por la decadencia moral de España, había soltado por Madrid una letrilla satírica en la que calificaba al dinero de “poderoso caballero”, hubimos de reír hasta las lágrimas.
Sobre las verdaderas causas de las muertes de Julieta e Isabel de Segura nuestro amigo nunca nos habló, porque Martín Alvarado era ante todo un caballero.
Es extraño. La imagen se formó en mi mente justo antes de que yo mismo actuara pero eso no me detuvo. Supe, antes de moverme, que ese cuchillo se llevaría mi vida.
Mi vida… mis seres queridos… no puedo despedirme. Mis alegrías, mis fracasos. Deseos, sueños, culpas y remordimientos… lamento tantas cosas.
Creo que fue la mirada del niño. Sí, eso fue. Su mirada horrorizada hacia el hombre que amenazaba brutalmente a su madre. Su sorpresa infinita empapada de un terror que solo los niños de su edad pueden sentir, pues ya distinguen el bien del mal pero aún desconocen el abismo de oscuridad que el hombre es capaz de desplegar. Una mezcla de horror, incomprensión e irrealidad, con la que solo los ojos de un niño son capaces de golpear en la más entumecida de las almas y hacerla reaccionar. Eso fue lo que ocurrió. Espoleado en mi interior por esa mirada, no tuve más remedio que actuar.
Ella intentaba protegerle con su cuerpo, mientras una súplica por su hijo moría sin llegar a salir de sus labios. En ese instante me abalancé sobre él, sabiendo que me vería antes de alcanzarle y que no dudaría en acuchillarme.
Dos molinos gigantes desafían las densas nubes con sus destellos plateados, de pronto se desmoronan rasgados por lanzas voladoras que tiñen de sinrazón y escombros miles de cuerpos que caen desmanejados. Rotos como muñecos viejos. Desarmados. La confusión mezclada con el polvo ciega los ojos y atora los sentidos rompiendo el hilo que cosía realidad y cordura. Abajo se activa un engranaje humano, miles de caballeros acuden al rescate. Parecen hormigas rebuscando entre los restos de un gigante que aún respira, que aún puede despertar y devorarlos.
Transitando sobre los últimos destellos de la tarde, bella y elástica se desliza por la acera.
Desde las alturas él la observa, espera sentado con su mejor traje, perfumado con la colonia que nunca le ha fallado. Mientras se dirige para abrir la puerta, nota como se excita recordando la figura que ha visto por la ventana, suave, rotunda, hermosa.
La imagen de sus zapatos le aturden, por supuesto, tacón de aguja. ¿Cómo será su voz?
Un cálido hormigueo le recorre el cuerpo mientras apura de un trago el vaso de bourbon que descansa en la mesita del salón.
Arranca el ascensor anunciando su llegada, se atusa los cabellos, se ajusta la corbata.
Se enciende la luz de la escalera, escucha los pasos indecisos.
– Hola, ¡ que caballero ! Nunca habían salido a recibirme.
Besándola en la mejilla le susurra que hay cosas que es mejor no hacer sólo, sonriendo se separa mientras un reflejo acerado rebana de un solo tajo su propio cuello.
La dama enmudecida aplasta su espalda contra la pared, se parten los tacones, las piernas se desmoronan, mientras los muslos temblorosos intentan evitar la espesa mancha que se acerca.
Esta preciosidad de escultura compuesta de letras y viento ha llegado con otra preciosidad a modo de presentación… os la pego completa… y luego, ya sabéis, a adivinar…
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