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Dos molinos gigantes desafían las densas nubes con sus destellos plateados, de pronto se desmoronan rasgados por lanzas voladoras que tiñen de sinrazón y escombros miles de cuerpos que caen desmanejados. Rotos como muñecos viejos. Desarmados. La confusión mezclada con el polvo ciega los ojos y atora los sentidos rompiendo el hilo que cosía realidad y cordura. Abajo se activa un engranaje humano, miles de caballeros acuden al rescate. Parecen hormigas rebuscando entre los restos de un gigante que aún respira, que aún puede despertar y devorarlos.
Transitando sobre los últimos destellos de la tarde, bella y elástica se desliza por la acera.
Desde las alturas él la observa, espera sentado con su mejor traje, perfumado con la colonia que nunca le ha fallado. Mientras se dirige para abrir la puerta, nota como se excita recordando la figura que ha visto por la ventana, suave, rotunda, hermosa.
La imagen de sus zapatos le aturden, por supuesto, tacón de aguja. ¿Cómo será su voz?
Un cálido hormigueo le recorre el cuerpo mientras apura de un trago el vaso de bourbon que descansa en la mesita del salón.
Arranca el ascensor anunciando su llegada, se atusa los cabellos, se ajusta la corbata.
Se enciende la luz de la escalera, escucha los pasos indecisos.
– Hola, ¡ que caballero ! Nunca habían salido a recibirme.
Besándola en la mejilla le susurra que hay cosas que es mejor no hacer sólo, sonriendo se separa mientras un reflejo acerado rebana de un solo tajo su propio cuello.
La dama enmudecida aplasta su espalda contra la pared, se parten los tacones, las piernas se desmoronan, mientras los muslos temblorosos intentan evitar la espesa mancha que se acerca.
Esta preciosidad de escultura compuesta de letras y viento ha llegado con otra preciosidad a modo de presentación… os la pego completa… y luego, ya sabéis, a adivinar…
L.I.O:
Tras estrechar las manos, el uno se fue a su casa mientras el otro cerró con llave su despacho. Bajo el escritorio escondía una bolsa de deportes, y en su interior guardaba un pasamontañas y unos guantes de látex. Una vez puestos, abrió con elegancia la primera carpeta y cogió la estilográfica negra. Sobre la ostentosa silla de cuero empezó a ejecutar las firmas y uno a uno despachó todos los folios. Luego introdujo el archivo en su carpeta y ésta en la caja que ponía: Luis del Monte. Telefoneó al susodicho, del que se acababa de despedir y su lengua empezó a articular movimientos automáticos mientras su cerebro enlazaba frases inconexas: “un iluso más…”; “parecía noble…”; “fue firme el apretón de manos…”;… Al colgar, procedió a quitarse los guantes y el pasamontañas, e hicieron, como tantas otras veces, el camino de vuelta a la mochila de la que habían surgido. Cuando se disponía a salir de su oficina, tropezó con un reguero de sangre. Se agachó, arrugando el lustroso traje y vio como ésta emanaba tímidamente del archivador que acababa de guardar, en cuyo frontal se podía leer: “Préstamo Hipotecario”.
Recorre junto al paladín el sendero flanqueado por almendros bajo la atenta mirada de la guardia real. Una nube oscurece la tarde de verano cuando el Rey comienza a hablar.
“Hace varios días encontramos los cuerpos sin vida de los guardias del templo” hizo una prudente pausa para analizar su rostro. “¿Sabes algo de estos asesinatos?”
“Sí, mi Rey” sintió un leve ardor en la herida de su mejilla. “Yo maté a los guardias y profané el templo. Quería destruir el Oráculo, no soportaba la idea de que ella fuera sacrificada. Pero el templo estaba vacío, allí no había nadie.”
“No se puede acabar con lo que no existe” le dijo el Rey en tono paternal. “Envidio tu arrojo y tu valentía, pero no puedes parar un río tú solo.”
El caballero de la Luna Negra sopesó sus palabras.
“¿Para qué sirven entonces los sacrificios, majestad?
“Es el precio a pagar por mantener la paz y el orden en nuestro reino. El miedo es la muralla más alta que podemos construir. Es la única lección sabia que aprendimos de los antiguos pobladores de estas tierras. Creo que tu pueblo los conoce como los hombres del Segundo Milenio.”
Yo no lo miré primero, fue él quien clavó sus ojos en los míos como su bandera al llegar a nuestra costa. Me agarró del brazo con firmeza y de un tirón me montó a la grupa de su caballo. No negaré que sentí temor, pero también orgullo de ser la elegida. Por aquel entonces yo era pura furia e instinto, viento y juventud. Él era como un dios; con sus ojos transparentes y su piel tan blanca, parecía hijo de la luna. Tomó de mí todo lo que quiso y yo me entregué sin más. Acudía a verme todas las noches a la tienda que destinó para mí, al otro lado del campamento. Pequeño gran hombre, poderoso entre los suyos, pero débil y casi inexistente entre mis brazos. Quizás por eso nunca me afectó su desdén al llegar la mañana, ni ver su actitud galante hacia esa mujer pálida y lechosa aun con el sol quemándole las mejillas. A ella sí la miraba a los ojos delante de sus soldados, pero eso tampoco me importaba. Por las noches, era él el vasallo.
Aquí estoy, frente a frente al causante de mi desgracia. Sí, él fue, él se llevó lo que más amaba en esta vida… y con ella se llevó mis ilusiones, esperanzas y… la vida entera.
Ahora me toca a mí robarle la vida o mejor, ¡aniquilarla! Él no se irá al infierno sin antes no haber probado su propia sangre. En mi mano izquierda, un saco conserva parte de lo que fue su propia vida, él entenderá por qué lo hice, su hijo… por mi esposa, buen intercambio.
No lo odiaba, sin embargo… tuve que hacerlo. Él me lo quitó todo, ¡TODO!! ¡Maldito sea! Por su culpa la perdí para siempre y… me convertí en un asesino. Me mira con desprecio desde la distancia, él no sabe… no, ni imagina que él, también lo acaba de perder todo. Enfila su caballo hacia mí, su brillante espada en alto, el gran Sir Balan, caballero de recia y blanca armadura. El furioso galope de su caballo me saca de mis pensamientos y aún me dio tiempo, antes de sentir como el hierro frío de su espada se hundía en mi pecho, atravesando limpiamente mi corazón, a vaciar el saco ante sus salvajes ojos inyectados en sangre. Lo último que escuché fue su grito de dolor, rabia e impotencia… moría feliz, mi venganza estaba cumplida.
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