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El cartero no sabía leer, ni falta que le hacía. Le bastaba el olor del sobre y el acontecer de sus paisanos.
Se llamaba Benjamín. Lo conocí al bajar de la camioneta que me llevó a mi primer destino. De rostro atezado y ojos negros, velaba su rozagante cuerpo con pantalón de pana, camisa blanca y boina negra. Intercambió las sacas de correos. Acercó la burra para que me subiera, mas no supe por dónde. Fue su primera sonrisa. Tras una hora de campos amarillos, olivos, jaras y tomillos, divisé la aldea de barro oprimido. Al quedarme sola, a la luz del candil, empecé a llorar y no paré hasta Navidad. Fueron las únicas vacaciones tristes de mi vida.
Allí estaban Benjamín y Petra, esperándome, cuando en enero retorné para siempre. Y al llegar la primavera, pasaban más tiempo conmigo que en sus quehaceres.
Le leí el tallo seccionado, me escribió injertos. Le nombré las estrellas, me leyó las nubes. Le enseñé pasos de baile, aprendí a leer los abrazos. Leímos en nuestros labios y escribimos en nuestras pieles. Descubrimos el amor entre los trigales. Aprendió a leer. Me enseñó a distinguir los olores y a subir a Petra.
Al despertar sintió como si su cuerpo no le perteneciera. Con la sensibilidad a flor de piel tuvo sensaciones desconocidas e inquietantes. El fluir de los jugos de su estómago, las palpitaciones del corazón en sus ojos, el galopar del oxígeno entrando en sus músculos y hasta las comunicaciones de sus fibras nerviosas. Sintió miedo y mucho frío pero lejos de amedrentarse se puso en pie de un salto y buscó su traje amatista, despeinó sus rizos con sus manos y se calzó sus zapatos esmeralda.
El sol la acompañó mientras, sentada debajo del roble centenario donde tantas veces le leyera su esposo, rememoró besos y versos que salieron de sus bocas. Se recreó en la ensoñación de su rostro, ahora ausente, perdido en algún lugar no cartografiado, librando batallas, acatando designios de la vida.
Un golpe brusco, insolente, del aldabón sobre la vasta puerta, la sacó de su ensimismamiento. Detrás de un criado con librea, un emisario de sombrero emplumado portaba una misiva sucia y lacrada.
La sensibilidad se acrecentó en ella y todas las sensaciones extrañas que tuviera en la mañana se concentraron en una carcajada nerviosa y cantarina.
Tanto papiro y una sola y mágica palabra: MAÑANA
Me siento traicionada, mi propio esposo me había ninguneado y ahora era el hazmerreír de toda la corte. Ahora entiendo los cuchicheos y risitas en mi presencia, esas miradas burlonas, que el excusaba, no solo ha profanado nuestro matrimonio con cualquier doncella que se le pusiera a tiro, sino que además había usado mi nombre para lucrarse y facilitarle el mantenimiento de su harén personal.
Pero esto se acaba aquí, le dije a mi joven acompañante, mientras sus dos bajaban por mi espalda y se detenían en mis nalgas.
– Mañana mando que le corten la cabeza.
– Si mi princesa, pero esta noche es nuestra.
La princesa de mis ojos yace postrada sobre la urna de cristal que su padre el Rey Jorge, apodado, el melancólico, mando construir para alojar el cuerpo inerte de la joven, aquejada de una extraña dolencia que la apartó de la vida en palacio. Arropada entre suaves paños de delicada seda transcurren las horas, los días… las siembras. La belleza de su rostro no la empaña tan siquiera ni ese yerto gesto, ni ese rictus espectral que la envuelve en un halo de desconcertante quietud solo alterada por el leve e imperceptible resuello que marca su acompasada y débil respiración. Cierro mis ojos y sueño que corro a su lado por los jardines de palacio, sonriendo en cada rincón de mi desolado ser y que acaricia mi rostro con el tenue aleteo de sus ahora cerradas pestañas. La miro fijamente desde hace varias décadas y vivo obsesionado con ver el mínimo signo de vejez en su imperturbable cara. Ansío, con toda mi alma, que su dolor me pueda, que su verdad amarga endulce mi última hora para rondarla eternamente en el reino de la esperanza.
Tras siete años secuestrada por el malvado Gobernador de los Reinos Oscuros, finalmente la princesa es rescatada por el Caballero Blanco, que ha matado a tal cruel ser, ha cogido rápidamente a la princesa, la ha montado en su caballo y la lleva de vuelta a su palacio, mientras el resto de guerreros arrasan lo que queda de Sombrasiempre.
El Reino de Floraeterna le aclama a su llegada. Se celebra una fiesta en su honor. Sin embargo, ella no parece estar bien.
-¿Qué le pasa a la princesa?- Preguntan constantemente sus súbditos.
La contestación más generalizada es que está cansada, agotada, tras siete años bajo la sumisión de un tirano.
Echada, en la que antes era su cama, la princesa llora y recuerda vagamente, como si de un sueño se tratara, aquel día, siete años atrás, en el que propuso a su amado Gobernador fingir su secuestro, para poder estar juntos.
El cónsul pide otra botella de champán. La recepción sería infinitamente aburrida si no fuese por la dama sentada frente a él, cuyos palpitantes labios encarnados dan cumplida cuenta de la copa que vuelve a llenarle. Inclinándose hacia ella desde la silla dorada e incómoda a que los han condenado, ese hombre de maneras mundanas recién llegado a París le aclara que es cónsul solo honorariamente. Cuando la mujer descubre que es el poeta de la nueva América, intenta sobreponerse a los vapores espirituosos que velan sus ojos glaucos y se lanza vanamente en pos de la libélula irisada e inconstante de sus sentimientos, que se cree obligada a compartir con su interlocutor. Pero a este no le interesa su historia; le parece prosaica, adocenada y tremendamente vulgar la enumeración de sus congojas matrimoniales, la exposición de sus cercenaduras morales, la plana metáfora de una mansión devenida jaula de oro. Es sencillamente una cuestión de forma. Y mientras en el regio salón algún invitado toca la Sonatina en sol mayor de Beethoven, el ritmo profano de los alejandrinos que envolverán esa historia ronda ya la cabeza del maestro, en la absoluta certeza de que el Arte supera a la Naturaleza.
Te trajo el otoño, quizá arrastrado por el viento como un vendaval de hojas secas, con la misma fuerza me envolviste en tu locura de niño grande, hermoso, tierno y fuerte.
Acaso llegaras en el momento oportuno, porque me dejé llevar sin oponer resistencia.
Me acunó tu ternura, tus tibias manos, marcadas por los surcos de una vida llena de pasiones y vicios ocultos; debí darme cuenta por tus pies desnudos que nunca habías dejado de ser un viajero.
En la soledad de esta noche de nívea luna, con mis manos aferradas a unas medias de seda negra y tu esencia aún caliente deslizándose entre mis muslos, contemplo tu bello rostro azulado y pienso, que quizás deberías haberme preguntado qué me pasaba tan sólo una vez y este, nuestro cuento, habría tenido un final bien distinto.
Siempre quise ser una princesa.
Mi padre decía: “eres la princesa de mi corazón” pero yo quería ser una princesa de verdad.
Tanto lo deseé que debí ablandar el corazón de algún duende juguetón y un buen día me desperté en una cama enorme. A partir de ahí todo fue enorme y yo empecé a sentirme insignificante.
Me esforcé de verdad tomé clases de protocolo, de idiomas, de dicción y de mil cosas pero no logré adaptarme.
Cuando llegaba a la sala del trono vestida con mis mejores galas, veía fruncir el ceño a la reina, mi madre, desconcertada por mi elección. Si me esforzaba en ser “maravillosa” en una recepción, el rey, me miraba fastidiado.
Un buen día me harté y confesé la verdad: que soy una impostora, que jamás tuve sangre real y que lo único que quiero volver a mi pueblo a abrazar a mi padre y volver a jugar con mis amigas, que echó de menos las albóndigas, el autobús del cole y la piscina municipal.
El rey me miró airado y llamó a mi tutor para darle instrucciones, desde entonces siempre tengo ganas de llorar y sólo sueño con volver a ser la que era.
¿Por qué está triste la princesa? Pues porque tiene que estarlo, porque no tiene otra alternativa. Nació con la cualidad de caer bien a los demás aunque esa conformidad no era correspondida por ella y en su fuero interno odiaba profundamente a todo ser humano que tuviera a su alrededor y hacía todo lo posible por amargar, por aburrir, por desesperar. Por eso estaba triste, no era correspondida en su odio.
Entre la cirrosis/y la sobredosis/andas siempre, muñeca
Sonó el móvil. ¿Sí? Contestó. Vale, no tardo, estoy en un atasco, joder, no puedo saltar por encima de los coches. Colgó.
Ahora es demasiado tarde, princesa/ búscate otro perro que te ladre, princesa
Otra vez el impersonal sonido del aparato. Joder, dijo, qué hago, hostias, pues que buceen si se ahogan. No te hablo mal, te hablo como sé. Hay un atasco y no puedo hacer más. Diles que cierren la llave de paso. De nuevo, colgó.
Tú que sembraste en todas/las islas de la moda/las flores de tu gracia
El teléfono parecía dispuesto a arruinarle el día. ¡Si me vuelves a llamar no voy! ¡Que cierren la llave de paso, no me has oído, QUE-CIERREN-LA-PUTA-LLAVE y recojan el agua que con un mocho! ¡YO NO ESTOY GRITANDO! ¡A mí qué coño me importa que seas mi jefe! ¡Vete a la mierda, Luigi, tú y la crisis! sentenció, y tiró el móvil al asiento del copiloto.
Sigue con tus movidas/pero no pidas/que me pase la vida/pagándote fianzas
Rabioso, se arrepintió del día que firmaron la hipoteca del castillo.
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