¿Te falta alguno de nuestros recopilatorios?
PREMIO A CURUXA 2024
PREMIO SENDERO EL AGUA 2024
***
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas


Quiere cambiar el mundo aunque tenga que hacerlo acompañado tan solo de su inseparable amigo. No está loco. Ni sabe qué significa ser utópico. Solo que a veces grita desde su altura… ¡no es justo!
Hoy, es siempre el día más hermoso de su vida, porque es el que está disfrutando. Ha olvidado lo que pudo ocurrir ayer y poco le importa lo que pasará mañana.
Se va haciendo fuerte venciendo sus dudas, sus indecisiones, el gran enemigo que es él mismo.
Se equivoca constantemente. Tiene todavía casi todo por aprender.
No entiende la utilidad de la mentira ni el sentido del egoísmo.
Nunca se da por vencido, cada batalla, propia o ajena, la libra como si fuera la única, como si fuera la última.
Y sobre todo, se esfuerza por hacer el bien, para ser mejor, hasta llegar a ser el perfecto caballero que en realidad ya es. Se llama Miguel y tiene siete años.
Querido diario
Hoy hemos estado muy ajetreados ayudando a la tía Anna para adecentar la casa.
En efecto el abuelo tenia de ir a buscar a la estación de la ciudad vecina a la tía Henriette hermana de la difunta abuela.
Ya nada más llegar la tía se empeño en meterse con los chicos:
“¡ya no existen caballeros! Vamos Thierry ¡ya tienes edad para aguantarme las puertas! Y tú Antoine: ¡cogeme este maletín!… ¡sin arrastrarle!… Ah no Christine ¡no se te ocurra ayudarle! Recuérdate que eres una damisela… a pesar de que… a decir verdad… ¡una tabla de planchar!… ¡y estas greñas!…”
La odio… ¡la odio!… ¡¡la odio!!…
Hasta se metió con la tía Anna:
“¿Que tal anda su crianza de arañas querida?”
¡Meterse con la hada de esta casa!… ¡Que víbora!… ¡¡Que bruja!!
Al pasar a la mesa más de lo mismo:
“A ver gamberros ¿Quién me arrima esta silla?… a vuestra edad mis hermanos eran ya auténticos caballeros”
¡¿Cuando se ha visto Lancelot aguantar una puerta o una silla como un mayordomo?!…
Los caballeros aguantaban las riendas del caballo y el estribo de las damiselas como… como…
¡¡Ah no!!… ¡no me gusta esta imagen de caballeros serviles!…
“Dulce mi dama.
De sus labios anhelo,
vida, llamas.”
Tres versos en una tarjeta sin firma acompañando dos docenas de rosas rojas.
Sonrío y las coloco en agua.
La primera vez que le defendí conseguí que saliera muy bien parado. Multa de 800 euros y treinta horas de trabajos comunitarios. Minimicé el impacto de los daños causados en la central eólica y conseguí que no admitieran el vídeo de las cámaras de seguridad como prueba. “No eran molinos. Eran gigantes” me dijo, guiñándome un ojo. Hasta nuestro tercer juicio no me percaté de que realmente lo había dicho en serio.
Nucleares. Corrupción. Desahucios. Preferentes. Mil y una causas perdidas. Desórdenes, desobediencia, desacato. He perdido la cuenta de nuestras idas y venidas a los juzgados. De momento la suerte, mi pericia y su encanto le han ido librando de males mayores.
Una vez estuve a punto de sucumbir a sus desmanes y galanterías.
No resultó. Aún recuerdo el terror en su mirada, cuerda por un instante, ante la inminente amenaza de un amor real.
Así que, muy a mi pesar, me limito a recibir sus rosas.
De las costas se hace cargo su familia.
Hidalga, pero rica.
Afortunadamente.
El rey Arturo empieza a estar harto de ir a trabajar cada día a su oficina de la Tabla Redonda:
Tiene que aguantar que su esposa, Ginebra, no pare de tontear con su socio, el caballero Lancelot que sólo piensa en el buen yacer y el buen yantar.
Tiene que a aguantar que su Secretario personal, Merlín el mentalista, nunca esté cuando lo necesita.
Y que además, uno de sus ayudantes, el ínclito y puro caballero Galaad, haya perdido en una sola sesión bursátil todos los activos financieros de sus dos empresas: los dos magníficos parques temáticos de Camelot y Avalon.
Hace muchos siglos fui un caballero de los de la Tabla Redonda. Me quemaron en la hoguera por mis convicciones contra el misticismo, la reencarnación y mi ateísmo…: eran tiempos difíciles.
Un día desperté en una inmensa sala circular de brillantes baldosas bicolores, repleta de gentes calladas y de extraños y diferentes ropajes. Todos, movidos por una extraña fuerza, nos precipitábamos hacia uno de los lados de la gran sala de donde partían dos grandes cajas metálicas en direcciones opuestas.
En la puerta de una de ellas había un letrero que informaba: “al cielo”, y en la otra, un cartel similar que rezaba: “al infierno”. En medio de las dos había una placa dorada con instrucciones para tomar uno u otro de los extraños artefactos: se dejaba al libre albedrío la decisión del viajero según su propia conciencia; aunque con letras brillantes y luminosas se advertía del castigo eterno, en caso de una elección errónea.
Sin dudarlo elegí el infierno.
El Caballero Blanco preside la mesa cuadrada. A su alrededor, el resto de los caballeros recién nombrados asisten a su primera reunión. Sus miradas, antes de comenzar a hablar, se dirigen hacia el asiento vacío.
— Ayer — dice el Caballero Blanco — nuestro querido hermano, el Caballero del Halcón, cayó abatido en una terrible emboscada.
Los Caballeros permanecen cabizbajos un instante.
— Sus restos quedaron diseminados por la llanura.
— ¡Venganza¡ — gritan los Caballeros.
Y un griterío de júbilo inunda la sala.
— Al anochecer — dice el Caballero Blanco — saldremos en formación para culminar nuestra venganza. Renata, ese terrible animal feroz, pagará con su sangre por haber acabado con la vida de nuestro hermano.
En un rincón, Renata alza las orejas al escuchar su nombre. Observa la escena, resopla y vuelve a agacharlas para seguir dormitando.
Una voz femenina, surgida de las entrañas del castillo, llama al Caballero Blanco.
— Despeja la mesa, cariño, que es hora de cenar. Y recoge los trocitos del muñeco antes de que se los coma la perra.
Conocí a Luisa en primero de básica, donde juré convertirme en su paladín y defenderla de malvados villanos. Los años pasaron y mi amor creció como mi afan de protección. A mis dieciséis, seguía siendo su paladín… sólo su paladin.
Su llamada me sorprende, desde la desaparición de Antonio no me dirigía la palabra. Su vida ha sido un ir y venir constante. Pienso que simplemente quería huir de mi, pero el destino me ha hecho desplazarme casualmente a los mismos sitios que ella.
La cafetería está concurrida. Dice que no puede seguir, que su vida no es vida. Y no me extraña, Pedro es su sexto novio y en todos sólo había menosprecio y ofensas, falta de amor. Precisamente lo que a mi me sobra. Luisa llora y a mi se me rompe el alma. Le prometo que todo acabará. A nuestra edad creo que ya es hora de que ambos empecemos a ser felices.
Abro el maletero del coche y con cuidado, deposito su cuerpo en el suelo. Sus viajes de ida y vuelta han terminado. La dejo en compañia de Antonio, Juan, Alfonso, José y Alberto. Es lo mejor para ella.
De Pedro… ya me encargaré más tarde.
Lo malo es que siempre quiso ser un caballero, pero no uno de su tiempo, lo que quería era ser uno de armadura en pecho y a ser posible, de lanza y equino. Llevaba tan dentro el sentimiento que se convirtió en la persona más solitaria de su entorno.
De haber tenido la ocasión, habría lanzado una bala incendiada contra el adversario desconocido, desde aquel castillo semiderruido al que se empeñaba en subir cada día por el lado más abrupto de la ladera.
Un día en que su vida le pareció un sinsentido, cansado ya de hacer esfuerzos, decidió bajar por el camino más fácil y en el trayecto se cruzó con unos ojos inmensos, en un rostro armonioso. Pensó que sería bonito gozar del descanso del guerrero al lado de tan agraciada dama.
Hizo un intento de acercarse pero la mujer pasó de largo ignorándolo por completo.
Ella subía cada día para ver si desde la atalaya de aquel ruinoso castillo, divisaba al príncipe que siempre creyó merecer.
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas









