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Ella avanza con gran dificultad. Bien parece que no camina, sino que da diminutos saltitos. Él, unos metros más adelante y aparentemente impasible, espera. Dos lágrimas escapan de los ojos de ella cuando el dragón del miedo la acecha, “¿lo perderé? se pregunta, una y otra vez. Pero él siempre acaba conduciéndola a su castillo.
Cuando al final del día, y aún después de tantos años juntos, descansan cogidos de la mano, ella sueña que su caballero la libera, y él sonríe. Mañana saldrá de nuevo a salvar a su dama, no permitirá que el malvado Lord Parkinson la deje recluida en su torre.
—Era todo un caballero. De fino empaque y regias tierras. De arrogante perfil y escrupulosos modales. De fulgurante armadura y enérgica voz. De distinguida familia y tostada barba. De caballo ganador y rosados talones. De fiel escudero y amor imposible. De incontables hazañas y ligera locura. De vida épica. De muerte súbita…
—Muy bien, siga hablando. No deje de hacerlo. Vamos, continúe su… caballeresca historia. Le estamos escuchando. Caballero ¿me oye? no cierre los ojos. Hemos avisado a su esposa ¿Dulce? llegará en cualquier momento. Ya está aquí la ambulancia. ¡Pancho! ocúpate de acompañarle, yo tengo que cerrar la biblioteca.
Un caballero propuso a su criado como miembro de una prestigiosa orden. Le exigieron desafiar amorosamente a una joven bella e inocente. El señor que apostaba por el amor y sus códigos de honor ordenó al vasallo. —Sancho búscala y se galante. —
Cuando el sirviente la halló, le recitó atolondrado. —Si deseas felicidad comparte conmigo tu corazón— Notó su interés por el halago, y continúo hablándole. —Mira mis alas en el reflejo de esta fontana; danza con ellas y se inmortalizara tu alegría. — Mientras la muchacha, sorprendida, le tanteaba los hombros con afán de descubrirlas, el aliento enamorado penetró en ella. Los peces compusieron música de violines entre la espuma. El mármol se convirtió en mullido aposento. Las gotas formaron brazos de gigantes y aspas de molinos, salpicándole mágicamente susurros en los labios: —Señora— murmuraban, —observa los espejos de estas aguas; revelan arco iris, plateados pétalos de luna y destellos de estrellas… ¿Acudirás cada día al atardecer cuando las palomas dancen como alegres arlequines, y caminarás conmigo por la luz para llegar hasta las nubes? — La joven, con voz de golondrina acaricio y beso al criado; revelándole que nunca antes escuchara palabras tan aventureras como las pronunciadas por sus labios.
Nuestro estimado amigo
EDWINE LOUREIRO
quiere compartir con nosotros una doble alegría …
– ¿Qué es un caballero, mamá?
– ¿Por qué me preguntas eso?
– Porque ayer, el abuelo de Megan estaba oyendo una canción sobre algo así como un ‘caballero de fina estampa’.
– Pues debe de ser una grabación muy antigua.
– Sí, el abuelo me dijo que tenía un par de siglos.
– Entonces, mamá, ¿qué es un caballero?
– Hija, los hombres no siempre han sido damiselos.
– ¡En serio, mamá!
– Sí, hija, hubo un tiempo en el que los hombres eran los que mandaban y las mujeres se limitaban a servirles. Entonces, al igual que las mujeres de hoy, eran ellos los que luchaban por la protección del grupo defendiendo valores y enfrentándose a todos los peligros y como en la época pre-tecnológica iban a caballo, se les llamó caballeros. ¿No has oído hablar de Don Quijote de la Mancha?
– ¡Ni idea!
– Creo que lo reescribieron bajo el título de ‘La ingeniosa Dulcinea del Toboso’ y era sobre las aventuras de una mujer que se chifló de tanto leer historias de manga y se creyó que era un Pokémon que tenía que evolucionar…
– Ah, sí, y que evolucionaba en un bosón de Higgs…
Con sumo cuidado la apoyó sobre la mesa, con mimo la afiló y untó con la grasa, afanoso la limpió con un paño suave.
Su hijo que le observaba…
-Padre, ¿porqué tanto esmero?
-Un caballero ha de tenerla siempre a punto.
-Ya padre, pero a vos qué lo mismo os da, ¡para ese menester!
-No es lo mismo ¡pardiez!, mejor con una que brille, aguzada y pulcra.
Lozano cabalgaba. Ajusticiaba en su corcel.
Los reflejos y destellos lustraban la batalla.
Yelmo, peto, grebas… una a una fue desembarazándose de las piezas de la armadura con ayuda de un sirviente. Frente a él, la amplia ventana de sus aposentos personales, ofreciendo la amplitud de sus tierras. Esbozó un gesto amargo. ¡Tantas tierras y tantos súbditos! Tantos ojos que no le permiten alcanzar su deseo: campar desnudo y anónimo.
Abogada en paro aceptó el primer trabajo que le ofrecieron. Su hora de entrada era cuando cerraba sus puertas el museo y salía a altas horas de la madrugada. El silencio de la noche agudizaba sus sentidos y amplificaba cualquier ruido que se producía en las grandes estancias. Todos los días lo mismo, abrillantar, abrillantar, y si fuese una, vale, pero no, veinticinco. Y el miedo que le daban. Parecía que emitían un suspiro de placer cuando les frotaba el peto. Cuando terminaba, recogía sus cubos y bayetas con rapidez y hasta imaginaba oír un chirrido oxidado como si giraran el yelmo para verla marchar. En una ocasión, le pareció que una de ellas, la que tenía las grebas y los espaldares dorados, acercaba levemente su mano y le acariciaba el pelo. Llegaba a casa con el corazón en la boca. Tardaba en dormirme horas y sufría pesadillas recurrentes. Decidió dejarlo. Aquello era un martirio. Hasta que un crepúsculo, adornado con una espectacular luna llena, la número trece se arrodilló con cierto esfuerzo y pidió su mano.
Lo mejor de Martín Alvarado no era su fascinante capacidad para la memoria, sino el don (que sus amigos consideraríamos mágico) de poseer todos los recuerdos, de haber vivido infinitas vidas.
Cuando cada noche de viernes nos reuníamos para degustar aquellos relatos imposibles, Martín nos regalaba los detalles y las anécdotas de aquellas vidas, sus otras vidas, demostrando que sin ningún género de duda había pasado en primera persona por todas esas existencias.
Fue así como nos admirados de su estancia con Cervantes en la cárcel sevillana de la calle de las Sierpes, donde como compañero de celda pudo asistir a los primeros bocetos que Don Miguel trazaba de Alonso Quijano y su imperecedera obra maestra.
Cuando nos narró que en la hostería de San Felipe y entre jarras de vino Don Francisco le confió que, hastiado por la decadencia moral de España, había soltado por Madrid una letrilla satírica en la que calificaba al dinero de “poderoso caballero”, hubimos de reír hasta las lágrimas.
Sobre las verdaderas causas de las muertes de Julieta e Isabel de Segura nuestro amigo nunca nos habló, porque Martín Alvarado era ante todo un caballero.
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