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Era el día 31 de Enero del 2084 y sus problemas se habían terminado.En los últimos 30 años en la vida de Pastor los sucesos se habían convertido en su historia.Cada año que pasaba veía como las fuerzas le iban faltando, pero tenía que ser fuerte y alcanzar su meta.
Llegar al año 2084 le bríndaría el hecho de poner fin a su dolores de cabeza, a la incertibumbr del mañana.
En todo este tiempo había visto casar a su única hija y nacer a su único nieto, pero también viera morir a sus padres ya ancianos y vió tambien morir a su mejor amigo víctima de un accidente de carretera.Durante todos estos años se percató de que el estar al lado de su compañera y esposa era la mejor compañía para el viaje.
Ahora ya podía vivir tranquilo el resto de los años que le quedaran con traquilidad, ya que había terminado de pagar la hipoteca que durante los últimos 30 años habia atenazado su vida diaria.
Mira impasible el ondulante movimiento de los visillos.
El débil sol de marzo quiere entrar por la ventana pero le resulta imposible. El duelo inunda la casa, la habitación, su alma. Desde el día en que el vuelo 2084 con destino Madrid desapareció en el Atlántico y no volvió a ver a su marido y a su hijo lo único que hace es mirar el cielo a través de la ventana de su dormitorio.
Sólo piensa en el avión, en estar junto a ellos, en otro mundo, en otro espacio, pero con ellos.
─Abuelo, me llevas al zoo?
─ Te he dicho mil veces que no me llames así. Soy tu tutor senior de adiestramiento. Y no es un zoo, es una bio-reserva de análisis de conducta. Ya deberías saberlo. ¡Hace dos semanas que te instalaron el software pre-adolescente 2.0!
BX-512 asiente dócil, pero configura una mirada suplicante con un 12% de terquedad y leve expresión traviesa que hace suspirar al anciano. Este, resignado, coge la mano de su nieto-ciborg de tercera generación con sólo un 25% de ADN humano, y juntos se encaminan al “zoo” bajo un cielo inoxidable.
Cuando llegan, el sol rezuma unas últimas llamaradas desvaídas antes de que el firmamento se plague de estrellas borrosas. Luciérnagas que persisten sobre la atmósfera contaminada. BX-512, con la nariz pegada al cristal polarizado, observa curioso. Al otro lado, ajena a todo, una hembra 100% humana amamanta un bebé bajo una higuera. Más allá, una joven pareja copula tras unos arbustos, entregada a un frenesí salvaje.
─¿Qué hacen, abuelo?
El viejo calla. Un fluido salado y caliente desborda su lagrimal y repta lentamente rostro abajo.
─No lo sé. Ya no lo recuerdo.
Sobre ellos, la Estrella Polar titila, quizá por última vez, indecisa.
—Winston y Julia fueron los primeros, pero a lo largo de los años hubieron otros como ellos.
—Continúe, comandante.
-—Por supuesto siempre nos encargamos de ubicarlos y reacondicionarlos; en algunos casos se tomaron medidas… extremas. Sin embargo, meses antes de nuestra derrota, hubo una pareja que huyó hacia la frontera, a la zona de guerra, donde era imposible que sobrevivieran.
—¿Has escuchado, abuelo? Hablaban de ti y de la abuela Ann.
—Así es, ¿dónde encontraste esa grabación?
—En el archivo público mientras buscaba información para mi clase de Inculturas. Con el lenguaje tan limitado de aquellos días, debió haber sido complicado expresarte, ¿cierto?
—Gracias a la historia ahora sabes que únicamente los líderes de aquel extinto estado conocían el idioma por completo. En cambio, los pobladores comunes solo disponíamos de 284 palabras. Comunicarme con tu abuela fue difícil y no. Eres joven aún, pero algún día comprenderás que de la misma manera en que se cometen actos innombrables, así mismo el amor no necesita de un nombre o de palabras para existir y darse a entender.
Hace dos días que he desaparecido socialmente, es decir, que no me encuentro registrado en ninguno de los controles denominados “socializadores”. He huido de sus dominios. Lo peor de esta situación es que en 48 horas me insertarán en ella, quiera o no. Debo evitarlo, pero ya les aseguro que no es tan fácil como esfumarse. Existen dos variables para evitar la reintroducción social y romper el chip insertado en mi córtex cerebral. Una es el amor. Enamorarme de otro desaparecido y dejarnos engullir por las sensaciones perdidas, por la añoranza de los besos y por el vago recuerdo de un te quiero enredado en suspiros. Demasiado poco tiempo para no convertirse en calco carnal del mundo que he abandonado. Pocos huidos han obrado el milagro y evitado la reincorporación por este camino. El otro es pura literatura. Arrojarse a la Parca, esperar su abrazo y dejarse arrastrar hasta el mar infinito, al que las crónicas denominan Libertad. Aquí el problema es el valor que se le dé a la siguiente pregunta: ¿desaparecer para siempre o aceptar la reinserción social para continuar huyendo?. Y al contestarla, comprendes que tu vida es una controlada farsa de un inexistente futuro.
Mientras me cepillaba los dientes descubrí que tenía tatuado el número 2084 en la frente. Tras enjuagarme apenas la boca, salí del baño a las zancadas para enseñárselo a mi mujer. Ella me miró seria, luego se rió, me besó con ternura en la frente y me preguntó qué quería desayunar. «Un té de tilo», le dije, y regresé al baño. El número, pese a la incredulidad de mi señora, aún persistía de lo más orondo; sin embargo ya no se trataba estrictamente del mismo: había mudado a 2083. Entonces tuve una intuición: cerré los ojos durante un instante, y al abrirlos, el número había vuelto a menguar. Con el correr de las horas, además, establecí que no sólo mi esposa era ciega al tatuaje… Esto en parte me tranquilizó. Pero recién pude retomar mi habitual sosiego algunos días después, cuando, en coincidencia con la aparición del número 1984 en mi frente, el hallazgo en un baño público del libro homónimo se convirtió en una especie de señal para abstenerme de los espejos.
http://elefantefunambulista.
RELATO FUERA DE CONCURSO, YA QUE SU AUTOR ES JURADO ESTE MES
Querida Alicia:
El día que tú naciste, allá por el 2084, hacía ya muchos años de la muerte del último conejo blanco que ya nunca llegaría tarde a ninguna parte. Todos sabíamos que ya no quedaban sirenas ni vida en los mares, que para ver un bosque había que ir a un museo y que comerse unos buenos huevos fritos con chorizo de pueblo era solo el recuerdo de otros tiempos. Era el precio de la evolución, o eso decía la mayoría. Tu abuela nunca lo creyó. Ella insistió en que tuvieras un nombre de los de antes, y no esa combinación de letras y números que tanto se había popularizado. Además, me hizo prometer que, cuando fueras mayor, te entregaría la caja que guardó media vida bajo su cama. Te confieso que no pude evitar la curiosidad, ni mi sorpresa al descubrir una colección de semillas cuidadosamente catalogadas y con meticulosas instrucciones. Desde entonces, cada vez que puedo, visito el Jardín Botánico y, aunque esté prohibido, me guardo en los bolsillos puñados de tierra. Ahora tienes dos cajas. La de la abuela y la mía. El futuro está en tus manos.
Su abuela le había contado que, hacía sólo unos años, el agua de lluvia no se recogía en centrales hidráulicas, sino que se dejaba correr libre por calles y campos formando ríos que con fuerza desembocaban en el mar, y que el agua fluía libremente en las casas por unos artilugios llamados grifos. Le había dicho también que la gente se bañaba, introduciendo su cuerpo en el preciado líquido, dentro de algo llamado bañera y que allí dentro los niños como él jugaban con barcos de papel y burbujas de jabón…
Todo esto no podía ser verdad, pensaba para sí mientras los iones de oxigeno le hacían cosquillas por el cuerpo a la vez que lo aseaban. Le encantaba la sesión de limpieza mensual en las cabinas oxigenadas. Podía cantar, reír y sobre todo, pensar en las cosas que le contaba la abuela.
Seguro que los niños del pasado, en su bañera, no disfrutaban como él.
Con instinto incontrolado Elsa posó su mano en el vientre. No hubo acusación alguna a ese gesto prohibido por parte de las mujeres que compartían la cámara automatizada para la gestación.
La muerte de las miradas y la salvaje escisión de los sentimientos habían por fin abolido a los traidores. Los supervivientes ya no opusieron resistencia y todos los habitantes se rindieron al nuevo sistema. Todos.
La Madre Naturaleza no hizo más que sentir esa vaga tristeza de los perdedores y esperar el momento del desplome del nuevo mundo. Y como un hilo de esperanza observó los dedos de ella acariciar el pálpito de las patadas del embrión fecundado.
¡El dos¡
¡El cero¡
¡El ocho¡
¡El cuatro¡
Unos niños con uniforme levantan los cartones. En ellos se leen los números recién cantados. El sonsonete de su cantinela me machaca el cerebro desde hace noches. Un sueño recurrente que me persigue hasta llegar al Ministerio del Pensamiento. Es algo del pasado, un recuerdo de mi infancia, quizás, pero que muere en cuanto atravieso el umbral y los inhibidores hacen mella en las neuronas. El número me resulta indiferente. Sin embargo, ese sonsonete…
En los Dos Minutos del Odio he cruzado mi mirada con una mujer, una de esas de la Liga Juvenil Antisexo. Y el recuerdo ha regresado como un flash. Puede que haya sido un fallo del inhibidor. He intentado mantener la compostura ante la telepantalla y canalizar mi desconcierto, en forma de odio, hacia el rostro de Goldstein, el traidor.
Al finalizar los dos minutos, tras la frase de La Ignorancia es la Fuerza, la mujer se ha detenido un instante junto a mí. Ha cantado la cifra en mi oído y ha añadido algo sobre unos niños. La he mirado sorprendido porque ya no sé qué ha querido decir.
Desde mi burbuja, veo transitar con calma a la gente. Poca gente, en realidad. Deben guardar sus reservas.Todo el mundo conoce la fecha del primer pago, pero nadie sabe exactamente cuándo empezó a escasear. Probablemente nos avisaron durante mucho tiempo, pero no les creímos.
Tampoco yo sé por qué, precisamente ahora, me pongo a pensar en ello. Debo estar perdiendo lucidez. Hoy no pude pagar.
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