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De las 2084 margaritas deshojadas hasta ahora, ninguna le regala las 2 palabras que más anhela. Quizá, si te cuento que su corazón late a 0ºC de temperatura media, el exterminio floral te parezca naturalmente obvio.
Hace 8 días que duerme tumbado sobre un colchón de níveos pétalos. Atención. El crucial sueño florece ya en el campo. Una muchacha le sonríe; hasta le guiña un ojo. Lleva 4 margaritas prendidas en el pelo. Un etéreo vestido amarillo es el botón central de tan silvestre flor. Azorado, nota un fuerte bombeo en el pecho. Le fluye la sangre, caliente. Ella se le acerca al oído. —La respuesta que deseas, adorna mis cabellos —susurra la autómata.
Nos reunimos como cada atardecer alrededor del suero vital. Después de ingerir la dosis diaria nos estiramos en los sofás de olas de gas para digerir y contemplar el universo. La mayoría se deja ir, sin oponer la más mínima resistencia, derrotados por la belleza de Andrómeda, tan cercana. Cuando yacen imperturbables, adormecidos por los cantos de las estrellas a través de los auriculares, saco el visor turístico de color verde que encontré entre las pocas pertenencias terrenales de mi abuelo. A pesar del saqueo sistemático a sus recuerdos al llegar a este planeta, algunos pudieron esconder reliquias que se han convertido en objetos deseados y valiosos por los que estarían dispuestos a cometer crímenes. Al pie de la única imagen visible en la pequeña television de juguete, hay una inscripción: La ciudad de los enamorados y de la luz. Observo un montón de hierros tapando un atardecer en la Tierra. No entiendo el sentido de aquellas palabras y decido enseñar el chisme a los demás. Niegan conocer el lugar. Sólo uno de los más ancianos mueve tembloroso las comisuras de los labios, incapaz de contener unas burbujas de melancolía.
—Karinita,vení,tengo algo para darte.
—Lo que te voy a dar es algo que guardé por muchos años, y ahora que el abuelo ya no está, quiero dártelo a vos, porque sé que lo cuidarás más que nadie.
Me acerqué a mi abuela mirándola a sus ojos, con una mirada compinche.Me esperaba con un montón de cartas en sus manos, atadas con una cinta ancha y brillosa color azul y finos hilos amarillos y rojos.
—Estas cartas me mandaba tu abuelo cuando éramos novios, día tras días, mientras cumplía el servicio militar.
Mi rostro se transformó en expresión de ternura, teníamos una complicidad única, fue el regalo más hermoso que me dejó. Ella lo sabía. Me senté bien pegadita a ella y leímos una a una las cartas que confirmaban en cada frase de amor, cuánto la amaba mi abuelo.
Yo la quise más que a mi propia madre; me dejó los recuerdos más felices de mi vida.
Dos mil ochenta y cuatro días pasaron de su partida. Pasan los años y aún así, extraño y necesito su tierna mirada y sus sabias palabras.
20.8.2084. 20:37 horas.
El Departamento de Natalidad recibe una petición. Se registra una vacante para un barón caucásico. Se pone en marcha el procedimiento y se activa el biorreproductor. Se introduce el óvulo fecundado y se inicia la rutina de desarrollo.
El Departamento de Control asume el incidente y sanea la zona.
El Departamento de Registro anota: El individuo A7-B 22522 ha decidido morir. Iniciado proceso de sustitución.
«… de 2084. Temperatura 12º. Llueve. Terapia a las diez. Faltan cincuenta minutos…»
El tiempo justo para ducharme, desayunar y vestirme. «Falta de hierro, potasio y magnesio. Colesterol alto.» Oigo a la máquina mientras me acabo de desnudar. Extiendo la mano hacia la abertura en la que se han deslizado los medicamentos y el vaso de agua al efecto. Me los trago sin pensar.
Maldigo los días de lluvia porque siempre me pongo melancólico. Rememoro viejos tiempos. Salgo con el chubasquero y camino. No me apetece ir a terapia. Al pasar por una estrecha callejuela veo a una mujer que me mira directamente a los ojos incitándome… ¿Una nostálgica como yo?
No pierdo nada por acercarme. No me equivoqué. Al llegar a su lado me toma la mano y me lanza un guiño. El bulto de mi pantalón crece por momentos. Hoy no necesitaré terapia. Tendré sexo natural, como antes. Detrás de un contenedor, me abre la bragueta mientras le subo las faldas. Como animales deseosos de sexo nada más nos dejamos ir. Al terminar, sonrío.
─Hoy no necesitaré terapia. Soy adicto al sexo.
─Yo tampoco ─responde ella. Soy una psicópata asesina y disfruto matando tras el coito, cariño.
El hombre mira por la ventanilla y siente una mezcla de rabia y tristeza.
Pronto comenzará la destrucción de la Tierra: los mares se desbordarán arrasando pueblos y ciudades; incontables terremotos abrirán grietas vertiginosas, precipicios sin fondo; soplarán huracanes capaces de llevarse bosques enteros; largas sequías transformarán campos en desiertos; lluvias incesantes cubrirán las montañas más altas; día y noche se confundirán; plagas, enfermedades, se propagarán por todos los rincones… Muchísimas personas decidirán suicidarse. La Vida se extinguirá.
Un feroz rugido le hace volver la cabeza. El tigre de Bengala recorre su jaula mostrando colmillos, lanzando zarpazos entre los barrotes.
Los demás animales parecen tranquilos. Juegan los chimpancés. Pasean los camellos. Rumian vacas, ovejas y cabras. Saltan los delfines. Ponen huevos las gallinas. Sacuden las crines los caballos. Vuelan las golondrinas.
El hombre abraza a la mujer que lo acompaña. Mientras la nave atraviesa la atmósfera ambos permanecen en silencio, viendo empequeñecerse la Tierra hasta convertirse en una perla azul. Cuando alcanzan el espacio exterior, ella dice: «Encontraremos un nuevo hogar«. Y se acuestan uno al lado del otro.
De las ramas del olivo surge una alegre mariposa. Revolotea anaranjada y se posa en el abultado vientre de la mujer.
Julia andaba de forma pausada, sin prisas, parecía pensativa y triste, las manos sobre el pecho, en sus labios, en apenas un susurro, una oración. Realmente, pensaba, no tenía una necesidad imperiosa por llegar. ¿Para qué correr si en definitiva siempre iba a ser lo mismo? Además, desde donde estaba veía perfectamente que seguía sin haber acuerdo, no parecía que se fuese a solucionar en ese día del año 2084 ¿Y en qué se había cambiado? Tenía setenta y ocho años, cincuenta y tres desde que llegó a la congregación. ¡Y nada había cambiado! Una pesarosa mirada a la vieja chimenea de la Capilla Sixtina la devuelve a la realidad, es un hecho, el mundo… tiene otro PAPA.
Rosario, México, 23 de Mayo de 2084. Hoy, a petición de mi padre comienzo este diario. Esta tarde nos ha desvelado lo que lleva tanto tiempo ocultándonos. Es el mayor estudioso de la obra de Julio Verne y de niño me fascinaba los cuentos con los que nos sumergía dentro del Nautilus. De joven cuando dimos la vuelta al mundo en 80 días, y luego en 80 horas, y en 80 minutos… qué locura… Y claro, al cumplir los 18 que nos llevó de fiesta sorpresa a la Luna… Cuando descubrieron la entrada al centro de la tierra todo cambió. Musitaba que solo faltaba uno, solo uno. Se encerró durante un año interminable en su despacho con cientos de ordenadores simulando Dios sabe qué… Después se emperró en que aprendiésemos supervivencia extrema, a plantar semillas, a navegar, en fin, cosas del siglo pasado. Al principio fue divertido, pero el día que insistió en venirse a México y comprar un barco, pensamos que el pobre no estaba bien… Hoy me ha demostrado que mañana se cumple la predicción. Hemos dudado sobre cómo bautizar al navío: unos decían Adán, otros Noé, papá insistía en Verne. Al final todos hemos aceptado “eternidad”.
Tras haber visto una antiquísima película de finales del siglo veinte y haber releído unos artículos publicados en prensa en el ya remoto 2012, el ingeniero de realidad virtual Juan Mukanda Yu había retomado la hipótesis de trabajo, largo tiempo olvidada, de que lo que llamamos mundo es una simulación informática. Aquella noche de otoño de 2084, iluminado por la leve fosforescencia de su multipantalla 3D, que flotaba como un planeta azul y translúcido frente a sus ojos, logró aislar la secuencia primigenia de comandos de la que emanaba todo, y tuvo la certeza de que Dios había sido un ingeniero informático. Bastante chapucero, por cierto.
RELATO FUERA DE CONCURSO, YA QUE SU AUTORA ES JURADO ESTE MES
Estaba desesperado. Tenía una crisis de identidad aguda. De repente se vio inmerso en un mundo tan desconocido como solitario y entro a formar parte de esa comunidad tan desprestigiada llamada soledad. La vida ya no era la misma, la ciudad ya no era la misma. Todo había cambiado abruptamente. Es el daño colateral que conlleva el haberse olvidado del código pin. Sin ese código, ninguna puerta se abriría ante él. Sus amigos sólo existían detrás de esos cuatro dígitos que no podía recordar. Era imposible comunicarse con nadie, su campo estaba desierto, lo había perdido todo. Intentó recordar las palabras exactas que decía su madre cuando no encontraba las llaves de casa. Era algo así como una plegaria, una invocación. Se arrodillaba, juntaba sus manos, cerraba los ojos y musitaba palabras fervorosas. Él se reía al verla en ese estado reflexivo y místico. Le resultaba extraño y hasta casi tonto, pero la realidad es que las llaves siempre aparecían. Así que hizo lo mismo, se puso de rodillas, abrió el viejo misal de su madre y leyó el salmo 2084.
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