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Cuando despertó sintió un nudo opresor en la garganta. Le costaba respirar. Sentía turbia la mente y una cinta de confusión cruzaba por encima de sus ojos. Se esforzó en recordar los acontecimientos de la noche anterior. Miró a su alrededor. Libros abiertos rodeaban su cama y yacían desordenados por el suelo: Galeano, Monterroso, Blanco, Flores, Lew, Horno…., los mejores microrrelatistas del momento le habían emborrachado de historias la noche anterior, cientos de palabras se apelotonaban aún en su garganta. Curiosa forma de acabar el año. A otros les da por beber champán y comer uvas –pensó-.
Se incorporó despacio esquivando los libros esparcidos por la alfombra. Comenzaba 2013, ¡qué las musas me acompañen!, vociferó feliz, y se encaminó a la ducha seguido por duendes, hadas, unicornios y otros seres, decidido a despejar su empacho de palabras.
Cuando despertó en la sala de operaciones, cuatro pares de ojos le miraban, desde diferentes alturas, bajo una cegadora luz cenital.
Recordaba haber contemplado las escenas más importantes de su vida pasando vertiginosamente ante él. Recordaba un espacio luminoso que le había atraído irremediablemente…
-Creí que te íbamos a perder.
-¡Has tardado tanto!
Le costó reconocer los rostros que le observaban anhelantes. Mamá estaba igual que la última vez: arrugadita y con esa niebla en el azul desvaído de sus iris. A su lado papá, como en las viejas fotos, se conservaba aún joven y con el cabello oscuro que empezaba a clarear. Escuchó los ladridos de gozo inconfundibles de Cuca, su añorada perra de aguas, y sintió cómo se ponía de patitas para lamerle las manos. Jaime no podía disimular, con sus movimientos nerviosos, la felicidad del reencuentro. Tantos años transcurridos y seguía siendo un niño.
Blog = cantabriaendoslatidos
Sobre el seco junquillo de cerbellán, que encamaba el plato agujereado de cerámica amarillo-verdosa, mi tía abuela, la brava Rosa, aplastaba el requesón.
Diariamente elaboraba quesucos, que dejaba airear a la oruna del cubío familiar.
Los sábados, a la luz del lubricán, recogía en su cuévano los que habían oreado una semana e iba a pie, por el camino real de Mirones, desde Miera al mercado de Liérganes.
Aquel día, entrada en fechas, repitió esa rutina.
Al regreso, sintió el parto, se acurrucó en un remanso del río y empujó la vida desde su vientre.
No hubo que darle azote, nació llorando y el rumor del agua lo calmó.
Rosa ató el cordón umbilical con la cinta de su delantal.
El Miera fue la única comadrona presente; sus aguas limpiaron a la criatura.
Tapó al niño, lo colocó en el cuévano y reemprendió, mareada, el camino a casa.
De paso, en las ánimas de Mirones, encomendó la criatura a la Virgen de Miera.
Entró:
-José, traigo un nuevo inquilino, cuídalo. Me voy a acostar. Estoy cansada.
Cuando despertó, besó tiernamente al pequeño.
Así, el río bautizó al que fuera “tío Vidal”.
Como el Miera, resultó generoso, alegre y muy vital.
Cuando me desperté era imposible definir a qué olía el aire. Podría ser la brisa marina. Tampoco reconocí el lugar… ¿un barco tal vez? Ni la compañía…
Terminado el mes de diciembre… 152 cuentazos
Terminado el chat… ha sido muuuy divertido
A punto de terminar el año… se verá, se verá
¡Comenzamos la convocatoria 2013!
Mañana publicaremos el blog completoa lo largo de la mañana. Pero a petición de alguna solicitud os advertimos que las bases apenas han cambiado… Un resumen muy resumido de lo más básico…
Sin esperarlo, iba a pasar una noche muy emotiva. Este año más que nunca me hubiera gustado bajar a una de mis abuelas de una estrella.
Pasé la Noche Buena más linda que recuerdo. En la familia donde pasamos esa noche, había una abuela, en sus ojos noté magia, conexión y no se despegó de mí. Claro, luego observaba lo siguiente. Los hijos se la pasaban como pelota unos a los otros, los nietos, ya grandes, ni un beso le dieron al llegar. Comió solita porque a las ocho de la noche tenía un hambre que no veía decía ella, jaja.
Yo era la única que le daba charla. Iban llegando los demás y a la hora de cenar… faltaba lugar en la mesa asique la abuela, al rincón, detrás nuestro. Me levanté, la senté en mi silla. No veía la voluntad del resto, decían que estaba cómoda en su sillón. Lagrimeando conseguí que desde ese momento “noten la presencia de la abuela\» no pararon las risas cuando la abuela chillaba a uno de sus hijos como si fuera un niño. Era una extraña para mí, pero la disfruté más que nadie. Papá Noel, me dio mi regalo.
Las oxidadas paredes metálicas, antes relucientes, declinan su peso sobre Richard.
Él no puede más que sostenerlas para que Allan y Edgard puedan seguir erguidos sobre el techo de la decrépita habitación.
Todo se sustenta en la fuerza de Richard.
Si decide soltar las paredes puede que éstas caigan sobre su fornido cuerpo. Si decide continuar como hasta ahora, Allan y Edgard seguirán manteniendo su estatus y él perecerá de agotamiento.
Su tribulación no debe ser indefinida, piensa Richard, debatiéndose continuamente entre seguir con amargura su destino impuesto o soltar las paredes para poder salir de la inhóspita habitación y respirar aire fresco.
La decisión no es fácil, puede perecer en el intento o sentirse tan libre como los de arriba.
El calvario no puede ser mayor que el que ahora padece. Respira hondo, medita por un instante, pide fuerzas a sus ancestros y ¡Suelta las paredes que le ahogan!
La pesadilla ha terminado, se encuentra a la misma altura que Allan y Edgard.
El aire es limpio, huele a Navidad y a madera en las chimeneas, el sol brilla para todos. Por fin libre. A veces hay que mirar de frente a lo que más temes para que desaparezca.
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