¿Te falta alguno de nuestros recopilatorios?
PREMIO A CURUXA 2024
PREMIO SENDERO EL AGUA 2024
***
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas


Unos zapatos manchados con tres pequeñas gotas de pintura verde cambiaron mi vida. Sucedió aquella Navidad, de niño, cuando los Reyes Magos vinieron por primera vez a nuestro barrio. Mi hermano y yo, que muchas veces jugábamos a ser astronautas o exploradores en África, nunca habíamos soñado con poder hablar con Baltasar, nuestro rey favorito, y ahora que teníamos la oportunidad dependíamos de que alguien nos llevase a la recepción real. Con papá no se podía contar, siempre trabajando, siempre de mal humor; menos mal que a mamá la dejaron salir antes del taller de costura y, aunque casi al final, llegamos a tiempo.
No sé si fue por la emoción o por la tensión de la espera hasta el último minuto, pero me quedé mudo y, para colmo, se me cayeron los caramelos que me había regalado Melchor. Fue al agacharme a recogerlos cuando nació mi vocación de detective. Allí había un misterio que desentrañar: papá era pintor, y Baltasar llevaba sus zapatos.
Esta Nochebuena cenamos con tío Andrés. Puntualmente, a las ocho y media nos reunimos en el portal para subir por las escaleras animando con panderetas y zambombas. Elena es la más joven, tiene dieciocho años. Termina de adornar el pino y enciende las luces, juntos cantamos “Noche de paz”. Tras alguna lagrimilla emocionada del tío, nos sentamos a la mesa, sobre la que desfila el consomé, el asado, marisco y vinos. Engullimos con avidez los alimentos entre risas y los chistes del tío. Dentro, en el salón todo es alegría y calma, fuera está nevando. Ya en los postres, compartiendo turrón y frutas escarchadas, repartimos los regalos y el tío, nos muestra su álbum familiar: fotos de navidades pasadas, cuando vivían sus padres y él era un niño. Los juguetes, las velas, en ellas se perciben la inocencia y los sueños infantiles. El tío se ausenta unos minutos del salón y yo aprovecho para sacar la agenda
– Mañana nos reuniremos en la calle Roble nº 6, se trata de un hombre de ochenta años, al que debemos llamar abuelo Felipe, si le gustamos nos contratará para el día de Reyes.
Aquella Navidad, de niño, calculé que en el 2045 yo tendría cuarenta y siete años. Me veía en el futuro, tan feliz como lo era entonces. Recuerdo a mi madre y mis hermanos adornando el árbol, un pino recién traído del monte por mi padre. Algunos regalos se repartían entonces y otros el día de año nuevo. A mí me tocó la maqueta para armar de un transatlántico, porque siempre decía que de mayor quería ser capitán. Ahora se aproxima el 2045. Ya no hay navidad, muerta como todos mis familiares junto con millones de seres en la gran guerra. Y tampoco nacen más niños.
Me gustaba observar a los gatos en el tejado. Se reunían cada noche después de la cena para departir placidamente en su idioma gatuno.
Laila la gata más hermosa, lamía sus patitas acicalando su mullido pelaje.
Un día por navidad siendo un niño, me pregunté qué había sido de Laila, aquella hermosa gatita presumida. El abuelo había vomitado la cena y yo había encontrado el collar de la minina en el patio, cerca de la cocina de mamá.
HABÍA SIDO UNA MUY-MUY MALA EPOCA… MI PAPI SÓLO NOS PUDO TRAER, PARA LA CENA DE NOCHEVIEJA, UN PAR DE CANGREJOS DE LOS MANGLARES. MI MAMÁ LOS ASÓ ENTRE HOJAS DE BANANO…¡ESTABAN MUY BUENOS! MI PADRE, CON LAGRIMAS EN LOS OJOS, VOLVIÓ A COGER LA CANOA…ME HUBIERA GUSTADO MUCHO IR CON ÉL, PERO YO ERA MUY PEQUEÑO Y ERA MUY DE NOCHE, MUY DE NOCHE…
HOY, CUARENTA AÑOS DESPUÉS, NO LLEGO A SABER CÓMO MI MAMÁ LO DEJÓ SALIR TAN TARDE.
En 1960 contaba seis años. Mi ilusión era volver a estar con los abuelos. Solo les había visto una vez y era tan pequeño que apenas les recordaba, aunque tenía la necesidad de sus manos cálidas y huesudas y sentirme acurrucado por ellos.
Esa Navidad mis padres me prometieron que los Reyes Magos nos harían un gran regalo. Pasajes en tren directo a Madrid y más tarde, otro hacía los olivos de Jaén.
Preparamos las maletas y ayudaba en lo que podía o más bien entorpecía, pero estábamos tan ilusionados que no importaba lo que hiciera. Conocí a mucha familia, recogí aceituna con todos y pude gozar del cariño de aquellos viejecitos que me dieron tanto.
Cuando terminé mis estudios, volvimos para hacernos cargo de la poquita tierra que se convirtió en nuestro orgullo.
Hoy mientras recuerdo todo esto, de nuevo me dirijo a ese país a ganarme un sueldo. La ventaja es que conozco el idioma y las costumbres, los amigos y parientes que me acompañan lo tienen más crudo.
La fría noche obliga al caminante a buscar refugio entre los establos del lugar, cansado se recuesta plegando sus alas; mecido con el murmullo de bueyes y mulas, sueña con un niño que tiene el Universo en los ojos y los pies en la Tierra. Dios de los mendigos, del pan y el hambre; Hijo de los hombres atormentados, afligidos, perseguidos.
Un niño con cicatrices en la frente y una eterna llaga en el costado.
Despierta sobresaltado, se pone en pie, Egipto le espera.
Aquella navidad, con treinta y dos años, disparé a mi padre por la espalda. Fue en un callejón a trescientos metros de mi antigua casa. Tuve cuidado y planificación. Caso cerrado. Ningún policía se preocupó de un borracho muerto, conocido en el barrio por buscar a algún primo que le pagara unas copas en algún tugurio mugriento. Creí que la venganza me permitiría seguir adelante. Pero nada ha cambiado. Ella sigue muerta.
Aquella navidad, de niño, mi madre me regaló una pistola de juguete. Era plateada, futurista, con luces rojas y sonidos espaciales. Con esa arma disparaba a mi padre cada vez que ella recibía una paliza. El anhelo de que una bala de verdad saliera de aquel trozo de plástico se disipaba cuando él terminaba con mi madre y empezaba conmigo.
Aquella navidad, de niño, le pedí a Papá Noel, en la carta, que me regalara una mascota. Mi viejo me despertó el viernes de víspera bien temprano y me llevó al refugio de animales de mi barrio. Me dijo que allí el gordinflón del Polo Norte me había dejado mi obsequio para que yo lo eligiera. Con mi renguera que enlentecía mis pasos, vagué por los pasillos contemplando los miles de animales solitarios encerrados en las frías jaulas, hasta que me topé con el indicado. Le faltaba la mitad de una oreja, aunque mantenía en alto el extremo restante, una cicatriz le cruzaba el cerrado ojo derecho y una pata trasera brillaba por su ausencia. Lo miré por unos segundos como él hizo conmigo, cada uno sopesaba al otro.
—Este —indiqué, mientras apuntaba con un dedo en alto al castigado espécimen.
—¿Seguro? ¿No quieres uno… perfecto? —me preguntó con una leve vacilación en la voz.
—Este es perfecto para mí —afirmé, mientras pensaba que ya sus amigos no lo elegirían para jugar al fútbol ni lo invitarían a andar en bicicleta.
Al muñeco de nieve lo han decorado este año los niños con especial interés: sus ojos son dos caramelos, la nariz un pirulí ¡nada de zanahorias!, la boca un corazón de gominola… Por una vez se ha librado de la apestosa pipa del abuelo. Acostumbrado a que le dejen solo en el jardín, hoy se siente el rey de la casa: la familia al completo está reunida en torno a él.
Y ello gracias a la señora Jones, que esta noche improvisando lo ha elegido para presidir la mesa de Nochebuena. Todo va bien hasta que llegan los postres y ve acercarse una amenazadora cuchara a su cuerpo de merengue.
Oro: dos padres jesuitas visitan a los presos, como dicta el evangelio. Entregan un fajo de billetes al alcaide, como reclama la coima colombiana. Salen tres religiosos y huyen por la selva hacia Venezuela, como apremia el sentido común.
Incienso: durante un mes, el capitán mercante recobra fuerzas y repone el alma escondido en la sede de la compañía de Jesús. Aires de esperanza soplan hacia Europa en valija diplomática.
Mirra: los funcionarios del ministerio de exteriores no piden pasaporte al jesuita pálido y enclenque procedente del vuelo Maracaibo-Madrid.
Nochebuena: Tres coches del ministerio viajan al norte, y se detienen en un portal de Bilbao. Una familia recibe el mejor de los regalos: El padre ha renacido, los reyes este año se adelantan y los camellos se quedaron en el oeste. La estrella vuelve a brillar. Feliz Navidad.
Había llegado Navidad y no tenía nada que festejar, frente a sus ojos, se deshacía una botella de ron borracha,mientras adentro, se evaporaban el divorcio, el desempleo y sus dolores constantes. La soledad era la única invitada a la mesa de viandas de “caliente y sirva”.
Entonces entre el ardor de la garganta y la gelidez de su corazón, pasó por la tibieza de los recuerdos de aquella navidad roja, la que pasara en casa de sus abuelos paternos a los siete. Cerró los ojos y desprendiéndose de su cuerpo, voló como ave a su pasado.
Ahí estaban los parientes y el turrón, las campanitas y los leños ardiendo, las estrellas diamantinas y sus zapatitos de charol. Aspiró los olores, disfruto los sabores y se llenó de la magia y las luces de ese momento ensoñador.
Nunca pudo y nunca quiso volver, su única amiga la encontró en esa especie de delirio, todos estaban preocupados mientras ella se quedó fuera de su realidad en un sanatorio psiquiátrico. Nadie comprende que ella es feliz, allá en su navidad roja.
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas









