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El niño se acostó con cuatro años y cuando despertó ya había hecho la primera comunión. Decidió dormir un poco más. Al volver a despertar, tenía dieciséis años. Acabó el instituto y descansó, para cuando volvió a levantarse terminaba la carrera y se había echado novia. Estuvo adormecido durante su primer trabajo, su noviazgo y su matrimonio. Despertó para ver nacer a su hija. Durmió y, cuando abrió los ojos, habían pasado veinte años más. Su hija se iba a trabajar a extranjero. La despidió, cerró los ojos y pudo contemplar a su primer nieto. Ahora él era un anciano. Entonces, se dio cuenta de que la vida le había pasado como un suspiro, como si fuera un largo sueño. A sus setenta y seis años, se sentía cansado. Una noche, decidió dormir y soñó que volvía a ser un niño y volvía a despertarse con tan sólo cuatro años.
Cuando despertó, la gota intermitente seguía cayendo sobre su cabeza de forma inexorable. Era inútil, por más tiempo que lo mantuvieran atado a aquella silla, seguiría siendo incapaz de descifrar el significado de las palabras que él mismo había escrito años atrás, y además… del dinosaurio nunca más se supo.
Alba abrió los ojos. Una apacible claridad inundaba la habitación. Se levantó y observó en derredor. ¡Al fin podía verlo a plena luz! El temido monstruo, entonces, era real. Aunque así dormido debajo de su cama, con ese enorme y espantoso cuerpo arrebujado entre juguetes y peluches, ya no daba tanto miedo. Es más, incluso inspiraba un poquito de ternura. Alba se marchó con una sonrisa.
Al llegar la noche, cuando el monstruo despertó, descubrió con pesar que la niña enferma de la que tanto se había encariñado, ya no estaba allí.
Notaba una rodilla sobre su espalda, cálida, redonda. Incapaz de moverse, se sabía, sin embargo, despierto. ¿Estaré muerto? Pasaron unos minutos hasta que fue capaz de articular una mano, después un pie. Todavía notaba como si hubiese una “presencia” junto a él. Consiguió hablar al fin para soltar un gemido de desorientación, miedo y alegría; alegría para celebrar que podía hablar, que podía moverse. Después gritó goooool; no discernía si era sueño o no, pero lo había marcado él, con la derecha. Estaba vivo, o eso empezaba a creer. Recordó entonces lo de la parálisis del sueño, ese episodio, al parecer no tan infrecuente, que había sufrido treinta años atrás, cuando lo de su padre. Algo parecido a una catalepsia momentánea, breve. Esto, sin embargo, más se parecía a un mal sueño, un despertar con ansia; como el lograr salir de un pozo en el que no recuerdas como has caído. Olía diferente, y todo era blanco.
Cuando despertó del todo, allí estaban, junto a la cama, el médico y su madre. En los ojos de ella vio, que efectivamente, le habían cortado la pierna.
La niña María tenía fama de hechizada entre las gentes de la aldea. Contaban que nació una noche de cielo rojo y que su primer llanto hizo cantar a los ruiseñores de toda la comarca.
La niña María no sabía de encantamientos, pero le gustaba soñar cosas bonitas para los pueblos. Soñaba que sobre el mundo caía una lluvia verde y mansa que preñaba de vida los bosques, mientras peces verdes voladores llenaban el aire de susurros marinos. Voluptuosamente fértiles, las tierras de todos los rincones del mundo parían espigas descomunales, alegres viñedos, frutas excesivas, y fragantes magnolias.
Las gentes de la aldea dormían, pero nunca soñaban. El miedo paralizaba sus sueños. El día que la niña María preguntó el nombre del monstruo todos se miraron desconcertados. Nadie antes había osado mencionarlo. Sabían que existía, que se había llevado todo por lo que lucharon…pero nunca quisieron saberlo. Aquel día despertaron y trazaron un plan. Atacarían al monstruo por su punto débil: su necesidad de miedo. Después se pertrecharían con sueños nuevos y avanzarían tomando posiciones, recuperando los sueños arrebatados y forjando la libertad.
Cuentan que aquella tarde, cuando la aldea despertó, una lluvia verde y mansa cayó sobre el pueblo.
Cuando se despertó, se sintió polvoriento.
Le pesaba la cabeza y aunque sus ojos no lograban traspasar la oscuridad, reconoció todos los objetos cotidianos que le rodeaban.
Tenía la vívida certeza de que en sus venas había algo más que sangre y de que el cosquilleo en sus piernas no era una mera sensación circulatoria.
Unos golpes en la puerta le habían sacado de su profundo sueño.
Soltó una maldición cuando al tratar de levantarse se golpeó el cráneo con una réplica dorada de sí mismo y, enredado con las vendas, tropezó y cayó al suelo cuan largo había sido.
Cuando despierto, tengo el cuerpo lleno de arañazos y magulladuras. Como siempre, los culpables escondidos al otro lado de mi realidad; la energía cinética fantasmal me revuelve la vida y la casa entera a base de levitaciones y fenómenos paranormales. He hecho de todo para mantenerlos a raya: gritar, patear, morder. Incluso ignorarlos cuando presiento las cucharas flotantes con comida, o las manos invisibles lavar mis genitales. Me he resistido a entablar comunicación con ellos. Hasta ahora. Las sesiones han abierto los canales de la mente; podré hablar con los del otro lado. Verlos por primera vez.
— Aquí hay alguien, quiere decirte que te quiere, que te extraña, es muy cercana a ti. ¿Quieres verla?
Al abrir los ojos, mi madre. También padre y otros parientes. Y tan reales como el psiquiatra a mi lado.
El tratamiento está funcionando.
Un sonido estridente le despertó sobresaltado. Era la radio despertador que le había regalado su padre el día anterior por su decimoctavo cumpleaños. No sabe si le dolió más ver las 6.00 a.m. iluminadas en rojo o el frío que sentía en sus pies a pesar de dormir con unos calcetines de lana que le había tejido su abuela hace tiempo. Cinco minutos más evadido de mundo real no le harían daño a nadie, aunque cuando se quiso dar cuenta era casi la hora de entrar al tajo. Ya era mayor de edad pero llevaba casi dos años trabajando de soldador en el taller de la esquina. Con la piel de gallina se vistió rápidamente y con una magdalena en una mano y su vieja mochila en la otra salio corriendo de casa. Cuando llegó sus compañeros ya estaban embebidos entre los chispazos y los ruidos de la maquinaria. Se puso el mono e intento, en vano, ocupar su puesto sin que su jefe le pillara.
-¡Lo siento, pero estás despedido! Fue lo último que le dijo el encargado dándole voces a la vez que escuchó a su madre gritar:
– ¡Despiertaaaaaaaaaaaa, o volverás a llegar tarde al instituto!.
Cuando Emma despertó, las aletas de su pequeña nariz se movían nerviosas. No era la primera vez que aquel sueño alteraba su descanso.
Todavía temblando apartó la ropa de cama y posó sus pies sobre aquel suelo del color del caramelo; estaba frío. Acariciando su abultado vientre avanzó hacia la cocina, sabía que allí, en la penumbra, encontraría a su padre. El hombre se hallaba sentado en una vieja silla, canturreando, con sus manos entrelazadas sobre las piernas. Emma se arrodilló con mucho cuidado a sus pies y, el anciano comenzó a acariciar el cabello rizado de su hija. La luz dorada que emanaba de las puntas de sus dedos se confundía con la tonalidad violeta del aura de Emma; se confundía hasta el punto de que ya era imposible distinguir donde empezaba una y terminaba la otra. Entretejidas. Trenzadas. Resplandecían en sinuosa danza.
Fue entonces cuando el hombre languideció sobre la silla exhalando un suspiro. Vida y muerte se mezclaron en el instante en que aquella mano resbaló por su cabello, y, Emma sintió como aquel líquido anunciador corría entre sus piernas…
Cuando le mostraron al niño lo abrazó suavemente. Serena. Impregnándose de la luz dorada de su piel.
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