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Alicia levantó trabajosamente la palma de su mano. Desde niña miraba continuamente los dibujos con surcos entrecortados que formaba la piel. Le preocupaba la línea larga de la vida que se terminaba abruptamente cerca del dedo corazón. Otras tres ramificaciones salían de esa línea sinuosa. – Esto refleja mi futuro.- pensaba continuamente, intentando averiguar como sería.- Divagaba con posibles hijos, un marido, una casa con un jardín al lado de una gran ciudad. Quizás por esa insistencia, cuando despertó del coma que la había mantenido inactiva 10 años, usó el último suspiro para recorrer de nuevo sus líneas. En una milésima de segundo comprobó que los muertos tienen la palma de la mano completamente lisa.
Al salir no podía evitar mirar de reojo la puerta de su apartamento: dieciocho metros cuadrados de dulce hogar, no pedía nada más.
Cada mañana se despertaba cuando aún no había amanecido y acudía puntual a su trabajo: media jornada retribuida en el almacén donde dedicaba unas diez horas diarias, pero él se sentía afortunado. Mientras tanto, hordas de posibles compradores irrumpían en el piso revolviéndolo todo, arrasando sin compasión, pero tampoco le importaba. Por las noches comía algo caliente por ahí y a su vuelta limpiaba el desastre, leía algún catálogo y se echaba a dormir.
El vigilante nocturno de la mueblería sueca hacía la vista gorda cuando, en su ronda, el pobre infeliz se escondía debajo de la cama.
Sus suaves manos recorrían su rostro con delicadez. Su aroma embriagaba sus sentidos. Con sus labios daba vida a sus besos, alimentando la pasión y la química entre ambos.
Entre susurros, le cantaba cuanto la quería con una música celestial de fondo. Era el paraíso. Cerró los ojos disfrutando del momento. Fue entonces cuando despertó, bajó de la nube de sus pensamientos y se fue a dormir.
Aunque el pequeño Alberto descansó un poco mejor aquella noche, se despertó sobresaltado. Los temores ante su inminente entrada en quirófano y el dolor que le provocaban las heridas tras el accidente, no le dejaban descansar. Asustado miró a su madre y recordó el cuento de la noche anterior.
Erase una vez en un reino no muy lejano un rey que gritaba –¡Hijo mío si no puedes ser valiente como te vamos a llamar ahora!- A lo que el príncipe respondió llorando –Alberto. Es como me llamo-…
-¡Pero mamá los príncipes valientes no lloran!.
–¿A no? ¿Y entonces cuando les duele que hacen?-
En ese instante sintió la calidez del cuerpo de su madre acurrucado a su lado en la cama. – Llora mi príncipe valiente. No pasa nada.- le susurró a la oreja.
Según las lágrimas brotaban por su cara el pequeño Alberto sintió como sus temores y dolores se mitigaban. Durmió de un tirón hasta bien entrado el día y aprendió del verdadero poder de la lágrimas.
En lugar de evaporarse cuando despertó, su pesadilla se sentó a su lado a fumar tranquilamente un habano, de esos que a él tanto le gustaban y le había prohibido el neumólogo. Era hermosa y sensual, como las volutas de humo que se elevaban engarzadas hacia el cielo amenazador, pero su mirada ausente le golpeó hasta provocarle un dolor físico que creía olvidado. La misma opresión en el pecho, la misma respiración entrecortada, la misma angustia que lo habían empujado a dar un portazo para dejar atrás la indiferencia.
Los cuatro goterones que anunciaron el aguacero lo obligaron a cobijarse bajo una marquesina. Carreras, exclamaciones, risas y, en unos segundos, el parque quedó desierto. Ni rastro tampoco de la ensoñación, que debió de convertirse en lluvia en cuanto él le dio la espalda, así que al escampar retomó aliviado su rutina solitaria. Sin embargo, empezó a preocuparse la noche en que se dio cuenta de que siempre elegía el mismo banco. Y peor fue cuando comenzó a echarla de menos, a ella también.
Un ligero viento acariciaba las hojas del cocotero. El hombre extendió su brazo asiendo en la mano el recipiente peludo del cóctel dulzón hasta hacer coincidir su silueta con la de uno de los frutos inmensos que pendían de aquél árbol generoso. Luego simuló recogerlo con un movimiento pausado hacia sus labios y, deteniendo el tiempo, degustó el brebaje a pequeños sorbos. Sin darse cuenta, su mente comenzó a divagar acerca de la composición de aquella mezcla: una buena dosis de agua de coco salvaje bien cargada de pulpa, un chorro de ron cristalino, algo de azúcar, y un toque secreto que no supo determinar , aunque creyó reconocer su ligero sabor a placer y libertad. Absorto en su cábala, el efecto del alcohol y de la brisa fue sumiéndole en un sueño de paz mientras el sol tendía su manta anaranjada.
Cuando despertó, la hipoteca todavía estaba allí.
Alberto, que acababa de cumplir dieciséis años, sufría una nueva crisis entrando en estado de coma.
Cuando despertó, sintió la proximidad de sus padres y la incertidumbre angustiosa de comprobar el grado progresivo de deterioro que su cerebro soportaba en cada embestida.
En la crisis de aquel Abril acordaron ingresarlo en el Gran Hospital, cuyo equipo medico de Neurología era pionero en un tratamiento innovador para su enfermedad y representaba la última esperanza terapéutica para su hijo, ¡por fin! Alberto, en las mejores manos, entraba en un protocolo novedoso que tan buenos resultados estaba dando.
Pero el destino, siempre imprevisible, sembró en su vida la ironía y esta vez no despertó.
Sus primeros recuerdos comienzan a los cinco años. Los extraterrestres llegaban a su casa, la miraban con sus extraños ojos que giraban en todas direcciones, sin decir ni una palabra. Ella despertaba y su madre la consolaba diciendo que eran pesadillas. Durante toda su vida presintió las misteriosas visitas, sin encontrar nunca ninguna huella palpable.
Esa noche sabe que están en su casa, asustada avisa a su esposo que lo toma a broma y como ya casi amanece le indica que se levante y traiga el diario. Mientras va al baño pasa por la sala y palpa los sillones buscando indicios de la visita, está segura que ellos estuvieron ahí.. Va a preparar un café, desde el dormitorio la sobresalta el llamado urgente. Mira el diario- dice él conmocionado- Enojada dice basta de bromas- Pero no mujer, mira anoche en la ciudad vecina avistaron a varios Ovnis
Cuando despertó se vio atrapado por unos ganchos que le unían a un cartoncillo entelado debajo de una vitrina; muchos ojos le observan con lujuria y avaricia.
La primera vez que rodeó su fino dedo, sintió formar parte de ella en una perfecta simbiosis. Emilia era joven y hermosa; demasiado joven para unirse en compromiso con aquél muchacho que le entregó en regalo. Fue creado por un joyero con metales nobles y un brillante que relucía como los ojos de su reciente dueña.
Pronto le acompañó otro ser de su especie sin ornamentos. Rivalizaron con sus juguetones dedos; aunque sentía que él era su favorito. Lo notaba cuando sentía circular su sangre y le rozaba con el índice de la otra mano. Un día, “el otro”, desapareció sin saber la razón. Su muñeca se humedeció al secar las lágrimas; degustó su amargo líquido y compartió su tristeza.
Pasó el tiempo y de repente dejó de percibir movimiento alguno; tuvo mucho frio, le extrajeron brutalmente del que había sido su dichoso hogar y fue moneda de cambio por un montón de billetes en una casa de empeño. Durmió durante una eternidad; ahora al despertar tiene miedo y está solo.
Desperté todavía mojado de sueño y me asusté en cuanto vi el peligro: la puerta de mi casa estaba abierta.
El terror me sacudió las plumas.
Cuando despierta no sabe dónde está ni cómo ha llegado allí. Se esfuerza en recordar, pero su mente sólo recupera retazos confusos: dos haces de luz desgarrando la niebla, un torbellino de formas fantasmales en la oscuridad, un prolongado chirrido metálico. No puede moverse. Girando únicamente los ojos baja la vista y ve un cuerpo anclado a una cama por numerosos tubos y cables, por un dolor difuso que le llega amortiguado, como entre algodones. Intenta verbalizar que tiene frío por asegurarse de que ese cuerpo es el suyo, como sospecha, y otro tubo dentro de la boca se lo impide. Siente cómo la angustia y el desamparo le trepan pecho arriba, pero justo antes de abandonarse a ellos un rayo de lucidez le grita que apenas unos segundos atrás él estaba en un lugar hermoso, donde el sol llegaba verde, tamizado por la espesura. Aprieta los párpados y se concentra en despertar a ese otro lado, el de los helechos arborescentes. Sólo espera que el dinosaurio todavía esté allí.
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