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A pocos días de su llegada sabía dónde encontrarlo en la iglesia del pueblo. “Tal como el año pasado, Manuelito: un buey, un asno, ovejitas y tu soledad como la mía. Este año, Condesa no parió, Platero más viejo y cansado, las borreguitas, percudidas, apenan con su respirar; Berni, no ladra, solo quiere protección… Tengo un plan, Manuelito, no puede fallar”.
El veinte escogió el lugar bajo de un chirimoyo y su concavidad con estrellitas sinfín. El veintiuno ubicó la cantera, el manantial, cubrió de verde la explanación. El veintidós, con pasión desbordaba, sus deditos moldearon la arcilla y fueron apareciendo palomitas, gallinas; condesas generosas, briosos plateros y corceles, ovejitas de toda laya por manadas; agregó cerditos… y aseguró la propiedad con bernis intimidantes. El veintitrés construyó una casita compacta, espaciosa, con ventanales y techo de tejas. El veinticuatro esculpió a su padre vital, a su madre le dibujo una linda sonrisa. Comprobó que todo estaba bien, se sintió colmado, feliz, maravillándose de su obra… En la noche, a las doce, corrió hacia la iglesia, se escabulló entre los presentes y se acercó lo más que pudo, le habló quedito: “¡Manuelito! ¡Manuelito!… Cumplí mi parte… Te toca soplar”.
Me pongo muy nervioso. Son los días claves para demostrar que he sido un niño bueno. Nada puede desviar mi atención. El beso con el que recibo a mi padre al llegar del trabajo me indica que ha llegado la hora.
– Mamá, dame la basura.
Mientras ella cierra la bolsa, a hurtadillas, toco el fondo del bolsillo del abrigo para asegurarme que aún sigue ahí.
– No tardes en subir. No hables con nadie. – Me dice.
Bajo las escaleras, abro la puerta y me recibe el gélido aliento de la noche. Tengo que darme prisa o mis padres empezarán a sospechar. Abro la tapa del contenedor, aguanto la respiración. Ya está. Ahora corre.
El banco está en la esquina, no lejos, pero lo suficiente para llegar jadeando por el esfuerzo. Él me está esperando. Lo sé. Me vigila. Y yo no puedo fallar. Saco del bolsillo el desayuno de cada mañana y se lo ofrezco como cada noche.
– Come, come, Gaspar, – mascullo mientras subo las escaleras – a mi no me engañas.
Aún recuerdo aquella Navidad, de niña. Refugiada en la oscuridad del descansillo escuchaba su risa grave al otro lado de la puerta de enfrente. El frío atravesaba los agujeros de mis zapatillas mientras pensaba en su rostro de apariencia afable, mirada dulce y mejillas sonrosadas. Le había pedido un trabajo para papá y un pintalabios para mamá. Para dibujarle una sonrisa.
Pero ese año tampoco pasaría por casa. Fue lo último que pensé antes de arrancar el cartel de la pared y reducirlo a una pelota arrugada en mi bolsillo.
Todos se sobresaltaron cuando aquella madrugada del veinticinco de diciembre un eco de campanillas y un ruido sordo retumbaron ocho pisos más abajo. El orondo cuerpo del señor de traje rojo y barba blanca se había precipitado al vacío. Junto a su cráneo roto, las piezas faciales de un juguete con forma de patata aparecían dispersas por el suelo, confundiéndose con las propias.
Desde entonces, la imagen dantesca de cachivaches, purpurina y huesos rotos sigue apareciendo ante mí cada vez que hojeo las páginas del viejo libro de cuentos de Poe. Entre ellas asoman los restos de un magullado papel donde se lee: “Peligro. Ascensor fuera de servicio”.
Papá dice que el Papa dijo que los reyes magos no vienen de oriente. ¿De dónde vienen entonces? De Tartessos. ¿Dónde está Tartessos? Esto era Tartessos.
Ahora que sé que los reyes Magos son andaluces y que la mula y el buey no estaban en el portal, se me ocurre un cuento muy gracioso.
Andaban por el desierto María y José -andaban, porque no había mula- camino de Belén. Se detuvieron en el portal porque María rompió aguas. No había bueyes a la vista para calentar al niño cuando naciera, así que José hizo una candela con rastrojos y un poco de leña. El niño nació, pero José y María no sabían que nombre ponerle.
Melchor dijo al entrar: ¡La virgen, que frío! Cuando entró Gaspar y escuchó los estornudos de Melchor, dijo: ¡Jesú! Ese nombre me gusta, replicó María. Y le pusieron Jesús.
Sujetando dos sogas atadas al cuello de sendos animales apareció Baltasar. Melchor dijo: ¿Que traes ahí, miarma? Gaspar añadió: Yo me los crucé, picha, pero iban que se las pelaban. Baltasar sentenció: “Cuando los vi pensé: ¡no-ni-ná, quillo! Diga lo que diga er papa, cuando lo diga, la mula y el buey se vienen pal portá.
Cuando ya de madrugada y achispado por el vino mi abuelo se enfundaba su traje de Papá Noel para repartir regalos entre los niños del barrio, yo me debatía entre creer en su agnosticismo declarado o simplemente en su buen corazón.
La repipi de Ceci y el suavón del Pomposo eran dos cuervos. Venían a casa en Navidad y se suponía que éramos primos.
Aquella Nochebuena, cuando nos mandaron a la salita para que no enredáramos en la cocina, Ceci dijo que papá era un vago, que llevaba un año en paro, y que el suyo nos iba a echar a la calle. El Pomposo añadió que era una vergüenza que mamá trabajara fuera de casa. Mi hermano temblaba de rabia, pero yo sujetaba su mano.
Señalé el patio:
-Mi bici es mejor que la tuya.
La muy tonta picó, y tan pronto salió al patio cerré la puerta y la dejé fuera bramando y tiritando, para que probara el frío de los que no tenían techo. El Pomposo se puso a gritar y le derramé sobre el pantalón una jarra de ponche. Como su madre temió que se resfriara, pasó la velada vestido con una falda y unas bragas. Fueron las mejores navidades de nuestra vida.
Ganamos aquella batalla, pero no la guerra.
Hoy Ceci dirige un banco que echa a la gente de sus casas, y el Pomposo es tertuliano en una cadena de televisión. Siempre lo supimos.
Me envuelven palabras lejanas, unos leves acordes y la oscuridad. Un silencio me transporta a mi niñez. Hace frío y nieva más allá de la ventana. A mi espalda parpadean las luces de un adornado abeto y cuelgan de la apagada chimenea, unos motivos navideños cargados de dulces. Un grito me estremece. Proviene de la habitación de mis padres. El reno esconde su sonrisa. Un sollozo me devuelve a la oscuridad. Suena una canción inmortal. No hay regalos en el árbol. Mi padre surge de la habitación escupiendo palabras oscuras. Me insulta. Mi madre, tumbada sobre la cama, yace maltrecha. Pienso en la sopa caliente, en los turrones y en el jodido champán. Tengo ocho años y ya odio estas fiestas. Mis hijos me leen unas palabras entrecortadamente,con la emotividad que sólo te permite la pérdida de un ser querido. No puedo escucharlos del todo bien. El recuerdo del bofetón de mi padre esa noche lo evita. Me veo llorar y saliendo por la puerta de casa. Corro y escucho el grito apagado de mi madre. No hay vuelta atrás. La imagen de la huida me devuelve al presente y al chirriar de unas ruedas al desplazarse sobre el suelo.
Mamá olía a turrón y, cuando nos sentábamos a cenar en la mesa del comedor la Nochebuena, yo le escarbaba el bolsillo en busca de algún trocito de mazapán que traía de la fábrica. El abuelo afinaba la botella de anís a cada trago que le daba mientras mamá servía el pollo. A mi hermana le daba pataditas bajo la mesa para chincharla. Son algunos recuerdos que me marcaron aquella Navidad. Ver a mi padre borracho intentando trepar por el árbol de Navidad para levantarse y posteriormente sentarse en la mesa insultándonos y pegando a mi madre y a mi hermana…
Siempre he querido inmortalizar aquella escena, aquella última Navidad que pasé con mi padre. Pero ya no es lo mismo. El abuelo, sus cenizas las tengo metidas en la botella de anís que nunca llegó a afinar. Mi hermana sigue pateando, amordazada, queriendo gritar, intentando decir que estoy loco, pero no lo estoy, con los ojos rojos como cuando lloraba al darle un puntapié fuerte bajo la mesa. Y mamá ya no tiene turrón en su mandil, ya no huele a yema tostada ni a mazapán. Es difícil ponerla erguida en la silla, tal vez hubiera sido mejor incinerarla a su muerte como al abuelo. Entonces, cuando todos callan, junto las manos y rezo para bendecir la mesa; y grito, como cuando era pequeño, que las Navidades sin papá, si son posibles.
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