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Aquellas reuniones de año en año eran un polvorín, a expensas de una chispa que explotaba a la más mínima, desatando la discordia, los reproches, los insultos y las lágrimas, en aumento proporcional al tono crispado de las voces. Aleix desertó de aquella captura forzada, buscando el espacio dónde ser querido sin odios ni rencores mal resueltos desde la infancia, por su convencional familia.
Rompió la tradición aprendiendo a decir no, para que las contiendas familiares le dejaran de hacer la pascua.
Desde aquel año en Navidad, es comensal en diálogos libres sin cautelas temerosas, con la justa cortesía que nace del corazón, acogido por la única familia que le acepta: su querido Héctor y sus amigos.
Con el paso de los años fui atando cabos. Los susurros de mamá al oído de papá. Las miradas de complicidad entre ellos delante de algún escaparate. Las llamadas de teléfono a los abuelos mientras suponían que dormíamos para hacer el reparto. Las extrañas escapadas de papá a medianoche. La negativa de mamá a subir al trastero. Las preguntas de la abuela con la revista entre las manos. O las constantes visitas al centro comercial.
Por eso, el día que llegó mi amigo Javier como si llevara un tesoro bajo la lengua y me lo confesó, ya estaba preparada. Por su cara, él no tanto, cuando le contesté con una risita: «Tú y yo lo seremos pronto«.
Existen muchas tradiciones de final de año, algunas más extrañas que otras, sin embargo , siempre que la vorágine de las fiestas me consumen me voy un minuto a mi cuarto y saco esa cajita plástica que contiene mi mayor tesoro. Mientras acaricio el pony, no puedo evitar recordar ese día, la emoción de ver bajo el arbolito mi obsequio soñado, recuerdo que lo tome y aun en pijama corrí hacia la puerta, mi mamá con una sonrisa en sus labios me detuvo preguntándome a donde iba tan a prisa
-voy a buscar a Paola- respondí, nos habíamos prometido que la que se despertará primero iría a buscar a la otra.
Mi madre me abrazo fuerte e intento inútilmente desviar mi atención, y aunque por todos los medios evitaron el encuentro, nos juntamos cerca del almuerzo, ahí ella miró mi pony y confesó que no le habían dado regalo, recuerdo su mirada suspirando y diciendo que quizás había hecho cosas malas sin notarlo. Pero mi mente trabajaba más rápido, su papá había perdido el trabajo, su mamá había tenido otro bebe, y estaba segura de que no era mala. En un abrazo la magia desapareció.
– Me he decidido, doctor. El número 24. Es el más caro, más doloroso, pero vale la pena. Lo necesito, doctor.
– Muy bién, señora, vamos a fijar los detalles.
– Sí, doctor. Olor a resina – sí; abeto inmenso, adornado con globos relucientes – sí; Papá Noel con trineo y renos – sí; mamá y papá felices, junto a mí, abrazándome – sí; un montón de regalos en el salón – sí. ¿Cómo? ¿Qué regalos, doctor? Pues… una muñeca muy grande, como la de Mercedes, un pequeño piano rosado, de plástico, como el de Teresita, accesorios de hada: diadema, varita mágica, con una estrellita en su punta…. Y… zapatillos color de rosa, con florecitas blancas, un vestidito plateado, con lazos y volantes… Mira, aquí vienen todas mis amiguitas, mamá… Soy una princesa…. Estoy de pié en la silla… Mira la gran tarta, mamá…. las siete velas encendidas… Soplo y ….
– Cuidado, señora, no está permitido sobreponer los injertos, son muy delicados y no se prenderán bien. El implante de memoria de cumpleaños salió muy bién. Pero éste de Navidad es algo más difícil. Necesita anestesia. Lo ingresaremos aquí, en este espacio vacío, que tiene Ud. junto al corazón.
Aquel año, lo trajo la lluvia, aunque para aquel entonces ya no hubo flores. Creció y creció al mismo tiempo que cambió como el viento. También viajó y aprendió que el azul puede ser marino. Probó manjares de todos los tipos, pero siempre recordó el sabor a fruta madura.
Una noche vio tres estrellas y decidió seguirlas con el corazón, latiendo como fuego, para acabar recordando aquella navidad cuando era un niño…
Cuando yo era pequeña y se aproximaba la Navidad, un gran trasiego invadía toda mi casa: había que montar el Belén.
Subíamos al lavadero a por todo lo necesario y lo íbamos depositando en el comedor: tableros, rollos de papel azul para el cielo, de plata para las estrellas, montones de cajas y un enorme saco con corchos. Los abuelos traían del pueblo ramas de olivo, musgo, y algunos madroños.
Mis padres eran los encargados de montarlo y mi trabajo se reducía a ir abriendo las cajas para disfrutar, sorprendida, de su contenido.
Entre montoncitos de paja iban apareciendo: mama cerdita con sus cochinitos, mama pata y sus minúsculos patitos, la vaca con los terneritos, casitas, un puente…
Entre los personajes… algún pastorcillo mutilado.
Y por fin los protagonistas: S. José, la Virgen, y el Niño.
Pero lo que de verdad me fascinaba era la estrella ¡cómo brillaba aquella estrella!
Una vez organizado todo y llegada la Nochebuena, nos reuníamos toda la familia alrededor del Belén a cantar villancicos…
Todos los seres queridos que hacían posible estas vivencias, se esfumaron con el paso del tiempo, pero cada Navidad, prendidos en mis recuerdos, regresan a mi lado.
Hacía un rato largo que me encontraba parado frente al vidrio, analizando minuciosamente los detalles de cada uno. Ni siquiera parpadeaba.
¡Tenía que hallarlo! Sería el mejor juguete que pudiese recibir.
Deseaba arrancarle los brazos, quemarle la cabeza y apuñalarlo como había visto en la tele.
Estudié sus vestimentas y los accesorios, comparé tamaños, expresiones…
Bien pequeño, es hora de hacer tu elección. Sin culpa ni apuro, solo dime cuál es, dijo la voz a mi lado, sacándome del estado catatónico.
Eran todos muy parecidos, pero finalmente lo descubrí.
¡Ése! contesté señalándolo. Ese es el Papá Noel que estaba arrinconando y besando a mamá, y que la obligó a mirarlo enamorada.
Yo hice la denuncia y ella levantó los cargos. Y aún no termino de entender por qué. Por qué lo hizo. Por qué existen tantos Santas. Por qué papá no me acompañó a la comisaría.
Esta tarde dejaremos en libertad a Mariano. Hoy es el día que papá tiene previsto matarlo, le oí anoche cómo se lo contaba a mamá. Sabes que es implacable y lo hará sin piedad si no conseguimos evitarlo.
Mi hermana se aprieta las coletas nerviosa. Sus pequeños ojos azabaches me sonríen en un cómplice centelleo.
– ¿Cuál es el plan?
– Tú sólo vigila que nadie se acerque.
Mariano estaba tranquilo, no era consciente de que su vida pendía de un hilo. Abrí la puerta y tuve incluso que empujarle.
Aquella noche mi abuelo se negó a cenar.
– Si no hay pavo, no hay Navidad, dice con esa voz trémula que le caracteriza.
Aquella navidad… cuando me lo dijo, el silencio lo invadió todo, «todo lo que no fuera el sonido del latir desesperado de mi corazón». ―Estaba muerto―. Mi alma murió en ese mismo instante. «No, no podía ser, se me iba… ¡Dios, se me iba! ¿Qué va a ser de mí ahora?».
Mis pensamientos eran los únicos vivos, (el corazón, como un motor sin alma, seguía latiendo).
Veintiún años… ¡toda una vida por delante! Acabada… ¿Por qué?… ¿Qué mal hizo, para merecer ese precoz final? Las lágrimas me ganaron la batalla y resbalaban silenciosamente, cayendo una tras otra sobre lo único que guardaba de ella, sus letras. Poco a poco estas se fueron diluyendo ahogadas por ellas… Me maldije. No llegaba a comprender el por qué el destino nos llevó a conocernos y sin embargo, ahora… se reía de nosotros.
No digo que yo la mereciera no, ella merecía mucho más, tanto y bueno que, me maldije una vez más. Iba a morir… sola. Sin un beso mío, una mirada, o tan siquiera… una caricia.
La injusticia se volvía a cebar en ella… y conmigo.
Cinco añitos inocentes, feliz e ignorante de la pobreza que campeaba todos los rincones de nuestra casa, .esperaba que el Niño Dios trajese los juguetes pedidos
Portarse bien, que Dios nos anota con lápiz de oro o de carbón y no habrá regalitos.
Mañana de Navidad salir a la vereda a lucir lo recibido, no lo pedido, un muñeco de yeso que a pesar de tantos años sigo detestando
Mi vecinita venia pedaleando feliz un precioso sulky ciclo tirado por un brioso caballito.
Furiosa y a lágrima viva corrí reclamar el porque de aquella diferencia.
Lágrimas amargas en el rostro de mi joven madre, al develarme que los padres compraban los regalos, y papá no tenía trabajo.
Inesperado y doloroso fin de una ilusión.
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