¿Te falta alguno de nuestros recopilatorios?
PREMIO A CURUXA 2024
PREMIO SENDERO EL AGUA 2024
***
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas


─Aquí se lo traigo de nuevo doctor, nos tiene desesperados, ha perdido más de 8 kilos y se pasa todo el día sentado a la puerta de la cuadra con esa penosa cara. Ahora le ha dado por lo de las cuotas de la leche. Dice que nos van a arruinar, que qué va a ser de sus hijos.
─Miguel, ─el doctor mirándolo─, a sus setenta años usted ha pasado por muchas crisis, como las que ha sufrido todo el sector ganadero y de todas ellas ha salido adelante. Mire, acompáñeme. Le voy a explicar lo que le pasa.
El médico cogió por el brazo a Miguel, le ayudó a levantarse de la silla y lo llevó hasta el secreter donde guardaba ordenadas alfabéticamente las fichas de sus pacientes.
─Vea lo que a usted le pasa, mire las de la letra “L”. Todas estas ─el siquiatra señaló un buen trozo de cartulinas abriendo en palmo sus dedos─, corresponden a su apellido. Ustedes los pasiegos son muy proclives a la depresión.
─Vamos a cambiarle el tratamiento. A partir de ahora, señora, que tome una pastilla de Prozac diaria.
─No olvide su medicación y no se preocupe del futuro. “Carpe diem”, señor Lavín.
No olvida la primera vez que un espectador, arrellanado en su butaca, se puso a vocear y lanzarle tomates y él, como un profesional, continuó representando imperturbable su papel hasta que por fin terminó la función.
Han pasado los años y cada vez detesta más a ese personaje que interpreta. Sale cada día al escenario con una sonrisa pintarrajeada e inicia su actuación, siempre con la misma frase, «buenos días, mi nombre es Edgar, dígame…». Con tanto texto que tiene que decir enseguida se le seca la garganta, y de aguantar las peroratas de los demás le arden las orejas. A veces, por el cansancio, tropieza con el decorado, cae de bruces ante la primera fila de asientos y se da buenos tortazos.
Es entonces cuando el público se viene arriba, le insulta y abuchea, y él se imagina escondido tras el telón, acurrucado donde nadie le vea; quisiera desaparecer, que se lo tragara la tierra, pero sabe que tiene que aguantar las ocho horas, las facturas no se pagan solas, y a su edad, dónde van a contratarlo. Así que se recompone rápidamente, se coloca bien los auriculares, pulsa la tecla de contestar, resopla y atiende la siguiente queja.
El concierto comenzó.
Había luchado tanto por llegar hasta ahí, que un estremecimiento angustioso le recorría el esófago inquietante como un áspid… El aforo completo, las autoridades, la prensa, todo aquel barullo de pensamientos se arremolinaban batallando por su atención. No obstante, los años de entrenamiento y conservatorio, los múltiples sacrificios, dedos y espalda agarrotados, los miles de recitales, su profesionalidad al fin y al cabo, actuaban de catalizador de todo aquel marasmo de sensaciones. Además, el pianista, tenía un talismán en el bolsillo que acariciaba distraído mientras los vientos iban terminando y preparando su gran, única y esperada entrada.
Y así daría la vuelta al mundo con ese endiablado solo al que muy pocos osaban enfrentar.
Y todo aquello habría valido la pena.
Inspiró profundamente y soltó el aire despacio. Algunas toses salpicaron el teatro, pero de pronto se formó un pesado silencio de apenas dos corcheas precediendo el subsiguiente apogeo.
Justo en ese instante la insidiosa melodía de un móvil llenó de estupor la sala.
La orquesta contuvo el aliento cuando el músico se levantó y apuntó con matemática precisión, (perfecta coordinación viso-motriz), su arma contra aquel zafio.
El intérprete obtuvo entonces los ansiados titulares.
Cuando los vemos acercarse posamos panza arriba o bostezamos con las fauces muy abiertas. Nos esforzamos en parecer sumisos, indefensos. Algo sobreactuados lanzamos algún que otro rugido para que puedan hacerse una ligera idea de la fiereza de la manada o agitamos las melenas bajo el sol abrasador de la sabana con la elegancia de los reyes. Llegado el momento, ellos comparten sus imágenes, sus videos. Es cuando aprovechamos para rodearlos y cubrir las posibles rutas de fuga. Localizamos a las criaturas más débiles. Simulamos que nos gustan los trozos de carne que nos lanzan, que peleamos por esa ración de carne putrefacta y sin darse cuenta, ya nos tienen encima. Sólo nos queda esperar a que el guía eche a correr con las llaves del Jeep entre las manos. Esa es la señal acordada.
Me veo crecer cinco canas más redactando un, ya quisiera, último informe de cuentas. Una cae en el teclado. Bizqueo. Dan las tres.
Camino a casa, con el culo pegado al asiento de un tren que no se ha cambiado en decenios, cuento las horas, minutos, segundos, que podría haber empleado en tareas más satisfactorias.
Entro al súper y, desorientada, doy mil vueltas por los pasillos. Llego a la cola. En la caja rápida mi mente reorganiza caramelos por colores, sabores y formas. Mientras, mis piernas cansadas avisan de futura flebitis. La celulitis ya está aquí. Ya nos conocemos y sabe que nunca seremos amigas.
Vuelta al trabajo. Iniciando sesión. Me da tiempo a que el café se enfríe. El sistema está en mantenimiento. Intento escribir una nota a mano para acompañar los bombones que compré ayer, y que dispararán la glucosa colectiva. Pero el ataque de artrosis me deja los dedos agarrotados durante buena parte de la mañana. Hago un borrón tras otro.
Para cuando quiero darme cuenta, los informáticos han migrado el servidor y la hora de volver ha llegado. Suelto el boli.
Reparto los bombones, tirando besos al aire, por si los virus.
Cerrando sesión.
Cuántas veces, Don Julián, el profesor de Tecnología le repitió aquello de: “nunca llegarás a nada en la vida”. Bernardo ya era por entonces un muchacho engreído y pagado de sí mismo. Se tenía por muy listo y pensaba que, a nada que se dejara acariciar por la suerte, todo jugaría a su favor. Por simple inercia.
El paso del tiempo le fue consagrando como un cualificado don nadie, eso sí, con una gran capacidad para la amargura. Y, faltaría más, con un escogido elenco de culpables de su frustrado apogeo. Un día, súbitamente atacado por una sobredosis de sinceridad, ya no fue capaz de seguir alimentando su propia farsa. Inmune a cualquier sentimiento de autocompasión, sucumbió a un fatal impulso. Se encaramó al alféizar de la ventana, cerró los ojos y… “se acabó”, acertó a mascullar mientras caía.
Unos pisos más abajo, un edredón con aroma a lavanda se secaba al sol sobre el tendedero. Su providencial intercesión amortiguó la caída acogiendo en su cálida espuma un súbito amago de arrepentimiento. Pese a todo, el batacazo fue de órdago. Entre dentelladas de dolor y un difuso ramalazo, Bernardo apenas pudo albergar el estupor de sentirse vivo.
Llevaba tiempo pensando que esto ocurriría, es lógico, es la vida, es la puta vida. Pero en todo ese tiempo no he tomado cartas en el asunto, no he sido capaz, era demasiado duro y quizá después, llegado el momento, tampoco me serviría de nada. En realidad era imposible anticipar cómo iba a reaccionar, cómo iba a enfrentarlo, cómo iba a asimilarlo. La partida definitiva de un amor, de mi único y más grande y puro amor, no es algo que se pueda prever, preparar, ni apenas controlar. Y así hemos llegado hasta aquí, al día de hoy, en el que juntos, abrazados, bañados los dos en mi llanto infinito, soy incapaz de separarme de ti, se va un trozo de mí misma, aunque eso no me importa, me quiero ir contigo, pero toda entera, si me rompen, si me quedo aquí aunque sea un poquito no voy a poder vivir, lo sé, lo saben todos, tú también, que no quieres separarte de mí porque somos uno, siempre lo fuimos. Hiciste que deseara convertirme en animal no humano, como tú, y permanecer en el presente, ya sea éste la vida o sea la muerte, para cruzar contigo, hoy, el arcoíris.
«Se acabó. No aguanto más. Tantas peleas, tanta infelicidad, tanto rencor. Me largo.» La decisión la tomó así, abruptamente, una mañana cualquiera, mientras desayunaba unas medias lunas que le supieron a gloria. Y dicho y hecho. Recogió sus cosas. Se arregló un poco los largos cabellos. Cambió el ajado vestido por unos vaqueros y una camiseta azul celeste… y se esfumó. Su rastro se perdió para siempre, dejando tras de sí regueros de ira, de decepción, de miedo, de tristeza… Sin embargo, poco a poco, el caos dio paso al olvido y aunque es verdad que todavía ahora, algunos dicen su nombre como una invocación inconsciente, también aquellas expresiones de «Ayúdame Dios mío» o «Por el amor de Dios» han empezado a caer en desuso.
De repente, apareció la boca de un sombrío túnel, justo encima de su cama. Lo único que le permitía distinguirla era el reflejo del monitor encargado de medir sus constantes vitales, el mismo que, simultáneamente, había comenzado a emitir un desagradable, persistente e ininterrumpido pitido. Una voz muy profunda entonó una especie de revelación: “El amor es un camino de iluminación, la luz que consigues es aquella que fuiste capaz de generar para los demás”. A continuación, la oscuridad más absoluta engulló su alma. Y se acabó, ¿o no? Todo dependería de lo que decidiese hacer al despertar de aquel sueño.
Terminó la función. He estado a tu lado desde que se alzó el telón. Presente en todos los actos. A pesar de ello nunca he llegado a comprenderte. Cuando pensaba que te entendía, actuabas como un extraño o decías algo fuera de guion, que me descolocaba. Tras aceptar que tu obra iba a ser diferente a lo que había escrito, me esforcé por estar cercana. Elegí la primera fila de butacas. De apuntadora pasé a ser espectadora. Busqué distintas formas de mostrar mi interés y cariño por tu historia. Asentado en tu escenario, siempre estableciste una distancia que me fue imposible acortar. Desde mi sitio lloré con tus dramas y reí con tus comedias. Grité “bravos” y aplaudí como una loca para encontrar solo indiferencia y silencio. Las pocas veces que me dejaste entrar en tu camerino salí asustada por los insultos y el desprecio.
Quizá por eso he tardado en responder, cuando me ha preguntado si te conocía, el funcionario de la morgue.
Nadie osa discutir con él, temen su carácter colérico.
Dios o demonio, muchos lo adoran, igual que es maldecido por millones.
Pese a su carisma y energía también necesita descansar.
Al acostarse piensa que cuando llegue la caída de su telón quisiera una muerte tranquila, una vez cumplido el papel principal que le ha asignado el destino. Cree que esa cama de su residencia de verano sería el lugar perfecto.
Tiene ante sí una noche de descanso. Tendido y arropado los problemas dejan de existir.
Nunca delega su liderazgo indiscutible, los demás solo son actores secundarios, incluidos sus colaboradores más estrechos. Todo tendrá que esperar a mañana mientras duerme, convencido de que el mundo entero, el escenario que pretende dominar, se detiene si él también lo hace.
Su subconsciente intuye que la realidad que dirige y protagoniza, como si fuese una obra de teatro, terminará pronto.
Les falta valor para despertarle de su largo sueño durante esas horas decisivas.
Ninguno de los generales se atreve a ordenar, sin su permiso, el envío de tropas de refuerzo, artillería y tanques, para detener a tiempo, en el norte de la Francia ocupada, el mayor desembarco jamás conocido.
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas









