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Murió mil veces en su vida: del calor, de la tristeza, del miedo, una muerte por cada despecho. Murió del hambre, del sueño, de la risa. Estuvo muerta muertita de los nervios, de la envidia y del frío. Murió de ternura, de los celos, de soledad ¡de dolor! ¡Tantas veces murió de abandono y de dolor!
El resto del elenco apostó a que moriría de sobreactuación.
El inquisidor dijo que mi vida no valía nada y sentí pánico. Lo dijo con aquella voz cruel que brotaba de su boca amarga mientras los dedos acusadores trazaban cruces en el aire. Los míos huyeron al amparo de alguna madrugada cómplice y se llevaron sólo la llave de su casa para custodiarla con melancolía durante siglos. Pero yo, una viuda joven sin hijos a los que dar ejemplo, no quería dilatar la penitencia ni abandonar mis cuatro paredes de piedra gris. Y tras padecer la garrucha y la tortura del agua, grité: “Dios es amor”. Sí, extravié mi dignidad por esas calles empinadas, es verdad. Cargué con el acre sambenito, soporté el escarnio y dejé de buscar tres estrellas en el cielo cada sábado. Sin embargo, cuatrocientos años después, mi nombre resuena como un eco dentro de los muros de un museo diocesano y los visitantes me descubren entre cálices de oro y plata. Todos saben ya que me llamo Antonia Henríquez, judía reconciliada, que fui condenada por la rancia maldad del juez, por su dañina intolerancia. Aquel que despreció mi vida, sin quererlo, me convirtió en una reliquia sagrada: esta es y será por siempre mi venganza.
Sea por vagancia o por no tener con que vestir la pared, lo cierto es que todavía conservo este viejo retrato. Sospecho que se trata de la antigua inquilina a la que no llegué a conocer pues realicé la compra del piso a través de una inmobiliaria. Las visitas, incómodas con su presencia, me aconsejaban deshacerme del cuadro, pero cada vez que lo sugerían acontecía algún tipo de percance. Ya sea atragantarse con el consomé o cortarse con el cuchillo de untar. Así que ya no me dicen nada. De hecho, ya ni vienen a verme. Pero no me siento solo. Noto como ella me observa en todo momento. Esos ojos suyos tan expresivos que parecen hablar. Precisamente ahora mismo me están recordando que es la hora de la telenovela.
El abuelo talló en madera cada una de las veintiocho piezas de un dominó.
Fue el último regalo que le hizo a su nieto, quien, por temor a estropearlo, lo guardó en el fondo de un cajón.
Hasta que una tarde de tormenta (también de aburrimiento, caídas de red y cortes de luz), decidió desempolvarlo para jugar con sus colegas.
No pudo evitar emocionarse, los ojos le brillaban mientras mezclaba las fichas dispuestas boca abajo sobre el tapete.
¡Cuántos recuerdos!, les dijo a sus amigos, ¡os juro que acabo de ver la sonrisa de mi abuelo!
Nunca les contó que la vio grabada en una muesca diminuta en el seis doble…
Desde que mamá ha empezado a relacionarse con ese señor alemán casi no se acuerda de nuestros nombres, oía decir a mis hijas en un contubernio secreto a pesar de mi presencia, yo sólo las miraba.
Cuando sonó la alarma del móvil seguía perdida en un sueño extraño, con una sensación de angustia terrible ante la perspectiva de que algunos sueños pueden cumplirse.
Esa mañana tomé algunas decisiones, empecé a registrar en mi diario las sensaciones, las emociones, los olores…, ¡qué difícil describir a qué huele un beso o un abrazo!, y cogí una pañoleta, un top, una camiseta, todo guardado y etiquetado en una caja.
Recopilé todos mis escritos y los ordené; inspiración, fecha, comentarios. Hice lo mismo con las fotos, a cada una le coloqué su fecha y su historia. Detallé con escrupulosidad absoluta toda mi rutina y finalmente grabé varios videos siendo yo, con mis miedos, mis deseos, mi forma de ser en toda su amplitud.
Será la oportunidad de aferrarme un poco más a mí misma si dejo de reconocerme y de paso vivir en todos tal cual soy ahora con la mirada brillante, no ausente.
Portada: mi sonrisa
Contraportada: las sonrisas de mi recuerdo.
Sentada junto a la cama del hospital, sostengo entre mis manos temblorosas la tuya inerte, y rozo con un beso tibio tus labios pálidos y fríos, añorando el azul de tus ojos, que no se han abierto desde el maldito accidente de moto, hace ya tres meses. El médico me ha avisado esta mañana de que hoy te desconectan del respirador y, aunque soy consciente de que eso es lo que tú querías, me cuesta mucho hacerme a la idea de que ya no podré apartar de tu frente ese mechón rebelde, ni tu sonrisa pícara volverá a acelerarme el pulso, ni nuestros cuerpos se enredarán más entre las sábanas tras la pasión compartida.
Es la hora. Un último adiós en silencio y me apresuro a salir de la habitación antes de que el pitido de la máquina me golpee con su demoledora ausencia. Mientras espero el ascensor, acaricio mi vientre abultado y le prometo a tu hijo que siempre podrá visitarte en mis recuerdos.
ACTA DE RECTIFICACIÓN DE TESTAMENTO, en el que se dispone de los Bienes de Doña María Covadonga Valdés-Quirós y Mier.
Número Mil Novecientos Setenta y Dos.
En Oviedo, a veinte de Abril del año dos mil veintitrés.
Yo, Alicia Paredes Amieva, Notaria del Ilustre Colegio de Asturias.
HAGO CONSTAR:
Que, redactado Testamento, dictado por la antes mencionada Doña María Covadonga Valdés-Quirós y Mier, mayor de edad y domicilio en (…) / (…), se añade un Anejo, a la atención de los futuros herederos; en el que la precitada testamentaria deja manifestado, aplicando la correspondiente legislación vigente, y cito:
“A todos aquellos parientes, cercanos y lejanos, que despreciaron mis palabras, mis escritos, mis historias, les comunico que ESE es mi legado. Nada material, excepto mis libros publicados, quedará.
No recibirán nada tras mi muerte, puesto que en vida renegaron de mis bienintencionadas manifestaciones, orales y escritas.
Determino, asimismo, en este Documento Legal voluntad de hacer donación de todas mis obras publicadas, tanto en asturiano como en castellano, a las bibliotecas públicas de mi Comunidad Autónoma de residencia.
Para que se sepa de mí a través de ellas.
Todo lo cual queda dicho, escrito y firmado.”
Me contaba, de niño, mi abuela Lola, que el cuento preferido de mi tatarabuela Carmelita, la de San Martín de Vallés, aldeíta de las entrañas asturianas, era el del babayu Nelo.
El inocente Nelo era un muchacho aquejado de polio en una pierna y por algún otro síndrome en su cerebro. Ayudaba en el pastoreo de vacas y con afición minuciosa cuidaba un pequeño huerto en el que, azadilla en mano, escardaba sin descanso limpiándolo de malas hierbas, insectos y caracoles.
Gustaba, Nelo, de visitar al anochecer el chigre de la aldea y admitir las cariñosas chanzas con que le obsequiaban los vecinos cuando contaba el éxito de sus cosechas de berenjenas, pimientos y judías.
Una primavera comenzó a notar en su huerto unos pináculos de tierra removida cuyo número aumentaba con los días. Un topo había ocupado sin permiso su heredad y lograba esquivar el acoso a azadonazos con que Nelo lo acometía.
De toda esta lucha daba cuenta diaria en la taberna a sus parroquianos que divertidos escuchaban su cacería.
Una tarde de verano, Nelo, lleno de alborozo, irrumpió en el bar gritando:
-Matelo, maté al malditu topu.
Los presentes preguntaron que cómo lo había hecho.
-Enterrelo vivu.
La niña se eleva en el vuelo de un “duble” acompañada por la canción de las que dan a la cuerda. Cerca, siete chavales desarrapados y sudorosos juegan al futbol. Dos piedras limitan la única portería defendida ahora por un niño con flequillo y costras en las rodillas. Sentadas a las puertas de sus casas, tres ancianas de negro zurcen ropas zurcidas entre charlas y suspiros. Desde la ventana de su vivienda, una mujer parece observarme y por un momento, absurdamente intimidada, bajo la mirada. En la iglesia se acaba de celebrar una boda y los novios reciben una lluvia de arroz con la que los invitados les desean prosperidad. Quizás, sea el día más feliz de sus vidas. Quizás lleguen después las decepciones, la enfermedad de un hijo o las malas cosechas. Es muy probable que uno de los dos parta primero y las lágrimas acaben oxidando el tiempo del reloj superviviente. Todos: niños, ancianos y jóvenes pretendemos burlar nuestro destino arropándonos con juegos, con palabras, con amor. Ellos, los vecinos de este pueblo congelado en imágenes no saben que están muertos.
Las principales religiones nos aseguran que la muerte no es el final, y nos prometen que existe algún tipo de vida después. Pero también están los que opinan que no, como aquel del chiste, que opositaba a profesor de Historia del Arte y que cuando le pidieron que les hablara del Renacimiento, contestó que vaya bobada, que cuando te mueres…Te mueres.
¿Quién conoce la verdad? ¿Ha regresado alguien para despejar las dudas? Parece que no. Así que yo os prometo, solemnemente, que cuando me vaya de este mundo, haré lo imposible para volver e informaros absolutamente de todo. Ea.
…Si hay algo más allá, claro.
No hay camisetas dobladas en las estanterías ni blusas o vestidos en las perchas. En los cajones desiertos faltan prendas interiores y en la balda de arriba es imposible encontrar latas de galletas que albergan cartas ajadas o fotos en color sepia. Gorras, bolsos, pareos… si los hubo, ya no están. Todo se lo ha llevado la riada. Ahora este armario vacío es mi tabla de salvación y a su vez, también mi ataúd. Navego entre enseres flotantes observando a un lado y al otro buscándola, pero solo veo la cuna.
Hace tiempo que en mi pueblo ya no viven ni los muertos, un ciprés cortado en seco y unas tumbas en el suelo yacen como mudos restos del antiguo cementerio. Aún, cuando sopla el cierzo o ventisquea el invierno, se escuchan sordos lamentos, después se encarga el silencio de acogerlos en su seno.
Ya ni llegan los viajeros, olvidaron el trayecto o ellos mismos se perdieron en los recodos del tiempo. Hace poco unos rockeros, con Harleys de mil doscientos, dieron allí con sus huesos tras un blues a ras del viento. Vestían chupas de cuero y fliparon cuando vieron por la noche fatuos fuegos danzando como esqueletos. Fingieron retar al miedo, por no tener que temerlo, y amparándose en un rezo se enredaron con un credo. Los ángeles del infierno a toda marcha se fueron, con sus motos color negro y el prestigio por los suelos.
Sólo un viejo lugareño, quijote en su campo yermo, se hace el sueco pese al celo de un fondo buitre extranjero que ambiciona su terreno. Es muy pobre, casi ciego y con vicios muy modestos, lo suyo es contar en verso el devenir de su pueblo, para que quede el recuerdo.
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